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EL ENCUENTRO DEL PAPA CON LOS JÓVENES EN EL MONTE DE LAS BIENAVENTURANZAS Y LA LLAMADA VOCACIONAL HECHA POR KIKO ARGÜELLO.

Israel 2000

Cronica desde Galilea
Misa papal en el Monte de las Bienaventuranzas
Homilia del Santo Padre
Saludo del Santo Padre a los jóvenes
Cien mil jovenes con el Papa

Galilea, 24 de marzo de 2000, víspera del bimilenario de la Encarnación del Verbo.

israel.jpg (36728 bytes)Llegué a Tiberíades a la 1 y media de la noche del viernes 24, pocas horas antes de que comenzaran los actos en el Monte de las Bienaventuranzas. Había viajado desde Roma en avión, en compañía de un padre jesuita, profesor de la Universidad Gregoriana. En el vuelo coincidimos con el Cardenal López Trujillo, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, y Mons. Gil Hellín, Vicepresidente del mismo. Al llegar al aeropuerto de Ben Gurión, nos esperaban unos seminaristas con un par de microbuses para trasladarnos a Tiberíades. Allí tuvimos la primera prueba de lo que ha sido la admirable organización de este encuentro por parte del Camino, en la que han participado importantes miembros de nuestra familia (Toni, Reyes, Marcos y Ricardo): una sabia mezcla oriental de eficacia y desorganización, de refinada hospitalidad e improvisación. Mi nombre, por ejemplo, aparecía regularmente en la lista, ¡como guardaespaldas de López Trujillo!. El padre jesuita, en cambio, que había sido invitado directamente por Rino Rossi, el gran capo de todo este negocio, no aparecía en la lista. Nada de esto fue óbice, naturalmente, para que subiéramos en los microbuses y pusiéramos rumbo a Galilea.

Llovía torrencialmente, lo cual es sin duda una bendición para esta tierra siempre amenazada por la sequía, pero la cosa no sembraba gran serenidad en nuestro ánimo. En la autovía comenzamos incluso a recibir granizo sobre nuestras cabezas. Pensábamos con preocupación no sólo en el día siguiente, sino en los millares de muchachos que ya a esa hora se estaban encaminando hacia el Monte de las Bienaventuranzas, o que incluso trataban de pasar la noche en las tiendas cedidas por el ejército e instaladas en la ribera oriental del lago de Genesaret. Dentro de mí pensaba, sin embargo: «si un poco de fe puede mover montañas, seguro que entre los 50.000 jóvenes alguno habrá que tenga la suficiente como para que el Señor le escuche y nos mande un día no demasiado mojado». Y así fue, dentro de un orden, como se dirá más tarde.

Nos instalaron en el Hotel Sheraton Moriah de Tiberíades, que era el de los V.I.P. El encargado de dar las habitaciones, un francés ex agente del servicio secreto de su país, que me reconoció en seguida como el pluri-pariente de sus colegas en la organización, nos hizo esperar una hora antes de darnos la habitación; así que eran las dos y media cuando nos metíamos en la cama, para estar en ella sólo tres horas. En efecto, a las cinco sonó diana y nos pusimos en marcha. En varios autobuses fuimos cargados los V.I.P.: cardenales y obispos, monseñores guardaespaldas, padres invitados, céfalos y viejos itinerantes, etc. Nos vimos de nuevo con alegría las caras los que siempre nos encontramos en estas ocasiones: Nicanor, Lucio y María José, Jesús Serrat y Manolo García, etc. El ambiente era optimista, con ilusión de afrontar esta jornada histórica. El día había amanecido con un aspecto bastante tranquilizador. Se veía una viva luz entre nubes, que parecían vacilar entre dejarnos la jornada en paz o hacer de las suyas.

israel3.jpg (30557 bytes)Conforme nos acercábamos al lugar del encuentro, comenzamos a ver pelotones de policía y del ejército que controlaban cada camino, bifurcación, e incluso se apostaban en las puertas y verjas de las casas particulares. Luego se empezaron a divisar en lontananza las filas de muchachos que caminaban hacia la explanada. El optimismo se transformaba en excitación, en la neta sensación de que algo importante se estaba preparando. Nos hicieron bajar en las cercanías del palco, en la zona reservada para esta fauna variopinta de los V.I.P. Tras algo de fatiga para penetrar en el recinto, entre el fango que cubría los caminos, donde encontramos a Toni, con cara de no haber dormido en tres días (así era en realidad), llegamos con su ayuda al lugar del control policial. Os aseguro que en ningún aeropuerto, ni siquiera en Ben Gurión, he sido chequeado de esa manera. Detectores de metales, bolsillos vacíos, bolsas revisadas, etiquetas al cuello para verificar que estábamos "limpios", etc. Cuando superé el control, otro encuentro feliz: allí estaba Reyes que me vio en seguida. Ella parecía más fresca y alegre. Me introdujo en la sección reservada a los Obispos, donde había un pequeño refrigerio preparado. Para ello tuvo que hablar con los agentes israelitas de seguridad. El sistema de control adicional consistía en que no entraba nadie que no fuera conocido por los miembros de la organización neocatecumenal. Tomamos asiento en la zona delante del altar, entre presbíteros concelebrantes e invitados musulmanes y judíos. El tiempo seguía incierto, con espacios de sol y nubes. Por la noche -nos lo dijeron luego- la lluvia había cesado antes de que los primeros chicos llegaran a la explanada. Esta era un poco irregular, inclinada hacia el mar, como corresponde a la ladera de un monte. En lo alto, hacia el noroeste, se veían las primeras construcciones de la Domus Galilaeae. La parte norte del recinto estaba ocupada por los hermanos del Camino, unos 50.000 en cifras redondas, la parte sur, más pequeña, estaba reservada para la iglesia local, aunque más tarde se consintió también la entrada a este sector a los neocatecumenales. Se podían ver banderas de todos los países, incluidas la palestina y la israelita. Al lado de una de éstas, una pancarta rezaba en hebreo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz». Muy pocas, casi ninguna, de las pancartas mencionaba el Camino Neocatecumenal, por exigencia de la iglesia local. Otra humillación para que el Camino se haga humilde: después del esfuerzo hecho, de los millones gastados y de la presencia masiva, el Camino Neocatecumenal no debía ser mencionado.

Cuando tomamos asiento se nos dijo que la celebración había sufrido un retraso: en lugar de las nueve de la mañana, comenzaría a las once. El motivo, que las autoridades habían previsto la tarde anterior que iba a llover hasta las ocho de la mañana. No fue así, pero la celebración se retrasó igualmente. Ello permitió llegar a tiempo a algunos autocares que no habían podido dejar antes sus lugares de pernoctación debido a una huelga de 300 autobuses, que al final impidieron igualmente llegar a 1.500 hermanos, que, tras tantos sacrificios, se quedaron sin la misa del Papa, entre ellos, los de Angola, con Paco Reig a la cabeza. Llegaron a la hora de comer, y pudieron participar sólo en el encuentro con Kiko. Éste, más tarde, contando los milagros de la jornada, enumeró entre ellos el que ninguno de estos hermanos había murmurado lo más mínimo. «Bueno, al menos yo no he oído murmurar a ninguno -explicó-». ¡Toma ya, eso es fe!.

Los Obispos eran un centenar, y ocho cardenales, aparte de los que llegarían más tarde con el séquito del Santo Padre. Rouco (Madrid), Schönborn (Viena), Sterzinsky (Berlín), Do Nascimento (Luanda, Angola), Etsou-Nzabi-Bamungwabi (Kinshasa, Congo), Tumi (Douala, Camerún), López Trujillo (Pont. Cons. para la Familia) y Castrillón (Congregación para el Clero). El altar había sido diseñado y costeado por el Camino. Tenía la forma de una tienda de beduinos, con la cubierta de color negro. Presidía el altar un enorme icono de Cristo Pantocrátor con el libro abierto: «Amad a vuestros enemigos, vengo pronto»: todo un programa para la Evangelización del Tercer Milenio. La sede papal, así como el ambón, habían sido diseñados y construidos por D. Edoardo Riccoboni, presbítero de mi comunidad de Roma. Por indicación de Kiko tenían el color de la piedra, para evocar la roca que es Pedro. Edoardo tuvo una idea mejor, y en lugar de pintarlos imitando la piedra gris que recubre la fachada de la Domus, preparó un revestimiento con polvo de esa misma piedra y cola Vinavil, de modo que ambos muebles estaban realmente recubiertos de piedra. A otro lado del altar, un enorme Crucificado, de madera casi negra por los pecados de la Humanidad que carga sobre sí mismo, con trenzas de rabino, sobre una cruz de madera dorada, obra de este mismo D. Edoardo. Y finalmente, la Virgen del Tercer Milenio, que Kiko pintó para el Jubileo, y que el Papa ha regalado para que se quede en la Domus Galilaeae.

israel1.jpg (51557 bytes)El Santo Padre llegó sobre las diez en helicóptero hasta la Domus, para inaugurar el santuario de la Palabra, la única parte terminada hasta ahora, junto con la fachada. Lo esperaban allí, aparte de los capos, los rectores de los seminarios Redemptoris Mater; para reiterar simbólicamente que esa Casa no pertenece al Camino Neocatecumenal sino a la Iglesia Local, se eligió la presencia de los rectores de todos esos seminarios que no pertenecen al Camino sino que son diocesanos «a todos los efectos». En fin pues... El Papa, después de recibir las explicaciones pertinentes bendijo la Yeshiva, merced a un golpe de mano hábilmente puesto por obra por P. Mario Pezzi. Los expertos en liturgia del CNC habían preparado días atrás una oración de bendición, y la habían enviado para el nihil obstat al Oficio de Ceremonias Pontificias en Roma, el cual la aprobó. La víspera del encuentro, en cambio, llegó un fax de Mons. Marini diciendo que, «por órdenes superiores» quedaba suprimida la bendición. Sin embargo, cuando llegó el momento, P. Mario se sacó literalmente de la manga una versión de la bendición en español, y el Papa la leyó sin ninguna vacilación, rociando con el agua del hisopo a los presentes, entre los que se encontraban, con toda probabilidad, los autores de las «órdenes superiores». Kiko contó más tarde que el Papa les dijo al final del acto: «Dios os estaba esperando en este monte».

Después de la larga espera, amenizada por algunos grupos folclóricos palestinos, creo, con la puntualidad propia de estos casos, sobre las once menos cuarto, el papamóvil asomó por el extremo noroccidental de la explanada, entre el entusiasmo de los jóvenes. Bajó hasta el lugar del palco, entre los cordones de la seguridad, que los también jóvenes (casi muchachos) de la policía y ejército israelíes formaban. Se les veía desbordados y más bien maravillados de todo aquello, que no sé si entendían muy bien. Kiko y los suyos se pusieron a cantar «Id y anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea», hasta que fue el momento del inicio de la procesión de entrada. Cuando esta empezó, se cantó el himno del Jubileo. El Papa, entrando, se abrazó a la cruz que presidía el altar, y de la que he hablado más arriba. La misa se dijo en inglés, los cantos litúrgicos en latín, las lecturas en español e italiano, el evangelio... no me acuerdo. Iba a escribir que en griego, ya que lo proclamó con la solemnidad propia del rito bizantino, el Metropolita greco-católico de la Alta Galilea, Ordinario del lugar, en persona. Pero no sé si lo hizo en inglés, árabe, latín o en qué jerigonza de aquella nueva Babel o Pentecostés, según se quiera mirar. La homilía del Papa fue estupenda. Para su texto remito a las múltiples fuentes de información que podréis hallar sin duda todos vosotros en la red, cual los expertos internautas que sois. Puedo resumir esto: no habló directamente del amor al enemigo, prefirió centrarse en las Bienaventuranzas, como síntesis del Evangelio de los pobres. En resumen vino a decir que hoy, como cuando el Sermón de la Montaña fue pronunciado, Jesús pone delante de los discípulos dos caminos: el de la vida y el de la muerte. El primero dice que son bienaventurados los pobres, los que son mansos y trabajan por la paz, los que lloran y buscan la justicia, los que son perseguidos, los perdedores, los pequeños. Mientras tanto, todos nosotros escuchamos a nuestro alrededor e incluso dentro de nosotros una contra-catequesis que dice que los bienaventurados son los que ganan en este mundo, aún a costa de pisar a los demás, que son felices los que poseen y ríen, los que buscan la violencia para afirmarse, los que persiguen a los débiles. Con Jesucristo podemos encontrar hoy el coraje de elegir el camino de la vida que él nos propone, como hace dos mil años se lo propuso a los apóstoles. Nosotros somos los apóstoles del Tercer Milenio, que debemos llevar al mundo el doble mensaje de las Bienaventuranzas y de los Diez Mandamientos, la otra Palabra que Dios dio en el otro Monte. Ambas se complementan, y no pueden entenderse la una sin la otra. En efecto, Jesús, en el mismo Sermón, dijo que no había  venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento, y las Bienaventuranzas son ese cumplimiento.

El resto de la Eucaristía fue según el rito ordinario. La comunión resultó algo caótica, pero era normal. Al final, el Papa habló brevemente, como cuando hace los saludos durante el Ángelus, y ahí se desquitó. Finalmente dijo que daba un saludo especial a todos los miembros del Camino Neocatecumenal, y en particular a Kiko y Carmen por su contribución a la realización de este gran evento. A conclusión de todo, y como muestra del folclore de estos lares, crisol de culturas, hábil mezcla sincrética de todas las cursilerías, doce lindas muchachas palestinas, se acercaron para lanzar al aire otras tantas palomas, naturalmente como símbolo de la paz por todos deseada. Como si de un deplorable augurio se tratase, ni una sola de ellas voló. Bueno, mejor correr un tupido velo...

Aún el Papa no se había retirado del altar (literalmente) y ya todos estábamos rompiendo filas, para relajar el cansancio y la tensión de las horas precedentes. Cuando él se había marchado del todo, nos dispusimos a comer, al ver que llegaban camiones llenos de cajas de cartón que contenían raciones ad hoc. Aquello parecía una distribución alimenticia en un campo de Bosnia, pero bueno. Comimos nuestra frugal colación bajo la carpa de la celebración, antes de que la seguridad nos desalojara por motivos de ídem. Reyes y yo aprovechamos para ir a buscar a sus hijos perdidos y hallados en el templo del monte galileo. Tras pisar fango y más fango, encontramos a Andrés y Pedro, que estaban con los bostonianos. Los hallé muy bien. Andrés me dijo que yo me había encogido. ¡Será cafre!, lo que pasa es que él ha crecido como un castillo, aunque sigue siendo el niño de siempre. Bueno, dejemos la cosa sentimental de un padrino hablando de su ahijado.

Conforme pasaba el tiempo, el cielo se iba abriendo y ya teníamos un bello sol de media tarde que auguraba un feliz encuentro con Kiko. ¡Ay, mísera ingenuidad la nuestra!. Así fue al principio, pero, vayamos por partes. El estrado fue de nuevo lleno de Cardenales y Obispos, entre los que estratégicamente me introduje también yo, aprovechando que vestía mis mejores galas monseñoriles. El encuentro-llamada tenía una estructura sencilla: presentaciones, palabra, catequesis y llamada. Cada cardenal, al ser presentado, dio un breve saludo. Luego Kiko fue llamando por naciones. No recuerdo los números de cada una, sólo que de España eran 9100 chicos y chicas, y de Italia 17.000, o sea, casi el doble. El ambiente, a aquella hora, era de gran entusiasmo. Kiko hizo leer a Rino el relato de Pentecostés, tras de lo cual, él mismo se dispuso a hacer su catequesis. Se fue hacia donde estaba el Cristo y empezó a hablar. Durante unos diez minutos todo fue bien, el sol caía y la luz empezaba a disminuir. Pronto nos dimos cuenta de que no disminuía sólo por el crepúsculo, sino porque se había cubierto de nuevo el cielo y ahora amenazaba lluvia seriamente. Una corriente de nerviosismo empezó a discurrir imperceptiblemente por el palco. Las primeras gotas empezaron a hacer su aparición, todavía suavemente. A Kiko el agua, que le caía en todo lo alto, le debió de enfriar un poco el entusiasmo anterior, porque cortó casi por lo sano su parlamento, y le dijo a P. Mario que cantase el Evangelio. Éste lo hizo ya con un lacayo que le sostenía un paraguas sobre la crisma. La lluvia comenzó a caer en serio. Lo malo es que ni siquiera las autoridades estaban a cubierto porque la tienda no era impermeable, sino que filtraba como un colador el agua, que caía sobre nuestras cabezas, sólo que suavemente tamizada. Cardenales y Obispos, primero abrieron sus paraguas, y luego trataron de poner pies en polvorosa retirándose hacia el interior de la carpa. En vano; no había refugio posible, así que nos dispusimos a aguantar marea (nunca mejor dicho). El cardenal Rouco tuvo la sangre fría de hacer su homilía ante una platea de 50.000 jóvenes disciplinados y silenciosos bajo la lluvia. Cuando acabó ya era casi noche cerrada, y el agua seguía cayendo.

Había llegado el momento de la llamada vocacional, y las cosas se habían puesto feas. Hasta ese momento Kiko había animado a la asamblea diciéndonos que todos los ojos de Israel nos estaban mirando, para ver si éramos capaces de sufrir un poco por Cristo, y que esto era una ocasión providencial para demostrarlo. P. Mario dijo que la lluvia era signo de bautismo que nos lava. Todo muy edificante, pero llegados al punto en el que estábamos, a Kiko pareció flaquearle el ánimo. Nos advirtió simplemente de que debíamos abandonar el lugar ordenadamente y cuanto antes, con los pasaportes en la boca, porque le habían informado de que se avecinaba una tempestad. Avisó entonces de que la llamada vocacional se haría en las eucaristías que los diversos grupos tendrían al día siguiente. Un profundo silencio llenaba la asamblea, bajo los paraguas. Kiko pidió, como suele, confirmación a sus seguidores: «¿Os parece bien, chicos?». Primero tímidamente y luego con más decisión, de la explanada se alzó un decidido «¡Nooooo!». Aún de espaldas como yo lo tenía, pude adivinar el cambio de expresión en el rostro de Kiko; entre entusiasmado e incrédulo preguntó: «¿Queréis entonces que lo hagamos ahora?» Y esta vez sin vacilaciones subió de la explanada un estruendoso «¡Síííííííííííííí!». Bastaba aquello. Kiko recobró todo su empuje y en un santiamén hizo la llamada. Los chicos parecían ya haberse agolpado a los pies del estrado, pues pocos segundos después un río ininterrumpido de muchachos comenzó a subir. Los encabezaba Marcos Enrique, sí, mi sobrino, que se colocó de rodillas en el centro del altar, en primera fila. Y detrás de él un número que parecía no cesar de aumentar. Muy pronto todo el espacio disponible detrás de Marcos estaba lleno, y comenzaron a disponerse en filas por delante. Al final mi sobrino estaba en la quinta o sexta fila. Cuando el estrado estuvo lleno, se contaron cerca de dos mil muchachos, cálculo difícil de hacer. Pero, sobre todo, era imposible que hubieran tenido tiempo de llegar hasta el palco los más alejados en la explanada antes de que el cardenal Rouco hiciera su oración de bendición y les impusieran las manos. Así que el número real no sé si llegará a saberse nunca. Quizás, dijeron luego, eran tres mil o más. Los Obispos presentes casi se daban codazos entre ellos para disponerse en fila y poder imponer las manos aquellos futuros apóstoles del tercer milenio. El espectáculo, es inútil decirlo, era conmovedor, y la fría agua de lluvia que corría por nuestros rostros admirados era providencial para disimular las cálidas lágrimas que la acompañaban. Luego fue el turno de las chicas. Como entre tanto la lluvia casi había cesado, hubo tiempo para que una monja de clausura allí presente (supongo que con el regular permiso) interviniera para animar a las féminas a ser las esposas del Cordero Divino. Como sus compañeros masculinos también ellas se precipitaron sobre el altar. Eran algo menos, pero probablemente alcanzaron las dos mil.

Como el horno no estaba para bollos, terminada la llamada, un servidor, con Reyes y Toni se retiró rápidamente, para evitar el caos que se debió producir con la salida de millares de autobuses. Estábamos cansados pero satisfechos. Fuimos en un microbús hasta el llamado "Oasis", que es un hermoso convento pobremente amueblado, alquilado por el Camino en Tiberíades, centro de operaciones para la construcción de la Domus y para la organización del encuentro. Allí cenamos un bocado y más tarde Reyes y Toni me acompañaron al hotel.

Kiko y los Obispos estaban en la cena, llenos de entusiasmo. Me puse en su mesa. Carmen llamó a la Nunciatura, sabiendo que allí se encontraban el Papa y Estanislao. Allí consiguieron hablar con el primero, pero no con el segundo, claro. Al Secretario del Papa le contaron cómo había ido el encuentro, y los 5.000 muchachos que se habían levantado. D. Estanislao les dijo que el Santo Padre estaba muy contento del encuentro, y todos hicimos fiesta al escucharlo. Éramos como niños... Kiko aprovechó para ilustrar a los Obispos detalles de la preparación, y narrar algunos milagrillos ligados a la misma, como el cambio de actitud de la Iglesia local cuando las parroquias comenzaron a ser visitadas por los seminaristas. Al final regaló a los Obispos un icono, con el detalle del rostro de la Virgen del Tercer Milenio. También yo me hice con uno, claro.

Bueno, hasta aquí la crónica del encuentro. El resto es la narración de mi regreso a Roma, pero eso no es importante. Tras la cena, estuve tomándome un helado con Juan Antonio Reig y sus acompañantes (Josemaría Gea y Rafa Reig) y me retiré a dormir. A la mañana siguiente, mientras el Papa adoraba en Nazaret la gruta de la Anunciación, P. Arturo Elberti (el jesuita del principio) y yo celebrábamos la Misa de la Encarnación, en el 2000 aniversario del Mayor Acontecimiento de la Historia Humana, en la habitación de un hotel junto al Lago de Tiberíades. Bueno, mejor que hacerlo en Catamarruc.

D. Edoardo Riccoboni, el polifacético artista del que hablé líneas arriba, nos llevó en coche hasta el aeropuerto de Ben Gurión en Tel Aviv, pasando junto a Nazaret y a los pies del Tabor. Coger el avión hasta Roma fue la última aventura. A causa de una huelga salvaje de controladores aéreos habida el día anterior, Alitalia había suprimido algunos vuelos, entre los cuales, ¡vaya por Dios!, el nuestro. Una hora de tensión estuvimos esperando a ver si había solución. Y la cosa se arregló vía Milán. Así que con algo de nervios y un poco más de cansancio que sumar al acumulado en los días anteriores, llegué a casa en Roma a las diez de la noche de ayer sábado.

Espero que mi crónica, pueda modestamente haceros llegar algo de la experiencia, sin duda extraordinaria, que hemos vivido estos días, y que las licencias de ironía y chanza que de tanto en tanto me he permitido para aligerar el relato, no os impidan captar la profundidad de la experiencia espiritual, y la bondad de Dios, que dirige la historia y se apresta a abrir, con su Iglesia, un Tercer Milenio lleno de maravillas.

Un abrazo de paz a todos.

Alejandro Cifres

 

 

3ª Comunidad Neocatecumenal de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Merced (Burriana - Castellón - España)