En el interesado juego de las confusiones semánticas
el calificativo «progresista» obtiene el primer premio. Progresismo y
progresista son títulos que, sin ningún complejo, se arrogan quienes se
identifican con medidas de muerte hacia los seres humanos más débiles e
indefensos; la defensa del aborto o su aceptación pacífica constituyen
las inequívocas señas de identidad del auténtico y genuino progresista
con derecho a intervenir como jaleador oficial en las Crónicas
Marcianas de Javier Sardá.
En este aspecto el Partido Popular puede sentirse
satisfecho: finaliza el curso con un rotundo aprobado en progresismo.
Desde su cómoda mayoría absoluta, la pacífica aceptación del coladero
legal del aborto practicado «para evitar un grave peligro para la salud
psíquica de la embarazada» (que en España constituye el 98-99% de los
casos), y la reciente aprobación de la píldora poscoital, le otorgan al
PP la merecida calificación de partido que «progresa adecuadamente».
Otra cosa es que esto lo haga a costa de olvidar unos valores que decía
defender, y que seguro volveremos a oírselos invocar en la próxima campaña
electoral. También en el tema del aborto la teoría del mal menor
esgrimida astutamente desde la propaganda política («Votadnos a nosotros
que peores son los otros») sosiega las conciencias de los votantes más
sensibilizados; pero no llego a entender cómo políticos del PP con
puestos de alta responsabilidad y de confesado compromiso en defensa de la
vida, no han tenido ni el más mínimo gesto para frenar la sangría que
supone el que cerca de 60.000 españolitos sean anualmente exterminados.
Parece que éstos son los únicos seres que carecen de una oportunidad
para progresar.