Batalla de Nieuport, 1600


La primera batalla de las Dunas (2 de julio de 1600) [...] es la primera victoria importante del ejército holandés, del que hasta entonces se decía que "no se atrevía a mostrarse en campo abierto", y que únicamente servía para tomar ciudades. Sin embargo, las reformas de Mauricio [de Nassau] le habían convertido en un peligrosísimo adversario, como se vio ese día.

El combate es consecuencia de una maniobra de amplias miras. Los Estados, aprovechando su dominio del mar, deciden llevar a cabo un desembarco en territorio controlado por España. Confían conseguir de esta forma dos objetivos: mantener a Inglaterra como aliada y acabar con las bases de operaciones corsarias que eran Nieuport y Dunquerque. Esperaban contar para, además, con una sublevación general de la población de Flandes, a la que creían reprimida por el yugo español. El 22 de junio, las fuerzas de Mauricio saltan a tierra. Al enterarse de la noticia, el archiduque Alberto, que gobernaba los Países Bajos, parte de Bruselas para hacer frente a la amenaza. Sobre la marcha, pide ayuda a las tropas amotinadas en Diest, que le dan ochocientos infantes españoles y seiscientos caballos, para servir en vanguardia bajo sus propios jefes, formando un escuadrón volante.

El ejército, tras haber andado doce leguas en un día una noche, cae sobre tres pequeños fuertes ocupados por los holandeses. A pesar de que las guarniciones se rinden, los amotinados, "porque deseaban mucho degollarlos y coger el pillaje... les quebraantaron la palabra y les degollaron". Tras ello, prosiguen su avance, topan con Ernesto de Nassau, que avanzaba a su encuentro con dos mil infantes escoceses y zelandeses, cuatro escuadarones de caballería y dos piezas y, sin casia detenersee, les deshacen, no dándoles cuartel. "Los escoceses, en un éxtasis de miedo", a pesar de su bien ganada reputación, se desbandan como los demás. Ni siquiera fue una batalla: "en un momento mataron de mil ochocientos a dos mil hombres, se apoderaron de dos cañones y varias banderas".

Siguiendo la desalada caminata, llegan ante las posiciones de Mauricio. Éste había desembarcado con unos nueve mil infantes, de los que habría que deducir los destacamentos recién batidos, en torno a atres mil caballos y seis piezas. Ha desplegado en la playa, pero la marea creciente le obliga a correr su izquierda, donde se concentra la infantería hasta ocupar una serie de dunas, reforzadas con sendas baterías. Los jinetes, expulsados de su primitiva posición por el agua, forman a la derecha. Por falta material de espacio, las tropas se escalonarán en profunidad.

Cánovas afirma, no sin razón, que era un ejército protestante más que holandés, ya que en él servían, además de holandeses, escoceses, ingleses, alemanes, suizos, franceses y un regimiento de desertores valones [holandeses católicos], que poco antes habían vendido a Mauricio las plazas que les habían sido confiadas. Pero lo mismo se podía decir de sus rivales, que también presentaban tropas de distintas nacionalidades.

Los católicos suman entre nueve y diez mil infantes, menos de mil seiscientos caballos y siete cañones, más los dos cogidos recientemente. Entre los primeros, tres españoles, los de Zapena, Villar y Monroy, así como dos unidades valonas, una italiana y una irlandesa. También, cuatro mil alemanes que marchan a retaguardia y que no participarán en la batalla.

Según algunos, el archiduque toma por sí la decisión de atacar, quizás dolido por las acusaciones por su actuación en el socorro de Amiens. Otros, en cambio, afirman que son los soldados -especialmente los amotinados. quienes "ensorbecidos con este buen suceso (sus anteriores victorias) y llevados de la codicia del pillaje y de la gloria", los que le fuerzan a combatir, mostrándose tan insolentes que los oficiales superiores le aconsejan que "pues eran los soldados los que habían de hacer aquella facción, los dejase".

En cualquier caso, la elección no fue nada prudente, por demasiados motivos: los españoles tenían un flanco expuesto al fuego de la escuadra que había traido el ejército enemigo; las tropas estaban aspeadas tras la marcha forzada empezada esa madrugada, y tendríana que pelear con el sol, y sobre todo el viento de cara. Finalmente, no estaban al completo: casi la mitad de la infantería se hallaba todavía en camino.

El choque inicial se producirá en las vanguardias. A medida que las demás unidades van llegando, irán alimentando el combate [...]. Los tercios, "como si les fuese oigual la muerte o la victoria", "con el mayor fervor y valor que se ha visto, muertos de sed y tan faatigados que parecía casi imposible poder dar paso", cargan frontalmente, jadeando, hundiéndose en las dunas, cegados por el sol y por un viento que les mete la arena y el humo en los ojos, y que apaga la llama de sus mosquetes.

Con los amotinados a la cabeza, dan un primer salto, que la sólida infantería enemiga, apoyada por la artillería, apoyada por la artillería, rechaza. Se reagrupan y lanzan un segundo, sin mejor suerte. Mientras, fuerzas holandesas de caballería han dado una carga por la derecha, que arrolla a los jinetes católicos, pero que es detenida por el fuego de los infantes. Un tercer ataque de éstos, en cambio, les permite apoderarse de una de las alturas, expulsando a los ingleses y frisones. Algunos de ellos, llevados por el miedo, se arrojan a las oloas para escapar. Su jefe, sir Francis de Vere, se ha batido con coraje, recibiendo dos tiros en una pierna, y siendo muerto su caballo. Ante ese revés, la línea holandesa entera vacila. Parecía en ese momento que "todo el ejército, el único ejército de los Estados, estaba perdido, roto, dominado paor el pánico; los gritos de victoria de los españoles sonaban en todas partes".

Éstos hacen un breve alto para tomar aliento. Luego, aunque agotados y diezmados, empiezan el asalto de otra duna defendida por una batería, llegando tan cerca de ésta que, tras un último disparo, está a punto de ser abandonada.

Pero ya es demasiado tarde. Mauricio, "que parecía el único hombre del campo (holandés) no atemorizado", ha aprovechado el mínimo respiro que se le ha concedido. Midiendo perfectamente el tiempo, hace cargar a las únicas fuerzas ordenadas que le quedaban, los regimientos de caballería de Balen, Vere y Cecil. Éstos barren a los jinetes católicos, que en su fuga arrollan a parte de sus propios infantes, dejando aislado al resto. Siguiendo la carga, los caballos caen sobre el flanco de la primera línea católica, que recibe a la vez un contraataque por su frente de la infantería holandesa, reorganizada y apoyada por la artillería que ha vuelto a abrir fuego.

El archiduque, pie a tierra, intenta evitar el colapso. Un enemigo le hiere "entre las sienes y la cabeza", pero "él le mató con la espada de una cuchillada con que le abrió la cara". Sin embargo, los españoles han sufrido pérdidas terribles, incluyendo a dos de los tres maestres de campo, los tres sargentos mayores, treinta y seis capitanes y centenares de hombres. Sus compañeros italianos, que han combatido valerosamente, no están en mejores condiciones. Abandonada y exhausta tras una jornada que ha consistido en una marcha forzada, el encuentro con el destacamento de Ernesto de Nassau y su persecución, además de varias horas de combate en la aarena, bajo el sol de julio, la infantería se hunde.

Las cifras de las respectivas bajas varían considerablemente. Los holandesas se pueden cifrar en torno a los mil setecientos muertos o heridos. El archiduque tuvo alrededor de cuatro mil, incluyendo más de sesenta capitanes y un número desproporcionadamente elevado de españoles, difíciles de sustituir, quedando tanto los amotinados como los teracios "menguadísimos", ya que llevaron el peso del combate. Los irlandeses y los valones, que por estar en segunda línea apenas tuvieron ocasión de batirse, salieron mejor parados, como sucedió a la caballería, a causa de la escasa resistencia que presentó. Entre los capturados estaba el almirante de Aragón, jefe de los jinetes. Un mosquetazo le mató el caballo, que cayó de espaldas sobre él. Más de doscientos prisioneros fueron pasados a cuchillo, en justa represalia por los excesos cometidos por los españoles. Los demás serían rescatados dos años después, mediante el pago de cien mil escudos.

Resulta casi una paradoja que la victoria neerlandesa, a pesar de su importancia táctica y moral, no generó ningún resultado estratégico. En contra de lo previsto, la poblaciónaa civil no se unió a sus pretendidos libertadores contra la tiranía española. Por otra parte, las pérdidas de éstos, lejos de sus bases, habían sido sensibles: "el golpe fue fatal: a fines de mes, Mauricio estaba de vuelta con sus hombres en Zelandia". La invasión había fracasado. Cuatro años después, Spínola comenzaba con la toma de Oestende una serie de campañas victoriosas. Antes de que en 1607 se firme el armistiticio que se consolidará en la Tregua de los Doce Años, conquistará Oldenzaal, Lingen, Wachtendonk, Cracow, Lochem, Groll y Rheinberg.


Nieuport constituyó la primera gran victoria del ejército holandés sobre el español en campo abierto, pese al revés de Tournay. La infantería española seguiría plantando cara y cosechando victorias antre el ejércitoa de los estados hasta la década de los 50 (del siglo XVII). Ilustración de Franz Hogemberg.

Julio Albi de la Cuesta. "De Pavía a Rocroi". Balkan Editores