Décimas
al sol
El
sol parece un bombillo
que entre nubes se desata
y cuando sale retrata
todas las piedras del trillo.
Como un pájaro amarillo
parece darse a volar
y en un estar, sin estar,
da la impresión de una joya
que al atardecer se apoya
sobre los hombros del mar.
Cuando los hombres vivían
sin ropa, techo y farol
de la presencia del sol
entre las selvas huían.
Las ramas los protegían
del calor fuerte y fecundo,
hasta que llegó el segundo
en que el hombre racional
vio al sol como astro vital
en la existencia del mundo.
Cuando
los rayos solares
del espacio se retiran,
nos parece que suspiran
las ceibas y los palmares.
El verdor de los pinares
forma el más bello argumento
y parece entre el aliento
del pentagrama rural
mecerse en el tropical
columpio que forma el viento.
El
sol, como hermano viejo,
no puede al cielo negar
de que hace siglos que el mar
le está sirviendo de espejo.
Su mirada es un reflejo
que alumbra la tierra entera,
porque si el sol no le diera
su luz a cada hemisferio,
el mundo en un cementerio
sin cruces se convirtiera.
Mira
si el sol es brillante
que cuando sale, se agita
y sin hablarle le quita
la chaqueta al caminante,
con ademán de gigante
reta sin armas al viento
y como un indio violento
lanza su antorcha encendida
sobre la negra y torcida
espalda del pavimento.
Cuando
una puesta de sol
se extiende como una cinta,
hasta el crepúsculo pinta
con pinceles de arrebol.
La tarde, como un crisol,
cubre las plantas del suelo
y después le borda un velo
a la luna, que se peina
para que vista de reina
en el trono azul del cielo