
Mi nombre es Roberto Petracini, nací el 30 de
septiembre de 1941 en Junín, Provincia de Buenos Aires,
para aquel entonces un pueblo netamente ferroviario
rodeado de una de las zonas agrícolas y ganaderas más
ricas de Buenos Aires.
Poco tiempo después mis padres se trasladaron a los
alrededores de la Ciudad de Buenos Aires, más
precisamente en el barrio de Sáenz Peña, lindero con la
Capital.
Estudié en la Escuela primaria del barrio.
Terminada la etapa de la escuela primaria, comencé a
trabajar en una distribuidora de películas
cinematográficas, llevando y trayendo de los transportes
las películas de la empresa.
Mientras estudiaba la escuela industrial trabajé en una imprenta, luego en otra adquiriendo
bastante experiencia como obrero gráfico. El mismo
trabajo me convirtió en un gran lector, y poco después
me desempeñaba como
corrector. O sea que estaba obligado a leer más
todavía...
Luego de unos años, durante los primeros tiempos de mis
estudios universitarios, me desempeñé en agencias de
publicidad en áreas de diseño y producción gráfica.
Sin embargo, perdí varios empleos por mi militancia
sindical, y finalmente ingresé a trabajar en el
ferrocarril.
A poco de ingresar, una
huelga ferroviaria de más de 40
días me fogueó en lo que se denominó "movilización
militar" y la aplicación del régimen militar a quienes
adherimos a la huelga.
Fui detenido por segunda
vez, y también por segunda vez recibí picana eléctrica.
Aprendí a tener más cuidado con vistas al futuro. La
picana no era nada grata.
Pocos años después,
otro golpe
militar decidió la intervención en la
Universidad y me encontró como delegado estudiantil y como
muchos compañeros de aquella época, sufrimos la
represión policial y militar. Se conoció la represión
como la
noche de los bastones largos. Fue la
tercera vez que me
detuvieron y volvieron a recordarme cómo era la picana
eléctrica, los golpes y otras formas de "convicción
democrática".
Un
golpe de estado tras otro, algunas parodias
electorales y muchas campañas represivas, me obligaron a
vivir casi clandestinamente, cuando no en la
clandestinidad total. No podía mantener ningún trabajo,
por lo que trabajé en forma independiente. Fotógrafo,
publicista, editor de revistas, y hasta profesor en
diversas disciplinas cuando la democracia retornaba
temporalmente a la Argentina.
En todas estas etapas de mi vida hubo un común
denominador: cada vez que era posible, mantenía algún o
algunos acuarios. Los peces me acompañaban de un lado a
otro hasta que finalmente luego de una breve etapa en la
industria de la carne, comencé a trabajar en un acuario.
Fue en 1975 que me contrataron como "gerente" de
Acuaarte, firma que aún existe como fabricante de
acuarios y distribuidora mayorista.
Para
ese entonces ya había cambiado varias veces de
domicilio cuando llegó
el golpe de estado de 1976.
Poco después dejo de trabajar en Acuaarte, instalo una distribuidora de
productos de acuarismo que me permitiría comenzar de
nuevo y eludir la nueva etapa represiva, la más
sangrienta de la historia argentina.
Fue en esos momentos de vivir mimetizado cuando conocí
Misiones, sus arroyos, ríos y, sobre todo, su gente
sumamente solidaria. La
cercanía de las fronteras de Brasil y Paraguay ofrecía
vías de escape para aquellos prófugos de la represión
militar y eso me permitió ayudar a muchos perseguidos a
escapar del país.
Algunos años después volvería a Misiones, a sus
ríos y arroyos, pero esta vez para recorrerla como
acuariófilo, para conocer más sobre sus peces, plantas y
organismos acuáticos. Y para recordar con mis amigos los
tiempos pasados y compartir el presente.
Hoy tengo más de 60 años, he vivido muchas experiencias,
buenas y de las otras, de los muchos viejos amigos que
me deparó este camino
algunos, demasiados, fueron
víctimas de la represión, a otros les perdí el rastro,
muchos otros aún comparten mis momentos de alegrías o
tristezas y muchos nuevos me brindan la satisfacción de
saber que puedo contar con ellos cuando los necesite del
mismo modo que ellos pueden contar conmigo.
Seguramente, si volviera a nacer, volvería a recorrer el
camino por la misma senda ya que no me arrepiento nada
más que de no haber podido hacer algo más de lo que
hice. |