Capítulo Nueve

Clase de Matemáticas

El sol comenzaba a ponerse sobre las montañas. Acababan de cenar y Elizabeth estaba acabando de guardar los utensilios de cocina en la parte de atrás del Jeep y comentó: "¡Los pies me están matando! No puedo esperar para sentarme a descansar.”

Jamie le preguntó a Brian, "¿Quieres estudiar más sobre Daniel esta noche o estás demasiado cansado?"

"Después de haber ido a nadar me siento más descansado, ya no me duele el cerebro" contestó Brian.

Darryl oyó lo que había dicho y se empezó a reír. "Eso está bien, porque el capítulo nueve es uno de los más importantes capítulos sobre profecía en toda la Biblia”. Entonces se volvió hacia Elizabeth y dijo: "Voy a necesitar que me ayudes a explicarlo. ¿Has traído contigo una calculadora, papel y lápices?”

Jamie exclamó: "¡Una calculadora! ¡Esto está empezando a sonar más como una clase de matemáticas que un estudio de la Biblia!”

“¿Quién se trae una calculadora en un viaje de camping?” comentó Brian a modo de queja.

"¡Yo no!" dijo Elizabeth riéndose. "Pero lo que sí tengo son papeI y lápices. Eso es todo cuanto necesitamos en realidad”.

“Elizabeth, ¿por qué no oras antes de que empecemos?” le preguntó su esposo.

Elizabeth se unió a los demás alrededor de la hoguera del campamento e inclinó su cabeza. "Di-s de Abraham, de Isaac y de Jacob, te damos gracias por haber cuidado de nosotros hoy. Gracias por este tiempo tan precioso que tenemos y te damos gracias además por poder estudiar tu palabra juntos. Te pedimos que nos ayudes a entender este importante capítulo sobre la profecía en la Biblia, amen”.

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La habitación estaba en silencio, a excepción del suave sonido del pergamino que estaba desenrollando Daniel con sus manos. Fue durante el primer año del gobierno de Dario el meda sobre el antiguo Imperio Babilonio. Daniel estaba estudiando los escritos de los profetas y estaba especialmente interesado en los escritos de Jeremías. Mientras estudiaba las Sagradas Escrituras descubrió que el Señ-r le había dicho a Jeremías que Jerusalén quedaría en ruinas durante un periodo de 70 años.

Para mostrar su dolor, Daniel se quedó sin comer, se vistió de saco y se sentó sobre cenizas, confesando sus pecados y orando con vehemencia al Señ-r su Di-s.

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Darryl pasó las hojas de su Biblia hasta Jeremías capítulo 29:10-14. "Me gustaría leer de Jeremías donde Daniel habría estado leyendo: 'Porque así dijo el Señ-r: "Cuando en Babilonia se cumplan los 70 años, yo os visitaré y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Señ-r, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis. Vendréis y oraréis a mí, y yo os escucharé. Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Seré hallado por vosotros, dice el Señ-r; haré volver a vuestros cautivos y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice el Señ-r. Y os haré volver al lugar de donde os hice llevar.'"1

Darryl levantó la vista de su Biblia y dijo: "Daniel creía que Di-s haría lo que había prometido a Jeremías más de 70 años antes. Los 70 años de la cautividad habían casi tocado a su fin y Daniel estaba decidido a hacer su parte para hallar favor con Di-s para la nación de Israel.”

"¿Qué es eso de vestido de saco y por qué se sentó sobre cenizas?" quiso saber Brian.

"El vestido de saco era una tela muy áspera, hecha con pelo de cabra o de camello. Cuando alguien se vestía de saco y se sentaba sobre cenizas era una señal de duelo o de penitencia. Daniel se estaba privando a sí mismo de cualquier comodidad, como pudieran ser alimentos, Buena ropa o una silla cómoda sobre la que sentarse. Escuchemos a continuación la oración de Daniel”.

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Daniel comenzó a orar diciendo: "Ahora Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos, hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos actuado impíamente, hemos sido rebeldes y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas. No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.

"Tuya es, Señ-r la justicia y nuestra la confusión de rostro que en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los habitantes de Jerusalén y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras a donde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti. Nuestra es, Señ-r, la confusión de rostro, y de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres, porque contra ti pecamos. Del Señ-r nuestro Di-s, es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado y no obedecimos a la voz del Señ-r, nuestro Di-s, para andar en sus leyes, que él puso delante de nosotros por medio de sus siervos los profetas.

"Todo Israel traspasó tu Toráh, apartándose para no obedecer a tu voz. Por lo cual ha caído sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en la Toráh de Moisés, siervo de Di-s, porque contra Di-s pecamos. Y él ha cumplido la palabra que habló contra nosotros y contra nuestros jefes que nos gobernaron, trayendo sobre nosotros tan gran mal; pues nunca fue hecho debajo del cielo nada semejante a lo que se ha hecho contra Jerusalén. Conforme está escrito en la Toráh de Moisés, todo este mal vino sobre nosotros; pero no hemos implorado el favor del Señ-r, nuestro Di-s, y no nos hemos convertido de nuestras maldades ni entendido tu verdad. Por tanto, el Señ-r veló sobre el mal y lo trajo sobre nosotros, porque justo es el Señ-r, nuestro Di-s, en todas sus obras que ha hecho, y nosotros no obedecimos a su voz.

"Ahora, pues, Señ-r, Di-s nuestro, que sacaste a tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa y te hiciste renombre cual lo tienes hoy, hemos pecado, hemos actuado impíamente. Señ-r, conforme a todos tus actos de justicia, apártese ahora tu ira y tu furor de sobre tu ciudad Jerusalén, tu santo monte, porque a causa de nuestros pecados y por la maldad de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de todos los que nos rodean.

"Ahora pues, Di-s nuestro, oye la oración y los ruegos de tu siervo, y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señ-r. Inclina, Di-s mío, tu oído y oye; abre tus ojos y mira nuestras desolaciones y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. ¡Oye, Señ-r! ¡Señ-r, perdona! ¡Presta oído, Señ-r, y hazlo! No tardes, por amor de ti mismo, Di-s mío, porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo”.2