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II Época  nº 33-  Edita FE-JONS  -  


SE NOS MURIÓ LAÍN

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Manuel Parra Celaya

Si partimos de la idea de que el que escribe estas líneas sigue teniendo a gala el “ser” falangista en su doble sentido de asumir una ética y compartir una cosmovisión, este nos del título puede parecer trasnochado.

En efecto, quienes reparten credenciales de demócratas (como antaño se repartían carnets del Movimiento a quienes aspiraban a un piso de renta limitada o a cargos de Gobernador Civil) pueden rechazar este dativo ético por falsedad manifiesta o por anacronismo, sobre todo después que la señora ministra de Cultura -que algo debe de saber del tema- afirmara que le habían producido gran impacto los descargos de conciencia de Pedro Laín Entralgo como "“voz crítica” después de su “apoyo inicial al régimen de Franco”.

Más preciso estuvo el académico Manuel Seco, quien dijo que Laín demostró “honradez y valentía”, “al atreverse a abandonar el régimen de Franco, dejar la camisa azul y pasar a la oposición en un momento nada cómodo”.

Sin embargo, he escrito “se nos murió” sin el menor titubeo, en mi triple calidad de pensante, de español y de tal falangista, lo que ya es acotar mucho. Se nos ha muerto Laín a todos los españoles; con él ha desaparecido una de las figuras cumbres de nuestro humanismo contemporáneo y de nuestro patriotismo crítico histórico. Y se nos ha muerto Laín a todos los falangistas, a todos quienes tenemos en José Antonio un referente central y básico de la corriente de pensamiento que ha profundizado en los problemas del hombre y en el problema de España y ha iniciado alternativas en ambos aspectos.

Hace ya muchos años que dejé de opinar sobre las personas en función de su afiliación, para pasar a hacerlo en función de tres características: ser consecuente en las ideas esenciales, existir una correspondencia entre “pensar” y “hacer” y, en tercer lugar, la valía de su aportación a un acervo común de pensamiento español.

La habitual cuquería –“bellaquería”, que diría Ortega- se ha apresurado a recordar el portazo que una parte de la “inteligencia” del Régimen –Tovar, Ridruejo, el propio Laín ...- propinaron al mismo en momentos históricos concretos y cuando faltaban largos años para su agotamiento y desaparición, coincidente con la de su fundador y caudillo.

Los más viscerales han solido afirmar que lo que ocurrió fue, en realidad, ni Ridruejo ni Laín ni Tovar fueron nunca falangistas, sino que se acercaron al sol que más calentaba para alejarse en cuanto presintieron que los vientos iban en otra dirección. Si éste pudo ser el caso de multitud de personajes y personajillos, no he creído nunca que se pudiera aplicar a los tres nombres mencionados. Claro que la cuestión tampoco me quita el sueño ...

Mis convicciones van por otro lado. En primer lugar, quien se alejó del falangismo y lo manipuló a su antojo fue el propio Régimen de Franco, y esto no conviene olvidarlo. En el forcejeo entre los sectores ideológicos que lo crearon –tampoco cabe soslayarlo- el falangismo fue el absoluto perdedor, con escasos flecos (trabajo, juventud ...) donde se hizo lo que se pudo. No es extraño que quienes habían asumido ese falangismo “puro”, y no se limitaban a considerarlo acompañamiento coreográfico de un Régimen ajeno, se fueran alejando de sus estructuras y, por qué no, cuestionando muchas ideas y viabilidades.

En segundo lugar, nadie puede negar a otras personas el derecho a la evolución de su pensamiento. Que no nos ocurra el viejo chascarrillo de considerar que el que viene a nosotros desde otro campo es un “convencido” y el que se va es un “traidor”. Vuelvo a insistir en la importancia de ser consecuente, y que cada uno repare en vigas y en pajas ...

Por último, y centrándonos en Laín Entralgo, ¿puede afirmarse que cambió tan radicalmente de ideas esenciales? Me centro, no tanto en sus memorias o “descargos de conciencia”, como en tres obras capitales de su aproximación al problema de España. En “Los valores morales del Nacional-Sindicalismo” (1941), un Laín pletórico y entusiasta traza una aproximación al desarrollo falangista sobre lo humano, lo histórico, lo cristiano; es un libro coyuntural, si se quiere, pero de una gran profundidad; en él, se muestra firmemente partidario de aquella “revolución nacionalsindicalista” que nunca llegaría a realizarse; moral del trabajo, moral nacional y moral cristiana que engarzan en sus afirmaciones, con una clarividencia poco usual en otros trabajos de la época; arremete contra la ideología y la mentalidad capitalista y, no se olvide, contra las viajes concepciones burguesas y clericales.

En la segunda obra analizada, que no es otra que “La Generación del 98”, Laín va más allá de un simple ensayo literario; establece una continuidad entre la concepción noventayochista de la preocupación por el hombre y por España, entre la España desengañada de las guerras civiles y la I Restauración y la España que aspira a superar su problema, según las coordenadas falangistas. Este libro data, en su primera edición de Espasa Calpe, de 1947, y vio sucesivas reediciones hasta 1970 –que yo sepa- sin alterar los contenidos. Y va a ser en 1949 cuando ve la luz “España como problema”, donde se plantea con claridad meridiana un eje de la ideología joseantoniana: la superación de las dos Españas, trágicamente enfrentadas entre sí, desconociéndose y embistiéndose “cuando se dignan usar de la cabeza”. Recordemos que Rafael Calvo Serer, tan oportunamente demócrata después, arremetió contra Laín con su “España sin problema”, en defensa de las tesis tradicionales y nada falangistas.

En 1953, en un elogio a José Antonio, diría Laín que “pudo ser el canon de nuestra empresa colectiva”, pero se preguntaba sobre la posibilidad de aplicación de sus ideas en un mundo que había cambiado; de todas formas, ha hablaba de “un José Antonio adivinado y permanente”. ¿Tanto cambió Laín de ideas-fuerza, aun con el marchamo de “liberal” o el que se quiera?

Por supuesto que las loas funerarias que se han  aireado en estos meses silencian sus recientes críticas al disparate autonómico y su mantenido “dolor crítico” por lago que también pudo ser y no fue: la España del “cambio”. Tampoco interesa ese Laín, por muy liberal que fuera ...

Me gustaría aplicar algún día a mi propia vida una frase de su libro “Hacia la recta final”; en ella, desdeñado el hipócrita eufemismo de “tercera edad”, Laín proclama su digna condición de viejo y establece, entre otros preceptos para esa edad, uno que reza: “Puesto que, como dijo Marañón, vejez no equivale a esterilidad mental, animoso empleo de las fuerzas restantes en la ejecución, a la altura del tiempo que se existe, de algo que en la juventud se quiso hacer y no se hizo”. Así sea.

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