El golpe de estado comunista de Mohammed Daud en 1973 y la posterior intervención soviética en 1979 ocasionaron la guerra civil. La economía pronto quedó arruinada.
Los militares afganos comunistas y los soviéticos se dedicaron a practicar la guerra total y a masacrar incluso a la población civil. El objetivo era sembrar el terror, asustar a la población y disuadirla de ayudar a la resistencia. Se utilizó contra los poblados el napalm y el fósforo, así como diversos tipos de gases tóxicos. Se sembraron unos 20 millones de minas.
A la guerra contra la población civil se sumaba el terror político que se ejerció ininterrumpidamente en las zonas controladas por los comunistas afganos, con el respaldo de los soviéticos. El Afganistán sovietizado se transformó en un inmenso campo de concentración. A los adversarios del régimen se les imponía sistemáticamente la tortura, el asesinato y la cárcel. El terror también se descargaba sobre los niños, a los que se raptaba (unos 30 mil, de entre 6 y 14 años) y enviaba a la URSS, donde se les formaba como espías encargados de infiltrarse en la resistencia afgana.
De una población próxima a los 16 millones, más de 5 millones de habitantes se exilaron a los países vecinos. En el conflicto hubo entre un millón y medio y dos millones de víctimas, civiles en el 90% de los casos. Y entre dos y cuatro millones de heridos, que siguen aumentando a causa de las minas personales. El integrismo islámico de los talibán, la negación de los derechos de la mujer y las rivalidades interétnicas han substituido a la guerra contra los soviéticos.