Marzo del 2002, Argentina © Frutillas con crema
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redacción


REVISTA FRUTILLAS CON CREMA

Informe de la situación
Los tres meses que cambiaron nuestro futuro

En la última década, el ímpetu de los mercados de acciones dominó el debate y dio forma a la conciencia global. Las multinacionales parecen ser más vitales e influyentes que los gobiernos. El alza espectacular del Dow Jones y la velocidad de Internet hicieron que todos apostaran a vivir permanentemente en el futuro, en el esplendor utópico del capital cibernético, porque allí no hay memoria, los mercados no tienen controles y el potencial de inversión es ilimitado. El 11 de septiembre cambió todo. Hoy, en el mundo, los que tienen la banca son los terroristas. Los hombres que atacaron el Pentágono y el World Trade Center no entonaban "Muerte a Microsoft", lo que atrajo su furia fue Estados Unidos, fue nuestra lúcida modernidad, el impulso de nuestra tecnología, nuestro aparente ateísmo. Fue la fuerza arrogante de nuestra política exterior, la capacidad de la cultura norteamericana para penetrar a través de todos los muros, las casas, las vidas, las mentes. La reacción de los terroristas es una historia que avanza desde hace años de la cual ya no podemos huir. Son nuestras vidas, nuestras mentes las que ahora están ocupadas. Este suceso catastrófico cambia nuestro modo de pensar y de actuar de momento a momento, de semana a semana, quién sabe durante qué cantidad de semanas, meses o años más. Nuestro mundo, partes de nuestro mundo, cayeron sobre el de ellos, lo cual significa que estamos viviendo en un lugar de peligro y de bronca.

Los manifestantes de Génova, Praga, Seattle y otras ciudades quieren frenar la carrera a la globalización que parecía llevar despreocupadamente hacia un paisaje de consumidores-robots y de inestabilidad social, con la probable reducción de las oportunidades de autodeterminación de gran parte de los habitantes en la mayoría de los países. Sean cuales fueren los actos de violencia que caracterizaron la protesta, la mayor parte de los hombres y las mujeres que participaron en ella tienden a ser una fuerza de moderación que intenta desacelerar, uniformar, frenar el futuro incandescente. Los terroristas del 11 de septiembre quieren hacer revivir el pasado.

2) Nuestra tradicional libertad de expresión y las normas del sistema judicial a favor de los derechos del acusado no pueden sino parecer una ofensa a hombres proclives al terror suicida. Nosotros somos ricos, privilegiados y fuertes, pero ellos quieren morir. Ésa es la ventaja que tienen, el fuego de la fe ofendida. Vivimos en un vasto mundo, rico en intercambios cotidianos de todo tipo, un circuito abierto hecho de trabajo, conversaciones, familia y sentimientos que podemos expresar. El terrorista, transplantado a una ciudad de Florida que empuja el carrito del supermercado saluda al vecino haciendo una señal, vive en un ambiente mucho más restringido. Ésa es su ventaja, su fuerza. Los complots empequeñecen el mundo. Él arma un complot a partir de su rabia y de nuestra indiferencia. La suya es una vida al margen, dura y severa. No es un solitario, el muchacho blanco de aspecto inocuo que dispara a alguien para no desaparecer en el interior de sí mismo. El terrorista comparte un secreto y una identidad. En cierto modo, él y sus hermanos podrían empezar a sentirse menos motivados por el odio político y personal que por la relación de hermandad que los une. Comparten códigos y protocolos de su misión pero también, más en profundidad, una idea de castigo y devastación.

¿Ver a una mujer empujando un cochecito puede volver a ese hombre más sensible a la humanidad y vulnerabilidad de ella y de su hijo, y de todas las personas que vino a matar? Ésa es precisamente la ventaja, él no la ve. Pasó años aquí, a la espera, tomando clases de vuelo, repitiendo los rituales de la comunidad y de la familia, la tarjeta de crédito, la cuenta bancaria, la casilla postal. Todo organizado, ordenado, apilado. Sabe quiénes somos y qué significamos en el mundo: una idea, una fiebre de virtud en el cerebro. En el fondo de su mirada no hay un ser humano indefenso. La distinción que captamos en el término "ellos y nosotros" nunca había sido tan evidente, de ambas partes. Podemos decirnos a nosotros mismos que no merecíamos que lo que hayamos hecho para inspirar amargura, desconfianza y rencor nos fuera infligido un día de esta forma. Pero en el apocalipsis no hay lógica, superaron los límites de la venganza. Esto es el infierno y el paraíso, un sentido del martirio construido como drama incomparable de la experiencia humana. El terrorista jura obediencia a Dios y medita acerca de la sangre que vendrá.

3) La administración Bush sentía nostalgia de la guerra fría. Ahora terminó. Muchas cosas terminaron. La historia termina en ruinas y de nosotros depende crear una contra-historia. Hay cientos de miles de historias dando vueltas por Nueva York, Washington y el mundo. Donde estábamos, a quién conocemos, qué vimos o sentimos. Citas con el médico que salvaron vidas, teléfonos celulares usados para advertir del desconcierto. Historias que generan otras y gente que corre hacia el norte alejándose del humo rugiente y de la ceniza. Hombres con saco y corbata, mujeres que perdieron los zapatos, policías que escapan del derrumbe del rascacielos de acero. Los que escapan para salvar su vida forman parte de la historia que nos queda. Hay historias de heroísmo y encuentros con el terror. Hay historias rodeadas del halo luminoso de la coincidencia, del destino, de la premonición. Nos transportan más allá de las duras cifras de los muertos y desaparecidos y nos hacen distinguir una existencia superior. Por cien individuos que murieron arbitrariamente, necesitamos encontrar uno que se haya salvado por un presentimiento. Hechos conmovedores y escalofriantes. Dos mujeres en dos aviones, grandes amigas, que mueren juntas pero separadas, una en la Torre 1 y otra en la Torre 2. ¿Qué tragedia épica habrá regido semejante yuxtaposición? Pero también podemos preguntarnos qué lúgubre simetría que enfrenta a ambas se lleva a una amiga y dispensa a la otra del dolor. El hermano de una de las mujeres trabajaba en una de las torres. Él pudo escapar.

En Union Square Park, unos tres kilómetros y medio al norte del lugar del ataque, los monumentos improvisados fueron otro aspecto de nuestra reacción. También lo fueron los visitantes del parque. Y durante los próximos cincuenta años habrá quienes sin hallarse en la zona en el momento de los ataques afirmarán haber estado allí. Con el tiempo, algunos terminarán creyéndolo de verdad. Otros dirán que perdieron amigos o parientes, aunque no sea cierto. Ésa es la contra-hisotira, la historia sombreada de falsos recuerdos y de lutos imaginados. Internet es una contra-historia, hecha en parte de rumores, fantasías y reverberaciones místicas. Los celulares, los zapatos perdidos, los pañuelos apretados contra las caras de hombres y mujeres en fuga. El papel que desde las torres vuela más allá del río y cae en los patios de Brooklyn: certificados, curriculum vitae, formularios. Hojas de papel que las ruedas de los autos pegaron al asfalto, otras atrapadas en las gomas de los camiones. Son algunos de los objetos más pequeños y las historias más marginales seleccionadas de las ruinas de ese día. Las necesitamos, como necesitamos los instrumentos comunes usados por los terroristas para contraponerlos al espectáculo imponente que sigue pareciendo imposible de asimilar, demasiado fuerte para insertarse en nuestro cuadro de respuestas prácticas.

4) La ceniza empolvaba las ventanas. Karen, a medio vestir, aferraba a las niñas y trataba de ponerles algo encima mientras hablaba con el marido y al mismo tiempo pensaba qué cosas sacar al pasillo. Las gemelas la miraban como si tuviera catorce cabezas. Permanecieron en el corredor un instante, pensando que podría haber otras explosiones. Aguardaron y empezaron a sentirse más seguras, de modo que volvieron a entrar en el departamento. Al oír el impacto siguiente, Marc supo, un segundo antes que la onda expansiva golpeara sobre el costado de su edificio, que se trataba de un segundo avión, imposible, que chocaba la segunda torre. Su edificio estaba a dos cuadras de distancia y para Marc el primer impacto había sido un accidente. Regresaron al vestíbulo donde ya se habían reunido entre quince y veinte personas. Karen volvió atrás para tomar un celular, un teléfono inalámbrico, una carga de baterías, agua, sweaters, meriendas para las niñas y corrió al dormitorio para recuperar la libreta de casamiento. Desde la ventana, vio en la calle personas corriendo, otras detenidas, escombros abatiéndose sobre ellas. Personas pisoteadas, golpeadas por objetos que caían, cenizas y papeles por doquier, hojas que flotaban en el aire, ningún indicio de luz o de cielo.

Los celulares estaban descargados. Hablaban por el inalámbrico recibiendo informaciones que podían evaluarse por la forma en que arqueaban las cejas. Estaban convencidos de que la situación afuera era mucho más grave que la de ellos. El humo comenzó a invadir el pasillo. Después cayó la primera torre, Karen pensó en una bomba. Cuando hablando con alguien por teléfono se enteró de lo que había sucedido sintió un alivio surrealista. No estaban cayendo bombas y misiles por todas partes en la ciudad. No se trataba de una guerra, al menos no todavía. Marc había regresado al departamento a buscar sillas para las personas más ancianas, para la señora operada con prótesis de cadera. Cuando oyó el ú ltimo zumbido sordo se quedó inmóvil en una extrañ a calma de muerte. "Algo pasa", dijo. El estruendo era exactamente el de una torre que se derrumba. Las ventanas ya estaban cubiertas de ceniza, completamente oscurecidas, y Marc se preguntó qué sucedía afuera, qué quedaba por ver, y si realmente quería verlo. Se refugiaron todos en el hueco de la escalera detrás de una salida de emergencia, pero el humo continuaba entrando. Era ceniza arenosa y la estaban comiendo. Corrió hacia el interior, sacó toallas y ropa blanca de los cajones, las metió en la pileta, llenó las cantimploras de la bicicleta y tomó sábanas para las niñas. Pensó que era como para tener miedo, sobre todo de la caída de los edificios. Eso era lo que podía matarlos. Karen estaba hablando por teléfono con un amigo de la oficina del fiscal de distrito que quedaba en dirección norte, a un kilómetro y medio más o menos. Pedía ayuda. Imploraba, suplicaba; después colgó. En la hora que siguió un detective continuó llamando por teléfono para dar consejos y aliento. Marc volvió al pasillo. Creo que podríamos morir, pensó para sus adentros, ocultándose a sí mismo qué sentía ante la idea de que ocurriera. El detective le dijo a Karen que se quedaran donde estaban. Cuando se desplomó la segunda torre, también se desplomó mi corazón. Llamé a Marc, que es mi sobrino, por el inalámbrico. No podía dejar de pensar en la mole de las torres y la escasa distancia entre esos dos rascacielos y su edificio. Me respondió y hablamos. No tengo recuerdos de esa conversación, excepto la última frase, en un tono apremiante, sobre alguien en la otra línea que probablemente ya había enviado ayuda. El humo salía por el pozo del ascensor. Karen estaba terminando la conversación con su padre en Oregon. Adiós. No un hasta pronto, un "adiós-creo-que-estamos-por-morir". Pensaba que los mataría el humo. Los demás estaban sentados en las sillas contra la pared. Hablaban de cosas prácticas. Cantaban con los niños. Los niños del grupo se portaban bien porque los adultos estaban muy asustados. Se estaba organizando un rescate improvisado. Un amigo de Karen y su colega pudieron llegar a la Centre Street. La ceniza gris cubría los autos y las veredas, ceniza que caía en copos grandes, papeles que todavía se agitaban en el aire, zapatos, cochecitos, maletines. Los integrantes del grupo, con máscaras y toallas sobre la cara, los niños del brazo de los adultos, se dirigieron hacia el este y al norte por Nassau Street tratando de no mirar a su alrededor, sólo hacia delante, un paso tras otro, todos juntos, una mujer embarazada, un bebé recién nacido, un perro.

Estaban cubiertos de ceniza cuando llegaron a un refugio en Pace University donde encontraron alimentos, agua y personal capaz y muy amable, y el miedo de un escape de gas y otras personas que corrían. Los socorristas comenzaron a arrojar agua sobre el grupo. Manténganse mojados, manténganse mojados, ése fue el estribillo de la primera hora. Después se formó una cola al lado del mostrador de la cafetería. Alguno decía "sin queso", otros "lo prefiero menos cocido". No puede decirse que fuera incongruente, después de todo, eran seres vivos y hambrientos, que volvían a ser ellos mismos.

5) La tecnología es nuestro destino, nuestra verdad. Es lo que entendemos cuando nos definimos como la única superpotencia del planeta. Los materiales y los métodos que inventamos nos permiten reivindicar el dominio sobre nuestro futuro. No debemos depender de dios, de los profetas y otras maravillas. Nosotros somos la maravilla. El milagro radica en que nosotros mismos producimos los sistemas y las redes que cambian nuestro modo de vivir y de pensar. Pero independientemente de las tecnologías que tenemos ante nosotros, cada vez más complejas, precisas y micronizadas, el futuro, por ahora, cedió a las estratagemas medievales, a los antiguos furores de la religión homicida. Mata al enemigo y arráncale el corazón.

Si otros, en culturas menos avanzadas desde el punto de vista científico, estuvieran en condiciones de compartir, si así lo quisieran, algunos de los dones de nuestra tecnología sin considerarlos una amenaza a su fe o a sus tradiciones, ¿necesitarían acaso encomendarse a un dios para matar inocentes en su nombre? ¿ Necesitarían acaso inventar un dios que premie la violencia contra un inocente con la promesa de un "paraíso infinito", para emplear las palabras de una carta manuscrita hallada en el equipaje de uno de sus piratas del aire? Si hay quienes quieren lo que nosotros tenemos, también hay quienes no lo quieren. Son ellos los que crearon una moral de la destrucción. Quieren lo que tenían antes de la influencia occidental. Seguramente se consideran elegidos por Dios que siguen los preceptos fundamentales del Islam. Quienes eligen la violencia y la muerte se sienten con derecho a hablarle directamente a Dios. Matarán y después morirán. O morirán antes, en la cabina de comando, con los zapatos limpios, según las instrucciones de la carta.

Seis días después de los ataques la zona que está más abajo de Canal Street se encuentra protegida por barricadas. En la calle, pocos civiles, en algunos puestos de bloqueo hay policías, en otros soldados de fajina con máscaras antigas. Y luego hombres corpulentos que se dirigen hacia el este con sus cascos, los pantalones de trabajo y los chalecos del departamento de policía de Nueva York. Un comerciante trata de convencer a un policía de que lo deje entrar en su lugar de trabajo. Es un hombre petiso y anciano con acento judío pero hoy nada de eso lo ayuda. Por todas partes hay bolsas de basura apiladas formando altos montículos. La zona tiene un aspecto de suciedad, de tercer mundo, da la sensación de una emergencia permanente, todo está cubierto de ceniza. Logro pasar algunos puestos de bloqueo y eludir otros. En Chambers Street miro hacia el sur los restos humeantes de filigrana, el último signo en la ciénaga de ruinas que habían quedado allí de las torres que durante más de un cuarto de siglo dominaron el perfil de la ciudad.

Diez días después y mucho más cerca, me encuentro junto a otra barrera con un grupo de personas, y me asomo para ver la fachada. Desde una proximidad excesiva, casi. Parece una ruina romana con vigas de acero en vez de piedra, más difíciles de recuperar. Las torres del WTC no eran sólo un símbolo de tecnología avanzada, sino en cierto modo una justificación para el irresistible deseo de la tecnología de realizar en forma sólida todo lo que es concebible teóricamente. Una vez definido, se puede alcanzar cualquier límite. El revestimiento de las torres fue pensado para que su gigantesca mole resultara menos amenazadora, para que con los años se volviera algo más familiar y agradable, algo que en cierto modo diera seguridad. Ahora, un pequeño grupo de individuos cambió literalmente nuestro "skyline". Retrocedimos en el tiempo y el espacio. Es su tecnología la que marca nuestros momentos, los pequeños instrumentos letales, los detonadores a control remoto que construyen con las radios o la tecnología más alta que toman prestada de nosotros, aviones de línea que se transforman en misiles tripulados. Es posible que sus empresas contengan un lúgubre sobreentendido. Ven algo intrínsecamente destructivo en la naturaleza de la tecnología. Provoca la muerte de sus costumbres y sus creencias. Usémosla por lo que es, algo que mata.

6) Hace casi once años, durante las operaciones en el Golfo Pérsico, a la gente le costaba establecer una distinción entre la guerra y las informaciones de los medios de comunicación. Después de los primeros días de euforia, la cobertura se redujo. La avidez de ver aquellas lú gubres imágenes nocturnas tomadas de aviones caza en misión había sido tan grande que empezó a resultar difícil aceptar el hecho de que la guerra continuaba sin las cámaras de televisión. Un estado de conciencia había sido arrebatado. Las personas se arrastraban refunfuñando, huérfanas de su guerra. Los sucesos del 11 de septiembre recibieron una cobertura ilimitada de los medios pero no hubo confusión de roles en la televisión. El hecho desnudo era una cosa, los servicios de los medios de comunicación, otra. El suceso dominó al medio. Fue brillante y totalizador, algunos de nosotros lo definimos como irreal. Cuando decimos que algo es irreal queremos decir que es demasiado real, un fenómeno tan extraño y no obstante tan ligado al poder del hecho objetivo que no podemos trasladarlo a la perspectiva de nuestra percepción. Primero, los aviones chocaron contra las Torres. Después de un tiempo, pudimos absorber, a regañadientes, ese hecho. Pero luego las torres se derrumbaron, comenzó a bajar el humo en enormes volutas, piso tras piso. El hecho era tan inmenso y terrible que iba más allá de la imaginación aun mientras estaba sucediendo.

La toma de conciencia no encuentra analogías. Debemos recibir el shock y el horror por lo que son. Pero la lengua viva sigue teniendo valor. El escritor quiere comprender lo que se nos hizo ese día. ¿Es demasiado pronto? Todos siempre tenemos prisa, nunca hay tiempo. En definitiva, programas hechos a toda prisa, tiempos forzados y distorsionados. Pero el lenguaje es inseparable del mundo que lo provoca. El escritor toma como punto de partida el interior de las Torres, intentando imaginar desesperadamente ese instante. Antes de la política, antes de la historia de la religión, está el terror primitivo. Personas que se arrojan de la mano desde las Torres. Esto forma parte de la contra-historia, manos y espíritus que se unen, la belleza humana en la masa de acero que se pulveriza. En este desierto de comparaciones, el suceso afirma su unidad. Hay un vacío en el cielo. El escritor intenta dar memoria, ternura y significado a todo ese espacio que gime.

7) Nos gusta creer que Estados Unidos inventó el futuro. Existe una intimidad entre nosotros y el futuro, nos sentimos cómodos. Pero hoy esa relación se ve alterada, de muchas maneras, por una cadena de pensamientos nuevos. Dónde vivimos, cómo viajamos, qué pensamos cuando miramos a nuestros hijos. Para muchos, el suceso cambió la calidad de la vida cotidiana. Descubrimos que la ruina de las torres está implícita en otras cosas. La nueva computadora de mano, la limusina estacionada frente al hotel, el rascacielos del centro en construcción que lleva el nombre de un gran banco, sobre todo eso se posó el espectro de lo sucedido, disminuyendo su autoridad y sus prerrogativas. Hay miedo a otros tipos de terrorismo, la perspectiva de que armas biológicas y químicas contaminen el aire que respiramos y el agua que bebemos. Toda esta preocupación no había surgido luego de anteriores atentados. Esta vez tratamos de dar un nombre al futuro no con la actitud habitual de esperanza, sino impulsados por el miedo. Lo que ya sucedió basta para contaminar el aire que nos rodea psicológicamente. Respiramos todos los humos de Manhattan, y los restos de los muertos están por todas partes, en la leve brisa que sopla del río, sobre los techos y sobre las ventanas, en los cabellos y sobre la ropa. Imagínese un futuro en el cual los componentes de un microchip tengan la dimensión de los átomos.

Los instrumentos que regularán el ritmo de nuestras vidas actuarán desde los espacios cuánticos inteligentes de la información pura. Ahora piense en miles de personas que se matan llenas de odio y se prometen venganza. Gigantografías de mártires y religiosos colgando de los balcones y las imágenes más grandes son las de un jefe terrorista. Dos fuerzas en el mundo, pasado y futuro. Con el fin del comunismo las ideas y los principios de la democracia moderna parecían prevalecer, pese a las desigualdades del sistema. Sigue siendo así, pero ahora hay un estado global teocrático sin confines, fluctuante y obsoleto hasta tal punto que debe depender del fervor suicida para alcanzar sus objetivos. Las ideas sufren una evolución y el proceso inverso, y la historia se transforma totalmente.

8) El viernes de la primera semana una larga fila de vehículos avanzaba lentamente hacia el oeste por Canal Street. Camiones de residuos, barredoras, grúas gigantescas que provocan un estruendo tremendo. Peatones dispersos, algunos con máscaras en la cara, otros parados mirando, los habitantes de la zona, apoyados contra las paredes y los porches, poco habituados a una circulación que no trae compradores y vendedores, bienes y efectivo. Los camiones de bomberos y de la policía, el ruido de las sirenas. Policías de pie junto a las barreras que se esfuerzan por abrir el paso. Ambulancias, el clamor de una flota de camiones dirigida hacia el sur un par de cuadras más adelante bajo la nube de polvo y cenizas.

Un mes antes había recorrido el mismo trayecto a pie, en las primeras horas de la tarde entre la multitud que hacía compras, los habitantes y la gente de paso, algunos turistas incluso, con el hombre de los masajes y el muchacho con las rastas en bicicleta en la vereda. Era ése el espíritu de Canal Street, un ir y venir intacto durante décadas que no traicionaba la cercanía del SoHo con sus restaurantes y los lofts de los artistas o de Tribeca, con su diversidad arquitectónica. Después vi a una mujer sobre la alfombra de oración. Apenas había dado vuelta la esquina, yendo al sur para encontrar algunos amigos y allí estaba, joven y esbelta con un pañ uelo de seda en la cabeza. Era la hora de la oración del atardecer y ella estaba arrodillada, con el tronco plegado rozando el borde de la alfombra. La ocultaban en parte un par de carros de vendedores ambulantes y nadie parecía percibirla. Creo que había otra mujer sentada en una silla plegable en el cordón de la vereda. La figura sobre la alfombra estaba orientada en un sentido, que en los alrededores cercanos significaba la vidriera de un negocio a medio metro de su cabeza gacha, pero más lejos era la dirección de la Meca, la ciudad santa del Islam. Algunas alfombras de oración tienen entre los motivos decorativos un hihrab, un elemento con arco que representa el nicho que en las mezquitas indica la dirección de la Meca. El único punto de referencia que servía a la muchacha era la retícula de Manhattan. La observé mientras rezaba y me resultó más clara que nunca la grandeza cotidiana de Nueva York, la que damos por descontada. En la ciudad encuentra espacio cualquier idioma, cualquier ritual, credo u opinión. En las listas de los muertos del 11 de septiembre todas esas diferencias cedieron al impacto y a la magnitud. Hay, incluso, un gran nú mero de cuerpos que no responden al llamado. Para los sobrevivientes, un dolor más, pero los muertos tienen raza y nacionalidad propia, una ú nica identidad, jóvenes o viejos, practicantes o ateos, son un conjunto de almas.

Durante el hadj, la peregrinación anual a la Meca, los fieles deben anular todo signo exterior que indique su nivel social, renta o nacionalidad, los hombres visten túnicas de tela blanca, las mujeres llevan la cabeza cubierta y todo esto recuerda en la plegaria su vínculo con los difuntos.

Allahu abkar. Dios es grande


Don DeLillo
© Clarín, Enero del 2002.


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