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NOLI
ME TANGERE
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Capítulo
46
LA
GALLERA
| PARA SANTIFICAR LA TARDE del Domingo se va generalmente
a la gallera en Filipinas, como a los toros en España. La riña
de gallos, pasión introducida en el país y explotada hace
un siglo, es uno de los vicios del pueblo, más trascendental que
el opio entre los chinos; allí va el pobre a arriesgar lo que tiene,
deseoso de ganar dinero sin trabajar; allí va el rico para distraerse,
empleando el dinero que le sobra de sus festines y misas de gracia; pero
la fortuna que juegan es suya, el gallo está educado con mucho cuidado,
con más cuidado quizás que el hijo, sucesor del padre en
la gallera, y no tenemos nada que objetar.
Puesto que el Gobierno lo permite y hasta casi lo recomienda mandando que el espectáculo sólo se dé en las plazas públicas, en días de fiesta (¿para que todos puedan verlo y el ejemplo anime?), después de la misa mayor hasta el oscurecer (ocho horas), vamos nosotros a asistir a este juego para buscar a algunos conocidos. La gallera de S. Diego no se diferencia de las otras que se encuentran
en otros pueblos más que en algunos accidentes. Consta de tres departamentos:
el primero, o sea la entrada, es un gran rectángulo de unos veinte
metros de largo por catorce de ancho; a uno de sus lados se abre una puerta,
que generalmente suele guardar una mujer, encargada de cobrar el sa pintú,1
o sea el derecho de entrada. De esta contribución, que cada uno
pone allí, percibe el Gobierno una parte, algunos centenares de
miles de pesos al año: dicen que con este dinero, con que el vicio
paga su libertad, se levantan magníficas escaleras, se construyen
puentes y calzadas, se instituyen premios para fomentar la agricultura
y el comercio... ¡bendito sea el vicio que tan buenos resultados
produce!. En este primer recinto están las vendedoras de buyo, cigarros,
golosinas y comestibles, etc.; allí pululan los muchachos que acompañan
a sus padres o tíos, que les inician cuidadosos en los secretos
de la vida.
De este lugar se pasa a la arena que llaman Rueda. El piso, cercado
de cañas, suele ser más elevado que el de los dos anteriores.
En la parte superior y tocando casi el techo hay graderías para
los espectadores o jugadores, que vienen a ser lo mismo. Durante el combate
se llenan estas graderías de hombres y niños que gritan,
vociferan, sudan, riñen y blasfeman: por fortuna casi ninguna mujer
se llega hasta allí. En la Rueda están los prohombres, los
ricos, los famosos tahúres, el contratista, el sentenciador. Sobre
el suelo apisonado perfectamente, luchan los animales y desde allí
distribuye el Destino a las familias risas o lágrimas, festines
o hambre.
Capitán Basilio se acerca a uno del pueblo y le pregunta: - ¿Sabes qué gallo trae Capitán Tiago?. - No lo sé, señor; esta mañana le han llegado dos, uno de ellos es el lásak que ganó al talisain del Cónsul. - ¿Crees que mi búlik4 puede luchar con él?. - ¡Ya lo creo!. ¡Pongo mi casa y mi camisa!. En aquel momento llegaba Capitán Tiago. Vestía, como los grandes jugadores, camisa de lienzo Cantón, pantalón de lana y sombrero de jipijapa. Detrás venían dos criados, llevando el lásak y un gallo blanco de colosales dimensiones. - ¡Sinang me ha dicho que María va cada vez mejor! –dice Capitán Basilio. - Ya no tiene fiebre, pero aún está débil. - ¿Perdió Ud. anoche?. - Un poco; sé que Ud. ha ganado... voy a ver si me desquito. - ¿Quiere Ud. jugar el lásak? –preguntó Capitán Basilio mirando el gallo y pidiéndoselo al criado. - Según, si hay apuesta. - ¿Cuánto pone Ud.?. - Menos de dos, no lo juego. - ¿Ha visto Ud. mi búlik? –pregunta Capitán Basilio y llama a un hombre que trae un pequeño gallo. Capitán Tiago lo examina, y después de pesarlo y analizar las escamas lo devuelve. - ¿Cuánto pone Ud.? –pregunta. - Lo que Ud. - ¿Dos y quinientos?. - ¿Tres?. - ¡Tres!. - ¡Para la siguiente!. El corro de curiosos y jugadores esparce la noticia de que lucharían
dos célebres gallos; ambos tenían su historia y su fama conquistaba.
Todos quieren ver, examinar las dos celebridades; se emiten opiniones,
se profetiza.
Entre la multitud circulan guardias civiles; no llevan el uniforme del benemérito cuerpo, pero tampoco van de paisano. Pantalón de guingón con franja roja, camisa manchada de azul de la blusa desteñida, gorra de cuartel, he aquí el disfraz en armonía con su comportamiento: apuestan y vigilan, turban y hablan de mantener la paz. Mientras se grita, se tienden las manos, agitando monedas y haciéndolas sonar; mientras se busca en los bolsillos la última moneda o, a falta de ella, se quiere empeñar la palabra, prometiendo vender el carabao, la próxima cosecha, etc., dos jóvenes, hermanos al parecer, siguen con ojos envidiosos a los jugadores, se acercan, murmuran tímidas palabras que nadie escucha, se ponen cada vez más sombríos y se miran entre sí con disgusto y despecho. Lucas los observa con disimulo, sonríe malignamente, hace sonar pesos de plata, pasa cerca de los dos hermanos y mira hacia la Rueda gritando: - ¡Pago cincuenta, cincuenta contra veinte por el blanco!. Los dos hermanos cambian entre sí una mirada. - Yo ya te decía –murmura el mayor- que no apostases todo el dinero; ¡si me hubieses obedecido tendríamos ahora para el rojo!. El menor se acerca tímidamente a Lucas y le toca del brazo. - ¿Eres tú? –exclama éste volviéndose y fingiendo sorpresas-; ¿acepta tu hermano mi proposición o vienes a apostar?. - ¿Cómo queréis que apostemos si hemos perdido todo?. - ¿Entonces aceptáis?. - ¡Él no quiere!; si pudiéseis prestarnos algo, ya que decís que nos conocéis... Lucas rascóse la cabeza, estiró su camisa y repuso: - Sí que os conozco; sois Társilo y Bruno, jóvenes y fuertes. Sé que vuestro valiente padre murió de resultas de los cien azotes diarios que le daban esos soldados; sé que no pensáis vengarle... - No os entrometáis en nuestra historia –interrumpió Társilo, el mayor-; eso trae desgracia. ¡Si no tuviéramos una hermana, ya haría tiempo que estaríamos ahorcados!. - ¿Ahorcados?. Sólo ahorcan al cobarde, al que no tiene dinero ni protección. Y de todos modos el monte está cerca. - ¡Ciento contra veinte, voy al blanco! –gritó el más joven-; luego le devolveremos el doble; la soltada va a empezar. Lucas rascóse de nuevo la cabeza. - ¡Tst!. Este dinero no es mío, me lo ha dado D. Crisóstomo para los que le quieran servir. Pero veo que no sois como vuestro padre; aquél sí que era valiente, el que no lo es, que no busque diversiones. Y se alejó de ellos aunque no mucho. - Aceptemos ya, ¿qué más da? –dijo Bruno-. Tanto vale ser ahorcado que morir fusilado: los pobres no servimos para otra cosa. - Tienes razón, pero piensa en nuestra hermana. Entretanto el redondel se ha despejado, va a comenzar la lid. Las voces
empiezan a callarse, y los dos soltadores y el perito atador de navajas
se quedan en medio. A una señal del sentenciador, aquél desnuda
los aceros, y brillan las finas hojas, amenazadoras, relucientes.
- ¡Pare!6 ¡ciento contra diez, yo voy por el blanco!. Társilo le mira con aire tonto. Bruno le da un codazo al que responde con un gruñido. Los soltadores tienen los gallos con delicadeza magistral, cuidando de no herirse. Reina un silencio solemne: creeríase que los presentes, menos los dos soltadores, eran horribles muñecos de cera. Acercan un gallo al otro, sujetándole la cabeza a uno para ser picoteado y se irrite, y viceversa: en todo duelo debe haber igualdad, lo mismo entre gallos parisienses que entre gallos filipinos. Después les hacen verse cara a cara, los acercan, con lo que los pobres animalitos saben quién les ha arrancado una plumita y con quién deben luchar. Erízase el plumaje del cuello, se miran con fijeza, y rayos de ira se escapan de sus redonditos ojitos. Entonces ha llegado el momento: los depositan en tierra a cierta distancia y les dejan el campo libre. Avanzan lentamente. Óyense sus pisadas sobre el duro suelo; nadie habla, nadie respira. Bajando y subiendo la cabeza como miediéndose con la mirada, los dos gallos murmuran sonidos, tal vez de amenazas o desprecio. Han divisado la brillante hoja, que lanza fríos y azulados reflejos; el peligro los anima y dirígense uno al otro decididos, pero a un paso de distancia se detienen, y con la mirada fija bajan la cabeza y vuelven a erizar sus plumas. En aquel momento el pequeño cerebro se baña de sangre, brota el rayo, y con su natural valor se lanzan impetuosamente el uno al otro; chocan entre sí pico con pico, pecho contra pecho, acero contra acero y ala contra ala: los golpes se han parado con maestría, y sólo han caído algunas plumas. Vuelven a medirse de nuevo; de repente el blanco vuela, se eleva agitando la mortífera navaja, pero el rojo ha doblado las piernas, ha bajado la cabeza, y el blanco sólo ha azotado el aire; mas, al tocar el suelo, evitando ser herido de espaldas, vuélvese rápidamente y hace frente. Atácale el rojo con furia, pero se defiende con serenidad: no en vano era el favorito del público. Todos siguen trémulos y ansiosos las peripecias del combate, soltando alguno que otro involuntario grito. El suelo se va cubriendo de plumas rojas y blancas, tintas en sangre: pero no es a primera sangre el duelo; el filipino, siguiendo aquí las leyes dadas por el Gobierno, quiere que sea a muerte o a quien huya primero. La sangre riega el suelo ya, los golpes menudean, pero la victoria sigue indecisa. Por fin tentando un supremo esfuerzo, el blanco se arroja para dar el último golpe, clava su navaja en el ala del rojo y se engancha entre los huesos; pero el blanco ha sido herido en el pecho, y ambos, desangrados, extenuados, jadeantes, unido el uno al otro, permanecen inmóviles hasta que el blanco cae, arroja sangre por el pico, patalea y agoniza; el rojo, sujeto al ala, se mantiene a su lado, poco a poco dobla sus piernas y cierra lentamente los ojos. Entonces el sentenciador, de acuerdo con lo que prescribe el Gobierno, declara vencedor al rojo; una salvaje gritería saluda la sentencia, gritería que se oye en todo el pueblo, prolongada, uniforme y dura algún tiempo. El que lo oye de lejos comprende entonces que el que ha ganado es el dejado, de lo contrario el júbilo duraría menos. Tal sucede entre las naciones: una pequeña que consigue alcanzar la victoria sobre otra grande, la canta y la cuenta por siglos de los siglos. - ¿Ves? –dijo Bruno con despecho a su hermano-, si me hubiese creído, hoy tendríamos cien pesos: por ti estamos sin un cuarto. Társilo no contestó, pero miró con ojos entornados alrededor suyo y como buscando a alguien. - Allá está hablando con Pedro –añade Bruno-; le da dinero, ¡cuánto dinero!. En efecto, Lucas contaba sobre la mano del marido de Sisa monedas de plata. Cámbianse aún algunas palabras en secreto y se separan al parecer satisfechos. - Pedro habrá sido contratado: ¡ése, ése sí que es decidido! –suspira Bruno. Társilo permanece sombrío y pensativo; con la manga de la camisa se enjuga el sudor que corre de su frente. -Hermano –dice Bruno-, yo voy si tú no te decides; la ley continúa, el lásak debe ganar y no debemos perder ninguna ocasión. Quiero apostar en la soltada siguiente; ¿qué más da?. Así vengamos al padre. - ¡Espera! –le dice Társilo y le mira fijamente en los ojos; ambos estaban pálidos-; voy contigo, tienes razón: vengaremos al padre. Se detiene sin embargo y vuelve a enjugarse el sudor. - ¿En qué te paras? –pregunta Bruno impaciente. - ¿Sabes qué soltada sigue? ¿vale la pena...?. - ¡Pues no! ¿no lo has oído?. El búlik de Capitán Basilio contra el lásak de Capitán Tiago; según la ley del juego debe ganar el lásak. - ¡Ah, el lásak!; yo también apostaría... pero asegurémonos antes. Bruno hace un gesto de impaciencia, pero sigue a su hermano y éste mira bien el gallo, le analiza, medita, reflexiona, hace algunas preguntas, el desgraciado duda; Bruno está nervioso y le mira airado. - Pero ¿no ves esa ancha escama que tiene allí cerca del espolón? ¿no ves esas patas? ¿qué más quieres?. Mira esas piernas, ¡extiende esas alas!. ¿Y esta escama partida encima de esta ancha, y esta doble?. Társilo no le oye, sigue examinando el animal: el ruido del oro y de la plata llegan a sus oídos. - Veamos ahora el búlik –dice con voz ahogada. Bruno golpea el suelo con el pie, hace crujir sus dientes pero obedece a su hermano. Acércanse a otro grupo. Allí arman el gallo, escogen navajas, el atador prepara seda roja, lo encera y frota varias veces. Társilo envuelve el animal con una mirada sombríamente impasible: parecía que no veía el gallo sino otra en el porvenir. Se pasa la mano por la frente y, - ¿Estás dispuesto? –pregunta a su hermano con voz sorda. - ¿Yo? Desde antes; ¡sin necesidad de verlos!. - Es que... nuestra pobre hermana.... - ¡Abá!. ¿No te han dicho que el jefe es D. Crisóstomo? ¿no le has visto pasearse con el Capitán General?. ¿Qué peligro corremos?. - ¿Y si morimos?. - ¿Qué más da?. Nuestro padre murió apaleado. - ¡Tienes razón!. Ambos hermanos buscan a Lucas entre los grupos. Tan pronto como lo divisan, Társilo se detiene. - ¡No! ¡vámonos de aquí, nos vamos a perder! –exclama. - ¡Vete si quieres, yo acepto!. - ¡Bruno!. Desgraciadamente un hombre se acerca y les dice: - ¿Apostáis?. Yo voy por el búlik. Los dos hermanos no contestan. - ¡Logro!. - ¿Cuánto? –pregunta Bruno. Púsose el hombre a contar sus monedas de cuatro pesos: Bruno le miraba sin respirar. - ¡Tengo doscientos; cincuenta contra cuarenta!. - ¡No! –dice Bruno resuelto-; poned... - ¡Buenos! ¡cincuenta contra treinta!. - ¡Doblad si queréis!. - ¡Bien! El búlik es de mi patrón y acabo de ganar; ciento contra sesenta. - ¡Trato hecho!. Esperad que saque dinero. - Pero yo seré el depositario –dice el otro no confiando mucho en las trazas de Bruno. - ¡Me es igual! –responde éste que confía en sus puños. Y volviéndose a su hermano le dice: - Si te quedas, yo me voy.
Acercáronse a Lucas: éste les vio venir y se sonrió. - ¡Mamâ!7 –dice Társilo. - ¿Qué hay?. - ¿Cuánto dais? –preguntan los dos. - Ya lo he dicho: si os encargáis de buscar otros para sorprender el cuartel, os doy treinta pesos a cada uno y diez a cada compañero. Si todo sale bien, recibirá ciento cada uno y vosotros el doble: D. Crisóstomo es rico. - ¡Aceptado! –exclamó Bruno-; venga el dinero. - ¡Ya sabía yo que erais valientes como vuestro padre!. Venid, que no nos oigan esos que le mataron! –dijo Lucas señalando a los guardias civiles. Y llevándolos a un rincón, les dice mientras les cuenta las monedas: - Mañana llega D. Crisóstomo y trae armas; pasado mañana, a la noche, cerca de las ocho, id al cementerio y os diré sus últimas disposiciones. Tenéis tiempo de buscar compañeros. Despidiéronse. Los dos hermanos parecían haber cambiado de papel: Társilo estaba tranquilo, Bruno pálido. |
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ME TANGERE
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Capítulo
47
LAS DOS
SEÑORAS
| MIENTRAS CAPITÁN TIAGO jugaba su lásak, Dª Victorina
daba un paseo por el pueblo, con la intención de ver cómo
tenían los indolentes indios sus casas y sementeras. Se había
vestido lo más elegantemente que podía, poniéndose
sobre la bata de seda todas las cintas y flores, para imponer a los provincianos
y hacerles ver cuánta distancia mediaba entre ellos y su sagrada
persona, y dando el brazo a su marido cojo se pavoneó por las calles
del pueblo, entre la estupefacción y la extrañeza de los
habitantes. El primo Linares se había quedado en casa.
- ¡Qué feas casas tienen estos indios! –empezó Dª. Victorina haciendo una mueca-; yo no sé como pueden vivir allí: se necesita ser indio. Y ¡qué mal educados son y qué orgullosos!. ¡Se encuentran con nosotros y no se descubren!. Pégalos en el sombrero como hacen los curas y los tenientes de la Guardia Civil; enséñales urbanidad. - Y ¿si me pegan? –pregunta el Dr. Espadaña. - ¡Para eso eres hombre!. - ¡Pe... pero estoy cojo!.
- ¡Volvamos a casa! –mandó a su marido. Éste, que temía una tormenta, giró sobre su muleta obedeciendo al mandato. Encontráronse con el alférez, saludáronse y esto aumentó el descontento de Dª. Victorina: el militar no sólo no le hizo ningún cumplido por su traje sino que casi lo examinó con burla. - Tú no debías darle la mano a un simple alférez –dijo a su marido al alejarse aquél-; él apenas tocó su capacete y tú te quitaste el sombrero; ¡no sabes guardar el rango!. - ¡Él es jefe a... aquí!. -Y ¿qué nos importa?. ¿Somos acaso indios?. - ¡Tienes razón! –contestó él que no quería reñir. Pasaron delante de la casa del militar. Dª. Consolación estaba en la ventana, como de costumbre, vestida de franela y fumando su puro. Como la casa era baja, se miraron y Dª. Victorina la distinguió bien: la Musa de la Guardia Civil la examinaba tranquilamente de pies a cabeza, y después, sacando el labio inferior hacia delante, escupió volviendo la cara a otro lado. Esto acabó con la paciencia de Dª. Victorina, y dejando a su marido sin apoyo, se cuadró frente a la alfereza, temblando de ira y sin poder hablar. Dª. Consolación volvió lentamente la cabeza, la examina de nuevo tranquilamente y escupe otra vez pero con mayor desdén. - ¿Qué tiene Ud., Doña? –pregunta. - ¿Puede Ud. decirme, ¡Señora!, por qué me mira Ud. así?. ¿Tiene Ud. envidia? –consigue al fin hablar Dª. Victorina. - ¿Yo, envidia yo, y de Ud.? –dice en sorna la Medusa-; ¡sí! ¡le envidio esos rizos!. - ¡Ven mujer! –dice el doctor- ¡no hagas ca... caso!. - ¡Deja que le dé una lección a esta ordinaria sin
vergüenza! –contestó la mujer dándole un empellón
a su marido que por poco besa el suelo, y volviéndose a Dª.
Consolación:
- ¡Hola, Excelentísima Señora Puput!9, no entrarán los alféreces pero sí los inválidos como ése, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!. A no haber sido por los coloretes, se habría visto a Dª. Victorina ruborizarse: quiso asaltar a su enemiga, pero el centinela la detuvo. Entretanto la calle se llenaba de curiosos. - ¡Oiga Ud., me rebajo hablando con Ud., las personas de categoría... ¿Quiere Ud. lavar mi ropa?, la pagaré bien. ¡Cree Ud. que no sé yo que Ud. era lavandera!. Dª. Consolación se irguió furiosa: lo de la lavada la hirió. - ¿Cree Ud. que no sabemos quién es y qué gente trae?. ¡Vaya, ¡ya me lo ha dicho mi marido!. Señora, yo al menos no he pertenecido más que a uno, pero ¿y Ud.?. Se necesita morir de hambre para cargar con el sobrante, el trapo de todo el mundo. El tiro le dio en la cabeza a Dª. Victorina; remangóse, cerró los puños y apretando los dientes empezó a decir: - ¡Baje Ud., vieja cochina, que le voy a machacar esa sucia boca!. ¡Querida de un batallón, ramera de nacimiento!. La Medusa desapareció rápidamente de la ventana, pronto se la vio bajar corriendo, agitando el látigo de su marido. Suplicante, se interpuso D. Tiburcio, pero se habrían venido a las manos si no hubiese llegado el alférez. - Pero, ¡señoras... D. Tiburcio!. - ¡Edúquela Ud. mejor a su mujer, cómprele mejores vestidos y si no tiene dinero, robe Ud. a los del pueblo que para eso tiene Ud. soldados! –gritaba Dª. Victorina. - ¡Aquí estoy, señora!, ¿por qué no
me machaca V.E. la boca?. ¡Ud. no tiene más que lengua y saliva,
Doña Excelencia!.
- ¡Se... señor Alférez!. - ¡Ande Ud., matasanos!. Ud. no lleva pantalones, ¡Juan Lanas!.10 Armóse una de palabras y gestos, una de gritos, insultos e injurias; sacáronse todo lo sucio que guardaban en sus arcas, y como hablaban cuatro a la vez y decían tantas cosas, que desprestigian a ciertas clases, sacando a relucir muchas verdades, renunciamos aquí a escribir cuanto se dijeron. Los curiosos, si bien no entendían todo lo que se decían, divertíanse no poco y esperaban que llegasen a las manos. Desgraciadamente vino el cura y puso paz. - ¡Señores, señoras!, ¡qué vergüenza!. ¡Señor Alférez!. - ¿Qué se mete Ud. aquí, hipócrita, carlistón?11 - D. Tiburcio, llévese Ud. a su señora!. ¡Señora, contenga Ud. su lengua!. - ¡Eso dígaselo Ud. a esos roba-pobres!. Poco a poco se agotó el diccionario de epítetos, terminó la reseña de las desvergüenzas de cada pareja y, amenzándose e insultándose, se fueron separando poco a poco. Fr. Salví iba de una parte a otra animando el espectáculo, ¡sí nuestro amigo, el Corresponsal, hubiese estado presente...!. - ¡Hoy mismo nos vamos a Manila y nos presentaremos al Capitán General –decía furiosa Dª. Victorina a su marido-. Tú no eres hombre; ¡lástima de pantalones que gastas!. - Pe... pero, mujer, y ¿los guardias?, ¡yo estoy cojo!. - Debes desafiarle a pistola o a sable, o si no... si no... Y Dª. Victorina le miró en la dentadura. - ¡Hija!, no he cogido nunca... Dª. Victorina no le dejó concluir: con un sublime movimiento le arrancó la dentadura en medio de la calle y la pisoteó. Él, medio llorando y ella echando chispas, llegaron a casa. Linares estaba en aquel momento hablando con María Clara, Sinang y Victoria, y como no había sabido nada de la discordia, se inquietó no poco al ver a sus primos. María Clara, que estaba recostada en un sillón entre almohadas y mantas, se sorprendió no poco al ver la nueva fisonomía de su doctor. - Primo –dice Dª. Victorina-, tú le desafías ahora mismo al alférez o si no... - Y ¿por qué? –pregunta Linares sorprendido. - Le desafías ahora mismo o si no digo aquí a todos quién eres tú. - Pero, ¡Dª. Victorina!. Las tres amigas se miraron. - ¿Te parece?. El alférez nos ha insultado y ha dicho que tú eres lo que eres. La vieja bruja ha bajado con látigo, y éste, éste se ha dejado insultar... ¡un hombre!. - ¡Abá! –dijo Sinang- ¡se han peleado y no lo hemos visto!. - ¡El alférez le rompió los dientes al doctor! –añadió Victoria. - Hoy mismo nos vamos a Manila; tú te quedas aquí a desafiarle, y si no le digo a D. Santiago que es mentira cuanto le has contado, le digo... - Pero, Dª. Victorina, Dª. Victorina! –interrumpe pálido Linares acercándose a ella-, cálmese Ud.; no me haga Ud. recordar... –y añadió en voz baja-: No sea Ud. imprudente, precisamente ahora. A la sazón que pasaba esto llegaba Capitán Tiago de la gallera, triste y suspirando: había perdido su lásak. No le dejó tiempo Dª. Victorina de suspirar; en pocas palabras y muchos insultos le contó cuanto había pasado, se entiende, procurando ponerse en buena luz. - Linares le va a desafiar, ¿oye?. Si no, no le deje Ud. que se case con su hija, ¡no lo permita Ud.!. Si no tiene valor, no merece a Clarita. - ¿Con que te casas con ese señor? –pregunta Sinang, cuyos alegres ojos se llenaron de lágrimas-; yo sabía que eras discreta, pero no voluble. María Clara, pálida como la cera, medio se incorpora y mira con espantados ojos a su padre, a Dª. Victorina y a Linares. Este se ruboriza, Capitán Tiago baja los ojos y la señora añade: - Clarita, tenlo presente; no te cases nunca con un hombre que no lleve pantalones; te expones a que te insulten hasta los perros. Pero la joven no contestó y dijo a sus amigas: - Conducidme a mi cuarto que no puedo andar sola. Ayudáronla a levantarse; y rodeada su cintura con los redondos brazos de sus amigas, apoyada la marmórea cabeza sobre el hombro de la hermosa Victoria, entró la joven en su alcoba. Aquella misma noche recogieron ambos cónyuges sus cosas, pasaron la cuenta a Capitán Tiago, la cual ascendió a algunos miles y al día siguiente muy temprano partían para Manila en el coche de éste. Al vergonzoso Linares le cometieron el papel de vengador. |
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Capítulo
48
QUANTUM
MUTATA AB ILLA 12
| COMO HABÍA ANUNCIADO LUCAS, Ibarra llegó al día
siguiente. Su primera visita fue para la familia de Capitán Tiago
con el objeto de ver a María Clara y referir que Su Ilustrísima
ya le había reconciliado con la Religión: traía una
carta de recomendación para el cura, escrita del puño mismo
del Arzobispo. No poco se alegró de ellos tía Isabel, que
quería al joven y no veía con tan buenos ojos el casamiento
de su sobrina con Linares. Capitán Tiago no estaba en casa.
- Pase Ud. –decía la tía en su medio castellano-; María , D. Crisóstomo está otra vez en gracia de Dios; el Arzobispo le ha descomulgado. Pero el joven no pudo avanzar, la sonrisa se heló en sus labios y la palabra huyó de su memoria. Junto al balcón, de pie, al lado de María Clara, estaba Linares, tejiendo ramilletes con las flores y las hojas de las enredaderas; en el suelo yacían esparcidas rosas y sampagas. María Clara, recostada en su sillón, pálida, pensativa, la mirada triste, jugaba con un abanico de marfil, no tan blanco como sus afilados dedos. A la presencia de Ibarra, Linares se puso pálido y las mejillas de María Clara se tiñeron de carmín. Trató de levantarse pero, faltándole las fuerzas, bajó los ojos y dejó caer el abanico. Un embarazoso silencio reinó por algunos segundos. Al fin Ibarra pudo adelantarse y murmurar tembloroso: - Acabo de llegar y he venido corriendo para verte... Hallo que estás mejor de lo que yo creía. María Clara parecía que se había vuelto muda; no profería una palabra y continuaba con los ojos bajos. Ibarra miró a Linares de pies a cabeza, mirada que el vergonzoso joven sostuvo con altivez. - Vamos, veo que mi llegada no era esperada –repuso lentamente-. María, perdóname que no me haya hecho anunciar; otro día podré darte explicaciones sobre mi conducta... todavía nos veremos... con seguridad. Estas últimas palabras fueron acompañadas de una mirada para Linares. La joven levantó hacia él los hermosos ojos, llenos de pureza y melancolía, tan suplicantes y elocuentes que Ibarra se detuvo confuso. - ¿Podré venir mañana?. - Sabes que para mí siempre eres bien venido –contestó ella apenas. Ibarra se alejó tranquilo en apariencia, pero con una tempestad en la cabeza y el frío en el corazón. Lo que acababa de ver y de sentir era incomprensible: ¿qué era aquello, duda, desamor, traición?. - ¡Oh, mujer al fin!.
- D. Crisóstomo –dijo-, al fin ha llegado Ud.; todos le esperábamos; mire Ud. como están los muros; ya tienen un metro diez de alto; dentro de dos días tendrán una altura de un hombre. No he admitido más que molave dungon, ipil, langil; he pedido tíndalo, malapatay, pino y narra14 para las obras muertas. ¿Quiere Ud. visitar los subterráneos?. Los trabajadores saludaban respetuosos. - ¡Aquí está la canalización que me he permitido añadir –decía Ñor Juan-; estos canales subterráneos conducen a una especie de depósito que hay a treinta pasos. Servirá para el abono del jardín; de esto no había en el plano. ¿Le disgusta a Ud.?. - Todo lo contrario, lo apruebo y le felicito por su idea; Ud. es un verdadero arquitecto: ¿con quién aprendió Ud.?. - Conmigo, señor –contestaba el viejo modestamente. - ¡Ah!, antes que se me olvide: que sepan los escrupulosos (por si alguno teme hablar conmigo) que ya no estoy excomulgado; el Arzobispo me ha invitado a comer. - ¡Abá, señor, no hacemos caso de las excomuniones!. Todos estamos ya excomulgados; el mismo P. Dámaso lo está y sin embargo sigue tan gordo. - ¿Cómo?. - Ya lo creo; hace un año dio un bastonazo al coadjutor y el coadjutor es un sacerdote como él. ¿Quién hace caso de excomuniones, señor?. Ibarra divisó a Elías entre los trabajadores; éste le saludó como los demás, pero con una mirada le dio a entender que tenía que decirle. - Ñor Juan –dijo Ibarra-, ¿quiere traerme la lista de los trabajadores?. Ñor Juan desapareció, e Ibarra se acercó a Elías, que levantaba solo una gruesa piedra y la cargaba en el carro. - Si me podéis conceder, señor, algunas horas de conversación, paseaos luego la tarde a orillas del lago y embarcaos en mi barca, pues tengo que hablaros de graves asuntos –dijo Elías alejándose después de ver el movimiento de cabeza del joven. Ñor Juan trajo la lista, pero en vano la leyó Ibarra; el nombre de Elías no figuraba allí. |
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Capítulo
49
LA VOZ
DE LOS PERSEGUIDOS
| ANTES DE OCULTARSE EL SOL, ponía Ibarra el pie en la barca de
Elías a la orilla del lago. El joven parecía contrariado.
- Perdonad, señor –dijo Elías con cierta tristeza al verle-; perdonad que me haya atrevido a daros esta cita; quería hablaros en libertad y aquí no tendremos testigos: dentro de una hora podemos volver. - Os equivocáis, amigo Elías –contestó Ibarra procurando sonreír-; me tenéis que conducir a ese pueblo, cuyo campanario vemos desde aquí. La fatalidad me obliga a ello. - ¿La fatalidad?. - Sí, figuraos que al venir me encuentro con el alférez, que se esfuerza en ofrecerme su compañía; yo que pensaba en vos y sabía que os conocía, para alejarle le he dicho que me iba a este pueblo, en donde tendré que estar todo el día, pues el hombre me quiere buscar mañana a la tarde. - Os agradezco esta atención, pero le hubierais dicho sencillamente que os acompañara –contestó Elías con naturalidad. - ¿Cómo? ¿y vos?. - No me habría reconocido, pues la única vez que me vio no podía pensar en hacer mi afiliación. - ¡Estoy de malas! –suspiró Ibarra pensando en María Clara-. ¿Qué teníais que decirme?. Elías miró alrededor suyo. Estaban ya lejos de la orilla; el sol se había ocultado y, como en estas latitudes el crepúsculo apenas dura, comenzaban las sombras a extenderse, y hacían brillar el disco de la luna en su lleno. - Señor –repuso Elías con voz grave-, soy portador de los deseos de muchos desgraciados. - ¿De los desgraciados?. ¿Qué queréis decir?. Elías le refirió en pocas palabras la conversación que había tenido con el jefe de los tulisanes, omitiendo las dudas que éste abrigaba y sus amenazas. Ibarra le escuchaba atentamente, y cuando Elías concluyó su relato, reinó un largo silencio, que Ibarra fue el primero en romper: - ¿De modo que desean...?. - Reformas radicales en la fuerza armada, en los sacerdotes, en la administración de justicia, es decir, piden una mirada paternal por parte del Gobierno. - Reformas, ¿en qué sentido?. - Por ejemplo: más respeto a la dignidad humana, más seguridad al individuo, menos fuerza a la fuerza ya armada, menos privilegios para este cuerpo que fácilmente abusa de ellos. - Elías –contestó el joven-, yo no sé quién sois, pero adivino que no sois un hombre vulgar: pensáis y obráis de otra manera que los otros. Vos me comprenderéis si os digo que si bien el estado actual de las cosas es defectuoso, más lo sería si se le cambiase. Yo podría hacer hablar a los amigos que tengo en Madrid, pagándolos podría hablar al Capitán General, pero ni aquéllos conseguirán nada, ni éste tiene tanto poder para introducir tantas novedades, ni yo daría jamás un paso en este sentido, porque comprendo muy bien que si es verdad que estas Corporaciones tienen sus defectos, son ahora necesarias, son lo que se llama un mal necesario. Elías, muy sorprendido, levantó la cabeza y le miró atónito. - ¿Creéis vos también, señor, en el mal necesario? –preguntó con voz ligeramente temblorosa-; ¿creéis que para hacer el bien se necesita hacer el mal?. - No; creo en él como en un remedio violento de que nos valemos cuando queremos curar una enfermedad. Ahora bien, el país es un organismo que padece una enfermedad crónica, y para sanarle el Gobierno se ve precisado a usar medios, duros y violentos si queréis, pero útiles y necesarios. - Mal médico es, señor, aquel que sólo busca corregir los síntomas y sofocarlos, sin tratar de indagar el origen del mal, o conociéndolo, teme atacarlo. La Guardia Civil tiene no más que este fin: represión del crimen por el terror y la fuerza, fin que no se llena ni se cumple más que por casualidad. Y hay que tener en cuenta que la sociedad sólo puede ser severa con los individuos, cuando les ha suministrado los medios necesarios para su perfectibilidad moral. En nuestro país, como no hay sociedad, pues no forman una unidad el pueblo y el Gobierno, éste debe ser indulgente, no sólo porque necesita indulgencia, sino porque el individuo, descuidado y abandonado por él, tiene menos responsabilidad por lo mismo que ha recibido menos luces. Además, siguiendo vuestra comparación, el tratamiento que se aplica a los males del país es tan destructor que sólo se deja sentir en el organismo sano, cuya vitalidad debilita y prepara al mal. ¿No sería más razonable fortalecer el organismo enfermo y aminorar un poco la violencia del medicamento?. - Debilitar a la Guardia Civil sería poner en peligro la seguridad de los pueblos. - ¡La seguridad de los pueblos! –exclamó Elías con amargura-. Pronto hará quince años que estos pueblos tienen su Guardia Civil y ved: aún tenemos tulisanes, aún oímos que se saquean pueblos, aún se ataja en los caminos; los robos continúan y no se averiguan los autores; el crimen existe y vaga libre el verdadero criminal, pero no así el pacífico habitante del pueblo. Preguntad a cada honrado vecino si mira esta institución como un bien, una protección del Gobierno y no como una imposición, un despotismo cuyas demasías hieren más que las violencias de los criminales. Estas suelen ser en verdad grandes, pero raras, y contra ellas está uno facultado para defenderse; contra las vejaciones de la fuerza legal no se permite ni la protesta, y si no son tan grandes, son sin embargo continuas y sancionadas. ¿Qué efecto produce esta institución en la vida de nuestros pueblos?. Paraliza las comunicaciones, porque todos temen ser maltratados por fútiles causas; se fija más en formalidades que no en el fondo de las cosas, primer síntoma de la incapacidad; porque uno se ha olvidado su cédula ha de ser maniatado y maltratado, no importa si es una persona decente o bien considerada; los jefes tienen por primer deber el hacerse saludar de grado o por la fuerza, aun en la oscuridad de la noche, en lo que les imitan los inferiores para maltratar y despojar a los campesinos, y pretextos no le faltan; no existe el sagrado del hogar; hace poco en Calamba asaltaron, pasando por la ventana, la casa de un pacífico habitante a quien el jefe debía prendas y favores; no hay la seguridad del individuo: cuando necesitan limpiar el cuartel o la casa, salen y prenden a todo el que no se resiste para hacerle trabajar durante el día, ¿queréis más?, durante estas fiestas han continuado los juegos prohibidos, pero han turbado brutalmente los regocijos permitidos por la autoridad; visteis qué pensaba el pueblo acerca de ellos, ¿qué ha sacado con deponer sus iras y esperar en la justicia de los hombres?. ¡Ah, señor, si a esto llamáis conservar el orden...!. - Convengo en que hay males –replicó Ibarra-; pero aceptemos
estos males por los bienes que los acompañan. Esta institución
puede ser imperfecta, pero, creedlo, impide por el terror que inspiran
el que el número de los criminales aumente.
- Me confundís, Elías, al oíros así; creería que tenéis razón si no tuviese yo mis propias convicciones. Pero notad un hecho, no os deis por ofendido pues os excluyo y os miro como una excepción; ¡ved quiénes son los que piden esa reforma!. ¡Casi todos criminales o gentes que están para serlo!. - Criminales o futuros criminales, pero ¿por qué lo son?. Porque se les ha turbado la paz, arrancado la felicidad, herido en sus más caras afecciones, y al pedir protección a la Justicia, se han convencido de que sólo la podían esperar de sí mismos. Pero os equivocáis, señor, si creéis que sólo la piden los criminales; id de pueblo en pueblo, de casa en casa; escuchad los secretos suspiros de las familias y os convenceréis de que los males que la Guardia Civil corrige, son iguales, si no menores, a los que ella continuamente causa. ¿Deduciríamos por esto que son criminales todos los vecinos?, entonces, ¿para qué defenderlos de los otros?, ¿por qué no destruir a todos?. - Algún error existe aquí que se me escapa ahora, algún error en la teoría que deshace la práctica, pues en España, en la Madre Patria, este cuerpo presta y ha prestado muy grandes utilidades. - No lo dudo: quizás esté mejor allá mejor organizado, el personal más selecto; acaso también porque España lo necesite, pero no Filipinas. Nuestras costumbres, nuestro modo de ser, que siempre se invoca cuando se nos quiere negar un derecho, se olvidan totalmente cuando algo se nos quiere imponer. Y decidme, señor; ¿por qué no han adoptado esta institución las otras naciones, que por su vecindad a España debían parecérsele más que Filipinas?. ¿Será por esto que tienen aún menos robos en sus ferrocarriles, menos motines, menos asesinatos y se dan menos puñaladas en sus grandes capitales?. Ibarra bajó la cabeza como meditando, después la levantó y contestó: - Esta cuestión, amigo mío, necesita un serio estudio; si mis indagaciones me dicen que esas quejas están fundadas, escribiré a mis amigos de Madrid, puesto que no tenemos diputados. Entretanto, creed que el Gobierno necesita de un cuerpo, que tenga fuerza ilimitada, para hacer respetar, y autoridad para imponer. - Eso, señor, cuando el Gobierno está en guerra con el país; pero para bien del Gobierno, no debemos hacer creer al pueblo de que está en oposición contra el Poder. Mas, si así fuese, si preferimos la fuerza al prestigio, debíamos mirar bien a quién damos esta fuerza ilimitada, esta autoridad. Tanta fuerza en manos de hombres, y hombres ignorantes, llenos de pasiones, sin educación moral, sin honradez probada, es un arma en manos de un loco entre una multitud inerme. Concedo y quiero creer con vos que el Gobierno necesita este brazo, pues que escoja bien su brazo, que escoja los más dignos; y puesto que prefiere darse autoridad a que el pueblo se la conceda, al menos que haga ver que sabe dársela. Elías hablaba con pasión, con entusiasmo; sus ojos brillaban y el timbre de su voz resonaba vibrante. Siguió una solemne pausa: la barca, no impelida por el remo, parecía mantenerse tranquila sobre las aguas; la luna resplandecía majestuosa en un cielo zafir; algunas luces brillaban a lo lejos en la ribera. - Y ¿qué más piden?, -preguntó Ibarra. - Reformas del sacerdocio –respondió con voz desalentada y triste Elías-; los desgraciados piden más protección contra... - ¿Contra las Órdenes religiosas?. - Contra sus opresores, señor. - ¿Habrá olvidado Filipinas lo que a estas Órdenes debe?, ¿habrá olvidado la inmensa deuda de gratitud a los que los han sacado del error para darles fe, a los que los han amparado contra las tiranías del poder civil?. ¡He aquí el mal de no enseñarse la historia patria!. Elías, sorprendido, apenas podía dar crédito a lo que oía. - Señor –repuso con voz grave-, acusáis al pueblo de ingratitud, permitid que yo, uno del pueblo que sufre, lo defienda. Los favores que se hacen, para que tengan derecho al reconocimiento, necesitan ser desinteresados. Hagamos caso omiso de la misión, de la caridad cristiana, tan manoseada; prescindamos de la Historia, no preguntemos qué ha hecho España del pueblo judío, que ha dado a toda Europa un libro, una religión y un Dios; qué ha hecho del pueblo árabe que le ha dado cultura, ha sido tolerante con su religión y ha despertado su amor propio nacional, aletargado, destruido casi durante la dominación romana y goda. ¿Decís que nos han dado la fe y nos han sacado del error?, ¿llamáis fe a esas prácticas exteriores, religión a ese comercio de correas y escapularios, verdad a esos milagros y cuentos que oímos todos los días?. ¿Es ésta la ley de Jesucristo?. Para esto no necesitaba un Dios dejarse crucificar ni nosotros obligarnos a una gratitud eterna: la superstición existía mucho antes, sólo necesitaba perfeccionarla, y subir el precio de las mercancías. Me diréis, que por imperfecta que fuese nuestra religión de ahora, es preferible a la que teníamos; lo creo y convengo en ello, pero es demasiado cara pues por ella hemos renunciado a nuestra nacionalidad, a nuestra independencia; por ella hemos dado a sus sacerdotes nuestros mejores pueblos, nuestros campos y damos aun nuestras economías con la compra de objetos religiosos. Se nos ha introducido un artículo de industria extranjera, lo pagamos bien y estamos en paz. Si me habláis de la protección dada contra los encomenderos, os podría contestar que por ellos caímos bajo el poder de estos encomenderos; pero no, reconozco que una verdadera fe y un verdadero amor a la Humanidad guiaban a los primeros misioneros que vinieron a nuestras playas; reconozco la deuda de gratitud hacia aquellos nobles corazones; sé que la España de entonces abundaba en héroes de todas clases así en lo religioso como en lo político, en lo civil y en lo militar. Pero porque los antepasados fueron virtuosos, ¿consentiríamos el abuso de sus degenerados descendientes?. Porque se nos ha hecho un gran bien, ¿seríamos culpables por impedir que nos hagan un mal?. El país no pide abolición, sólo pide reformas que exigen las nuevas circunstancias y las nuevas necesidades. - Yo amo a nuestra patria como la podéis amar vos, Elías; comprendo algo lo que deseas, he oído con atención lo que dijisteis y con todo, amigo mío, creo que vemos un poco con los ojos de la pasión: aquí menos que en otra parte veo la necesidad de las reformas. - ¿Será posible, señor? –preguntó Elías extendiendo con desaliento las manos- ¿no veis la necesidad de reformas, vos cuyas desgracias de familia... - ¡Ah! ¡yo me olvido de mí y olvido mis propios males ante la seguridad de Filipinas, ante los intereses de España! –interrumpió vivamente Ibarra-. Para conservar a Filipinas, es menester que continúen como son los frailes, y en unión con España está el bien de nuestro país. Ibarra había concluido ya de hablar, y Elías escuchaba aún; su fisonomía estaba triste, sus ojos han perdido su brillo - Los misioneros han conquistado el país, es verdad –repuso-; ¿creéis que por los frailes se conservará Filipinas?. - Sí, sólo por ellos, así lo creen cuantos han escrito sobre Filipinas. - ¡Oh! – exclamó Elías arrojando con desaliento el remo en la barca-; no creía que tuvieseis tan pobre idea del Gobierno y del país. ¿Por qué no despreciáis a uno y otro?, ¿qué diríais de una familia que sólo vive en paz por la intervención de una extraña?. ¡Un país que obedece porque se le engaña, un gobierno que manda porque se vale del engaño, un gobierno que no sabe hacerse amar ni respetar por sí mismo!. ¡Perdonad, señor, pero creo que vuestro Gobierno es torpe y suicida cuando se alegra de que tal se crea!. Os doy gracias por vuestra amabilidad, ¿a dónde queréis que os conduzca ahora?. - No –repuso Ibarra-, discutamos, es menester saber quién tiene la razón en materia tan importante. - Perdonad, señor, -contestó Elías sacudiendo la cabeza-, no soy bastante elocuente para convenceros; si bien he tenido alguna educación, soy un indio, mi existencia para vos es dudosa, y mis palabras os parecerán siempre sospechosas. Los que han expresado la opinión contraria son españoles, y como tales, aunque digan trivialidades o simplezas, el tono, los títulos y el origen las consagran, les dan tal autoridad que desisto para siempre de combatirlos. Además, cuando veo que vos que amáis vuestro país, vos cuyo padre descansa debajo de estas tranquilas olas, vos que os habéis visto provocado, insultado y perseguido, conserváis tales opiniones a pesar de todo y de vuestra ilustración, empiezo a dudar de mis convicciones y admito la posibilidad de que el pueblo se equivoca. He de decir a estos desgraciados que han puesto su confianza en los hombres, que la pongan en Dios o en sus brazos. Os doy de nuevo las gracias y mandad a donde os debo conducir. - Elías, vuestras amargas palabras llegan hasta mi corazón y me hacen también dudar. ¿Qué queréis?. No me he educado en medio del pueblo, cuyas necesidades desconozco tal vez; he pasado mi niñez en el colegio de los jesuitas, he crecido en Europa, me han formado en los libros y he leído sólo lo que los hombres han podido traer a la luz: lo que permanece entre las sombras, lo que no dicen los escritores, eso lo ignoro. Con todo, amo como vos a nuestra patria, no sólo porque es deber de todo hombre amar el país a quién debe el ser y a quién deberá acaso el último asilo; no sólo porque mi padre me lo ha enseñado así, porque mi madre era india, y porque todos mis más hermosos recuerdos viven en él, ¡le amo además porque le debo y le deberé mi felicidad!. - Y yo porque le debo mi desgracia –murmuró Elías. - Sí, amigo mío, sé que sufrís, sois desgraciado y esto os hace ver oscuro el porvenir e influye en vuestra manera de pensar; por esto escucho con cierta prevención vuestras quejas. Si pudiese yo apreciar los motivos, parte de ese pasado... - Mis desgracias reconocen otro origen; si supiesen que iban a ser de alguna utilidad, os las referiría, pues aparte de que no hago de ellas ningún misterio, son bastantes conocidas de muchos. - Acaso el saberlas rectifique mis juicios; sabéis que desconfío mucho de las teorías, me guío más por los hechos. Elías permaneció pensativo algunos instantes. - Si es así, señor –repuso-, os referiré brevemente su historia. |
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NOLI
ME TANGERE
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Capítulo
50
LA FAMILIA
DE ELÍAS
| “HARÁ UNOS SESENTA AÑOS, vivía mi abuelo en Manila
y servía de tenedor de libros en casa de un comerciante español.
Mi abuelo era entonces muy joven, estaba casado y tenía un hijo.
Una noche, sin saberse cómo, ardió el almacén, el
incendio se comunicó a toda la casa y de ésta a otras muchas.
Las pérdidas fueron innumerables, se buscó un criminal y
el comerciante acusó a mi abuelo. En vano protestó, y como
era pobre y no podía pagar a los célebres abogados, fue condenado
a ser azotado públicamente y paseado por las calles de Manila. No
hace mucho se usaba todavía este castigo infamante, que el pueblo
llama caballo y vaca, peor mil veces que la misma muerte. Mi abuelo, abandonado
de todos menos de su joven esposa, vióse atado a un caballo, seguido
de una cruel multitud, azotado en cada esquina, a la faz de los hombres,
sus hermanos, y en la vecindad de los numerosos templos de un Dios de paz.
Cuando el desgraciado, infame ya para siempre, hubo satisfecho la venganza
de los hombres con su sangre, sus torturas y sus gritos, le tuvieron que
sacar del caballo pues había perdido el sentido, y ¡ojalá
hubiese muerto!. Por una de esas crueldades refinadas le dieron la libertad;
su mujer encinta entonces, en vano mendigó de puerta en puerta trabajo
o limosna, para cuidar al enfermo marido y al pobre hijo, ¿quién
se fía de la mujer de un incendiario e infame?. ¡La esposa,
pues, tuvo que dedicarse a la prostitución!”.
Ibarra se levantó de su asiento.
“Condenada así una mujer, maldecirá el día en que su hijo salga a luz: lo cual es, además de prolongar el suplicio, violentar los sentimientos maternales. La mujer parió con felicidad por desgracia, y por desgracia también el niño nació robusto. Dos meses después cumplióse la sentencia con gran satisfacción de los hombres, que así creían cumplir con su deber. No tranquila ya en estos montes, huyó con sus dos hijos a la vecina provincia y allí vivieron como fieras: odiando y odiados. El mayor de los dos hermanos, que recordaba en medio de tanta miseria su infancia feliz, se hizo tulisán tan luego como se halló con fuerza. Pronto el hombre sanguinario de Bálat se extendió de provincia en provincia, terror de los pueblos, porque en su venganza todo lo llevaba a sangre y fuego. El menor, que había recibido de la Naturaleza un corazón bueno, habíase resignado con su suerte e infamia al lado de su madre: vivían de lo que el bosque daba, vestíanse de los andrajos que les arrojaban los caminantes; ella había perdido su nombre, sólo se la conocía por los apelativos de delincuente, prostituta, apaleada; él era únicamente conocido por el hijo de su madre, porque por la dulzura de su carácter no le creían hijo del incendiario y porque todo se puede dudar de la moralidad de los indios. Al fin, el famoso Bálat cayó un día en poder de la Justicia, que le pidió estrecha cuenta de sus crímenes, ella que nada hizo para enseñarle el bien; y una mañana, buscando el joven a su madre, que había ido al bosque para coger hongos y aún no había vuelto, encontróla tendida en tierra, a orillas del camino, debajo de un algodonero, la cara vuelta al cielo, los ojos desencajados, fijos, crispados los dedos, hundidos en tierra sobre la cual se veían manchas de sangre. Ocúrresele al joven levantar la vista y seguir la mirada del cadáver, y ve en la rama colgado un cesto, y dentro del cesto la ensangrentada cabeza del hermano!”. - ¡Dios mío! –exclama Ibarra. - Eso pudo exclamar mi padre –continuó Elías fríamente-. Los hombres habían descuartizado al salteador y enterrado el tronco, pero los miembros fueron esparcidos y colgados en diferentes pueblos. Si vais alguna vez de Calama a Santo Tomás, encontraréis todavía un miserable árbol de lomboy donde colgó pudriéndose una pierna de mi tío: la Naturaleza le ha maldecido y el árbol ni crece ni da fruto. Lo mismo hicieron con los otros miembros, pero la cabeza, la cabeza como lo mejor del individuo, como lo que más fácilmente se reconoce, la colgaron delante de la cabaña de la madre!. Ibarra bajó la cabeza. - El joven huyó como un maldito –continuó Elías-, huyó de pueblo en pueblo, por montes y valles, y cuando ya se creía desconocido, entró de trabajador en casa de un rico en la provincia de Tayabas. Su actividad, la dulzura de su carácter le granjearon la estimación de cuantos no conocían su pasado. A fuerza de trabajo y economía logró hacerse de un pequeño capital, y como la miseria había pasado y era joven, pensó en ser feliz. Su buena presencia, su juventud y su situación algo desahogada le captaron el amor de una joven del pueblo, cuya mano no se atrevía a pedir por medio de que el pasado se conozca. Pero el amor pudo más y ambos faltaron a sus deberes. El hombre, para salvar el honor de la mujer, lo arriesga todo, la pide en matrimonio, se buscan los papeles y todo se descubre: el padre de la joven era rico, consiguió que procesaran al hombre, que no trató de defenderse, lo admitió todo y fue enviado a presidio. La joven dio a luz un niño y una niña, que fueron criados en secreto, haciéndoles creer en un padre muerto, lo que no era difícil habiendo visto, siendo de tierna edad, morir a su madre, y pensándose poco en indagar genealogías. Como nuestro abuelo era rico, nuestra niñez fue muy venturosa; mi hermana y yo nos educamos juntos, nos amábamos como sólo se aman dos gemelos que no conocen otros amores. Muy joven fui a estudiar en el colegio de los jesuitas, y mi hermana, para no separarnos del todo, pasó a la pensión de la Concordia. Concluida nuestra corta educación, porque únicamente deseábamos ser agricultores, nos retiramos al pueblo para tomar posesión de la herencia de nuestro abuelo. Vivimos algún tiempo felices, el porvenir nos sonreía, teníamos muchos criados, nuestros campos cosechaban bien y mi hermana estaba en vísperas de casarse con un joven a quien adoraba y de quien era igualmente correspondida. Por cuestiones pecuniarias, por mi carácter entonces altivo, me enajené la voluntad de un lejano pariente, y un día me echó en cara mi tenebroso nacimiento; mi infame ascendencia. Yo lo creí una calumnia y pedí satisfacción: la tumba en que dormía tanta podredumbre se volvió a abrir y la verdad salió para confundirme. Para mayor desdicha, teníamos desde hace años un criado viejo, que sufría todos mis caprichos sin dejarnos nunca, contentándose sólo con llorar y gemir entre las burlas de los otros servidores. Yo no sé cómo lo averiguó mi pariente; el caso es que citó ante la justicia a este viejo y le hizo declarar la verdad; el viejo criado era nuestro padre, que se pegaba a sus queridos hijos y a quien yo había maltratado varias veces. Nuestra dicha se desvaneció, renuncié a nuestra fortuna, mi hermana perdió su novio y con mi padre abandonamos el pueblo para ir a otro punto cualquiera. El pensamiento de haber contribuido a nuestra desgracia acortó los días del anciano, de cuyos labios supe todo el doloroso pasado. Mi hermana y yo nos quedamos solos. “Ella lloró mucho, pero en medio de tantos dolores como sobre nosotros se amontonaron, no pudo olvidarse de su amor. Sin quejarse, sin decir una palabra, vio casarse con otra a su antiguo novio y yo la vi poco a poco enfermarse sin poderla consolar. Un día desapareció; en vano la busqué por todas partes, en vano pregunté por ella, hasta que seis meses después supe que por aquella época, después de una crecida del lago, se había encontrado en la playa de Calamba entre unos arrozales el cadáver de una joven, ahogada o asesinada; tenía, según dicen, un cuchillo clavado en el pecho. Las autoridades de aquel pueblo hicieron publicar el hecho en los pueblos vecinos; nadie se presentó a reclamar el cadáver, ninguna joven había desaparecido. Por las señales que me dieron después, por el traje, las alhajas, la hermosura de su rostro y su abundantísima cabellera, reconocí en aquella a mi pobre hermana. Desde entonces, vago de provincia en provincia; mi fama y mis historias andan en boca de muchos, se me atribuyen hechos, a veces se me calumnia, pero hago poco caso de los hombres y continúo mi camino. He aquí en breve relatada mi historia y la historia de uno de los juicios de los hombres.” Elías se cayó y continuó remando. - Voy creyendo que no os falta de razón –murmuró en voz baja Crisóstomo- cuando decía que la justicia debía procurar el bien por la recompensa de la virtud y la educación de los criminales. Sólo que... esto es imposible, utópico; pues, ¿de donde sacar tanto dinero, tantos nuevos empleados?. - Y ¿para qué están los sacerdotes que pregonan su misión de paz y caridad?. ¿Será más meritorio mojar con agua la cabeza de un niño, darle de comer sal, que despertar en la oscurecida conciencia de un criminal esa centella, dada por Dios a cada hombre para buscar el bien?. ¿Será más humano acompañar a un reo al patíbulo, que acompañarle por la difícil senda que conduce del vicio a la virtud?. ¿No se pagan también espías, verdugos y guardias civiles?. Esto, sobre ser sucio, cuesta dinero también. - Amigo mío, ni vos ni yo, aunque lo queramos, no lo conseguiremos. - Solos, en verdad, somos nada; ¡pero tomad la causa del pueblo, uníos al pueblo, no desoigáis sus voces, dad ejemplo a los demás, dad la idea de lo que se llama una patria!. - Lo que pide el pueblo es imposible; es menester esperar. - ¡Esperar, esperar equivale a sufrir!. - Si lo pidiese, se me reirían. - Y ¿si el pueblo os sostiene?. - ¡Jamás!, no seré yo nunca el que he de guiar a la multitud a conseguir por la fuerza lo que el Gobierno no cree oportuno, ¡no!. Y si yo viera alguna vez a esa multitud armada, me pondría del lado del Gobierno y la combatiría, pues en esa turba no vería a mi país. Yo quiero bien, por eso levanto una escuela; lo busco por medio de la instrucción, por el progresivo adelanto; sin luz no hay camino. - ¡Sin lucha tampoco hay libertad! -contestó Elías. - ¡Es que yo no quiero esa libertad!. - Es que sin libertad no hay luz –replicó el piloto con viveza-; decía que conocéis poco vuestro país, lo creo. No veis la lucha que se prepara, no veis la nube en el horizonte; el combate comienza en la esfera de las ideas para descender a la arena, que se teñirá de sangre; oigo la voz de Dios, ¡ay de los que quieran resistirle!, ¡para ellos no se ha escrito la Historia!. Elías estaba transfigurado: de pie, descubierto, su semblante varonil, iluminado por la luna, tenía algo de extraordinario. Sacudió su abundante cabellera y continuó. - ¿No veis como todo despierta?. El sueño duró siglos, un día cayó el rayo, y el rayo, al destruir, llamó la vida; desde entonces nuevas tendencias trabajan los espíritus, y estas tendencias, hoy separadas, se unirán un día guiadas por Dios. Dios no ha faltado a los otros pueblos, tampoco faltará al nuestro; su causa es la causa de la libertad. Un silencio solemne siguió a estas palabras. Entretanto la barca, llevada insensiblemente por las olas, se acercaba a la orilla. Elías fue el primero que rompió el silencio. - ¿Qué he de decir a los que me envían? –preguntó cambiando de tono. - Ya os lo he dicho: que deploro mucho su estado, pero que esperen, pues los males no se curan con otros males y en nuestra desgracia todos tenemos nuestras culpas. Elías no volvió a replicar; bajó la cabeza, continuó remando, y llegado a la orilla, se despidió de Ibarra diciendo: - Os doy gracias, señor, por la condescendencia que habéis tenido conmigo; en interés vuestro os pido que en adelante olvidéis de mí y no me reconozcáis en cualquier situación que me encontréis. Y dicho esto, volvió a conducir la barca, remando en dirección a la espesura de la playa. Durante la larga travesía permaneció silencioso; parecía no ver otra cosa que los millares de diamantes, que con el remo sacaba y devolvía al lago donde desaparecían misteriosos entre las azules ondas. Por fin llegó; un hombre salió de la espesura y se le acercó. - ¿Qué digo a Capitán? –preguntó. - Dile que Elías, si no muere antes, cumplirá su palabra –contestó tristemente. - Entonces ¿cuándo te reunirás con nosotros?. - Cuando vuestro Capitán crea que ha llegado la hora del peligro. - ¡Está bien, adiós!. - ¡Si no muero antes! –murmuraba. |