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EL FINAL DE LAS HISTORIAS DEL GRAN TALINO. Por fin llegamos al último de los episodios, cuyos protagonistas, los miembros de las brigadas de la malaria y Carlos Cacao “Talino” nos han venido entreteniendo y hoy no es la excepción. Continuamos con la historia de un hombre sencillo, pero eso sí, de extraordinario amor por la vida. Cuando en medio del conflicto armado interno en Chisec, guiado por sus sentimientos y principios, decide salvar su pellejo poniendo pies en polvorosa. Siempre luchó contra la adversidad y de paso, descubrir el valor de la verdadera amistad. A los 22 años de edad, él y su inseparable bomba de fumigar, recorrieron todas las aldeas de Cahabón y Lanquín y precisamente estando en Chisubin al pasar sobre un tronco viejo que servia de puente, Talino quedo patas arriba en medio de la poza y al sentirse arrastrado por la corriente se volvió contra la furia provocada por las aguas, para rescatar su bomba. Al llegar al primer rancho que les cobijo en la aldea más próxima, fueron premiados con suculenta cena de tacuazín negro. De algo estaban seguros, el hambre era jodido y ellos no estaban para ver que comían.
 

En todas estas comunidades el trasladarse de un lugar a otro, resultaba cansado y difícil por lo escabroso de los extravíos, lo cual hizo que entre todos juntaran Q.15.00 con los que compraron un caballo para ayudarse a llevar parte de su equipo de trabajo, con tan mala suerte, que producto de las envidias entre malos lanquineros dejaron ciego al caballo, un bodoque bien disparado y pulso certero con honda de hule canche hizo impacto en el ojo derecho del equino. Al llegar a la finca “Monte Carmelo”, rumbo a Campur, llegada la hora del reparador descanso, apersogaron la bestia, la cual amaneció ahorcada. A partir de ahí, a caminar días enteros y largas jornadas llevando otra vez la maleta en la espalda cada quien. Luego de cumplir con su plan de trabajo por 22 días ininterrumpidos y habiendo desatado el nudo del pañuelo logró juntar 75 len para su pasaje hasta Cobán. En el viaje aprovecharon los de la malaria, a comerse unos guineos que llevaban algunos pasajeros, mientras estos últimos desayunaban apetitosamente en el comedor de Doña Panchita ubicado en Cojaj. Durante los años del conflicto armado, las gentes en el campo se volvieron cada vez más desconfiadas. Lograr posada para descansar y dormir por las noches, se volvía difícil. En aquel entonces, la buena relación de amistad de Cacao con los religiosos de la parroquia de San Martín pasaba por buen momento; de esa cuenta, le proporcionaban medicina para regalar en las comunidades, lo cual les permitió mejor acercamiento y ganar confianza entre los comunitarios, ya sea para hospedarse y comer. El propio Carlos Cacao fue testigo de como aquellos que colaboraban con el movimiento guerrillero o con el ejército, los iban desapareciendo del mapa. Mientras los días y noches transcurrían lentamente en el trajín diario, los amigos de la malaria seguían curando y fumigando aquellos ranchos que nadie creía que se podía llegar, por ser cuna de guerrilleros. Don Talino fue cobrando fama de adivinador y curandero, lo de adivinador le hizo ser respetado por los ancianos, quienes confiaban sus penas en él. En más de una ocasión, a medio rancho y rodeado de candelas y familia completa, había dicho a los mayores: “Tus hijos ya no volverán, los mataron por puras envidias. A este mundo venimos desnudos y desnudos nos vamos a ir”, sentenciaba Talino y agregaba: “Los que mal hacen, mal esperan”. Todos los familiares lloraban a moco tendido. A propósito de moco, algunas veces por hambre, aceptaron comerse las tortillas con mocos y leche de mujeres que torteaban y por estar criando, les goteaban incesantemente los pezones. Infinidad de veces, les tocó pasar entre las montañas de Las Conchas, Nimlajacoc, Peña Blanca, La Sultana y Chinalpemech, en donde resultaban encontrándose con grupos guerrilleros o del ejército. Precisamente en Chinalpemech fueron acusados de orejas y la guerrilla los amenazó con llevárselos. Llegaron a ofrecerles hasta Q.100 diarios, aún así, no los convencieron, entre ellos se encontraban, Leonardo Macz, Sebastián Tut, Medardo Jerónimo, Chus Hernández y el propio Calich Cacao, al final, después del susto, los dejaron irse. Conforme se fue recrudeciendo la guerra interna, donde dormir siempre fue un problema serio, al extremo que cuando quemaron la muni de Chisec, Talino no consiguió en todo el pueblo techo alguno disponible. “¿A donde me voy?”, se preguntaba, con maleta a media calle. Al fin, nunca falta un alma caritativa. Un señor de apellido Bautista lo hospedó. A partir de aquel momento, los dos hombres sellaron una amistad perdurable. Don Bautista siempre fue bien recibido en casa de la familia Cacao. Nuestro personaje siempre dio muestras de buen amigo y hombre cabal. Estando de paso por Salacuin, se encontró con los hermanos Juan y Pedro Alvarado, compradores de cardamomo, cuando el oro verde se conseguía a choca la libra. Los hermanos Alvarado, en noche de farra habían perdido un paquete conteniendo diez mil quetzales. Talino los encontró y les entrego la plata, con lo cual volvieron a la vida. En agradecimiento le regalaron siete billetes, valor del pasaje en avioneta hasta Cobán, más dos cajas de cervezas. Además, le ofrecieron hospedaje gratis cuantas veces quisiera él y sus compañeros, lo cual aprovecharon. El amigo Cacao tuvo opción a colchón y el resto a pura hamaca, mientras a los cuates les tronaba la nariz, don Talino era literalmente succionado por las pulgas. Se había apropiado del colchón en el que dormían los chuchos sabuesos. Y hasta aquí, las crónicas del amigo Carlos Cacao, buen combatiente de zancudos. Se acabucho, hasta pronto.
 

 


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