NOLI ME TANGERE
Capítulos 31, 32, 33, 34, 35

Capítulo 31
EL  SERMÓN
 

Fr. DÁMASO EMPEZÓ lentamente pronunciando a media voz:

“¡Et spiritum tuum bonum dedisti, qui doceret eos, et manna tuum nom prohibuisti ab ore eorum, et aquam dedisti eis in siti!”. “¡Y les diste tu espíritu bueno para que los enseñase y no quitaste tu maná de su boca y les diste agua en su sed!”.

“Palabras que dijo el Señor por boca de Esdras, libro II, cap. IX, vers. 20.”

El P. Sibyla miró sorprendido al predicador; el P. Manuel Martín palideció y se tragó saliva: aquello era mejor que el suyo. 

 Sea que el P. Dámaso lo notara o estuviera aún ronco, es el caso que tosió varias veces poniendo ambas manos en el antepecho de la santa tribuna. El Espíritu Santo estaba sobre su cabeza, acabado de pintar: blanco, limpio, con las patitas y el pico color rosa.

“¡Excelentísimo Señor (al Alcalde), virtuosísimos sacerdotes, cristianos, hermanos en Jesucristo!”.

Aquí hizo solemne pausa, paseando de nuevo sus miradas por el auditorio, cuya atención y recogimiento le satisficieron.

La 1ª parte del sermón debía ser en castellano y la otra en tagalo: loquebantur omnes linguas.1

Después de los vocativos y de la pausa, extendió majestuosamente la mano derecha hacia el altar fijando la vista en el Alcalde; después se cruzó de brazos lentamente, sin decir una sola palabra, pero pasando de esta calma a la movilidad, echó hacia atrás la cabeza, señaló hacia la puerta mayor cortando el aire con el borde de la mano, con tanto ímpetu que los sacristanes interpretaron el gesto por un mandato y cerraron las puertas; el alférez se inquietó y estuvo dudando sobre si salir o quedarse, pero ya el predicador empezaba a hablar con voz fuerte, llena y sonora: decididamente la antigua ama era inteligente en medicina.

“Esplendoroso y relumbrante es el altar, ancha la puerta mayor, el aire es el vehículo de la santa palabra divina que brotará de mi boca, ¡oíd pues vosotros los oídos del alma y del corazón para que las palabras el Señor no caigan en terreno pedregoso, las coman las aves del infierno, sino que crezcáis y brotéis como una santa simiente en el campo de nuestro venerable y seráfico P.S. Francisco!. Vosotros,  grandes pecadores, cautivos de los moros del alma, que infestan los mares de la vida eterna en poderosas embarcaciones de la carne y del mundo, vosotros que estáis cargados con los grilletes de la lascivia y concupiscencia y remáis en las galeras de Satán infernal, ved ahí con reverente compunción al que rescata las almas de la cautividad del demonio, al intrépido Gedeón, al esforzado David, al victorioso Roldán del Cristianismo, al guardia civil celestial, más valiente que todos los guardias civiles juntos, habidos y por haber” (el alférez arruga el ceño), “sí, señor alférez, más valiente y prepotente, que sin más fusil que una cruz de palo, vence con denuedo al eterno tulisán2 de las tinieblas y a todos los secuaces de Luzbel y habría a todos para siempre extirpado, ¡si los espíritus no fuesen inmortales!. Esta maravilla de la creación divina, este portero imposible es el bienaventurado Diego de Alcalá, que, valiéndome de una comparación, porque las comparaciones ayudarán bien a la comprensión de las cosas incomprensibles, como dijo el otro, digo pues que este gran santo es sola y únicamente un soldado último, un ranchero de nuestra poderosa compañía, que desde el cielo manda nuestro seráfico P.S. Francisco, a la que tengo la honra de pertenecer como cabo o sargento por la gracia de Dios.”

Los rudos indios que dice el corresponsal no pescaron del párrafo otra cosa que las palabras guardia civil, tulisán, S. Diego y S. Francisco; observaron la mala cara que había puesto el alférez, el gesto belicoso del predicador y dedujeron que le regañaba a aquél porque no perseguía a los tulisanes. S. Diego y S. Francisco se encargarían de ello, y muy bien, como lo prueba una pintura, existente en el convento de Manila, en que S. Francisco con sólo su cordón había contenido la invasión china en los primeros años del descubrimiento. Alegráronse pues no poco los devotos, agradecieron a Dios esta ayuda, no dudando que una vez desaparecidos los tulisanes, S. Francisco destruiría también a los guardias civiles. Redoblaron pues la atención siguiendo al P. Dámaso que continuó:

“Excelentísimo señor: Las grandes cosas siempre son grandes cosas aun al lado de las pequeñas, y las pequeñas siempre son pequeñas aun al lado de las grandes. Esto dice la Historia, pero como la Historia da una en el clavo y ciento en la herradura, como cosa hecha por los hombres, y los hombres se equivocan: errarle es hominum3 como dice Cicerón, el que tiene boca se equivoca como dicen en mi país, resulta que hay más profundas verdades que no dice la Historia. Estas verdades, Excmo. Señor, ha dicho el Espíritu divino en su suprema sabiduría que jamás comprendió la humana inteligencia desde los tiempos de Séneca y Aristóteles, esos sabios religiosos de la antigüedad, hasta nuestros pecadores días, y estas verdades son que no siempre las cosas pequeñas son pequeñas, sino son grandes, ¡no al lado de las chicas sino al lado de las más grandes de la tierra y del cielo y del aire y de las nubes y de las aguas y del espacio y de la vida y de la muerte!”.

- ¡Amén! –contestó el maestro de la V.O.T. y se santiguó.

Con esta figura de retórica, que aprendiera de un gran predicador en Manila, quería el P. Dámaso sorprender a su auditorio, y en efecto, su espíritu santo, embobado con tantas verdades, necesitó que le tocara con el pié para recordarle su misión.

- ¡Patente está a nuestros ojos! –dijo el espíritu desde abajo.

“¡Patente está a vuestros ojos la prueba concluyente y contundente de esta eterna verdad filosófica!. Patente está ese sol de virtudes, y digo sol y no luna, porque no hay gran mérito en que la luna brille durante la noche: en tierra de ciegos el tuerto es rey; por la noche puede brillar una luz, una estrellita: el mayor mérito es poder brillar aún en medio del día como lo hace el sol: ¡brilla el hermano Diego aun en medio de los más grandes santos!. Ahí tenéis patente a vuestros ojos, a vuestra impía incredulidad la obra maestra del Altísimo para confundir a los grandes de la tierra, sí, hermanos míos, ¡patente a todos, patente!”.

Un hombre se levantó pálido y tembloroso y se escondió en un confesionario. Era un vendedor de alcoholes que dormitaba y soñó que los carabineros le pedían la patente que no tenía. Asegúrase que no volvió de su escondite mientras duró el sermón.

 “¡Humilde y recogido santo, tu cruz de palo” (la que tenía la imagen era de plata), “tu modesto hábito honran al gran Francisco de quien somos los hijos e imitadores!. ¡Nosotros propagamos tu santa raza en todo el mundo, en todos los rincones, en las ciudades, en los pueblos sin distinguir al blanco del negro” (el Alcalde contiene la respiración) “sufriendo abstinencias y martirios, tu santa raza de fe y de religión armada” (¡Ah! respira el Alcalde) “que sostiene al mundo en equilibrio y le impide que caiga en el abismo de la perdición”.

Los oyentes, hasta el mismo Capitán Tiago, bostezaban poco a poco. María Clara no atendía al sermón; sabía que Ibarra estaba cerca y pensaba en él mientras miraba abanicándose el toro de uno de los evangelistas que tenía todas las trazas de un pequeño carabao.

“Todos debíamos saber de memoria las Santas Escrituras, la vida de los santos y así no tendría yo que predicaros, pecadores; debíais saber cosas tan importantes y necesarias como el Padrenuestro, por más que muchos de vosotros lo habéis olvidado ya viviendo como los protestantes o herejes que no respetan a los ministros de Dios, como los chinos, pero os vais a condenar, peor para vosotros, ¡condenados!.

- ¡Abá cosa ese pale Lámaso, ése!4 –murmuró el chino Carlos mirando con ira al predicador que seguía improvisando, desencadenando una serie de apóstrofes e imprecaciones.

“¡Moriréis en la impenitencia final, raza de herejes!. ¡Dios os castiga ya desde esta tierra con cárceles y prisiones!. ¡Las familias, las mujeres debían huir de vosotros, los gobernantes os deberían ahorcar a todos para que no se extienda la semilla de Satanás en la viña del Señor!... Jesucristo dijo: Si tenéis un miembro malo que os induce al pecado, cortadlo, ¡arrojadlo al fuego...!”.

Fr. Dámaso estaba nervioso, había olvidado su sermón y su retórica.

- ¿Oyes? –preguntó un joven estudiante de Manila a su compañero-: ¿te lo cortas?.

- ¡Ca! ¡que lo haga él antes! –contestó el otro señalando al predicador.

Ibarra se puso inquieto; miró en derredor suyo buscando algún rincón, pero toda la iglesia estaba llena. Nada oía ni veía María Clara, que analizaba el cuadro de las benditas ánimas del Purgatorio, almas en forma de hombres y mujeres en cueros con mitras, capelo o tocas, asándose en el fuego y agarrándose al cordón de S. Francisco, que no se rompía a pesar de tanto peso.

El espíritu santo fraile, con aquella improvisación perdió el hilo del sermón y saltó tres largos párrafos, apuntando mal al P. Dámaso que descansaba jadeante de su apóstrofe.

“¿Quién de vosotros, pecadores que me escucháis, lamería las llagas de un pobre y andrajoso mendigo?. ¿Quién?. ¡Que responda y levante la mano!. ¡Ninguno!. Ya lo sabía yo: sólo un santo como Diego de Alcalá puede hacerlo; el lamió toda la podredumbre diciendo a un asombrado hermano: ¡Así se cura a este enfermo!. ¡Oh caridad cristiana!. ¡Oh piedad sin ejemplo!. ¡Oh virtud de virtudes!. ¡Oh dechado inimitable!. ¡Oh talismán sin mancha!...”

Y siguió con una larga lista de exclamaciones, poniendo los brazos en cruz, subiéndolos y bajándolos como si quisiese volar o espantar a los pájaros.

“¡Antes de morir habló en latín sin saber latín!. ¡Pasmaos, pecadores!. ¡Vosotros, a pesar de que los estudiáis y os dan por ello azotes, no hablaréis latín, moriréis sin hablarlo!. ¡Hablar latín es una gracia de Dios, por eso la Iglesia habla latín!. ¿Cómo?. ¿Dios iba a negar este consuelo a su querido Diego?. ¿Podía morir, podía dejarle morir sin hablar latín?. ¡Imposible!. ¡Dios no sería justo, no sería Dios!. ¡Habló pues latín y de ello dan testimonio los autores de aquella época!”. Y terminó su exordio con el trozo que más trabajo le costara y que plagiara de un gran escritor, el Sr. Sinibaldo de Mas.5

“¡Yo te saludo pues, esclarecido Diego, honra de nuestra corporación!. Tú eres dechado de virtudes, modesto con honra; humilde con nobleza; sumiso con entereza; sobrio con ambición; enemigo con lealtad; compasivo con perdón; religioso con escrúpulo; creyente con devoción; crédulo con calidez; casto con amor; callado con secreto; sufrido con paciencia; valiente con temor; continente con voluntad; atrevido con resolución; obediente con sujeción; vergonzoso con pundonor; cuidadoso en tus intereses con desprendimiento; diestro con capacidad; ceremonioso con urbanidad; astuto con sagacidad; misericordioso con piedad; recatado con vergüenza; vengativo con valor; pobre por laboriosidad con conformidad; pródigo con economía; activo con negligencia; económico con liberalidad; inocente con penetración; reformador con consecuencia; indiferente con ansia de aprender: ¡Dios te crió para sentir los delirios del amor platónico...!. ¡Ayúdame a cantar tus grandezas y tu nombre más altos que las estrellas y más claro que el sol mismo que gira a tus pies!. ¡Ayúdame, vosotros, pedid a Dios la inspiración suficiente rezando el avemaría!”.

Todos se arrodillaron levantando un murmullo como el zumbido de mil moscardones. El Alcalde dobló trabajosamente una rodilla, moviendo la cabeza disgustado; el alférez estaba pálido y contrito.

- ¡Al diablo con el cura! –murmuró uno de los dos jóvenes que venían de Manila.

- ¡Silencio! –contesta el otro-, que nos oye su mujer...

Entretanto el P. Dámaso, en vez de rezar el avemaría, reñía a su espíritu santo por haber saltado tres de los mejores párrafos, tomaba dos merengues y un vaso de Málaga, seguro de encontrar en ellos mayor inspiración que en todos los espíritus santos, ya sean de madera en figura de paloma, ya de carne bajo la forma de un distraído fraile. Iba a empezar con el sermón tagalo.

La vieja devota da otro cogotazo a su nieta, quien despierta malhumorada y pregunta:

- ¿Es hora ya de llorar?.

- ¡Aún no, pero no te duermas, condenada! –contestó la buena abuela.

De la 2ª parte del sermón, o sea, del tagalo, no tenemos más que ligeros apuntes. El P. Dámaso improvisaba en este idioma, no porque lo poseyese mejor, sino porque, teniendo a los filipinos de provincias por ignorantes en retórica, no temía cometer disparates delante de ellos. Con los españoles ya era otra cosa: había oído hablar de reglas de la oratoria y entre sus creyentes podía haber alguno que hubiese saludado las aulas, acaso el señor  Alcalde Mayor; por lo cual escribía sus sermones, los corregía, los limaba y después se los aprendía de memoria y se ensayaba unos dos días antes.

Es fama que ninguno de los presentes comprendió el conjunto del sermón: eran tan obtusos de entendimiento y el predicador era tan profundo, como decía Hermana Rufa, así que el auditorio esperó en vano una ocasión para llorar y la condenada nieta de la vieja beata volvió a dormirse.

No obstante esta parte tuvo más consecuencias que la primera, al menos para ciertos oyentes, como veremos más adelante.

Empezó con un Maná capatir con cristiano6 al que siguió una avalancha de frases intraducibles; habló del alma, del Infierno, del mahal na santo pintacasi,7 de los pecadores indios y de los virtuosos Padres Franciscanos.

- ¡Menche! –dijo uno de los irreverentes manileños a su compañero-; eso está en griego para mí, yo me voy.

Y viendo cerradas las puertas, se salió por la sacristía con gran escándalo de la gente y del predicador, que se puso pálido y se detuvo a la mitad de su frase; algunos esperaban una violenta apóstrofe, pero el P. Dámaso se contentó con seguirle con la vista y prosiguió su sermón.

Se desencadenaron maldiciones contra el siglo, contra la falta de respeto, la naciente irreligiosidad. Este asunto parecía su fuerte, pues se mostraba inspirado y se expresaba con fuerza y claridad. Habló de los pecadores que no se confiesan, que mueren en las cárceles sin sacramentos, de familias malditas, de mesticillos orgullosos y soplados,  de jóvenes sabihondos, filosofillos o pilosopillos,8 de abogadillos, estudiantillos, etc. Conocida es la costumbre que tienen muchos cuando quieren ridiculizar a sus enemigos: sacan para todo la terminación en illo porque el cráneo parece no dar otra cosa y se quedan muy felices.

Ibarra oía todo y comprendía las alusiones. Conservando una aparente tranquilidad, buscaba con los ojos a Dios y a las autoridades, pero allí no había más que imágenes de santos, y el Alcalde dormitaba.

Entretanto el entusiasmo del predicador subía por grados. Hablaba de los antiguos tiempos en que todo filipino, al encontrar un sacerdote, se descubría, doblaba una rodilla en tierra, y le besaba la mano. “¡Pero ahora –añadía- sólo os quitáis el salakot o el sombrero de castorcillo, que colocáis medio ladeado sobre vuestra cabeza para no desarreglar el peinado!. Os contestáis con decir: ¡buenos días, among!9, y hay orgullosos estudiantillos de poco latín, que por haber estudiado en Manila o en Europa se creen con derecho de estrecharnos la mano en lugar de besarla... ¡Ah!, el día del juicio pronto viene, el mundo se acaba, muchos santos lo han profetizado, ¡va a llover fuego, piedra y ceniza para castigar vuestra soberbia!”.

Y exhortaba al pueblo a que no imitase a esos salvajes, sino que los huyese y aborreciese, porque estaban excomulgados.

- ¡Oíd lo que dicen los santos concilios! –decía-.  Cuando un indio encontrare en la calle a un cura, doblará la cabeza y  ofrecerá el cuello para que el among se apoye en él; si el cura y el indio van a caballo ambos, entonces el indio se parará, se sacará el salakot o sombrero reverentemente; en fin, si el indio va a caballo y el cura a pie, el indio bajará del caballo y no volverá a montar hasta que el cura le diga ¡sulung!,10 o esté ya muy lejos. Esto dicen los santos concilios y el que no obedezca estará excomulgado”.

- Y ¿cuándo uno monta un carabao? –preguntaba un escrupuloso labriego a su vecino.

- Entonces... ¡sigue adelante! –contesta éste que era un casuista.

Pero a pesar de los gritos y gestos del predicador, muchos se dormían o distraían, pues aquellos sermones eran los de siempre y de todos: en vano algunas devotas trataron de suspirar y lloriquear sobre los pecados de los impíos, pero tuvieron que desistir de su empresa por falta de socios. La misma Hermana Putê pensaba todo lo contrario. Un hombre sentado a su lado se había de tal manera dormido que se cayó sobre ella machacándole el hábito: la buena anciana cogió su zueco y a golpes empezó a despertarle gritando:

- ¡Ay!, ¡quita, salvaje, animal, demonio, carabao, perro condenado!.

Movióse un tumulto como era consiguiente. Paróse el predicador, levantó las cejas, sorprendido de tamaño escándalo. La indignación ahogó la palabra en su garganta y sólo consiguió berrear, golpeando con sus puños la tribuna. Esto produjo su efecto: la vieja soltó el zueco, refunfuñando y, santiguándose repetidas veces, se puso devotamente de rodillas.

- “¡Aaah!, ¡aaah! –pudo al fin exclamar el indignado sacerdote cruzando los brazos y agitando la cabeza-; ¡para eso os predico yo aquí toda la mañana, salvajes!. ¡Aquí en la casa de Dios reñís y decís malas palabras, desvergonzados!. ¡Aaaaah!, ¡ya no respetáis nada...!. ¡Esta es la obra de la lujuria e incontinencia del siglo!. ¡Ya lo decía, aah!.

Y sobre este tema siguió predicando por espacio de media hora. El Alcalde roncaba, María Clara cabeceaba: la pobrecita no podía resistir el sueño, no teniendo ya ninguna pintura ni imagen que analizar ni en que distraerse. A Ibarra ya no le hacían mella las palabras, ni las alusiones; pensaba ahora en una casita en la cima de un monte y veía a María Clara en el jardín. ¡Que en el fondo del valle se arrastren los hombres de sus miserables pueblos!.

El P. Salví había hecho tocar dos veces la campanilla, pero esto era poner leña al fuego: Fr. Dámaso era terco y prolongó más el sermón. Fr. Sibyla se mordía los labios y arreglaba repetidas veces sus anteojos de cristal de roca montados en oro: Fr. Manuel Martín era el único que parecía escuchar con placer pues sonreía.

Por fin dijo Dios basta: el orador se cansó y bajó del púlpito.

Todos se arrodillaron para dar gracias a Dios. El Alcalde se restregó los ojos, extendió un brazo como para desperezarse soltando un ¡ah! profundo y bostezando.

Continuó la misa.

Cuando, cantando Balbino y Chananay el Incarnatus est,11 todos se arrodillaban y los sacerdotes bajaban la cabeza, un hombre murmuró al oído de Ibarra: “¡En la ceremonia de bendición no os alejéis del cura, no descendáis al foso, no os acerquéis a la piedra, que va la vida en ello!”.

Ibarra vio a Elías que, dicho esto, se perdía entre la muchedumbre.



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Capítulo 32
LA  CABRIA
 

EL HOMBRE AMARILLO HABÍA cumplido su palabra: no era una sencilla cabria lo que había construido sobre el abierto foso para hacer descender la enorme mole de granito; no era la trípode que Ñor Juan había deseado para suspender una polea de su vértice, era algo más; era a la vez que una máquina, un adorno, pero un grandioso e imponente adorno.

Sobre ocho metros de altura se elevaba la confusa y complicada andamiada: cuatro gruesos maderos hundidos en el suelo servían de almas, sujetos entre sí por colosales vigas cruzadas formando diagonales, unidas unas a otras por gruesos clavos hundidos sólo hasta la mitad, acaso porque, teniendo el aparato un carácter provisional, pudiera ser después fácilmente deshecho. Enormes cables, colgando por todos lados, daban un aspecto de solidez y grandiosidad al conjunto, coronado allá arriba por banderas de abigarrados colores, flotantes gallardetes y monstruosas guirnaldas de flores y hojas, artísticamente entretejidas.

Allá arriba en la sombra que proyectan los maderos, guirnaldas y banderas, pende, sujeta por cuerdas y ganchos de hierro, una descomunal polea de tres ruedas, sobre cuyos brillantes bordes pasan acabalgados tres cables aún mayores que los otros, y llevan suspendido el enorme sillar lleno, socavado en su centro, para formar con la excavación de la otra piedra, ya descendida en el foso, el pequeño espacio destinado a guardar la historia del día, como periódicos, escritos, monedas, etc., y transmitirla acaso a muy lejanas generaciones. Estos cables descendían de arriba abajo, se reflejaban en otra no menos gruesa polea atada al pie del aparato, e iban a arrollarse al cilindro de un torno, sujeto en tierra merced a gruesos maderos. Este torno, que se puede poner en movimiento por medio de dos manubrios, centuplica la fuerza de un hombre merced a un juego de ruedas dentadas, si bien lo que en fuerza se gana, se pierde en velocidad.

- Mirad –decía el hombre amarillo haciendo girar el manubrio-; mirad Ñor Juan, cómo con mis fuerzas únicamente hago subir y bajar la inmensa mole... Está tan bien dispuesto que a voluntad puedo guardar pulgada por pulgada el ascenso y descenso, de modo que un hombre desde el fondo pueda con toda comodidad hacer adaptar ambas piedras, mientras yo manejo desde aquí.

Ñor Juan no podía menos de admirar al hombre que se sonreía tan particularmente. Los curiosos hacían comentarios y alababan al hombre amarillo.

- ¿Quién os enseñó la maquinaria? –le preguntó Ñor Juan.

- ¡Mi padre, mi difunto padre! –contestaba con su particular sonrisa.

- ¿Y a vuestro padre...?.

- Don Saturnino, el abuelo de Don Crisóstomo.

- No sabía que Don Saturnino...

- ¡Oh!, ¡sabía muchas cosas!. No solamente pegaba bien y exponía al sol a sus trabajadores; sabía además despertar a los dormidos y hacer dormir a los despiertos. ¡Ya veréis con el tiempo lo que mi padre me ha enseñado, ya veréis!.

Y el hombre amarillo sonreía, pero de un modo extraño.

Sobre una mesa, cubierta de un tapiz de Persia, estaba el cilindro de plomo y los objetos que se iban a guardar en aquella especie de tumba: una caja de cristal de gruesas paredes contendría aquella momia de una época y guardaría para el porvenir los recuerdos de un pasado. El filósofo Tasio, que discurría por allí pensativo, murmuraba:

- Quizás algún día, cuando la obra que hoy comienza a nacer, envejecida después de tantas vicisitudes, caiga en ruinas, ya a las sacudidas de la Naturaleza, ya a la destructora mano del hombre, y sobre las ruinas crezca la yedra y el musgo; después, cuando el tiempo destruya el musgo, la yedra y las ruinas y esparza sus cenizas al viento, borrando de las páginas de la Historia el recuerdo de ella y de los que la construyeron, ya largo tiempo perdido en la memoria de los hombres; quizás, cuando las razas con las capas del suelo se hayan sepultado o desaparecido, sólo por alguna casualidad el pico de algún minero, haciendo brotar del granito la chispa, podrá desenterrar del seno de la roca misterios y enigmas. Quizás los sabios de la nación que habite estas regiones trabajarán, como trabajan los actuales egiptólogos con los restos de una grandiosa civilización, preocupada de la eternidad y que no sospechaba, iba a descender sobre ella una tan larga noche. Quizás algún sabio profesor diga a sus alumnos de cinco y siete años en un idioma hablado por todos los hombres: “¡Señores!. Estudiados y examinados cuidadosamente los objetos encontrados en el subsuelo de nuestro terreno, descifrados algunos signos y traducidas algunas palabras, podemos sin género alguno de temor presumir que tales objetos pertenecían a la edad bárbara del hombre, a la era oscura que solemos llamar fabulosa. En efecto, Señores; para que os podáis formar una aproximada idea del atraso de nuestros antepasados, bastará que os diga que los que vivían aquí no sólo reconocían aún reyes, sino que para resolver cuestiones de su gobierno interior, tenían todavía que acudir al otro extremo del mundo, que es como si dijéramos un cuerpo que para moverse necesitase consultar su cabeza existente en otra parte del Globo, acaso en los parajes que hoy ocultan las olas. Esta increíble imperfección, por inverosímil que os parezca, deja de ser así si consideramos las circunstancias de aquellos seres ¡que apenas me atrevo a llamar humanos!. En aquellos primitivos tiempos, estos seres estaban aún (o al menos así lo creían) en relación directa con su Creador, pues tenían ministros del mismo, seres diferentes de los demás y denominados siempre con los misteriosos caracteres M.R.P.Fr. Sobre cuya interpretación nuestros sabios no están de acuerdo. Según el mediano profesor de lenguas que tenemos, pues no habla más que ciento de los defectuosos idiomas del pasado, M.R.P. significaría Muy Rico Propietario, pues estos ministros eran una especie de semidioses, virtuosísimos, elocuentísimos oradores, ilustradísimos, y a pesar de su gran poder y prestigio jamás cometerían la más ligera falta, lo cual fortalece mi creencia al suponerlos de otra naturaleza distinta de los demás. Y si esto no bastase para apoyar mi opinión, quédame aún el segmento, no negado por nadie y cada día más y más confirmado, de que tales misteriosos seres hacían descender a Dios sobre la tierra con sólo pronunciar algunas palabras, que Dios no podía hablar sino por boca de ellos y a quién se comían, bebían la sangre y no pocas veces lo daban también a comer a los hombres comunes...”.

Estas y otras cosas más ponía el incrédulo filósofo en boca de los corrompidos hombres del porvenir. Acaso el viejo Tasio se equivoque, lo que es muy fácil, pero volvamos a nuestra narración.

En los quioscos que vimos ayer ocupar al maestro de escuela y los alumnos, se preparaba ahora el almuerzo opíparo y abundante. Sin embargo, en la mesa destinada a los chicos de la escuela no había ni una botella de vino, pero en cambio abundaban más las frutas. En la entramada que ambos unían estaban los asientos para los músicos y una mesa cubierta de dulces y confituras, frascos de agua coronados de hojas y flores para el sediento público.

El maestro de escuela había hecho levantar cucañas, barreras, colgar sartenes, ollas para alegres juegos.

La multitud, luciendo trajes de alegres colores, se aglomeraba huyendo del sol brillante, ya bajo la sombra de los árboles, ya bajo el emparrado. Los muchachos se subían a las ramas, sobre las piedras, para mejor ver la ceremonia, supliendo así su pequeña estatura; miraban con envidia a los chicos de la escuela que, limpios y bien vestidos, ocupaban su sitio destinado para ellos. Los padres estaban entusiasmados: ellos, pobres campesinos, verían a sus hijos comer sobre blanco mantel casi como el cura y el alcalde. Basta pensar en ello para no tener hambre, y tal suceso se contaría de padres a hijos.

Pronto se oyeron los lejanos acordes de la música: la precedía una abigarrada turba, compuesta de todas las edades y vestida de todos los colores. El hombre amarillo se puso inquieto y examinó con una mirada todo su aparato. Un curioso campesino seguía con su mirada y observaba todos sus movimientos: era Elías que acudía también a presenciar la ceremonia: por su salakot y su manera de vestir casi estaba desconocido. Se había procurado el mejor sitio, casi al lado mismo del torno, al borde de la excavación.

Con la música venía el Alcalde, los munícipes, los frailes, menos el P. Dámaso y los empleados españoles. Ibarra conversaba con el primero, de quien se había hecho muy amigo desde que le dirigiera unos finos cumplidos por sus condecoraciones y bandas: los aristocráticos eran el flaco de S.E. Capitán Tiago, el alférez y algunos ricos más que iban en la dorada pléyade de las jóvenes que lucían sus sombrillas de seda. El P. Salví seguía como siempre silencioso y pensativo.

- Cuente Ud. con mi apoyo siempre que se trate de una buena acción –decía el Alcalde a Ibarra-, yo le proporcionaré cuanto Ud. necesite, y si no, haré que se lo proporcionen los otros.

A medida que se venían acercando sentía el joven palpitar su corazón. Instintivamente dirigió una mirada a la extraña andamiada, allí levantada; vio al hombre amarillo saludarle respetuosamente y fijar en él un momento la vista. Con sorpresa descubrió a Elías, quien con un significativo pestañeo le dio a entender se acordase de lo que le había dicho en la iglesia.

El cura se puso las vestiduras sacerdotales y empezó la ceremonia: el tuerto sacristán mayor tenía el libro y un monaguillo el hisopo y la vasija de agua bendita. Los demás, en derredor, de pie y descubiertos, guardaban un profundo silencio que a pesar de leer en voz baja, se conocía que temblaba la voz del P. Salví.

 Entre tanto se había colocado en la caja de cristal cuanto había que poner como manuscritos, periódicos, medallas, monedas, etc., y el todo encerrado dentro del cilindro de plomo herméticamente soldado.

- Señor Ibarra ¿quiere Ud. colocar la caja en su sitio?. ¡El cura lo espera! –murmuró el Alcalde al oído del joven.

- Con mucho gusto –contestó éste, pero usurparía ese honroso deber al Sr. Escribano-; ¡el Sr. Escribano debe dar fe del acto!.

El escribano lo tomó gravemente, descendió la alfombrada escalera que conducía al fondo de la excavación y con la solemnidad conveniente lo depositó en el hueco de la piedra. El cura cogió entonces el hisopo y roció las piedras con agua bendita.

Llegó el momento de poner cada uno su cucharada de lechada sobre la superficie del sillar, que yacía en el foso, para que el otro se adaptase bien y se agarrase.

Ibarra presentó al Alcalde una cuchara de albañil sobre cuya ancha hoja de plata estaba grabada la fecha: pero S.E. pronunció antes una alocución en castellano.

“¡Vecinos de S. Diego! –dijo con grave acento-. Tenemos el honor de presidir una ceremonia de una importancia que vosotros comprenderéis sin que Nos os lo digamos. Se funda una escuela; ¡la escuela es la base de la sociedad, la escuela es el libro donde está escrito el porvenir de los pueblos!. Enseñadnos la escuela de un pueblo y os diremos que pueblo es.

“¡Vecinos de S. Diego!. ¡Bendecid a Dios que os ha dado virtuosos sacerdotes, y al Gobierno de la Madre Patria que difunde incansable la civilización en estas fértiles islas, amparadas por ella bajo su glorioso manto!. ¡Bendecid a Dios que se ha apiadado de vosotros trayéndoos estos humildes sacerdotes que os iluminan y os enseñan la divina palabra!. ¡Bendecid al Gobierno que tantos sacrificios ha hecho, hace y hará por vosotros y por vuestros hijos!.

“¡Y ahora que se bendice la primera piedra de este tan trascendental edificio, Nos, Alcalde Mayor de esta provincia, en nombre de S.M. el Rey, que Dios guarde, Rey de España, en nombre del preclaro gobierno español y al amparo de su pabellón inmaculado y siempre victorioso, Nos consagramos este acto y principiamos la edificación de esta escuela!.

“Vecinos de S. Diego, viva el Rey!. ¡Viva España!. ¡Vivan los religiosos!. ¡Viva la Religión católica!”.

- ¡Viva!, ¡viva! –contestaron muchas voces-, ¡viva el Señor Alcalde!

Éste descendió después majestuoso a los acordes de la música que empezó a tocar; depositó unas cuantas cucharadas de lechada sobre la piedra y con igual majestad que al principio volvió a subir.

Los empleados aplaudieron.

Ibarra ofreció otra cucharada de plata al cura que, después de fijar los ojos en él un momento, descendió lentamente. A la mitad de la escalera levantó la vista para mirar la piedra que colgaba sujeta por los poderosos cables, pero fue sólo un segundo y continuó descendiendo. Hizo otro tanto que el Alcalde, pero esta vez se oyeron más aplausos: a los empleados se habían agregado algunos frailes y Capitán Tiago.

El P. Salví parecía que buscaba a alguien a quien entregar la cuchara; miró como dudoso a María Clara, pero cambiando de opinión se la ofreció al escribano. Este, por galantería, se acerca a María Clara, quien rehúsa sonriendo. Los frailes, los empleados y el alférez bajan todos uno tras otro. Capitán Tiago no fue olvidado.

Faltaba Ibarra, y ya se iba a ordenar que el hombre amarillo hiciese descender la piedra, cuando el cura se acordó del joven diciéndole en tono de broma y afectando familiaridad:

- ¿No mete Ud. su cucharada, señor Ibarra?..

- ¡Sería un Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como! –contestó éste en el mismo tono.

- ¡Ande Ud.! –dijo el Alcalde empujándole suavemente-; si no, doy orden que no descienda la piedra y nos estaremos aquí hasta el día del juicio.

Ante tan terrible amenaza Ibarra tuvo que obedecer. Cambió la pequeña cuchara de plata por otra grande de hierro, lo que hizo sonreír a algunas personas, y adelantóse tranquilamente. Elías le miraba con expresión indefinible; al verle se habría dicho que toda su vida se reconcentraba en sus ojos. El hombre amarillo miraba al abismo abierto a sus pies.

Ibarra, después de dirigir una rápida mirada al sillar que pendía sobre su cabeza y otra a Elías y al hombre amarillo, dijo a Ñor Juan con voz algo temblorosa:

- ¡Dadme el cubo y buscadme otra cuchara arriba!.

El joven quedó solo. Elías ya no le miraba: sus ojos estaban clavados en la mano del hombre amarillo que, inclinado a la fosa, seguía con ansia los movimientos del joven.

Oíase el ruido de la cuchara removiendo la masa de arena y cal al través de un débil murmullo de los empleados, que felicitaban al Alcalde por su discurso. De repente un estrépito estalla: la polea, atada a la base de la cabria, salta y tras ella el torno que golpea el aparato como un ariete: los maderos vacilan, vuelan las ligaduras y todo se derrumba en un segundo y con espantoso estruendo. Una nube de polvo se levanta; un grito de horror, compuesto de mil voces, llena el aire. Huyen y corren casi todos, muy pocos se precipitan al foso. Solamente María Clara y el P. Salví permanecen en su sitio sin poderse mover, pálidos y sin palabras.

Cuando la polvareda se hubo algún tanto desvanecido, vieron a Ibarra de pie, entre las vigas, cañas, cables, entre el torno y la mole de piedra, que al descender tan rápidamente, todo había sacudido y aplastado. El joven tenía aún en su mano la cuchara y miraba con ojos espantados el cadáver de un hombre que yacía a sus pies, medio sepultado entre las vigas.

- ¿No se ha muerto Ud.?. ¿Vive Ud. todavía?. ¡Por Dios hable Ud.! –decían algunos empleados llenos de terror e interés.

- ¡Milagro!. ¡Milagro!. –gritaron algunos.

- ¡Venid y desembarazad el cadáver de este desgraciado! –dijo Ibarra como despertando de un sueño.

Al oír su voz, María Clara sintió entonces que la abandonaban las fuerzas y cayó medio desmayada en brazos de sus amigas.

Reinaba una gran confusión: todos hablaban, gesticulaban, corrían de un lado a otro, bajaban a la fosa, subían, todos aturdidos y consternados.

- ¿Quién es el muerto?. ¿Vive todavía? –preguntaba el alférez.

Reconocieron en el cadáver al hombre amarillo que estaba de pie al lado del torno.

- ¡Que procesen al maestro de obras! –fue lo primero que pudo decir el Alcalde.

Examinaron el cadáver, pusieron la mano sobre el pecho, pero el corazón ya no latía. El golpe le había alcanzado en la cabeza y la sangre brotaba por las narices, boca y oídos. Vieron en el cuello unas huellas extrañas: cuatro depresiones profundas por un lado y una por el opuesto, aunque algo más grande: al verla se habría creído que una mano de acero le había cogido como una tenaza.

Los sacerdotes felicitaban calurosamente al joven, estrechaban su mano. El franciscano de aspecto humilde, que servía de Espíritu santo al P. Dámaso decía con ojos llorosos:

- ¡Dios es justo, Dios es bueno!.

- ¡Cuando pienso que momentos antes estaba allí! –decía uno de los empleados a Ibarra- ¡digo!, si llego a ser el último, ¡Jesús!.

- ¡A mi se me ponen los pelos de punta! –decía otro medio calvo.

- ¡Y bueno que a Ud. le pasó eso y no a mí! –murmuraba tembloroso aún un viejo.

- ¡Don Pascual! –exclamaron algunos españoles.

- ¡Señores, decía eso porque el señor no se ha muerto: yo si no salía aplastado me habría muerto después con sólo pensar en ello.

Pero Ibarra ya estaba lejos enterándose del estado de María Clara.

- ¡Que esto no impida que la fiesta continúe, Sr. de Ibarra! –decía el Alcalde-; ¡alabado sea Dios!. ¡El muerto no es sacerdote, ni español!. ¡Hay que festejar su salvación de Ud!. ¡Mire que si le coge la piedra debajo!.

- ¡Hay presentimientos, hay presentimientos! –exclamaba el escribano-; yo ya lo decía: el Sr. Ibarra no bajaba a gusto. ¡Yo ya lo veía!.

- ¡El muerto es no más que un indio!.

- ¡Que siga la fiesta!. ¡Música!, ¡no resucita al muerto la tristeza!. ¡Capitán, aquí se practicarán las diligencias...!. ¡Que venga el directorcillo12...!. ¡Preso al maestro de obras!.

- ¡Al cepo con él!.

- ¡Al cepo!. ¡Eh!, ¡música, música!. ¡Al cepo al maestrillo!.

- ¡Señor Alcalde! –repuso gravemente Ibarra-, si la tristeza no ha de resucitar al muerto, menos lo conseguirá la prisión de un hombre sobre cuya culpabilidad nada sabemos. Yo salgo garante de su persona y pido su libertad por estos días al menos.

- ¡Bien!, ¡bien!, ¡pero que no reincida!.

Circulaban toda clase de comentarios. La idea del milagro era ya admitida. Fr. Salví parecía, sin embargo, alegrarse poco del milagro que a un santo de su corporación y de su parroquia atribuían.

No faltó también quien añadiera haber visto bajar al foso, mientras todo se desplomaba, una figura vestida de un triste oscuro como el de los franciscano. No había duda: era el mismo S. Diego. Súpose también que Ibarra había oído misa y el hombre amarillo no; claro como la luz del sol.

- ¿Ves?, tú no querías oír misa -decía una madre a su hijo-; si no te llego a pegar para obligarte, ahora irías al tribunal como ése, ¡en carreta!.

En efecto, el hombre amarillo o su cadáver, envuelto en una estera, era conducido al tribunal.

Ibarra corría a su casa para mudarse.

- ¡Mal comienzo, hm! –decía el viejo Tasio alejándose.



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Capítulo 33
LIBRE  PENSAMIENTO
 

ESTABA CONCLUYENDO IBARRA de arreglarse, cuando un criado le anunció que un campesino preguntaba por él.

Suponiendo fuese uno de sus trabajadores, ordenó le introdujesen en su despacho o gabinete de estudio, biblioteca a la vez que laboratorio químico.

Pero a su gran extrañeza, se encontró con la severa y misteriosa figura de Elías.

- ¡Me habéis salvado la vida! –dijo éste en tagalo comprendiendo el movimiento de Ibarra-, os he pagado mi deuda a medias y no tenéis nada que agradecer, antes al contrario. He venido para pediros un favor...

- ¡Hablad! –contestó el joven en el mismo idioma, sorprendido de la gravedad de aquel campesino.

Elías fijó algunos segundos su mirada en los ojos de Ibarra y repuso:

- Cuando la justicia de los hombres quiera aclarar este misterio, os suplico no habléis a nadie de la advertencia que os hice en la iglesia.

- Descuidad –contestó el joven con cierto tono de disgusto-; sé que os persiguen, pero yo no soy ningún delator.

- ¡Oh, no es por mí! –exclamó con cierta viveza y altivez Elías-; es por vos: yo no temo nada de los hombres.

La sorpresa de nuestro joven se aumentó: el tono con que hablaba aquel campesino, antes piloto, era nuevo y no parecía estar en relación ni con su estado ni su fortuna.

- ¿Qué queréis decir? –preguntó interrogando con sus miradas a aquel hombre misterioso.

- Yo no hablo por enigmas, yo procuro expresarme con claridad. Para mayor seguridad vuestra, es menester que os tengan por desprevenido y confiado vuestros enemigos.

Ibarra retrocedió.

- ¿Mis enemigos?. ¿Tengo enemigos?.

- ¡Todos los tenemos, señor, desde el más pequeño insecto hasta el hombre, desde el más pobre al más rico y poderoso!. ¡La enemistad es la ley de la vida!.

Ibarra miró en silencio a Elías.

- ¡Vos no sois piloto ni sois campesino...! –murmuró.

- Tenéis enemigos en las altas y en las bajas esferas, -continuó Elías sin advertir las palabras del joven-, meditáis una empresa grande, tenéis un pasado, vuestro padre, vuestro abuelo han tenido enemigos, porque han tenido pasiones y en la vida no son los criminales los que más odio provocan sino los hombres honrados.

- ¿Conocéis a mis enemigos?.

Elías no contestó por de pronto y meditó.

- Conocí a uno, al que ha muerto –repuso-. Ayer noche descubrí que él algo tramaba contra vos, por algunas palabras cambiadas con un desconocido que se perdió entre la multitud. “A éste no le comerán los peces como a su padre: lo veréis mañana”, decía. Estas palabras llamaron mi atención, no sólo por su contenido sino por el que las pronunciaba, que hace días se había presentado al maestro de obras, con el deseo expreso de dirigir los trabajos de la colocación de la piedra, no pidiendo gran salario y haciendo gala de grandes conocimientos. Yo no tenía motivo suficiente para creer en su mala voluntad, pero algo en mí me decía que mis presunciones eran ciertas, y por esto escogí, para advertiros, un momento y una ocasión propios para que no me pudieseis hacer preguntas. Lo demás ya lo visteis.

Largo rato había callado ya Elías y aún no había contestado ni dicho una palabra Ibarra. Estaba meditabundo.

- ¡Siento que ese hombre haya muerto! –repuso al fin-; ¡de él se habría podido saber algo más!.

- Si hubiese vivido se habría escapado de la temblorosa mano de la ciega justicia humana. ¡Dios le ha juzgado, Dios le ha matado, Dios sea el único juez!.

Crisóstomo miró un momento al hombre que así le hablaba, y descubriendo sus musculosos brazos, llenos de cardenales y grandes contusiones,

- ¿Creéis también en el milagro? –dijo sonriendo-: ¡ved el milagro de que habla el pueblo!.

- Si creyese en milagros, no creería en Dios: creería en un hombre deificado, creería que efectivamente el hombre había criado a Dios a su imagen y semejanza –contestó solemnemente-, pero yo creo en Él; he sentido más de una vez su mano. Cuando todo se derrumbaba amenazando destrucción a cuanto se encontraba en el sitio, yo, yo sujeté al criminal, me puse al lado suyo: él fue herido y yo estoy sano y salvo.

- ¿Vos?, ¿de manera que vos...?.

- ¡Sí!, yo le sujeté cuando quería escaparse, una vez comenzada su obra fatal: yo vi su crimen. Os digo: sea Dios el único juez entre los hombres, sea Él el único que tenga derecho sobre la vida; que el hombre no piense nunca en sustituirle!.

- Y sin embargo, vos esta vez...

- ¡No! –interrumpió Elias adivinando la objeción-, no es lo mismo. Cuando el hombre condena a los otros a muerte o destruye para siempre su porvenir, lo hace a mansalva y dispone de la fuerza de otros hombres para ejecutar sus sentencias, que después de todo pueden ser equivocadas o erróneas. Pero yo, al exponer al criminal en el mismo peligro que él ha preparado a los otros, participaba de los mismos riesgos. Yo no le maté, dejé que la mano de Dios le matara.

- ¿No creéis en la casualidad?.

- Creer en la casualidad es como creer en los milagros: ambas cosas suponen que Dios desconoce el porvenir. ¿Qué es casualidad?. Un acontecimiento que nadie en absoluto ha previsto. ¿Qué es milagro?. Una contradicción, un trastorno de las leyes naturales. Imprevisión y contradicción en la Inteligencia que dirige la máquina del mundo significa dos grandes imperfecciones.

- ¿Quién sois? –volvió a preguntar Ibarra con cierto temor-; ¿habéis estudiado?.

- He tenido que creer mucho en Dios porque he perdido la creencia en los hombres –contestó el piloto eludiendo la pregunta.

Ibarra creyó comprender a aquel joven perseguido: negaba la justicia humana, desconocía el derecho del hombre de juzgar a sus iguales, protestaba contra la fuerza y la superioridad de ciertas clases sobre las otras.

- Pero es menester que admitáis la necesidad de la justicia humana por imperfecta que ella pudiese ser –repuso-. Dios, por más ministros que tenga en la tierra, no puede, es decir, no dice claramente su juicio para dirimir los millones de contiendas que suscitan nuestras pasiones. Es menester, es necesario, ¡es justo que el hombre juzgue alguna vez a sus semejantes!.

- Sí, para hacer el bien, no el mal, para corregir y mejorar, no para destruir, porque si fallan sus juicios, él no tiene el poder de remediar el mal que ha hecho. Pero –añadió cambiando de tono- esta discusión está por encima de mis fuerzas y os entretengo ahora que os esperan. No olvidéis lo que yo os acabo de decir: tenéis enemigos: conservaos para el bien de vuestro país.

Y se despidió.

- ¿Cuándo os volveré a ver? –preguntó Ibarra.

- Siempre que queráis y siempre que os pueda ser útil. ¡Aún soy vuestro deudor!.



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Capítulo 34
LA  COMIDA
 

ALLÁ, BAJO EL ADORNADO quiosco, comían los grandes hombres de la provincia. El Alcalde ocupaba un extremo de la mesa; Ibarra, el otro. A la derecha del joven se sentaba María Clara y el escribano a su izquierda. Capitán Tiago, el alférez, el gobernadorcillo, los frailes, los empleados y las pocas señoritas que se habían quedado se sentaban no según su rango, sino según sus aficiones.

La comida era bastante animada y alegre, pero a la mitad de ella, vino un empleado de telégrafo en busca de Capitán Tiago, trayendo un parte. Capitán Tiago pide naturalmente permiso para leerlo y naturalmente todos se lo suplican.

El digno Capitán frunce las cejas, después las levanta: su rostro palidece, se ilumina y, doblando precipitadamente el pliego y levantándose:

- ¡Señores –dice azorado-, S.E. el Capitán General viene esta tarde a honrar mi casa!.

Y echa a correr llevándose el parte y la servilleta pero sin sombrero, perseguido de exclamaciones y preguntas.

El anuncio de la venida de los tulisanes  no habría producido más efecto.

- ¡Pero oiga Ud.!. ¿Cuándo viene?. ¡Cuéntenos Ud.!. ¡Su Excelencia!.

Capitán Tiago ya estaba lejos.

- ¡Viene S.E. y se hospeda en casa de Capitán Tiago! –exclaman algunos sin considerar que allí estaba la hija y el futuro yerno.

- ¡La elección no podía ser mejor! –repuso éste.

Los frailes se miran unos a otros; la mirada quería decir: “El Capitán General comete una de las suyas, nos ofende, debía hospedarse en el convento”, pero puesto que todos piensan así se callan y nadie expresa su pensamiento.

- Ya me habían hablado de eso ayer –decía el Alcalde-, pero entonces S.E. no estaba aún decidido.

- ¿Sabe V.E., señor Alcalde, cuánto tiempo piensa el Capitán General quedarse aquí? –pregunta inquieto el alférez.

- Con certeza no; a S.E. le gusta dar sorpresas.

- ¡Aquí vienen otros partes!.

Eran para el Alcalde, el alférez y el gobernadorcillo, anunciando lo mismo: los frailes notan bien que ninguno va dirigido al cura.

- ¡S.E. llegará a las cuatro de la tarde, señores! –dice el Alcalde solemnemente-; ¡podemos comer con tranquilidad!.

Mejor no podía haber dicho Leonidas en las Termópilas: “¡Esta noche cenaremos con Plutón!”.13

La conversación volvió a tomar su curso ordinario.

- ¡Noto la ausencia de nuestro gran predicador! –dice tímidamente uno de los empleados, de aspecto inofensivo, que no había abierto la boca hasta el momento de comer y hablaba ahora por primera vez en toda la mañana.

Todos los que sabían la historia del padre de Crisóstomo hicieron un movimiento y un guiño que quería decir: “¡Ande Ud.!. ¡Al primer tapón zurrapas”! pero algunos más benévolos contestaron:

- Debe estar algo cansado...

- ¿Qué algo? – exclama el alférez-, rendido debe estar y, como dicen por aquí, malunqueado14. ¡ Cuidado con la plática!.

- ¡Un sermón soberbio, gigante! –dice el escribano.

- ¡Magnífico, profundo! –dice el corresponsal.

- Para poder hablar tanto, se necesita tener los pulmones que él tiene –observa el P. Manuel Martín.

El agustino no le concedía más que pulmones.

- Y la facilidad de expresarse –añade el P. Salví.

- ¿Saben Uds. que el señor de Ibarra tiene el mejor cocinero de la provincia? –dice el Alcalde cortando la conversación.

- Eso decía, pero su hermosa vecina no quiere honrar la mesa, pues apenas prueba bocado –repuso uno de los empleados.

María Clara se ruborizó.

- Doy gracias al Señor... se ocupa demasiado de mi persona –balbuceó tímidamente-, pero...

- Pero que la honra Ud. bastante con sola su asistencia, concluyó el galante Alcalde, y volviéndose al P. Salví.

- Padre Cura –añadió en voz alta-, noto que todo el día está V.R. callado y pensativo...

- ¡El Señor Alcalde es un terrible observador! –exclama el P. Sibyla en un tono particular.

- Esa es mi costumbre –balbucea el franciscano-; me gusta más oír que hablar.

- ¡V.R. atiende siempre a ganar y no perder! –dice en tono de broma el alférez.

El P. Salví no tomó la cosa a broma: su mirada brilló un momento y replicó:

- ¡Ya sabe bien el Sr. Alférez que estos días no soy yo el que más gana o pierde!.

El alférez disimuló el golpe con una falsa risa y no se dio por aludido.

- Pero, señores, yo no comprendo cómo se puede hablar de ganancias o pérdidas –interviene el Alcalde-; ¿qué pensarían de nosotros esas amables y discretas señoritas que nos honran con su presencia?. Para mí, las jóvenes son como las arpas eólicas en medio de la noche: hay que escucharlas y prestar atento oído, para que sus inefables armonías, que elevan alma a las celestiales esferas de lo infinito y de lo ideal...

- ¡V.E. está poetizando! –dice alegremente el escribano, y ambos apuran la copa.

- No puedo menos –dice el Alcalde limpiándose los labios-; la ocasión, si no siempre hace al ladrón, hace al poeta. En mi juventud compuse versos, y por cierto, no malos.

- ¡De modo que V.E. ha sido infiel a las Musas por seguir a Themis!15 –dice enfáticamente nuestro mítico o mitólogo corresponsal.

- ¡Psch!, ¿qué quiere Ud?. Recorrer toda la escala social fue siempre mi sueño. Ayer recogía flores y entonaba cantos, hoy empuño la vara de la Justicia y sirvo a la Humanidad, mañana...

- Mañana arrojará V.E. la vara al fuego para calentarse con ella en el invierno de la vida y tomará una cartera de ministro –añade el P. Sibyla. 

- ¡Psh!, sí... no... ser ministro no es precisamente mi bello ideal: cualquier advenedizo lo llega a ser. Una villa en el norte para pasar el verano, un hotel en Madrid y unas posesiones en Andalucía para el invierno... Viviremos acordándonos de nuestra querida Filipinas... De mi no dirá Voltaire: Nous n’avons jamais été chez ces peuples que pour nous y enrichir et pour les colomnier.16

Los empleados creyeron que S.E. había dicho una gracia y se echaron a reír celebrándola: los frailes los imitaron pues no sabían que Voltaire era el Voltaire tantas veces maldecido por ellos y puesto en el infierno. Sin embargo, el P. Sibyla lo sabía y se puso serio, suponiendo que el Alcalde había dicho una herejía o impiedad.

En el otro quiosco comían los niños, presididos por su maestro. Para ser chicos filipinos hacían bastante ruido, pues generalmente en la mesa y delante de otras personas pecan más de cortos que de sueltos. Tal que equivocaba el uso de los cubiertos era corregido por el vecino; de aquí surgía una discusión y ambos encontraban partidarios: quiénes decían la cuchara, quiénes el tenedor o el cuchillo, y como no consideraban a nadie como una autoridad, allí se armaba la de Dios es Cristo o, más claramente, una discusión de teólogos.

Los padres se guiñaban, se codeaban, se hacían señas y en sus sonrisas se podía leer que eran felices.

- ¡Ya! – decía una campesina a un viejo que trituraba buyo en su kalikut-,17 por más que mi marido no quiera, mi Andoy será sacerdote. Somos en verdad pobres, pero ya trabajaremos y si fuere necesario, pediremos limosna. No falta quién dé dinero para que los pobres puedan ordenarse. ¿No dice el Hermano Mateo, hombre que no miente, que el Papa Sisto era un pastor de carabaos en Batangas?. ¡Pues, mirad a mi Andoy, miradle si no tiene ya la cara de S. Vicente!.

Y a la buena madre se le hacía agua la boca viendo a su hijo coger el tenedor con ambas manos.

- ¡Dios ayude –añade el viejo mascando el sapá-;18 si Andoy llega a ser Papa, nos iremos a Roma, ¡jejé!, todavía puedo andar bien. Y si me muero... ¡jejé!.

- ¡Perded cuidado, abuelo!. Andoy no se olvidará de que le habéis enseñado a tejer cestos de cada caña y dikines.19

- Tienes razón, Petra: yo también creo que tu hijo será gran cosa... cuanto menos patriarca. ¡No he visto otro que en menos tiempo haya aprendido el oficio!. Ya, ya se acordará de mí cuando Papa u obispo se entretenga en hacer cestos para la cocina. ¡Ya dirá misas por mi alma, ¡jejé!.

Y el buen anciano, con esta esperanza, cargó de lleno su kalikút con mucho buyo.

- Si Dios oye mis ruegos y mis esperanzas se cumplen, diré a Andoy: Hijo, quítanos a todos los pecados y mándanos al Cielo. Ya no tendremos necesidad de rezar, ayunar, ni comprar bulas. ¡Quien tiene un hijo santo Papa ya puede cometer pecados!.

- Envíale mañana a casa, Petra –dice entusiasmado el viejo ¡le voy a enseñar a labrar el nitô!.20

- ¡Hmjn!, ¡aba!. ¿Qué queréis, abuelo?. ¿Pensáis que los Papas mueven todavía las manos?. ¡El cura, con ser no más que cura, sólo trabaja en la misa... cuando da vueltas!. El arzobispo ya no da vuelta, dice la misa sentado; con que el Papa... ¡el Papa la dirá en la cama, con abanico!. ¿Qué os figuráis?.

- No está de más, Petra, que él sepa cómo se prepara el nitô. Bueno es que puede vender salakots y petacas para no tener que pedir limosna, como lo hace aquí todos los años el cura en nombre del Papa. Me da compasión ver un santo pobre y doy siempre todo lo que economizo.

Acercóse otro campesino diciendo:

- ¡Está decidido, cumare,21 mi hijo ha de ser doctor; no hay como ser doctor!.

- ¡Doctor!, calláos, cumpare –contesta Petra-; no hay como ser cura.

- ¿Cura?, ¡prr!, ¿cura?. ¡El doctor cobra mucho dinero; los enfermos le veneran, cumare!.

- ¡Por favor!. El cura, con dar tres o cuatro vueltas y decir déminos pabiscum,22 come a Dios y recibe dinero. ¡Todos, hasta las mujeres le cuentan sus secretos!.

- Y ¿el doctor?. Pues, ¿qué creéis que es el doctor?. El doctor ve todo lo que tenéis las mujeres, toma el pulso a las dalagas23... ¡Yo sólo quisiera ser doctor una semana!.

- Y ¿el cura?, ¿acaso el cura no ve también lo que vuestro doctor?. ¡Y todavía mejor!, ya sabéis el refrán: gallina gorda y pierna redonda para el cura!.

- ¿Pues qué?, ¿comen los médicos sardinas secas?, ¿se lastiman los dedos comiendo sal?.

- ¿Se ensucia el cura la mano como vuestros médicos?. Para eso tiene grandes haciendas, y cuando trabaja, trabaja con música y le ayudan los sacristanes!.

- ¿Y el confesar, cumare?. ¿No es un trabajo?.

- ¡Vaya un trabajo!. ¡Ya quisierais estar confesando a todo el mundo!. ¡Con que trabajamos y sudamos para averiguar qué hacen los hombres y las mujeres, qué nuestros vecinos!. ¡El cura no hace más que sentarse, y todo le cuentas: ¡a veces se duerme, pero suelta dos o tres bendiciones y somos otra vez hijos de Dios!. ¡Ya quisiera yo ser cura en una tarde de cuaresma!. 

- Y ¿el... el predicar?, eso no, me diréis que no es trabajo. ¡Ved, si no, cómo sudaba esta mañana el cura grande –objetaba el hombre que sentía batirse en retirada.

- ¿El predicar?. ¿Un trabajo el predicar?. ¿Dónde tenéis el juicio?. ¡Ya quisiera yo estar hablando medio día, desde el púlpito, regañando y riñendo a todos, sin que ninguno se atreva a replicar y pagándome por ello todavía!. ¡Ya quisiera yo ser cura no más que una mañana, cuando estén oyendo misa los que me deben!. ¡Ved, ved no más al P. Dámaso como engorda de tanto reñir y pegar!.

En efecto, venía el P. Dámaso, con el andar de hombre gordo, medio sonriendo pero de una manera tan maligna que Ibarra al verle perdió el hilo de su discurso.

El P. Dámaso fue saludado, si bien con cierta extrañeza, pero con muestras de alegría por todos, menos por Ibarra. Estaban ya en los postres y el champaña espumaba en las copas.

La sonrisa del P. Dámaso se hizo nerviosa cuando vio a María Clara sentada a la derecha de Crisóstomo; pero, tomando una silla al lado del Alcalde, preguntó en medio de un silencio significativo:

- ¿Se habla de algo señores?, ¡continúen Uds!.

- Se brindaba –contestó el Alcalde-. El Sr. de Ibarra mencionaba a cuantos les habían ayudado en su filantrópica empresa y hablaba del arquitecto, cuando V.R....

- Pues yo no entiendo de arquitectos, interrumpió el P. Dámaso, pero me río de los arquitectos y de los bobos que a ellos acuden. Ahí está, yo tracé el plano de esa iglesia y está construida perfectamente: así me lo dijo un joyero inglés que se hospedó un día en el convento. ¡Para trazar un plano basta tener dos dedos de frente!.

- Sin embargo –repuso el Alcalde viendo que Ibarra se callaba-, cuando ya se trata de ciertos edificios, por ejemplo, como esta escuela, necesitamos un perito...

- ¡Qué perito ni que peritas! –exclama con burla el P. Dámaso-. ¡Quien necesite de peritos es un perrito!. ¡Hay que ser más bruto que los indios que se levantan sus propias casas, para no saber hacer construir cuatro paredes y ponerles un tapanco24 encima, que es todo una escuela!.

Todos miraron hacia Ibarra, pero éste, si bien se puso pálido, siguió como conversando con María Clara.

- Pero considere V.R....

- Vea Ud. –continúa el franciscano no dejando hablar al Alcalde-, vea Ud. como un lego nuestro, el más bruto que tenemos, ha construido un hospital bueno, bonito y barato. Hacía trabajar bien y no pagaba más que ocho cuartos diarios a los que tenían que venir de otros pueblos. Ese sabía tratarlos, no como muchos chiflados y mesticillos, que los echan a perder pagándoles tres o cuatro reales. 

- ¿Dice V.R. que sólo pagaba ocho cuartos?. ¡Imposible! –trata el Alcalde de cambiar el curso de la conversación.

- Sí señor, y eso debían imitar los que se precian de buenos españoles. Ya se ve, desde que el Canal de Suez se ha abierto, la corrupción ha venido acá. ¡Antes, cuando teníamos que doblar el Cabo, ni venían tantos perdidos, ni iban allá otros a perderse!.

- Pero, ¡P. Dámaso...!.

- Ud. ya conoce lo que es el indio: tan pronto aprende algo, se las echa de doctor. Todos esos mocosos que se van a Europa.

- Pero, ¡oiga V.R....! –interrumpía el Alcalde, que se inquietaba por lo agresivo de aquellas palabras.

- Todos van a acabar como merecen –continúa-; la mano de Dios se ve en medio, se necesita estar ciego para no verlo. Ya en esta vida reciben el castigo los padres de semejantes víboras... se mueren en la cárcel, ¡je!, ¡je!, como si dijéramos no tienen donde...

Pero no concluyó la frase. Ibarra, lívido, le había estado siguiendo con la vista; al oír la alusión a su padre, se levantó de un salto, dejó caer su robusta mano sobre la cabeza del sacerdote, que cayó de espaldas atontado.

Llenos de sorpresa y terror, ninguno se atrevió a intervenir.

- ¡Lejos! –gritó el joven con voz terrible, y extendió su mano a un afilado cuchillo mientras sujetaba con el pie el cuello del fraile, que volvía de su atolondramiento-; ¡el que no quiera morir que no se acerque!.

Ibarra estaba fuera de sí: su cuerpo temblaba, sus ojos giraban en sus órbitas amenazadores. Fr. Dámaso haciendo un esfuerzo, se levantó, pero él, cogiéndole del cuello, le sacudió hasta ponerle de rodillas y doblarle.

- ¡Señor de Ibarra!, ¡señor de Ibarra! –balbucearon algunos.

Pero ninguno, ni el mismo alférez, se atrevía a acercarse viendo el cuchillo brillar; calculando la fuerza y el estado de ánimo del joven, todos se sentían paralizados.

- ¡Vosotros, ahí!, vosotros os habéis callado, ahora me toca a mí. Yo le he evitado, Dios me lo trae, ¡juzgue Dios!.

El joven respiraba trabajosamente, pero con brazo de hierro seguía sujetando al franciscano, que en vano pugnaba por desasirse.

- Mi corazón bate tranquilo, mi mano va segura...

Y mirando alrededor suyo:

- Antes, ¿hay entre vosotros alguno que no haya amado a su padre, que haya odiado su memoria, alguno nacido en la vergüenza y la humillación...?. ¿Ves?, ¿oyes ese silencio?. Sacerdote de un Dios de paz, que tienes la boca llena de santidad y religión, y el corazón de miseria, tú no debiste conocer lo que es un padre... ¡hubieras pensado en el tuyo!. ¿Ves?. ¡Entre esa multitud que tú desprecias no hay uno como tú!. ¡Estás juzgado!.

La gente que lo rodeaba, creyendo que iba a cometer un asesinato, hizo un movimiento.

- ¡Lejos! –volvió a gritar con voz amenazadora-; ¿qué?, ¿teméis que manche mi mano en sangre impura?. ¿No os he dicho que mi corazón bate tranquilo?. ¡Lejos de nosotros!. Mi padre era un hombre honrado, preguntadlo a ese pueblo que venera su memoria. Mi padre era un buen ciudadano: se ha sacrificado por mí y por el bien de su país. ¡Su casa estaba abierta, su mesa dispuesta para el extranjero o el desterrado que acudía a él en su miseria!. Era buen cristiano: ha hecho siempre el bien y jamás oprimió al desvalido, ni acongojó al miserable... A éste le ha abierto las puertas de su casa, le ha hecho sentarse a su mesa y le ha llamado su amigo. ¿Cómo ha correspondido?. Le ha calumniado, perseguido, ha armado contra él a la ignorancia, valiéndose de la santidad de su cargo, ha ultrajado su tumba, deshonrado su memoria y le ha perseguido en el mismo reposo de la muerte. Y, no contento con esto, ¡persigue al hijo ahora!. Yo le he huido, he evitado su presencia... Vosotros le oísteis esta mañana profanar el púlpito, señalarme el fanatismo popular, y yo me he callado. Ahora viene aquí a buscarme querella; he sufrido en silencio con sorpresa vuestra, pero insulta de nuevo la más sagrada memoria para todos los hijos... Vosotros los que estáis aquí, sacerdotes, jueces, ¿visteis a vuestro anciano padre desvelarse trabajando para vosotros, separarse de vosotros para vuestro bien, morir de tristeza en una prisión, suspirando por poderos abrazar, buscando un ser que le consuele, solo, enfermo, mientras vosotros en el extranjero... ¿Oísteis después deshonrar su nombre, hallásteis su tumba vacía cuando quisisteis orar sobre ella?. ¿No?. ¡Os calláis!, ¡luego le condenáis!.

Levantó el brazo; pero una joven, rápida como la luz, se puso en medio y con sus delicadas manos detuvo el brazo vengador: era María Clara.

Ibarra la miró con una mirada que parecía reflejar la locura. Poco a poco se aflojaron los crispados dedos de sus manos, dejando caer el cuerpo del franciscano y el cuchillo, y cubriéndose la cara huyó a través de la multitud.



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Capítulo 35
COMENTARIOS
 

PRONTO SE DIVULGÓ el acontecimiento en el pueblo. Al principio nadie lo quería creer, pero, teniendo que ceder a la realidad, todos se deshacían en exclamaciones de sorpresa.

Cada uno según el grado de su elevación moral hacía sus comentarios.

- ¡El P. Dámaso está muerto! -decían algunos-; cuando le levantaron tenía toda la cara bañada en sangre y no respiraba.

- ¡Descanse en paz, pero no ha hecho más que saldar su deuda! –exclamaba un joven-. Mirad que lo que ha hecho esta mañana en el convento no tiene nombre.

- ¿Qué ha hecho?. ¿Ha vuelto a pegar al coadjutor?.

- ¿Qué ha hecho?. ¡A ver!. Cuéntanoslo.

- ¿Habéis visto esta mañana un mestizo español salir por la sacristía durante el sermón?.

- ¡Sí!, sí que le vimos. El P. Dámaso se fijó en él.

- Pues... después del sermón, le hizo llamar y le preguntó por qué había salido. “No entiendo el tagalo, Padre”, contestó. “Y ¿por qué te has burlado diciendo aquello era griego?”, le gritó el P. Dámaso dándole un bofetón. El joven contestó, anduvieron los dos a puñetazos hasta que los separaron.

- Si me pasaba eso... –murmuró entre dientes un estudiante.

- No apruebo la acción del franciscano –repuso otro-, pues la Religión no se debe imponer a nadie como un castigo o una penitencia; pero casi lo celebro porque conozco a ese joven, sé que es de S. Pedro Macati25 y habla bien el tagalo. Ahora, quiere que le tenga por recién venido de Rusia y se honra con aparentar ignorar el idioma de sus padres.

- Entonces, ¡Dios los cría y ellos se pegan!.

- Sin embargo, debemos protestar contra el hecho –exclamaba otro estudiante-; callarse sería asentir y lo sucedido puede repetirse en cualquiera de nosotros. ¡Volvemos a los tiempos de Nerón!.

- ¡Te equivocas! –le replicaba otro-; ¡Nerón era un gran artista y el P. Dámaso un pésimo predicador!. 

Los comentarios de las personas de edad eran otros.

Mientras esperaban la llegada del Capitán General en una casita fuera del pueblo, decía el gobernadorcillo:

- Decir quién tiene y quién no tiene razón, no es cosa fácil; sin embargo, si el señor Ibarra hubiese guardado más prudencia...

- ¿Si el P. Dámaso hubiese tenido la mitad de la prudencia del señor Ibarra, queríais decir probablemente? –interrumpía D. Filipo-. El mal está en que se han trocado los papeles; el joven se ha mostrado como un viejo y el viejo como un joven.

- Y ¿decís que ninguno se movió, ninguno acudió a separarlos, fuera de la hija de Capitán Tiago? –pregunta Capitán Martín-. ¿Ninguno de los frailes, ni el Alcalde?. ¡Hm!. ¡Peor que te peor!. No quisiera estar en el pellejo del joven. Nadie le podrá perdonar el haberle tenido miedo. ¡Pero que te peor, hm!.26

- ¿Lo creéis? –pregunta con interés Capitán Basilio.

- Espero –dice D. Filipo cambiando con éste una mirada- que el pueblo no le ha de abandonar. Debemos pensar en lo que su familia ha hecho y en lo que está haciendo ahora. Y si acaso, acobardado, el pueblo se calla, sus amigos...

- Pero, señores –interrumpe  el gobernadorcillo-, ¿qué podemos hacer nosotros? ¿qué puede el pueblo?. ¡Suceda lo que suceda, los frailes siempre tienen razón!.

- Tienen siempre razón, porque nosotros siempre se la damos –contesta D. Filipo con impaciencia, recargando el acento en la palabra “siempre”-; ¡démonosla una vez y entonces hablaremos!.

El gobernadorcillo se rascó la cabeza y mirando al techo repuso con voz agria:

- ¡Ay! ¡el calor de la sangre!. Parece que no sabéis aún en qué país estamos; no conocéis a nuestros paisanos. Los frailes son ricos y están unidos, y nosotros divididos y pobres. ¡Sí!, tratad de defenderle y veréis cómo os dejan solo en el compromiso.

- ¡Sí! –exclama D- Filipo con amargura-, eso sucederá mientras se piense así, mientras miedo y prudencia sean sinónimos. Se atiende más a un mal eventual que al bien necesario; al instante se presenta el miedo y veréis cómo os dejan colgado!. ¿No sabéis el refrán español: la caridad bien entendida empieza por sí mismo?.

- ¡Mejor diríais –contesta exasperado el teniente mayor- que la cobardía bien entendida empieza por el egoísmo y acaba por la vergüenza!. Ahora mismo presento mi dimisión al Alcalde; harto estoy de pasar por ridículo sin ser a nadie útil... ¡Adiós!.

Las mujeres opinaban de otra manera.

- ¡Ay! –suspiraba una mujer de expresión bondadosa-; ¡los jóvenes siempre serán así!. Si viviese su buena madre, ¿qué diría?. ¡Ay, Dios!. Cuando pienso que otro tanto puede pasarle a mi hijo que también tiene la cabeza caliente... ¡ay, Jesús!, casi le tengo envidia a su difunta madre... ¡me moriría de pena!.

- Pues yo no –contestaba otra mujer-; no me daría pena si tal pasase a mis dos hijos.

- ¿Qué decís, Capitana María? –exclamaba la primera juntando las manos.

- Me gusta que los hijos defiendan la memoria de sus padres, Capitana Tinay; ¿qué diríais si un día, viuda, oyeseis hablar mal de vuestro marido y vuestro hijo Antonio bajase la cabeza y se callase?.

- ¡Yo le negaría mi bendición! –exclama una tercera, la Hermana Rufa-, pero...

- ¡Negarle la bendición!, ¡jamás! –interrumpe la bondadosa Capitana Tinay, una madre no debe decir eso... pero, yo no sé lo que haría... no sé... creo que me, moriría... le... ¡no!. ¡Dios mío!, pero no querría verle más... pero ¿qué, pensamiento tenéis, Capitana María?.

- Con todo –añadía Hermana Rufa-, no hay que olvidar que es un gran pecado poner la mano sobre una persona sagrada.

- ¡La memoria de los padres es más sagrada! –replica Capitana María-. ¡Ninguno, ni el Papa, y menos el P. Dámaso puede profanar tan santa memoria!.

- ¡Es verdad! –murmuraba Capitana Tinay admirando la sabiduría de ambas-; ¿de dónde sacáis tan buenas razones?.

- Pero y ¿la excomunión y la condenación? –replica la Rufa-. ¿Qué son los honores y el buen nombre en esta vida si en la otra nos condenamos?. Todo para pronto... pero la excomunión... ultrajar a un ministro de Jesucristo... ¡eso no lo perdona nadie más que el Papa!.

- Lo perdonará Dios que manda honrar padre y madre; ¡Dios no le excomulgará!. Y yo os digo: si ese joven viene a mi casa, yo le recibo y hablo con él; si tuviese una hija, le querría por yerno; el que es buen hijo será buen marido y buen padre,  ¡creedlo, Hermana Rufa!.

- Pues yo no pienso así; decid lo que queráis, y aunque parezca que tengáis razón, siempre le creeré más al cura. Ante todo, salvo yo mi alma, ¿qué decís, Capitana Tinay?.

- ¡Ah! ¡qué queréis que diga!. Ambas tenéis razón; el cura la tiene, ¡pero Dios también la debe tener!. Yo no sé, no soy más que una tonta... ¡Lo que voy a hacer es decirle a mi hijo que no estudie más!; ¡dicen que los sabios mueren ahorcados!. ¡María Santísima! ¡mi hijo que quería ir a Europa!.

- ¿Qué pensáis hacer?.

- Decirle que se quede a mi lado, ¿para qué saber más?. Mañana o pasado nos morimos, muere el sabio como el ignorante... la cuestión es vivir en paz.

Y la buena mujer suspiraba y levantaba los ojos al cielo.

- Pues yo –decía gravemente la Capitana María-, si fuese rico como vos, dejaba que mis hijos viajasen: son jóvenes y deben un día ser hombres... yo ya he de vivir poco... nos veríamos en la otra vida... los hijos deben aspirar a ser algo más que sus padres, y en nuestros senos sólo les enseñamos a ser niños.

- ¡Ay, qué pensamientos tan raros tenéis! –exclamaba espantada la Capitana Tinay, juntando las manos-; ¡parece que no habéis parido con dolor a vuestros gemelos!.

- Por lo mismo que los he parido con dolor, criado y educado a pesar de nuestra pobreza, no quiero que, después de tantas fatigas como me ha costado, sean no más que medio hombres.

- ¡Me parece que no amáis a vuestros hijos como Dios manda! –dice en tono algo severo Hermana Rufa.

- Perdonad, cada madre ama a sus hijos a su manera: unas los aman para sí, otras por sí, y algunas por ellos mismos. Yo soy de estas últimas, mi marido así me lo ha enseñado.

- Todos vuestros pensamientos Capitana María –dice la Rufa como predicado-, son poco religiosos: ¡haceos Hermana del Smo. Rosario, de S. Francisco, de Sta. Rita o Sta. Clara!.

- ¡Hermana Rufa, cuando sea digna hermana de los hombres, trataré de ser hermana de los santos! -contestaba sonriendo.

Para acabar con este capítulo de comentarios, y para que los lectores vean siquiera de paso qué pensaban del hecho los sencillos campesinos, nos iremos a la plaza, donde bajo el entoldado conversan algunos, uno de los cuales, conocido nuestro, es el hombre que soñaba en los doctores en Medicina.

- ¡Lo que más siento –decía éste- es que la escuela ya no se termina!.

- ¿Cómo?, ¿cómo? –preguntan los circunstantes con interés.

- ¡Mi hijo ya no será doctor sino carretero!. ¡Nada!. ¡Ya no habrá escuela!.

- ¿Quién dice que ya no habrá escuela? –pregunta un rudo y robusto aldeano de anchas quijadas y estrecho cráneo.

- ¡Yo!. Los padres blancos han llamado a Don Crisóstomo plibastiero27. ¡Ya no hay escuela!

Todos se quedaron preguntándose con la mirada. El hombre era nuevo para ellos.

- Y ¿es malo ese nombre? –se atreve a preguntar el rudo aldeano.

- ¡Lo peor que un cristiano puede decir a otro!.

- ¿Peor que tarantado y saragate?28

- ¡Si no fuese más que eso!. Me han llamado varias veces así y ni siquiera me ha dolido el estómago.

- ¡Vamos no será peor que indio que dice el alférez!

El que va a tener un hijo carretero se pone más sombrío; el otro se rasca la cabeza y piensa.

¡Entonces será como betelapora29 que dice la vieja del alférez!. Peor que eso es escupir en la hostia.

- Pues, peor que escupir en la hostia en Viernes Santo –contestaba gravemente-. Ya os acordáis de la palabra ispichoso30, que bastaba aplicar a un hombre para que los civiles de Villa-Abrille se le llevasen al destierro o a la cárcel; pues plebiestero es mucho peor. Según decían el telegrafista y el directorcillo, plibestiro31 dicho por un cristiano, un cura o un español a otro cristiano como nosotros parece santusdeus con requimiternam32, si te llaman una vez plibestiero, ya puedes confesarte y pagar tus deudas pues no te queda más remedio que dejarte ahorcar. Ya sabes si el directorcillo y el telegrafista deben estar enterados: el uno habla con alambres y el otro sabe español y no maneja más que la pluma.

Todos estaban aterrados.

-¡Qué me obliguen a ponerme zapatos33 y no beber en toda mi vida más que esa orina de caballo que llaman cerveza, si alguna vez me dejo llamar pelbistero! –jura cerrando sus puños el aldeano- ¿Quién?. ¡Yo rico como D. Crisóstomo, sabiendo el español como él, y pudiendo comer aprisa con cuchillo y cuchara, me río de cinco curas!.

-¡Al primer civil que veo yo robando gallinas, le llamo palabistiero... y me confesaré en seguida! –murmura en voz baja alejándose del grupo uno de los campesinos.


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