Tres autores
, por María Malusardi

Giuseppe Ungaretti
Enrique Molina
Olga Orozco

 


 

Giuseppe Ungaretti
De El dolor”, Ed. Alción. Traducción: Pablo Anadón


Todo he perdido


Todo he perdido de la infancia
Y nunca más podré
Olvidarme en un grito.

La infancia he sepultado
Al fondo de las noches
Y ahora, espada invisible,
Me separa de todo.

De mí recuerdo que exultaba amándote
Y ahora estoy perdido
En lo infinito de las noches.

Angustia que incesante aumenta,
La vida –ahogada en la profundidad
De la garganta- ya no es más
Que una roca de gritos.

 

El tiempo, mudo
 

El tiempo, mudo, entre inmóviles juncos…

Lejana toda costa, erraba una canoa…
Exhausto, inerte el remador… Los cielos
Vueltos ya abismos de humo…

Tendido en vano a orillas del recuerdo,
Caer quizá fue una merced...

                                                     No supo

Que una misma ilusión es mundo y mente,
Que en el misterio de las propias olas
Toda terrena voz es un naufragio.

 

 

Enrique Molina
De "Orden terrestre", Ed. Seix Barral:
 

Entre dos reinos


Un instante, en la noche,
brilló en el fondo de la barca el pescado,
más ansioso y brillante que las aguas
llenas de reverberos, más inmenso
que el mar, y tan tierno,
tan lejos de las mieses y los zorros,
redondos ojos chatos que no vieron
más que la noche de la hondura
ven ahora la luna, la costa, una botella,
rostros sombríos entre lonas
en donde la crueldad enciende fuego,
                            cosas surgidas de improviso
de la desgarradura de las aguas.

Él era el solitario, el sin plumas
ni verano,
                           sosteniendo a solas
el peso del océanos,
                           Él, el plateado.

 

 

Olga Orozco
De “Con esta boca, en este mundo”, Ed. Sudamericana:
 

Señora tomando sopa


Detrás del vaho blanco está la orden, la invitación o el ruego,
cada uno encendiendo sus señales,
centelleando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro.
Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino,
por una  pluma azul, por la belleza, por una historia llena de luciérnagas.
Pero la niña terca no quiere traficar con su horrible alimento:
rechaza los sobornos del potaje apretando los dientes.
Desde el fondo del plato asciende en remolinos oscuros la condena:
se quedará sin fiesta, sin amor, sin abrigo,
y sola en lo más negro de algún bosque invernal donde aúllan los lobos
y donde no es posible encontrar la salida.

Ahora que no hay nadie,
pienso que las cucharas quizás se hicieron remos para llegar muy lejos.
Se llevaron a todos, tal vez, uno por uno,
hasta el último invierno, hasta la otra orilla.
Acaso estén reunidos viendo a la solitaria comensal del olvido,
la que traga este fuego,
esta sopa de arena, esta sopa de abrojos, esta sopa de hormigas,
nada más que por puro acatamiento,
para que cada sorbo la proteja con los rigores de la penitencia,
como si fuera tiempo todavía,
como si atrás del humo estuviera el orden, la invitación, el ruego.