iierto
mercader de Isfahan, al llegar en una caravana a un oasis, ya entrada la
noche,
encontró a
un grupo de bandidos que golpeaban y robaban a un desconocido.
Después de que
hubo dispersado a los rufianes hacia el desierto, el mercader se
volvió para
auxiliar al desafortunado
desconocido hasta el caravansari*, pagó por su cama y su comida
e insistió
en acompañarlo hasta que se recuperara.
La noche siguiente,
el desconocido -alabado sea el Gran Unico- estaba suficientemente
recuperado como para
poder sentarse con el mercader junto a una fogata afuera de la tienda.
Más arriba
de las palmeras verde oscuro, las estrellas brillaban y resplandecían
en la azul
medianoche del cielo.
El humo de la fogata se elevaba serpenteando suavemente en la fresca
brisa formando y volviendo
a formar una interminable procesión de cambiantes
configuraciones.
Después de un
largo silencio, durante el cual ambos miraban con fijeza el fuego, el extranjero
tocó al mercader
en la manga y dijo:
-Amigo mío,
no sabías nada acerca de mí, sin embargo no vacilaste en
ir a rescatarme sin
esperar recompensa,
lo cual es una señal auténtica de tener un gran corazón.
Ahora yo deseo
darte un obsequio
a cambio. Tú no sabías que soy un mago y puedo darte cualquier
cosa que
desees.
El mercader contestó:
-He vivido una vida
muy buena y felíz con mi familia. He tenido éxito en mi oficio
y en este
momento no podría
desear nada más que estar sentado aquí, en este hermoso y
apacible lugar,
mirando el fuego,
el humo que se arremolina y las estrellas.
El mago afirmó
con la cabeza.
-Muy bien. Te haré
un regalo con esos mismos elementos para que lo puedas conservar por
siempre.
El mago tomó
una pequeña lengua de fuego, la luz de dos estrellas distantes,
una madeja del
rizado humo gris,
las amasó y les dió forma en el hueco de sus manos, que se
movían con
habilidad hasta que
surgió de adentro un dulce maullido y un exquisito ronroneo y apareció
el
más maravilloso
gatito que nunca antes se hubiera visto. Tenía pelaje gris humo,
espeso y
corto, ojos brillantes
como estrellas, y la punta de su lengua parecía de fuego. Jugaba
y
ronroneaba y ondulaba
la cola como el humo ascendente.
El mago pidió
al mercader:
-Lleva a esta hermosa
criatura a tu casa; será un amigo para tu familia y un bello objeto
en tu
hogar por el resto
de tus días.
Y esta es la extraña
y maravillosa historia de cómo el gato persa llegó a este
mundo.
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