Mi padrelunes, 19 de junio de 2000 Sila M. Calderón AYER DOMINGO celebramos el Día de los Padres. Ese día, junto a otros de nuestro calendario, es parte de nuestra cultura puertorriqueña y adquiere un significado especial. Aún cuando en otras partes del mundo dedican también esta fecha a homenajear la figura del padre, la tradicional observancia en Puerto Rico va a la médula de nuestros valores y tradiciones como pueblo. Días como Año Nuevo, los Reyes, Vienes Santo, las Madres, los Padres y Navidad son fechas únicas para avivar el recuerdo, reunir a la familia y preservar las tradiciones que son parte de nuestra identidad. Todos los días deben ser de los padres, al igual que todos los días deben ser de las madres. La dedicatoria, el homenaje y el reconocimiento a los seres que nos dieron la vida debe fluir de manera espontánea y emanar de hijos con corazones sinceros y vidas agradecidas. La figura del padre es la del roble fuerte, la de apoyo seguro, la del refugio insustituible en todos los momentos de nuestras existencias. No pasa un día de los Padres, sin que dedique gran parte a recordar a mi padre. En realidad, lo recuerdo todos los días de mi vida. Mi padre fue hijo único. Mi abuela, que era muy devota a la Virgen del Carmen, lo bautizó con el nombre de César Orlando del Carmen. Mi padre, tan pronto pudo, se cambió su nombre de pila a César Augusto. Aunque nunca oficializó ese cambio, siempre fue para todos César A. Calderón. Comenzó sus estudios universitarios en el Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas de Mayagüez, luego de graduarse de la Escuela Modelo de Río Piedras. Muy pronto sus aventuras de joven estudiante que descubre súbitamente la libertad, hicieron que mi abuelo decidiera mover a mi padre a proseguir estudios en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) en Boston, lugar del cual se graduó de ingeniería mecánica en el año 1936. Mi padre siempre me decía que tenía una gran deuda de gratitud con mi abuelo quien, sin saber inglés, identificó a M.I.T. como la universidad que él quería para su único hijo, lo llevó personalmente a Cambridge, y lo instaló allí para que se hiciera hombre. Mi papá fue un hombre encantador, pero tenía a la misma vez un temperamento fuerte. Era perfeccionista y se fijaba en todo, inclusive en la ropa que nos poníamos y nos acompañaba de tiendas. También se fijaba si una pared estaba despintada o si un cuadro estaba virado. Si había que poner lámparas, se encargaba él mismo, y ponía el mayor cuidado en la simetría de los cables eléctricos. Era exacto en todo lo que hacía, no importa cuál fuera la índole del trabajo que llevaba a cabo. Desde siempre fui compañera de mi padre, de sus sueños, de sus divagaciones intelectuales, y hasta de sus trabajos en su planta de mantecados. Me gustaba acompañarlo, sobre todo, cuando se producía una avería fuera de horas laborables. Entonces, él se ponía a reparar las máquinas con sus propias manos y herramientas, mientras yo, pequeña y sentada en una esquina, lo miraba embelesada. Todavía recuerdo el fuerte olor a amoniaco que despedían los frigoríficos, y la grasa negra y espesa de las poleas, que ensuciaban y manchaban mis piernas y dañaban para siempre mis trajes de niña. Trabajador incansable, era firme de carácter, de valores arraigados y de gran sensibilidad estética. Fue sobre todo, amante de su familia, generoso hasta el extremo y un enamorado de la vida, la cual vivió y disfrutó a plenitud. De porte distinguido y bien parecido, tenía un gran sentido del humor y una amplia sonrisa, que junto a un intelecto incisivo, hacían de él un interesante e incansable conversador. Como hija mayor, me crié muy cerca de él, particularmente cuando nacieron mi hermano y mi hermana y mi madre les dedicaba más tiempo. De pequeña me enseñó muchos juegos, algunos de ellos propios de varones, como el boxeo y la lucha libre. Me llevaba al Sixto Escobar a los juegos de pelota, al boxeo y también a los juegos de billar. Me sentía, aunque pequeña, muy cómoda y protegida en su compañía y en la de sus amigos. De hecho, muchos de sus mejores amigos se convirtieron, después de su muerte, en amigos personales míos: Adolfo Valdés, Manuel I. Vallecillo, Teodoro Moscoso y Guillermo Rodríguez Benítez, entre otros. Desde muy temprana edad comencé un diálogo con él, que continuó intenso e ininterrumpido a lo largo de su vida. Hablábamos de todo, de la vida y la muerte, del amor, de Dios, de literatura, de música, de los países europeos, de Estados Unidos y de Puerto Rico. Estaba profundamente interesado en todo lo que tenía que ver con su patria y la amaba con una intensidad que a veces rayaba en la irracionalidad. Ese amor por Puerto Rico, y su orgullo sincero y cándido en su puertorriqueñidad, influyeron mucho en el desarrollo de mi pensamiento ideológico. Añoro su compañía todos los días de mi vida. Sin embargo, fue un hombre tan vital, tan entusiasta y tan fuerte, que después de 30 años, siento que aún vive en mí. Espero, que desde donde esté, vele por su hija que tanto lo quiso, y que se sienta complacido de que su inmenso amor por su país haya germinado a través del tiempo. © 2000 El Nuevo Día - Derechos Reservados |