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Revista "Ngo Mei Siu Lam"
 
Las diez reglas de Chueh Yuan - Primera
 
 

"Un estudiante debe practicar sin interrupción"

La única manera de llegar a ser un experto en Kung Fu, es practicando cada día, horas y más horas; con sacrificio y con el pleno convencimiento de llegar a ser un buen maestro. En la actualidad aún permanece una historia, muy conocida entre los boxeadores chinos, que demuestra el poder que adquiere el hombre, que entrena continuamente...

Un joven chino deseaba emular las grandes proezas de los boxeadores chinos, por lo que marchó hacia el monasterio de Shao Lin Chi para aprender el Boxeo de dicho monasterio. Después de su llegada y de cumplir con los requisitos previos, fue recibido en audiencia por un maestro, al que le explicó sus "deseos" marciales, "golpear" paredes, "saltar", romper maderas, coger flechas en el 'aire', etc. Las usuales proezas del hombre, que desea ejecutar a quien aún no ha descubierto la "verdad" de las artes marciales.

Después de haber oído al joven, el maestro permaneció en silencio meditando hasta que preguntó si estaba seguro de lo que quería y le explicó que se lo pensara bien. El tenía la obligación moral de advertirle de que la verdad no está en el poder sino en el saber.

El maestro le dio un ejemplo, sobre sus palabras; el ejemplo del búfalo en la tienda de porcelanas. El joven con grandes ansias de aprender boxeo, no prestó atención al ejemplo que hablaba del búfalo y de la tienda de cerámicas; y contestó al maestro, que él deseaba aprender el arte.

El maestro explicó de nuevo al joven, que todo lo que pretendía no era posible aprenderlo en una vida, por lo que el joven le contestó, que él se conformaba con aprender solamente alguna técnica ya que desde luego no disponía de mucho tiempo. De nuevo el maestro le rogó que meditara sobre el búfalo y la tienda de cerámicas, dándole a entender que él se podía convertir en el búfalo y el mundo en la tienda de cerámicas. Pero el joven insistió de nuevo en aprender lo que deseaba. Ante este nuevo deseo, el maestro le encomendó un trabajo, como prueba de humildad, para ver si era digno de atravesar la puerta del monasterio.

El trabajo consistía en romper con las manos desnudas un papel grueso y duro, convirtiéndolo en una bola, volverlo liso y emparejarlo durante doce horas diarias. Este trabajo lo realizó durante tres años.

El tercer año se presentó el maestro y este le dijo que su entrenamiento ya estaba terminado y que ya se podía marchar.

El joven asombrado le contestó que él no entendía nada. ¿Cómo era posible que tres años de instrucción no sirvieran para demostrar que era lo suficiente digno para recibir instrucción? ¿De qué le habían servido aquellos tres años? El maestro le respondió: tú querías poder, ya lo tienes, vete" El joven se sintió desilusionado y pensó que había perdido tres años de su vida, por lo que regresó a su casa deprimido. Se sentía engañado por su maestro y no guardaba, desde luego, muy buenos sentimientos hacia él.

Llegó a su casa aquel día y la misma noche su hermano menor se estaba bañando. Al ruego de su hermano, de que le frotara la espalda, él se la comenzó a frotar,; pero de pronto se asusto al ver como la piel de su hermano se iba cortando, por donde él pasaba la palma de su mano...

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