Galilea, 24 de marzo de 2000, víspera
del bimilenario de la Encarnación del Verbo. Llegué a Tiberíades a la 1 y
media de la noche del viernes 24, pocas horas antes de que comenzaran los
actos en el Monte de las Bienaventuranzas. Había viajado desde Roma en avión,
en compañía de un padre jesuita, profesor de la Universidad Gregoriana. En
el vuelo coincidimos con el Cardenal López Trujillo, Presidente del Consejo
Pontificio para la Familia, y Mons. Gil Hellín, Vicepresidente del
mismo. Al llegar al aeropuerto de Ben Gurión, nos esperaban unos seminaristas
con un par de microbuses para trasladarnos a Tiberíades. Allí tuvimos la
primera prueba de lo que ha sido la admirable organización de este encuentro
por parte del Camino, en la que han participado importantes miembros de
nuestra familia (Toni, Reyes, Marcos y Ricardo): una sabia mezcla oriental de
eficacia y desorganización, de refinada hospitalidad e improvisación.
Mi nombre, por ejemplo, aparecía regularmente en la lista, ¡como
guardaespaldas de López Trujillo!. El padre jesuita, en cambio, que había
sido invitado directamente por Rino Rossi, el gran capo de todo este negocio,
no aparecía en la lista. Nada de esto fue óbice, naturalmente, para que subiéramos
en los microbuses y pusiéramos rumbo a Galilea.
Llovía torrencialmente, lo cual
es sin duda una bendición para esta tierra siempre amenazada por la sequía,
pero la cosa no sembraba gran serenidad en nuestro ánimo. En la autovía
comenzamos incluso a recibir granizo sobre nuestras cabezas. Pensábamos con
preocupación no sólo en el día siguiente, sino en los millares de muchachos
que ya a esa hora se estaban encaminando hacia el Monte de las
Bienaventuranzas, o que incluso trataban de pasar la noche en las tiendas
cedidas por el ejército e instaladas en la ribera oriental del lago de
Genesaret. Dentro de mí pensaba, sin embargo: «si un poco de fe puede mover
montañas, seguro que entre los 50.000 jóvenes alguno habrá que tenga la
suficiente como para que el Señor le escuche y nos mande un día no demasiado
mojado». Y así fue, dentro de un orden, como se dirá más tarde. Nos instalaron en el Hotel
Sheraton Moriah de Tiberíades, que era el de los V.I.P. El encargado de dar
las habitaciones, un francés ex agente del servicio secreto de su país, que
me reconoció en seguida como el pluri-pariente de sus colegas en la
organización, nos hizo esperar una hora antes de darnos la habitación; así
que eran las dos y media cuando nos metíamos en la cama, para estar en ella sólo tres horas.
En efecto, a las cinco sonó diana y nos pusimos en marcha. En varios
autobuses fuimos cargados los V.I.P.: cardenales y obispos, monseñores
guardaespaldas, padres invitados, céfalos y viejos itinerantes, etc. Nos
vimos de nuevo con alegría las caras los que siempre nos encontramos en estas
ocasiones: Nicanor, Lucio y María José, Jesús Serrat y Manolo García, etc.
El ambiente era optimista, con ilusión de afrontar esta jornada histórica.
El día había amanecido con un aspecto bastante tranquilizador. Se veía una
viva luz entre nubes, que parecían vacilar entre dejarnos la jornada en
paz o hacer de las suyas. Conforme nos acercábamos al lugar
del encuentro, comenzamos a ver pelotones de policía y del ejército que
controlaban cada camino, bifurcación, e incluso se apostaban en las puertas y
verjas de las casas particulares. Luego se empezaron a divisar en lontananza
las filas de muchachos que caminaban hacia la explanada. El optimismo se
transformaba en excitación, en la neta sensación de que algo importante se
estaba preparando. Nos hicieron bajar en las cercanías del palco, en la
zona reservada para esta fauna variopinta de los V.I.P. Tras algo de
fatiga para penetrar en el recinto, entre el fango que cubría los
caminos, donde encontramos a Toni, con cara de no haber dormido en tres días
(así era en realidad), llegamos con su ayuda al lugar del control policial.
Os aseguro que en ningún aeropuerto, ni siquiera en Ben Gurión, he sido
chequeado de esa manera. Detectores de metales, bolsillos vacíos, bolsas
revisadas, etiquetas al cuello para verificar que estábamos
"limpios", etc. Cuando superé el control, otro encuentro feliz: allí
estaba Reyes que me vio en seguida. Ella parecía más fresca y alegre. Me
introdujo en la sección reservada a los Obispos, donde había un pequeño
refrigerio preparado. Para ello tuvo que hablar con los agentes israelitas de
seguridad. El sistema de control adicional consistía en que no entraba nadie
que no fuera conocido por los miembros de la organización neocatecumenal.
Tomamos asiento en la zona delante del altar, entre presbíteros
concelebrantes e invitados musulmanes y judíos. El tiempo seguía incierto,
con espacios de sol y nubes. Por la noche -nos lo dijeron luego- la lluvia había
cesado antes de que los primeros chicos llegaran a la explanada. Esta era un
poco irregular, inclinada hacia el mar, como corresponde a la ladera de un
monte. En lo alto, hacia el noroeste, se veían las primeras construcciones de
la Domus Galilaeae. La parte norte del recinto estaba ocupada por los hermanos
del Camino, unos 50.000 en cifras redondas, la parte sur, más pequeña,
estaba reservada para la iglesia local, aunque más tarde se consintió también
la entrada a este sector a los neocatecumenales. Se podían ver banderas de
todos los países, incluidas la palestina y la israelita. Al lado de una de éstas,
una pancarta rezaba en hebreo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz».
Muy pocas, casi ninguna, de las pancartas mencionaba el Camino Neocatecumenal,
por exigencia de la iglesia local. Otra humillación para que el Camino se
haga humilde: después del esfuerzo hecho, de los millones gastados y de la
presencia masiva, el Camino Neocatecumenal no debía ser mencionado.
Cuando tomamos asiento se nos dijo
que la celebración había sufrido un retraso: en lugar de las nueve de la mañana,
comenzaría a las once. El motivo, que las autoridades habían previsto la tarde
anterior que iba a llover hasta las ocho de la mañana. No fue así, pero
la celebración se retrasó igualmente. Ello permitió llegar a tiempo a
algunos autocares que no habían podido dejar antes sus lugares de pernoctación
debido a una huelga de 300 autobuses, que al final impidieron igualmente
llegar a 1.500 hermanos, que, tras tantos sacrificios, se quedaron sin la misa
del Papa, entre ellos, los de Angola, con Paco Reig a la cabeza. Llegaron a la
hora de comer, y pudieron participar sólo en el encuentro con Kiko. Éste, más
tarde, contando los milagros de la jornada, enumeró entre ellos el que
ninguno de estos hermanos había murmurado lo más mínimo. «Bueno, al menos
yo no he oído murmurar a ninguno -explicó-». ¡Toma ya, eso es fe!. Los Obispos eran un centenar, y
ocho cardenales, aparte de los que llegarían más tarde con el séquito del
Santo Padre. Rouco (Madrid), Schönborn (Viena), Sterzinsky (Berlín), Do
Nascimento (Luanda, Angola), Etsou-Nzabi-Bamungwabi (Kinshasa, Congo), Tumi
(Douala, Camerún), López Trujillo (Pont. Cons. para la Familia) y Castrillón
(Congregación para el Clero). El altar había sido diseñado y costeado por
el Camino. Tenía la forma de una tienda de beduinos, con la cubierta de color
negro. Presidía el altar un enorme icono de Cristo Pantocrátor con el libro
abierto: «Amad a vuestros enemigos, vengo pronto»: todo un programa para la
Evangelización del Tercer Milenio. La sede papal, así como el ambón, habían
sido diseñados y construidos por D. Edoardo Riccoboni, presbítero de mi
comunidad de Roma. Por indicación de Kiko tenían el color de la piedra, para
evocar la roca que es Pedro. Edoardo tuvo una idea mejor, y en lugar de
pintarlos imitando la piedra gris que recubre la fachada de la Domus, preparó
un revestimiento con polvo de esa misma piedra y cola Vinavil, de modo que
ambos muebles estaban realmente recubiertos de piedra. A otro lado del altar,
un enorme Crucificado, de madera casi negra por los pecados de la Humanidad
que carga sobre sí mismo, con trenzas de rabino, sobre una cruz de
madera dorada, obra de este mismo D. Edoardo. Y finalmente, la Virgen del
Tercer Milenio, que Kiko pintó para el Jubileo, y que el Papa ha regalado
para que se quede en la Domus Galilaeae. El Santo Padre llegó sobre las
diez en helicóptero hasta la Domus, para inaugurar el santuario de la
Palabra, la única parte terminada hasta ahora, junto con la fachada. Lo
esperaban allí, aparte de los capos, los rectores de los seminarios
Redemptoris Mater; para reiterar simbólicamente que esa Casa no pertenece al
Camino Neocatecumenal sino a la Iglesia Local, se eligió la presencia de los
rectores de todos esos seminarios que no pertenecen al Camino sino que son
diocesanos «a todos los efectos». En fin pues... El Papa, después de
recibir las explicaciones pertinentes bendijo la Yeshiva, merced a un golpe de
mano hábilmente puesto por obra por P. Mario Pezzi. Los expertos en liturgia
del CNC habían preparado días atrás una oración de bendición, y la habían
enviado para el nihil obstat al Oficio de Ceremonias Pontificias en Roma, el
cual la aprobó. La víspera del encuentro, en cambio, llegó un fax de
Mons. Marini diciendo que, «por órdenes superiores» quedaba suprimida la
bendición. Sin embargo, cuando llegó el momento, P. Mario se sacó
literalmente de la manga una versión de la bendición en español, y el Papa
la leyó sin ninguna vacilación, rociando con el agua del hisopo a los
presentes, entre los que se encontraban, con toda probabilidad, los autores de
las «órdenes superiores». Kiko contó más tarde que el Papa les dijo al
final del acto: «Dios os estaba esperando en este monte».
Después de la larga espera,
amenizada por algunos grupos folclóricos palestinos, creo, con la puntualidad
propia de estos casos, sobre las once menos cuarto, el papamóvil asomó por
el extremo noroccidental de la explanada, entre el entusiasmo de los jóvenes.
Bajó hasta el lugar del palco, entre los cordones de la seguridad, que los
también jóvenes (casi muchachos) de la policía y ejército israelíes
formaban. Se les veía desbordados y más bien maravillados de todo aquello,
que no sé si entendían muy bien. Kiko y los suyos se pusieron a cantar «Id
y anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea», hasta que fue el momento del
inicio de la procesión de entrada. Cuando esta empezó, se cantó el himno
del Jubileo. El Papa, entrando, se abrazó a la cruz que presidía el altar, y
de la que he hablado más arriba. La misa se dijo en inglés, los cantos
litúrgicos en latín, las lecturas en español e italiano, el evangelio... no
me acuerdo. Iba a escribir que en griego, ya que lo proclamó con la
solemnidad propia del rito bizantino, el Metropolita greco-católico de la
Alta Galilea, Ordinario del lugar, en persona. Pero no sé si lo hizo en inglés,
árabe, latín o en qué jerigonza de aquella nueva Babel o Pentecostés, según
se quiera mirar. La homilía del Papa fue estupenda. Para su texto remito a
las múltiples fuentes de información que podréis hallar sin duda todos
vosotros en la red, cual los expertos internautas que sois. Puedo resumir
esto: no habló directamente del amor al enemigo, prefirió centrarse en las
Bienaventuranzas, como síntesis del Evangelio de los pobres. En resumen
vino a decir que hoy, como cuando el Sermón de la Montaña fue pronunciado,
Jesús pone delante de los discípulos dos caminos: el de la vida y el de la
muerte. El primero dice que son bienaventurados los pobres, los que son mansos
y trabajan por la paz, los que lloran y buscan la justicia, los que son
perseguidos, los perdedores, los pequeños. Mientras tanto, todos nosotros
escuchamos a nuestro alrededor e incluso dentro de nosotros una
contra-catequesis que dice que los bienaventurados son los que ganan en este
mundo, aún a costa de pisar a los demás, que son felices los que poseen y ríen,
los que buscan la violencia para afirmarse, los que persiguen a los débiles.
Con Jesucristo podemos encontrar hoy el coraje de elegir el camino de la vida
que él nos propone, como hace dos mil años se lo propuso a los apóstoles.
Nosotros somos los apóstoles del Tercer Milenio, que debemos llevar al
mundo el doble mensaje de las Bienaventuranzas y de los Diez Mandamientos, la
otra Palabra que Dios dio en el otro Monte. Ambas se complementan, y no
pueden entenderse la una sin la otra. En efecto, Jesús, en el mismo Sermón,
dijo que no había venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento, y
las Bienaventuranzas son ese cumplimiento. El resto de la Eucaristía fue según
el rito ordinario. La comunión resultó algo caótica, pero era normal. Al
final, el Papa habló brevemente, como cuando hace los saludos durante el Ángelus,
y ahí se desquitó. Finalmente dijo que daba un saludo especial a todos los
miembros del Camino Neocatecumenal, y en particular a Kiko y Carmen por su
contribución a la realización de este gran evento. A conclusión de todo, y
como muestra del folclore de estos lares, crisol de culturas, hábil mezcla
sincrética de todas las cursilerías, doce lindas muchachas palestinas,
se acercaron para lanzar al aire otras tantas palomas, naturalmente como símbolo
de la paz por todos deseada. Como si de un deplorable augurio se tratase, ni
una sola de ellas voló. Bueno, mejor correr un tupido velo... Aún el Papa no se había retirado
del altar (literalmente) y ya todos estábamos rompiendo filas, para relajar
el cansancio y la tensión de las horas precedentes. Cuando él se había
marchado del todo, nos dispusimos a comer, al ver que llegaban camiones llenos
de cajas de cartón que contenían raciones ad hoc. Aquello parecía una
distribución alimenticia en un campo de Bosnia, pero bueno. Comimos nuestra
frugal colación bajo la carpa de la celebración, antes de que la seguridad
nos desalojara por motivos de ídem. Reyes y yo aprovechamos para ir a buscar
a sus hijos perdidos y hallados en el templo del monte galileo. Tras pisar
fango y más fango, encontramos a Andrés y Pedro, que estaban con los
bostonianos. Los hallé muy bien. Andrés me dijo que yo me había encogido.
¡Será cafre!, lo que pasa es que él ha crecido como un castillo, aunque
sigue siendo el niño de siempre. Bueno, dejemos la cosa sentimental de un
padrino hablando de su ahijado. Conforme pasaba el tiempo, el
cielo se iba abriendo y ya teníamos un bello sol de media tarde que auguraba
un feliz encuentro con Kiko. ¡Ay, mísera ingenuidad la nuestra!. Así
fue al principio, pero, vayamos por partes. El estrado fue de nuevo lleno de
Cardenales y Obispos, entre los que estratégicamente me introduje también
yo, aprovechando que vestía mis mejores galas monseñoriles. El
encuentro-llamada tenía una estructura sencilla: presentaciones, palabra,
catequesis y llamada. Cada cardenal, al ser presentado, dio un breve
saludo. Luego Kiko fue llamando por naciones. No recuerdo los números de cada
una, sólo que de España eran 9100 chicos y chicas, y de Italia 17.000, o
sea, casi el doble. El ambiente, a aquella hora, era de gran entusiasmo.
Kiko hizo leer a Rino el relato de Pentecostés, tras de lo cual, él mismo se
dispuso a hacer su catequesis. Se fue hacia donde estaba el Cristo y empezó a
hablar. Durante unos diez minutos todo fue bien, el sol caía y la luz
empezaba a disminuir. Pronto nos dimos cuenta de que no disminuía sólo por
el crepúsculo, sino porque se había cubierto de nuevo el cielo y ahora
amenazaba lluvia seriamente. Una corriente de nerviosismo empezó a discurrir
imperceptiblemente por el palco. Las primeras gotas empezaron a hacer su
aparición, todavía suavemente. A Kiko el agua, que le caía en todo lo alto,
le debió de enfriar un poco el entusiasmo anterior, porque cortó casi por lo
sano su parlamento, y le dijo a P. Mario que cantase el Evangelio. Éste lo
hizo ya con un lacayo que le sostenía un paraguas sobre la crisma. La lluvia
comenzó a caer en serio. Lo malo es que ni siquiera las autoridades estaban a
cubierto porque la tienda no era impermeable, sino que filtraba como un
colador el agua, que caía sobre nuestras cabezas, sólo que suavemente
tamizada. Cardenales y Obispos, primero abrieron sus paraguas, y luego
trataron de poner pies en polvorosa retirándose hacia el interior de la
carpa. En vano; no había refugio posible, así que nos dispusimos a aguantar
marea (nunca mejor dicho). El cardenal Rouco tuvo la sangre fría de hacer su
homilía ante una platea de 50.000 jóvenes disciplinados y silenciosos bajo
la lluvia. Cuando acabó ya era casi noche cerrada, y el agua seguía cayendo. Había llegado el momento de la
llamada vocacional, y las cosas se habían puesto feas. Hasta ese momento Kiko
había animado a la asamblea diciéndonos que todos los ojos de Israel nos
estaban mirando, para ver si éramos capaces de sufrir un poco por Cristo, y
que esto era una ocasión providencial para demostrarlo. P. Mario dijo que la
lluvia era signo de bautismo que nos lava. Todo muy edificante, pero llegados
al punto en el que estábamos, a Kiko pareció flaquearle el ánimo. Nos
advirtió simplemente de que debíamos abandonar el lugar ordenadamente y
cuanto antes, con los pasaportes en la boca, porque le habían informado de
que se avecinaba una tempestad. Avisó entonces de que la llamada vocacional
se haría en las eucaristías que los diversos grupos tendrían al día
siguiente. Un profundo silencio llenaba la asamblea, bajo los paraguas. Kiko
pidió, como suele, confirmación a sus seguidores: «¿Os parece bien,
chicos?». Primero tímidamente y luego con más decisión, de la explanada se
alzó un decidido «¡Nooooo!». Aún de espaldas como yo lo tenía, pude
adivinar el cambio de expresión en el rostro de Kiko; entre entusiasmado e
incrédulo preguntó: «¿Queréis entonces que lo hagamos ahora?» Y esta vez
sin vacilaciones subió de la explanada un estruendoso «¡Síííííííííííííí!».
Bastaba aquello. Kiko recobró todo su empuje y en un santiamén hizo la
llamada. Los chicos parecían ya haberse agolpado a los pies del estrado, pues
pocos segundos después un río ininterrumpido de muchachos comenzó a subir.
Los encabezaba Marcos Enrique, sí, mi sobrino, que se colocó de rodillas en
el centro del altar, en primera fila. Y detrás de él un número que
parecía no cesar de aumentar. Muy pronto todo el espacio disponible detrás
de Marcos estaba lleno, y comenzaron a disponerse en filas por delante.
Al final mi sobrino estaba en la quinta o sexta fila. Cuando el estrado estuvo
lleno, se contaron cerca de dos mil muchachos, cálculo difícil de hacer.
Pero, sobre todo, era imposible que hubieran tenido tiempo de llegar hasta el
palco los más alejados en la explanada antes de que el cardenal Rouco hiciera
su oración de bendición y les impusieran las manos. Así que el número real
no sé si llegará a saberse nunca. Quizás, dijeron luego, eran tres mil o más.
Los Obispos presentes casi se daban codazos entre ellos para disponerse en
fila y poder imponer las manos aquellos futuros apóstoles del tercer milenio.
El espectáculo, es inútil decirlo, era conmovedor, y la fría agua de
lluvia que corría por nuestros rostros admirados era providencial para
disimular las cálidas lágrimas que la acompañaban. Luego fue el turno de
las chicas. Como entre tanto la lluvia casi había cesado, hubo tiempo para
que una monja de clausura allí presente (supongo que con el regular permiso)
interviniera para animar a las féminas a ser las esposas del Cordero Divino.
Como sus compañeros masculinos también ellas se precipitaron sobre el altar.
Eran algo menos, pero probablemente alcanzaron las dos mil. Como el horno no estaba para
bollos, terminada la llamada, un servidor, con Reyes y Toni se retiró rápidamente,
para evitar el caos que se debió producir con la salida de millares de
autobuses. Estábamos cansados pero satisfechos. Fuimos en un microbús hasta
el llamado "Oasis", que es un hermoso convento pobremente amueblado,
alquilado por el Camino en Tiberíades, centro de operaciones para la
construcción de la Domus y para la organización del encuentro. Allí cenamos
un bocado y más tarde Reyes y Toni me acompañaron al hotel. Kiko y los Obispos estaban en la
cena, llenos de entusiasmo. Me puse en su mesa. Carmen llamó a la Nunciatura,
sabiendo que allí se encontraban el Papa y Estanislao. Allí consiguieron
hablar con el primero, pero no con el segundo, claro. Al Secretario del
Papa le contaron cómo había ido el encuentro, y los 5.000 muchachos que
se habían levantado. D. Estanislao les dijo que el Santo Padre estaba
muy contento del encuentro, y todos hicimos fiesta al escucharlo. Éramos como
niños... Kiko aprovechó para ilustrar a los Obispos detalles de la preparación,
y narrar algunos milagrillos ligados a la misma, como el cambio de actitud de
la Iglesia local cuando las parroquias comenzaron a ser visitadas por los
seminaristas. Al final regaló a los Obispos un icono, con el detalle del
rostro de la Virgen del Tercer Milenio. También yo me hice con uno, claro. Bueno, hasta aquí la crónica del
encuentro. El resto es la narración de mi regreso a Roma, pero eso no es
importante. Tras la cena, estuve tomándome un helado con Juan Antonio Reig y
sus acompañantes (Josemaría Gea y Rafa Reig) y me retiré a dormir. A la mañana
siguiente, mientras el Papa adoraba en Nazaret la gruta de la Anunciación, P.
Arturo Elberti (el jesuita del principio) y yo celebrábamos la Misa de la
Encarnación, en el 2000 aniversario del Mayor Acontecimiento de la Historia
Humana, en la habitación de un hotel junto al Lago de Tiberíades. Bueno,
mejor que hacerlo en Catamarruc. D. Edoardo
Riccoboni, el polifacético
artista del que hablé líneas arriba, nos llevó en coche hasta el aeropuerto
de Ben Gurión en Tel Aviv, pasando junto a Nazaret y a los pies del Tabor.
Coger el avión hasta Roma fue la última aventura. A causa de una huelga
salvaje de controladores aéreos habida el día anterior, Alitalia había
suprimido algunos vuelos, entre los cuales, ¡vaya por Dios!, el nuestro. Una
hora de tensión estuvimos esperando a ver si había solución. Y la cosa se
arregló vía Milán. Así que con algo de nervios y un poco más de cansancio
que sumar al acumulado en los días anteriores, llegué a casa en Roma a las
diez de la noche de ayer sábado. Espero que mi crónica, pueda
modestamente haceros llegar algo de la experiencia, sin duda extraordinaria,
que hemos vivido estos días, y que las licencias de ironía y chanza que de
tanto en tanto me he permitido para aligerar el relato, no os impidan captar
la profundidad de la experiencia espiritual, y la bondad de Dios, que dirige
la historia y se apresta a abrir, con su Iglesia, un Tercer Milenio lleno de
maravillas. Un abrazo de paz a todos. Alejandro Cifres |