Squenun 23, abril 2004

Una de caminos por Pablo Crottogini

The road goes ever on and on
Down from the door where it began.
Now far ahead the road has gone,
And I must follow, if I can,
Pursuing it with eager feet,
Until it joins some larger way
Where many paths and errands meet.
And whither then? I cannot say.
Gandalf el Gris
He used often to say there was only
one Road; that it was like a great river:
its springs were at every doorstep, and
every path was its tributary. ‘It's a
dangerous business, Frodo, going out
of your door,’ he used to say. 'You
step into the Road, and if you don't keep
your feet, there is no knowing where
you might be swept off to.’
Frodo Bolsón

Los españoles las llaman "películas de carretera". Expresión ésta que ciñe al asfalto hirviente del desierto norteamericano un género que es ontológicamente posible en los ámbitos más disímiles.

Es cierto, de todas maneras, que la road movie nace de retratar un contexto que veía en el oeste de Estados Unidos una tierra de oportunidades. El viaje hasta el cielo amable de California es entonces el marco para los obstáculos que sobrevienen, imprevisibles, queriendo atrapar para siempre al viajante en su inconcluso camino.

Como norma general, la mayoría de los peligros del trayecto en la road movie son a priori desconocidos; esto es fundamental, pues así el sendero multiplica su reserva de sorpresas. El viajante pone en marcha el duelo con el camino al iniciar su travesía, y sabe que éste lo espera con un mazo infinito de cartas por jugar. Al cerrar la puerta detrás de él, quien se dispone a andar acepta que puede pasarle absolutamente cualquier cosa, y no hay forma de saber qué. Esta inconmensurabilidad corre por detrás del vértigo que nos produce algo tan pavo como subirnos al colectivo que no era, y ver con espanto que dobla tres cuadras antes de su derrotero de siempre.

Se abre así un vasto horizonte de vivencias posibles, y la road movie describe el encuentro entre ellas y el protagonista. A veces, éste conoce su destino, intenta llegar a él a través de un camino extraño, probablemente hostil. Pero no siempre es así; varias de las road movies más representativas tienen como personajes centrales a hombres y mujeres que, hastiados o amenazados por su realidad cotidiana, huyen, simplemente, hacia donde sus huellas decidan empujarlos. Es el caso de Thelma y Louise (1991), clásico del género en el cual dos mujeres buscan, saliendo a la ruta a bordo de un Firebird '66, una ruptura que las libere de sus insatisfactorias existencias. Por supuesto, el camino reservará para estas damas una serie de circunstancias que las conducirán a huir de un enjambre de patrulleros del modo más eficaz. (Thelma y Louise muestra, además, esta idea de la policía como la figura que conspira contra el propósito liberador de atrevérsele al horizonte; los ojos vigilantes del agente que, silencioso, acecha tras un cartel publicitario, son un rasgo típico de la road movie. Y el momento en que el protagonista es atrapado, y la policía triunfa, ese es el fin de la película; la triste muerte de la aventura). En esta concepción de la road movie, el personaje central escapa, huye dejándose a sí mismo atrás, para que el camino lo redima de su pasado.

Imagen 1

El Mago de Oz


Imagen 2

Tierra de Osos


Imagen 3

Era de Hielo

La otra posibilidad, ya mencionada (y ciertamente más utilizada) es la que retrata el periplo del protagonista (o los protagonistas) hacia un lugar específico, y cómo en el trayecto supera los arteros embates de la adversidad hasta alcanzar el éxito. La película y el viaje son aquí una misma cosa, y éste, como aquella, tiene un principio y un final.

Es claro que, dada la enorme cantidad de sucesos que pueden ocurrirle al infortunado viajero, es posible filmar miles de cintas con la misma configuración. Basta mirar a la industria del cine infantil, que ante la falta de ideas originales ha recurrido a la estructura de road movie con más frecuencia que lo que lo han hecho otros géneros cinematográficos. Es ésta una tendencia que viene de los tiempos de El Mago de Oz (1939), pasando por Pie Pequeño en busca del Valle Encantado (1988) y que se prolonga hasta hoy (La Era de Hielo, Buscando a Nemo, Tierra de Osos). Y entonces de nuevo la odisea del pequeño, relativamente débil, pero temerario protagonista secundado por sus compañeros de viaje, a través de paisajes mágicos y diversos, salpicados de personajes simpáticos, malévolos o ambas cosas. (Aclaro que destrozar a este tipo de road movies no es en absoluto el propósito de este artículo, escrito por un guiñapo que se rió mucho con Shrek).

La recurrencia de este mecanismo descansa tranquilamente sobre un principio básico. A saber: los caminos son siempre infinitos, e infinita es la diferencia de cada camino consigo mismo. La idea de que es imposible andar dos veces el mismo sendero no es nueva ni errónea, por más que los mediocres intentemos convencernos de lo primero y los adaptados juremos lo segundo. Dar un paso es poner delante de los propios pies una incógnita, y viajar es entrar en ella, apropiársela. El idioma inglés es en este sentido un poco más preciso que el nuestro: la forma sajona de la expresión "estoy en camino" es "I'm on my way" (traducción directa: "estoy en mi camino".) Es indispensable referir la propiedad que sobre él tenemos. Más aún: si bien se mira, el sustantivo es también la forma en primera persona del singular. Y es que el único camino que se realiza completamente en nosotros como tal es aquél que estamos recorriendo; pues no es él la simple ruta, vía o sendero, sino el encuentro entre nuestra percepción y su perpetuamente cambiante circunstancia. Así, el andar se regocija en sí mismo y nuestro destino es la más sencilla de las excusas.