EL ÚLTIMO SOBREVIVIENTE

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

    Hoy Dany cumpliría 34 años.

    Puedo imaginar, paso a paso, lo que hubiera hecho cada uno de mis compañeros.

    Lucas se levantaría temprano para buscar en la memoria cinematográfica de la nave alguna imagen de una torta con velitas.

    Luego aparecerían Marcos y Daniel, siempre bromeando.

    Marcos explicaría otra vez el rito antiguo y salvaje de la manteada que se aplicaba a los cumpleañeros. Entonces él y Lucas se tirarían sobre Dany para golpearle la espalda. Pero en broma, claro. Hicieron lo mismo el día de cumpleaños de Lucas, y en el mío lo intentaron, pero yo no los dejé. Soy muy sensible a los golpes, aunque se den con cariño.

    La nave se llenaría con sus carcajadas.

   Entonces Lucas apagaría las luces y haría aparecer en la pantalla gigante la imagen de la torta.

    Dany me miraría y me pediría ayuda para elegir tres deseos. Y luego me los repetiría bajito para que yo los recuerde hasta que regresemos.

    - Vos sos mi seguro de vida - me diría Dany -; cuando volvamos me decís si los deseos se cumplieron.

    Por fin, nos pondríamos a trabajar.

    Pero no hubo cumpleaños. Ni festejo. Ni torta. Ni manteada.

    Hace una semana, Dany, Marcos y Lucas abrieron la escotilla de la nave y saltaron al vacío sin trajes, sin oxígeno, sin esperanzas.

    Si me hubiera dado cuenta... si hubiese sabido cuál era su intención, habría sellado todas las salidas. O les hubiera rogado que me llevaran con ellos.

    Hoy apunté la antena hacia donde tendría que estar la Tierra. Aún me llega el eco de las explosiones. Ahí hubo un planeta. Hubo vida.

    Cuando les comuniqué la noticia a mis compañeros, cuando les dije que no existía más el planeta llamado Tierra, se quedaron en silencio.

    Nunca supimos qué sucedió. Si fue por el Sol o los meteoritos o si por fin los seres humanos se habían destruido a sí mismos.

    Cuando Marcos, Lucas y Dany confirmaron que no estaba equivocado. Que de verdad no existía ese planeta que amaban. Que no tenía sentido ir a ningún lado y que tampoco tendrían adónde volver, abrieron la escotilla y saltaron.

    Mi nombre es Cronos, como el dios del tiempo de los griegos.

    Mi número de serie es el 1968-1010-0026.

    Estoy solo...

    Y seguiré solo mientras esta nave vaya a algún sitio.

    La nave está equipada para enviar mensajes al infinito:

    ¡¿Es que nadie puede desenchufarme?!

 

 

VERÓNICA SUKACZER

(argentina)

 

 

 

 

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