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Alejandro
Salazar
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Los
graves incidentes de los que fué objeto la ciudad de Génova el pasado
mes de julio con motivo de la conferencia del G8 y las consabidas
algaradas antiglobabalización, han puesto en evidencia algo que sospechábamos:
las bandas que se dedican a destrozar lo que pueden, a enfrentarse a los
policías de forma brutal, a aterrar a los pacíficos ciudadanos a los que
no les queda otra opción que encerrarse a cal y canto en sus casas o
escapar a otros lugares mientras dure la protesta, son políticamente
correctos. Eso se deduce del hecho de que un manifestante muerto cuando
trataba, encapuchado,de arrojarle un bombona de gas a un agente de las
fuerzas del orden, haya sido homenajeado con un minuto de silencio en la Cámara
de los Diputados italiana, de que diversos altos exponentes -incluyendo
jefes de Estado y de Gobierno- manifestasen su pesar por esa pérdida y
que el tratamiento mediático del suceso criminalizase al policía que
disparó en defensa propia.
Imaginemos,
por un sólo segundo, cuales habrían sido las reacciones si en vez de ser
un típico exponente de la violencia ultraizquierdistas, de esa amalgama
en la que se juntan anarcos, troskistas, okupas, comunistas ya sin país alguno de referencia como no sea Corea
del Norte, etc, la víctima
resulta ser un cabeza rapada, un nazi. La Cámara de los Diputados
italiana se habría reunido, sí, pero para condenar el renacer de la
bestia parda, el presidente Chirac no hubiese dicho que hay que tratar
de comprender a
quienes se manifiestan y el padre del muerto no habría encontrado todos
los micrófonos abiertos para repetir ad nauseam que su hijo era un
joven encantador y que si enarbolaba una bombona de gas lo hizo tan sólo
para defendenderse del policía -sin duda un fascista- que le
amenazaba con su pistola. Del porqué su criaturita iba encapuchada ni
palabra, claro.
Así
pues, las cosas están claras. Los jefes de la aldea global evidentemente
no simpatizan con quienes les montan el pollo allá donde se reunen. Pero
los aceptan ya que también ellos, con sus pintas zarrapastrosos, sus cócteles
Molotov y sus banderas rojas forman parte del sistema. Y quien sabe, al
fin y al cabo, cualquier de esos jóvenes iracundos puede, el día de mañana,
acabar siendo el presidente del G8. ¿No está ahí, para demostrar que
nada es imposible, el caso de Solana que de marchar sobre Torrejón de
Ardoz, durante años, descorbatado y puño en alto, al grito de ¡Yanquis
no, bases fuera!, se convirtió en un devoto peón -muy bien pagado,
eso si-- del Imperio primero como secretario general de la OTAN y ahora
como responsable de los asuntos de Defensa y Seguridad de la Unión
Europea?.
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