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NOLI
ME TANGERE
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Capítulo
56
LO QUE
SE DICE Y LO QUE SE CREE
| DIOS AMANECIÓ AL FIN para el aterrorizado pueblo.
La calle donde se encuentran el cuartel y el tribunal continúa aún desierta y solitaria; las casas no dan signos de vida. No obstante, se abre con estrépito la hoja de madera de una ventana y se asoma una cabeza infantil, que gira en todos los sentidos, alarga el cuello y mira en todas direcciones... ¡plas!, el ruido anuncia el brusco contacto de un cuero curtido con el fresco cuero humano; la boca del niño hace una mueca, sus ojos se cierran, desaparece y la ventana se vuelve a cerrar. El ejemplo está dado; aquel abrir y cerrar se ha oído sin duda, porque otra ventana se abre despacito y asómase con cautela la cabeza de una vieja, arrugada y sin dientes: es la misma Hermana Putê que tanto alboroto armó mientras el P. Dámaso predicaba. Niños y viejas son los representantes de la curiosidad en la tierra: los primeros por el afán de saber, las segundas por el de recordar. Sin duda no hay quien se atreva a darle un chinelazo, pues permanece, mira a lo lejos frunciendo las cejas, se enjuaga la boca, escupe con ruido y después se persigna. La casa de enfrente abre también tímidamente una ventanilla y da paso a Hermana Rufa, la que no quiere engañar ni que la engañen. Ambas se miran un momento, sonríen, se hacen señas y vuelven a persignarse - ¡Jesús!, ¡parecía una misa de gracia, un castillo! –dice hermana Rufa. - Desde el saqueo del pueblo por Balát no he visto otra noche igual –contesta Hermana Putê. - ¡Cuantos tiros!, dicen que es la partida del viejo Pablo. - ¿Tulisanes?. ¡No puede ser!. Dicen que son los cuadrilleros contra los civiles. Por eso está preso D. Filipo. - ¡Sanctus Deus!, dicen que hay lo menos catorce muertos. Otras ventanas se fueron abriendo y rostros diferentes asomaron cambiándose saludos y haciendo comentarios. A la luz del día, que prometía ser espléndido, veíanse a lo lejos soldados ir y venir, confusamente, como cenicientas siluetas. - ¡Allá va otro muerto! –dijo uno desde una ventana. - ¿Uno?, yo veo dos. - Y yo... pero en fin, ¿a que no sabéis qué fue? –preguntaba un hombre de rostro socarrón. - ¡Ya!, los cuadrilleros. - No, señor; ¡un alzamiento en el cuartel!. - ¿Qué alzamiento?. ¡El cura contra el alférez!. - Pues, nada de eso –dice el que había hecho la pregunta-; son los chinos que se han sublevado. Y volvió a cerrar su ventana. - ¡Los chinos! –repiten todos con el mayor asombro. - ¡Por eso, no se ve a ninguno!. - Habrán muerto todos. - Yo ya me lo suponía que iban a hacer algo malo. Ayer... - Yo ya lo veía. Anoche... - ¡Lástima! –decía Hermana Rufa-; morirse todos antes de la Pascua, cuando vienen con sus regalos... Hubiesen esperado el año nuevo... La calle se iba animando poco a poco: primero fueron los perros, gallinas, cerdos y palomas, los que intentaron la circulación: a estos animales siguieron unos chicos harapientos, cogidos del brazo y acercándose tímidamente hacia el cuartel; después, algunas viejas, con el pañuelo en la cabeza atado debajo de la barba, un grueso rosario en la mano, aparentando rezar para que los soldados les dejasen el paso libre. Cuando vio que se podía andar sin recibir un tiro, entonces empezaron a salir los hombres, afectando indiferencia; al principio, sus paseos se limitaban por delante de su casa, acariciando el gallo; después probaron alargarlos, parándose de tiempo en tiempo, y así se llegaron hasta delante del tribunal. Al cuarto de hora circularon otras versiones. Ibarra con sus criados, había querido robar a María Clara, y Capitán Tiago la había defendido, ayudado por la Guardia Civil. El número de los muertos no era ya catorce, sino treinta; Capitán Tiago estaba herido y se marcha ahora mismo con su familia para Manila. La llegada de dos cuadrilleros, conduciendo en unas parihuelas una forma humana, y seguidos de la guardia civil, produjo gran sensación. Súpose que venía del convento; por la forma de los pies que colgaban, uno conjeturó quién podía ser; un poco más lejos se dijo que lo era; más allá el muerto se multiplicó y se verificó el misterio de la Santísima Trinidad; después se renovó el milagro de los panes y los peces, y los muertos fueron ya treinta y ocho. A las siete y media, cuando llegaron otros guardias civiles, procedentes de los pueblos vecinos, la versión que corría era ya clara y detallada. - Acabo de venir del tribunal donde he visto presos a D. Filipo y a D.Crisóstomo –decía un hombre a Hermana Putê-; he hablado con uno de los cuadrilleros que están de guardia. Pues Bruno, el hijo de aquel que murió apaleado, lo declaró todo anoche. Como sabéis, Capitán Tiago casa su hija con el joven español; D. Crisóstomo, ofendido, quiso vengarse y trató de matar a todos los españoles, hasta al cura; anoche atacaron el cuartel y el convento; y felizmente, por la misericordia de Dios, el cura estaba en casa de Capitán Tiago. Dicen que se escaparon muchos. Los guardias civiles quemaron la casa de D. Crisóstomo, y si no le prenden antes, le queman también. - ¿Le quemaron la casa?. - Todos los criados están presos. ¡Ved como todavía se ve desde aquí el humo! –dice el narrador acercándose a la ventana-; los que vienen de allá cuentan cosas muy tristes. Todos miran hacia el sitio indicado: una ligera columna de humo subía aún lentamente al cielo. Todos hacen comentarios más o menos piadosos, más o menos acusadores. - ¡Pobre joven! –exclama un viejo, el marido de la Putê. - ¡Sí! –le contesta ella-, pero mira que ayer no mandó decir misa por el alma de su padre, que sin duda la necesitará más que los otros. - Pero mujer, ¿no tienes tú compasión...?. - ¿Compasión con los excomulgados?. Es un pecado tenerla con los enemigos de Dios, dicen los curas. ¿Os acordáis?. ¡En el Campo Santo andaba como en un corral!. - Pero si el corral y el Campo Santo se parecen –responde el viejo-; sólo que en aquél no entran más que animales de una especie... - ¡Vamos! –le grita Hermana Putê-; todavía le vas a defender a quien Dios tan claramente castiga. Verás como te prenden a ti también. ¡Sostén una casa que se cae!. El marido se calló ante el argumento. - ¡Ya! –prosigue la vieja-, después de pegar al P. Dámaso, no le quedaba más que matar al P. Salví. - Pero no me puedes negar que era bueno cuando chico. - Sí, era bueno –replica la vieja-, pero se fue a España; todos los que se van a España se vuelven herejes, han dicho los curas. - ¡Ohoy! –le replicó el marido que vio su revancha- ¿y el cura y todos los curas, y el Arzobispo, y el Papa y la Virgen no son de España?. ¡Abá!, ¿serán también herejes?, ¡abá!. Felizmente para Hermana Putê, la llegada de una criada corriendo, toda azorada y pálida, cortó la discusión. - ¡Un ahorcado en la huerta del vecino! –decía jadeante. - ¡Un ahorcado! –exclamaron todos llenos de estupor. Las mujeres se santiguaron; nadie pudo moverse de su sitio. - Sí, señor –continúa la criada temblorosa-; iba yo a coger guisantes... miro a la huerta del vecino para ver si estaba... veo un hombre balancearse; creí que era Teo, el criado, que me da siempre... me acerco para... coger guisantes, y veo que no es él sino otro, un muerto, corro, corro, y... - Vamos a verlo –dice el viejo levantándose-, condúcenos. - ¡No te vayas! –le grita hermana Putê cogiéndole de la camisa- ¡te va a suceder una desgracia!, ¿se ha ahorcado?, ¡pues peor para él!. - Déjeme verlo, mujer; vete al Tribunal, Juan, a dar parte; acaso no esté aún muerto. Y fuése a la huerta seguido de la criada, que se ocultaba detrás de él; las mujeres y la misma Hermana Putê venían detrás, llenas de temor y curiosidad. - Allá está, señor –dijo la criada deteniéndose y señalando con el dedo. La comisión se detuvo a respetable distancia, dejando al viejo avanzar solo. Un cuerpo humano, colgado de la rama de un santol, se balanceaba suavemente, impulsado por la brisa. Contemplóle el viejo algún tiempo: vio aquellos pies rígidos, los brazos, la ropa manchada, la cabeza doblada. - No debemos tocarle hasta que llegue la justicia –dijo en voz alta-; ya está rígido; hace mucho que está muerto. Las mujeres se acercaron poco a poco. - Es el vecino que vivía en aquella casita, el que ha llegado hace dos semanas; ved la cicatriz en la cara. - ¡Avemaría! –exclamaron algunas mujeres. - ¿Rezamos por su alma? –preguntó una joven luego que hubo acabado de mirarlo y examinarlo. - ¡Tonta, hereje! –le riñe la Hermana Putê-, ¿no sabes lo que dijo el P. Dámaso?. Es tentar a Dios rezar por un condenado; el que se suicida se condena irremisiblemente; por esto no se le entierra en lugar sagrado. Y añadía: - Ya me parecía que ese hombre iba a concluir mal; jamás pude averiguar de qué vivía. - Yo le vi dos veces hablar con el sacristán mayor –observó una joven. - ¡No será ni para confesarse ni para encargar una misa!. Acudieron los vecinos, y numeroso corro rodeó el cadáver que aún continuaba oscilando. A la media hora vinieron un alguacil, el gobernadorcillo y dos cuadrilleros; éstos lo descendieron y pusieron sobre unas parihuelas. - La gente tiene prisa por morir –dice riendo el directorcillo, mientras se quitaba la pluma que tenía encima de la oreja. Hizo unas preguntas capciosas, tomó declaración a la criada, a quién procuraba enredar, ya mirándola con malos ojos, ya amenazándola, ya atribuyéndole palabras que no había dicho, tanto que ella, creyendo que iba a la cárcel, empezó a llorar y acabó por declarar que no buscaba guisantes sino que... y sacaba testigo a Teo. En el entretanto, un campesino con un ancho salakot y en el cuello un
gran parche, examinaba el cadáver y la cuerda.
- ¿Qué estás viendo? –le pregunta el directorcillo. - Estaba viendo, señor, si le podía reconocer –balbuceó medio descubriéndose-, esto es, bajando más el salakot. - Pero, ¿no has oído que es un tal Lucas?. ¿Estabas durmiendo?. Todos se echaron a reír. El campesino, corrido balbuceó algunas palabras y retirose cabizbajo, andando lentamente. - ¡Oy!, ¿a dónde vais? –le grita el viejo-, por allí no se sale; ¡por allí se va a casa del muerto!. - ¡Todavía duerme el hombre! –dice el directorcillo con burla-; habrá que vaciarle agua encima. Los circunstantes volvieron a reír. El campesino dejó el sitio donde tan mal papel había jugado, y se dirigió a la iglesia. En la sacristía preguntó por el sacristán mayor. - ¡Duerme aún! –le contestaron groseramente- ¿no sabéis que anoche saquearon el convento?. - Esperaré a que despierte. Miráronle los sacristanes con esa grosería propia de gentes acostumbradas a ser mal tratadas. En un rincón, que quedaba en sombras, dormía el tuerto en una silla larga. Los anteojos estaban colgados sobre la frente entre los largos mechones de pelos; el pecho, escuálido y raquítico, estaba desnudo y se elevaba y deprimía con regularidad. El campesino sentase cerca, dispuesto a aguardar pacientemente, pero se le cae una moneda y va a buscarla, ayudado de una vela, debajo del sillón del sacristán mayor. El campesino nota también simientes de amores-secos en el pantalón y en las mangas de la camisa del dormido que despierta al fin, se restrega el único ojo sano e increpa al hombre con bastante mal humor. - ¡Quería mandar decir una misa, señor! –contesta en tono de disculpa. - Ya se han concluido todas las misas –dice entonces el tuerto dulcificando un poco su acento-; si quieres para mañana... ¿es para las almas del Purgatorio?. - No, señor –contestó el campesino dándole un peso. Y mirándole fijamente en el único ojo, añadió: - Es para una persona que pronto va a morir. Y abandonó la sacristía. - ¡Le hubiera podido pillar anoche! –dijo suspirando mientras se quitaba el parche y se enderezaba para recobrar la cara y la estampa de Elías. |
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NOLI
ME TANGERE
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Capítulo
57
¡VAE
VICTIS! 2
| GUARDIAS CIVILES SE PASEAN con aire siniestro delante de la puerta
del tribunal, amenazando con la culata de su fusil a los atrevidos chicuelos
que se levantan de puntillas o se cargan unos a otros para ver algo a través
de las rejas.
La sala no presenta ya aquel aspecto alegre de cuando se discutía el programa de la fiesta: ahora es sombrío y poco tranquilizador. Los guardias civiles y cuadrilleros que la ocupan, hablan apenas y aun en voz baja y pronunciando breves palabras. Sobre la mesa emborronan papeles el directorcillo, dos escribientes y algunos soldados; el alférez se pasea de un lado a otro, mirando de cuando en cuando con aire feroz hacia la puerta; más orgulloso no habría aparecido Temístocles en los Juegos Olímpicos después de la batalla de Salamina.3 Dª. Consolación bosteza en un rincón, enseñando unas negras fauces y una accidentada dentadura; su mirada se fija fría y siniestra en la puerta de la cárcel, cubierta de figuras indecentes. Ella había conseguido el marido, a quien la victoria había hecho amable, la dejase presenciar el interrogatorio y acaso las torturas consiguientes. La hiena olía el cadáver, se relamía y la aburría el retardo del suplicio. El gober nadorcillo está muy compungido: su sillón, aquel gran sillón colocado debajo del retrato de S.M., está vacío y parece destinado a otra persona. Cerca de las nueve, el cura llega pálido y cejijunto. - ¡Pues no se ha hecho Ud. esperar! –le dice el alférez. - Preferiría no asistir –contesta el P. Salví en voz baja sin hacer caso de aquel tono amargo-; soy muy nervioso. - Como no ha venido nadie por no dejar el puesto, juzgué que su presencia de Ud... Ya sabe Ud. que esta tarde salen. - ¿El joven Ibarra y el teniente mayor...?. El alférez señaló hacia la cárcel. - Ocho están allí –dijo-; el Bruno murió a medianoche, pero su declaración ya consta. El Cura saludó a Dª. Consolación, que respondió con un bostezo y un ¡aah!, y ocupó el sillón debajo del retrato de S.M. - ¡Podemos empezar! –repuso. - ¡Sacad a los dos que están en el cepo! –mandó el alférez con voz que procuró hacer lo más terrible que pudo, y volviéndose al Cura añadió cambiando de tono: - ¡Están metidos saltando dos agujeros!. Para los que no están enterados de estos instrumentos de tortura, les diremos que el cepo es uno de los más inocentes. Los agujeros en que se introducen las piernas de los detenidos distan entre sí poco más o menos de un palmo; saltando dos agujeros, el preso se encontraría en una posición un poco forzada, con una singular molestia en los tobillos y una abertura de las extremidades inferiores de más de una vara: no mata al instante como muy bien se puede imaginar. El carcelero, seguido de cuatro soldados, retiró el cerrojo y abrió la puerta. Un olor nauseabundo y un aire espeso y húmedo se escaparon de la densa oscuridad a la vez que se oyeron algunos lamentos y sollozos. Un soldado encendió un fósforo, pero la llama se apagó en aquella atmósfera viciada y corrompida, y tuvieron que esperar a que el aire se renovase. A la vaga claridad de una bujía se columbraron algunas formas humanas: hombres, abrazados a sus rodillas y ocultando la cabeza entre ellas, acostados boca abajo, de pie, vueltos a la pared, etc. Oyóse un golpear y rechinar, acompañados de juramentos: se abría el cepo. Dª. Consolación estaba medio inclinada hacia delante, tendidos los músculos del cuello, los ojos salientes clavados en la entreabierta puerta. Entre dos soldados salió una figura sombría, Társilo, el hermano de Bruno. En las manos tenía esposas; sus vestidos, desgarrados, descubrían una bien desarrollada musculatura. Sus ojos se fijaron insolentemente en la mujer del alférez. - Este es el que se defendió con más bravura y mandó huir a sus compañeros –dijo el alférez a P. Salví. Detrás vino otro de aspecto desgraciado, lamentándose y llorando como un niño: cojeaba y tenía el pantalón manchado de sangre. - ¡Misericordia, señor, misericordia!, ¡no volveré a entrar en el patio! –gritaba. - Es un tunante –observó el alférez hablando con el cura-; quiso huir pero ha sido herido, en el muslo. Estos dos son los únicos que tenemos vivos. - ¿Cómo te llamas? –preguntó el alférez a Társilo. - Társilo Alasigan. - ¿Qué os prometió D. Crisóstomo para que atacáseis el cuartel?. - D. Crisóstomo jamás se ha comunicado con nosotros. - ¡No lo niegues!. Por eso quisísteis sorprendernos. - Os equivocáis; matásteis a nuestro padre a palos, le vengamos y nada más. Buscad a vuestros dos compañeros. El alférez mira al sargento sorprendido. - Allá están en un despeñadero, allá los arrojamos ayer, allá se pudrirán. Ahora matadme: no sabréis nada más. Silencio y sorpresa general. - Nos vas a decir quiénes son tus cómplices –amenazó el alférez blandiendo un bejuco. Una sonrisa de desprecio se asomó en los labios del reo. El alférez conferenció algunos instantes, en voz baja, con el Cura, y volviéndose a los soldados: - ¡Conducidle a donde están los cadáveres! –ordenó. En un rincón del patio, sobre un carretón viejo están amontonados cinco cadáveres, medio cubiertos por un pedazo de estepa rota, llena de porquerías. Un soldado se pasea de un extremo a otro escupiendo a cada instante. - ¿Los conoces? –preguntó el alférez levantando la estera. Társilo no respondió; vio el cadáver del marido de la loca con otros dos, el de su hermano, acribillado a bayonetazos y el de Lucas aún con la soga al cuello. Su mirada se volvió sombría y un suspiro pareció escaparse de su pecho. - ¿Los conoces? –le volvieron a preguntar. Társilo permaneció mudo. Un silbido rasgó el aire y el bejuco azotó sus espaldas. Estremecióse, sus músculos se contrajeron. Los bejucazos se repitieron, pero Társilo siguió impasible. - ¡Qué le den de palos hasta que reviente o declare! –gritó el alférez exasperado. - ¡Habla ya! –le dice el directorcillo; de todos modos te matan. Volvieron a conducirle a la sala donde el otro preso invocaba a los santos, castañeteándole los dientes y doblándosele las piernas. - ¿Le conoces a ese? –preguntó el P. Salví. - ¡Es la primera vez que le veo! –contestó Társilo mirando con cierta compasión al otro. El alférez le dio un puñetazo y un puntapié. - ¡Atadlo al banco!. Sin quitarle las esposas, manchadas de sangre, fue sujetado a un banco de madera. El infeliz miró en derredor suyo como buscando algo y vio a Dª. Consolación: rióse sardónicamente. Sorprendidos los presentes, le siguieron la mirada y vieron a la señora, que se mordía ligeramente los labios. - ¡No he visto mujer más fea! –exclamó Társilo en medio del silencio general-; prefiero acostarme sobre un banco, como estoy, que al lado de ella, como el alférez. La Musa palideció. - Me vais a matar a palos, señor alférez –continuó-; esta noche me habrá vengado vuestra mujer al abrazaros. - ¡Amordazarle! –gritó el alférez furioso y temblando de ira. Parece que Társilo sólo había deseado la mordaza, porque cuando la tuvo, sus ojos expresaron un rayo de satisfacción. A una señal del alférez, un guardia, armado de un bejuco; empezó su triste tarea. Todo el cuerpo de Társilo se contrajo; un rugido ahogado, prolongado, se dejó oír a pesar del lienzo que le tapaba la boca; bajó la cabeza: sus ropas se manchaban de sangre. El P. Salví, pálido, la mirada extraviada, se levantó trabajosamente, hizo una seña con la mano y dejó la sala con paso vacilante. En la calle vio una joven, apoyada de espaldas contra la pared, rígida, inmóvil, escuchando atenta, mirando al espacio, extendidas las crispadas manos contra el viejo muro. El sol la baña de lleno. Contaba, al parecer sin respirar, los golpes secos, sordos y aquel desgarrador gemido.. Era la hermana de Társilo. En la sala continuaba entretanto la escena: el desgraciado, tendido
de dolor, enmudeció y aguardó a que sus verdugos se cansasen.
Al fin, el soldado dejó caer el brazo jadeante; el alférez,
pálido de ira y asombro, hizo una seña para que le desatasen.
- ¡Al pozo con él! –dijo. Los filipinos saben lo que esto quiere decir; en tagalo lo traducen por timbaín.4 No sabemos quien habrá sido el que ha inventado este procedimiento, pero juzgamos que debe ser bastante antiguo. La Verdad saliendo de un pozo, sea quizás una sarcástica interpretación. En medio del patio del tribunal se levanta el pintoresco brocal de un pozo, hecho groseramente de piedras vivas. Un rústico aparato de caña, en forma de palanca, sirve para sacar agua, viscosa, sucia y de mal olor. Cacharros rotos, basura y otros líquidos se reunían allí, pues aquel pozo era como la cárcel; allí para cuanto la sociedad desecha o da por inútil; objeto que dentro caiga, por bueno que hubiese sido, ya es cosa perdida. Sin embargo, no se cegaba jamás: a veces se los condena a los presos a ahondarlo y profundizarlo, no porque se pensase sacar de aquel castigo una utilidad, sino por las dificultades que el trabajo ofrecía: preso que allí una vez ha descendido, cogía una fiebre de la que moría regularmente. Társilo contemplaba todos los preparativos de los soldados con mirada fija; estaba pálido y sus labios temblaban o murmuraban una oración. La altivez de su desesperación parecía haberse desaparecido o, cuando menos, debilitado. Varias veces dobló el erguido cuello, fijó la vista en el suelo resignado a sufrir. Lleváronle al lado del brocal, seguido de Dª. Consolación que sonreía. Una mirada de envidia lanzó el desventurado hacia el montón de cadáveres y un suspiro se escapó de su pecho. - ¡Habla ya! –volvió a decirle el directorcillo-; de todos modos te ahorcarán; al menos muere sin haber sufrido tanto. - De aquí saldrás para morir –le dijo un cuadrillero. Le quitaron la mordaza y le colgaron de los pies. Debía descender de cabeza y permanecer algún tiempo debajo del agua, lo mismo que hacen con el cubo, sólo que al hombre le dejan más tiempo. El alférez se alejó para buscar un reloj y contar los minutos. Entre tanto Társilo pendía, la larga cabellera ondeaba al aire, los ojos medio cerrados. - Si sois cristianos, si tenéis corazón –suplicó en voz baja-, bajadme con rapidez o haced de modo que mi cabeza choque contra la pared y me muera. Dios os premiará esta buena obra... ¡quizás un día os veáis como yo!. El alférez volvió y presidió el descenso, reloj en mano. - ¡Despacio, despacio! –gritaba Dª. Consolación siguiendo al infeliz con la vista-, ¡cuidado!. La palanca bajaba lentamente; Társilo rozaba contra las piedras salientes y las plantas inmundas que crecían entre las grietas. Después, la palanca cesó de moverse: el alférez contaba los segundos. - ¡Arriba! –mandó secamente al cabo de medio minuto. El ruido argentino y armonioso de las gotas de agua cayendo sobre el agua anunció la vuelta del reo a la luz. Esta vez, como el peso del balancín era mayor, subió con rapidez. Los pedruscos y guijarros, arrancados de las paredes, caían con estrépito. Cubiertas de asqueroso cieno la frente y la cabellera, llena la cara de heridas y rozaduras, el cuerpo mojado y goteado, apareció a los ojos de la multitud silenciosa: el viento le hacía estremecer de frío. - ¿Quieres declarar? –le preguntaron. - ¡Cuida de mi hermana! –murmuró el infeliz mirando suplicante a un cuadrillero. La palanca de caña rechina de nuevo y el condenado vuelve a desaparecer. Dª. Consolación observaba que el agua permanecía tranquila. El alférez contó un minuto. Cuando Társilo volvió a subir, sus facciones estaban contraídas y amoratadas. Dirigió una mirada a los circundantes y mantuvo abiertos los ojos, inyectados de sangre. - ¿Vas a declarar? –volvió a preguntar con desaliento el alférez. Társilo movió negativamente la cabeza y volvieron a descenderle. Sus párpados se iban cerrando, sus pupilas seguían mirando al cielo donde flotaban blancas nubes; doblaba el cuello para seguir viendo la luz del día, pero pronto tuvo que hundirse en el agua, y el espectáculo del mundo le cerró aquel telón infame. Pasó un minuto; la Musa en observación vio gruesas burbujas de aire que subían a la superficie. - ¡Tiene sed! –dijo riendo. Y el agua volvió a estar tranquila. Esta vez duró un minuto y medio y el alférez hizo una seña. Las facciones de Társilo ya no estaban contraídas; los entreabiertos párpados hacían ver el fondo blanco del ojo; de la boca salía agua cenagosa con estrías sanguinolentas; el viento frío soplaba, pero su cuerpo ya no se estremecía. Todos se miraron en silencio, pálidos y consternados. El alférez hizo una seña para que le descolgasen y se alejó pensativo; Dª. Consolación le aplicó varias veces a las desnudas piernas el botón de fuego de su cigarro, pero el cuerpo no se estremeció y se apagó el fuego. - ¡Se ha asfixiado a sí mismo! –murmuró un cuadrillero-; mirad cómo se ha vuelto la lengua como queriéndosela tragar. El otro preso contemplaba la escena temblando y sudando: miraba como un loco a todas partes. El alférez encargó al directorcillo que le interrogase. - ¡Señor, señor! –gemía- ¡diré todo lo que vosotros queráis!. - ¡Bueno, vamos a ver: ¿cómo te llamas?.
- ¿Bernardo... Leonardo... Ricardo... Eduardo... Gerardo... o qué?.5 - ¡Andog, señor! –repitió el imbécil. - ¡Póngale Ud. Bernardo o lo que sea! –decidió el alférez. - ¿Apellido?. El hombre le miró espantado. - ¿Qué nombre tienes, qué te añaden al nombre... Andog? - ¡Ah, señor!. ¡Andog Medio-tonto señor!. Los circundantes no pudieron contener la risa; el mismo alférez detuvo su paseo. - ¿Oficio?. - Podador de cocos, señor, y criado de mi suegra. - ¿Quién os mandó que atacáseis el cuartel?. - ¡Nadie, señor!. - ¿Cómo nadie?. ¡No mientas, que te van a meter en el pozo!. ¿Quién os ha mandado?. ¡Dí la verdad!. - ¡La verdad, señor!. - ¿Quién?. - ¡Quién, señor!. - Te pregunto quién os ha mandado hacer la revolución. - ¿Cuál revolución, señor?. - Eso, porque estabas tú anoche en el patio del cuartel. - ¡Ah, señor! –exclamó ruborizándose Andog. - ¿Quién tiene pues la culpa de eso?. - ¡Mi suegra, señor!. Risa y sorpresa siguieron a estas palabras. El alférez se paró y miró con severos ojos al infeliz, que creyendo que sus palabras habían producido buen efecto, continuó más animado. - Sí, señor: mi suegra no me da de comer otra cosa que todo lo podrido e inservible; anoche, cuando vine, me dolió el vientre, vi el patio del cuartel cerca, y me dije: “Es de noche, nadie te verá”. Entré... y cuando me levantaba, resonaron muchos tiros; ataba mis calzones. Un bejucazo le cortó la palabra. - ¡A la cárcel! –mandó el alférez-; esta tarde ¡a la Cabecera!. |
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Capítulo
58
EL MALDITO
| PRONTO SE EXTENDIÓ POR EL PUEBLO la noticia de que los presos
iban a partir; al principio fue oída con terror, después
vinieron los llantos y las lamentaciones.
Las familias de los presos corrían como locas: iban del convento al cuartel, del cuartel al tribunal; y no encontrando en ninguna parte consuelo, llenaban los aires de gritos y gemidos. El cura se había encerrado por estar enfermo; el alférez aumentando sus guardias, que recibían con la culata a las mujeres suplicantes; el gobernadorcillo, ser inútil, parecía más tonto y más inútil que jamás. Frente a la cárcel, corrían de un extremo a otro las que aún tenían fuerzas; las que no, se sentaban en el suelo, llamando los nombres de las personas queridas. El sol ardía y ninguna de aquellas infelices pensaba retirarse. Doray, la alegre y feliz esposa de D. Filipo, vaga desolada, llevando en brazos a su tierno hijo: ambos lloran. - Retiraos –le decían-; vuestro hijo va a coger una calentura. - ¿A que vivir si no ha de tener un padre que le eduque? –contestaba la desconsolada mujer. - ¡Vuestro marido es inocente; tal vez vuelva!. - ¡Sí, cuando ya nos muramos!. Capitana Tinay llora y llama a su hijo Antonio, la valerosa Capitana María mira hacia la pequeña reja, detrás de la cual están sus dos gemelos, sus únicos hijos. Allí estaba la suegra del podador de cocos; ella no llora: se pasea, gesticula con los brazos remangados y arenga al público. - ¿Habéis visto cosa igual?. ¿Prender a mi Andog, pegarle un tiro, meterle en el cepo y llevarle a la Cabecera, sólo porque... porque tenía nuevos calzones?. ¡Esto pide venganza!. ¡Los guardias civiles abusan!. ¡Juro que si vuelvo a encontrar a cualquiera de ellos buscando un lugar retirado en mi huerta, como muchas veces ha sucedido, le mutilo, le mutilo!, o si no... Pero pocas personas le hacían coro a la suegra musulmana. - De todo esto tiene la culpa D. Crisóstomo –suspiraba una mujer. El maestro de escuela vaga también confundido entre la multitud. Ñor Juan no se frota ya las manos, no lleva su plomada ni su metro: el hombre viste de negro, pues ha oído malas noticias, y fiel a su costumbre de ver el porvenir como cosa sucedida, lleva ya luto por la muerte de Ibarra. A las dos de la tarde un carro descubierto, tirado por dos bueyes, se paró delante del tribunal. El carro fue rodeado de la multitud que quería desengancharlo y destrozarlo. - No hagáis tal –decía Capitana María-, ¿queréis que vayan a pie?. Esto detuvo a las familias. Veinte soldados salieron y rodearon el vehículo. Salieron los presos. El primero fue D. Filipo, atado; saludó sonriendo a su esposa; Doray rompió en amargo llanto y costó trabajo a dos guardias impedirle que abrazase a su marido. Antonio, el hijo de Capitana Tinay, apareció llorando como un niño, lo que ha sido más que aumentar los gritos de su familia. El imbécil Andog prorrumpió en llanto al ver a su suegra, causa de su desventura. Albino, el ex seminarista, estaba también maniatado lo mismo que los dos gemelos de Capitana María. Estos tres jóvenes estaban serios y graves. El último que salió fue Ibarra suelto pero conducido entre dos guardias civiles. El joven estaba pálido; buscó una cara amiga. - ¡Ese es el que tiene la culpa! -gritaron muchas voces- ¡ése tiene la culpa y va suelto!. - ¡Mi yerno no ha hecho nada y está con esposas!. Ibarra se volvió a sus guardias: - ¡Atadme, pero atadme bien, codo a codo! –dijo. - ¡No tenemos orden!. - ¡Atadme!. Los soldados obedecieron. El alférez apareció a caballo, armado hasta los dientes; seguíanle diez o quince soldados más. Cada preso tenía a su familia que rogaba allí por él, lloraba por él y le daba los nombres más cariñosos. Ibarra era el único que no tenía a nadie; el mismo Ñor Juan y el maestro de escuela habían desaparecido. - ¿Qué os han hecho a vos mi marido y mi hijo? –decíale llorando Doray- ¡ved a mi pobre hijo! ¡le habéis privado de su padre!. El dolor de las familias se cambió en ira para el joven, acusado de haber promovido el motín. El alférez dio la orden de partir. - ¡Tú eres un cobarde! –le gritaba la suegra de Andog-. ¡Mientras los otros se peleaban por ti, tú te escondías, cobarde!. - ¡Maldito seas! –le decía un anciano siguiéndole-, ¡maldito el oro amasado por tu familia para turbar nuestra paz!. ¡Maldito!. ¡Maldito!. - ¡Qué te ahorquen a ti, hereje! –le gritaba una pariente de Albino y sin poderse contener cogió una piedra y se la arrojó. El ejemplo fue pronto imitado y sobre el desgraciado joven cayó una lluvia de polvo y piedras. Ibarra sufrió impasible, sin ira, sin quejarse, la justa venganza de tantos corazones lastimados. Aquella era la despedida, ¡el adiós!, que le hacía su pueblo, donde tenía todos sus amores. Bajó la cabeza; quizás pensaría en un hombre, azotado por las calles de Manila, en una anciana que caía muerta a la vista de la cabeza de su hijo; quizás la historia de Elías pasaba por delante de sus ojos. El alférez creyó necesario alejar a la multitud, pero las pedradas y los insultos no cesaron. Una madre tan sólo no vengaba en él sus dolores: Capitana María. Inmóvil, los labios contraídos, los ojos llenos de lágrimas silenciosas, veía alejarse a sus dos hijos; contemplando su inmovilidad y su dolor mudo, Niobe deja de ser fabulosa.6 El cortejo se alejó. De las personas asomadas en las abiertas ventanas las que más compasión han demostrado por el joven son los indiferentes o curiosos. Sus amigos todos se habían ocultado, sí, hasta el mismo Capitán Basilio que prohibió el llanto de su hija Sinang. Ibarra vio las humeantes ruinas de su casa, de la casa de sus padres, donde él había nacido, donde vivían los más dulces recuerdos de su infancia y adolescencia; las lágrimas, largo tiempo reprimidas, brotaron de sus ojos, dobló la cabeza y lloró, sin tener el consuelo de poder ocultar su llanto, atado como estaba, ni de que su dolor despertara en nadie compasión. ¡Ahora no tenía él ni patria, ni hogar, ni amor, ni amigos, ni porvenir!. Desde una altura, un hombre contemplaba la fúnebre caravana. Era un anciano, pálido, demacrado, envuelto en una manta de lana, apoyándose con fatiga en un bastón. Era el viejo filósofo Tasio, que a la noticia del suceso quiso dejar su cama y acudir, pero sus fuerzas no le han permitido. El viejo siguió con la vista el carro hasta que desapareció a lo lejos; permaneció algún tiempo pensativo y cabizbajo, después se levantó y, trabajosamente, tomó el camino de su casa, descansando a cada paso. Al día siguiente, los pastores le encontraron muerto en el umbral mismo de su solitario retiro. |
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NOLI
ME TANGERE
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Capítulo
59
PATRIA
E INTERESES
| EL TELÉGRAFO TRANSMITIÓ sigilosamente el suceso a Manila,
y treinta y seis horas después hablaban de ello con mucho misterio
y no pocas amenazas los periódicos, aumentados, corregidos y mutilados
por el fiscal. En el entretanto, noticias particulares, emanadas de los
conventos, fueron las que primero corrieron de boca en boca, en secreto
y con gran terror de los que lo llegaban a saber. El hecho, en mil versiones
desfigurado, fue creído con más o menos facilidad según
adulaba o contrariaba las pasiones y el modo de pensar de cada uno.
Sin que la pública tranquilidad apareciese turbada, al menos aparentemente, se revolvía la paz del hogar al igual que en un estanque: mientras la superficie aparece lisa y tersa, en el fondo hormiguean, corren y se persiguen los mudos peces. Cruces, condecoraciones, galones, empleos, prestigio, poder, importancia, dignidades, etc., empezaron a revolotear como mariposas en una atmósfera de monedas de oro para los ojos de una parte de la población. Para la otra, oscura nube se levantó en el horizonte, destacándose de su ceniciento fondo, como negras siluetas, rejas, cadenas y aun el fatídico palo de la horca. Creíase oír en el aire los interrogatorios, las sentencias, los gritos que arrancan las torturas; Marianas y Bagumbayan7 se presentaban envueltos en un haraposo y sangriento velo: pescadores y pescados en turbio. El Destino mostraba el acontecimiento a la imaginación de los manileños como ciertos abanicos de China: una pintada de negro; la otra llena de dorado, colores vivos, aves y flores. En los conventos reinaba la mayor agitación. Enganchábanse
coches, los provinciales se visitaban, tenían secretas conferencias.
Presentábanse en los palacios para ofrecer su apoyo al Gobierno
que corría gravísimo peligro. Se volvió a hablar de
cometas, alusiones, alfilerazos, etc.
- Con esa leccioncita se estará mordiendo los labios el generalillo Mal-Agüero8 –contestaba otro. - ¿Qué habría sido de él sin las comparaciones?. - Y para mejor celebrar la fiesta, que adviertan al Hermoso cocinero y al procurador... ¡Gaudeamus por tres días!. - ¡Amén! - ¡Amén! - ¡Viva Salví! - ¡Viva!. En otro convento se hablaba de otra manera. - ¿Veis?. Ese es un alumno de los jesuitas; ¡del Ateneo salen los filibusteros! –decía un fraile. - Y los anti-religiosos.
- ¡Y Dios, cómo estarán hechos!. - Sí, ¡vaya Ud. a contradecirlos!. ¡Cuándo todo tiembla y se mueve, quién escribe garabatos!. Nada, el P. Secchi...10 Y sonríen con soberano desprecio. - Pero y ¿los temporales?, y ¿los báguios?11 –pregunta otro con ironía sarcástica- ¿no es eso divino?. - ¡Cualquier pescador los pronostica!. - Cuando el que gobierna es un tonto... ¡dime cómo tienes la cabeza y te diré cómo es tu pata!. Pero verán Uds. si los amigos se favorecen unos a otros: los periódicos casi piden una mitra para el P. Salví. - Y ¡la va a tener!. ¡Se la chupa!. - ¿Lo crees?. - ¡Pues no!. Hoy por cualquier cosa la dan. Yo sé de uno que con menos se la caló: escribió una chabacana obrita, demostró que los indios no eran capaces de otra cosa más que de ser artesanos... ¡psh!, ¡viejas vulgaridades!. - ¡Es verdad!. ¡Tantas injusticias dañan a la Religión!
–exclamaba otro-; si las mitras tuvieses ojos y pudiesen ver sobre que
cráneos...
- ¡Por eso se las agarran; el vacío las atrae! –contestaba otro. Estas y otras cosas más se decían en los conventos y hacemos gracia a nuestros lectores de otros comentarios con colores políticos, metafísicos o picantes. Conduzcamos al lector a casa de un particular, y como en Manila tenemos pocos conocidos, vamos a casa de Capitán Tinong, el hombre agasajador, que vimos convidando con insistencia a Ibarra para que le honrase con su visita. En el rico y espacioso salón de su casa en Tondo, está Capitán Tinong sentado en un ancho sillón, pasándose las manos por la frente y la nuca en ademán de desconsuelo, mientras su señora, la Capitana Tinchang, lloraba y le sermoneaba delante de las dos hijas, que oían desde un rincón mudas, atontadas y conmovidas. - ¡Ay, Virgen de Antipolo! –gritaba la mujer-. ¡Ay, Virgen del Rosario y de la Correa!, ¡ay!, ¡ay!. Ntra. Sra. de Novaliches!. - ¡Nanay!13 –repuso la más joven de las hijas. - ¡Ya te lo decía yo! –continuó la mujer en tono de recriminación-, ¡ya te lo decía yo!, ¡ay Virgen del Carmen, ay!. - ¡Pero si tú no me has dicho nada! –se atrevió a contestar Capitán Tinong lloroso-; al contrario, me decías que hacía bien en frecuentar la casa y conservar la amistad de Capitán Tiago porque... porque era rico... y me dijiste... - ¿Qué?, ¿qué te dije?. Yo no te he dicho eso, ¡no te he dicho nada!. ¡Ay, si me hubieses escuchado!. - ¡Ahora me echas la culpa a mí! –replicó en tono amargo, dando una palmada sobre el brazo del sillón- ¿no me decías que habías hecho bien en invitarle a que comiese con nosotros, porque como era rico?... ¿decías que no debíamos tener amistades más que con los ricos?. ¡Abá!. - Es verdad que yo te dije eso porque... porque ya no había remedio: tú no hacías más que alabarle; D. Ibarra aquí, D. Ibarra allá, D. Ibarra en todas partes, ¡abá!. Pero yo no te aconsejé ni que le vieras ni que hablaras con él en aquella reunión; esto no me lo puedes negar. - ¿Sabía yo que iba él allá, por ventura?. - ¡Pues debías haberlo sabido!. - ¿Cómo, si ni siquiera le conocía?. - ¡Pues debías haberlo conocido!. - Pero, Tinchang, ¡si era la primera vez que lo veía, que
oía hablar de él!.
Capitana Tinchang, no contenta con esta victoria, quiso anonadarle, y acercándose con los puños cerrados. - ¿Para eso he estado trabajando años y años, economizando, para que tú con tu torpeza eches a perder el fruto de mis fatigas? –le increpó-. Ahora vendrán a llevarte desterrado, nos despojarán de nuestros bienes, como a la mujer de... ¡Oh, si yo fuese hombre, si yo fuese hombre!. Y viendo que su marido bajaba la cabeza, empezó de nuevo a sollozar, pero siempre repitiendo: - ¡Ay, si yo fuese hombre, si yo fuese hombre!. - Y si fueses tú hombre –preguntó al fin picado el marido- ¿qué harías?. - ¿Qué?, pues... pues... ¡pues hoy mismo me presentaba al Capitán General, para ofrecerme a pelear contra los alzados, ahora mismo!. - Pero ¿no has leído lo que dice El Diario?. ¡Lee!. “La traición infame bastarda ha sido reprimida con energía, fuerza y vigor y pronto los rebeldes enemigos de la Patria y sus cómplices sentirán todo el peso y la severidad de las leyes... ¿Ves?, ya no hay alzamiento. - No importa, debes presentarte como lo han hecho el 72 y se han salvado. - ¡Sí!, también lo ha hecho el P. Burg...15 Pero no pudo concluir la palabra; la mujer corriendo le tapó la boca. - ¡Dale!, ¡pronuncia ese nombre para que mañana mismo te ahorquen en Bagumbayan!. ¿No sabes que basta pronunciarlo para ser sentenciado sin formación de causa?. ¡Jale!, ¡dilo!. Capitán Tinong, por más que hubiera querido obedecerla,
no habría podido: con ambas manos le tapaba la boca su mujer, oprimiendo
su cabecita contra el espaldar del sillón, y acaso el pobre hombre
se hubiera muerto asfixiado si un nuevo personaje no hubiese intervenido.
- ¿Quid video? (¿qué veo?) –exclamó al entrar- ¿qué pasa? . ¿Quare?? (¿Por qué??). - ¡Ay, primo! –dice la mujer corriendo llorosa hacia él-, te he hecho llamar, pues no se que va a ser de nosotras... ¿qué nos aconsejas?. ¡Habla, tú que has estudiado latín y sabes argumentos...!. - Pero antes, ¿quid quaritis? (¿Qué queréis?). Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu; nihil volitum quin praecognitum (Nada existe en la inteligencia que no haya pasado por los sentidos. No se desea lo que se desconoce.) Y se sentó pausadamente. Cual si las frases latinas hubiesen poseído una virtud tranquilizadora, cesaron de llorar ambos cónyuges y se le acercaron esperando de sus labios el consejo, como un tiempo los griegos ante la frase salvadora del oráculo que los iba a librar de los persas invasores. - ¿Por qué lloráis?. ¿Ubinam gentium sumus? (¿En qué gentes estamos?) - Tú sabes ya la noticia del levantamiento… - ¿Alzamentum Ibarrae ab alferesio Guardiae civiles destructum?.17 ¿Et nunc?. Y ¿qué?. ¿Os debe D. Crisóstomo?. - No, pero sabes tú, Tinong le ha convidado a comer, le ha saludado en el Puente de España... ¡a la luz del día!. ¡Van a decir que es amigo suyo!. - ¿Amigo? –exclamó sorprendido el latino levantándose- ¡amice, amicus Plato sed magis amica veritas!.(Amigo, Platón es mi amigo pero lo es más la verdad) ¡Dime con quién andas y te diré quién eres!. ¡Malum est negotium et est timendum rerum istarum horrendissimum resultatum!.(El negocio es malo y temo un horrible fin) ¡Humm!. Capitán Tinong se puso espantosamente pálido al oír tantas palabras en um; este sonido le presagiaba mal. Su esposa juntó las manos suplicantes y dijo: - Primo, no nos hables ahora en latín; ya sabes que no somos filósofos como tú: háblanos en tagalo o castellano, pero danos un consejo. - ¡Lástima que no entendáis latín, prima:
las verdades latinas son mentiras tagalas, por ejemplo: contra principia
negantem fustibus est argüendum (a palos se le arguye al que niega
los principios), en latín es una verdad como el Arca de Noé;
lo puse una vez en práctica en tagalo y fui yo el apaleado. Por
esto, es una lástima que no sepáis latín; en latín
todo se podría arreglar.
- ¡Has hecho mal, muy mal, primo, en trabar amistad con ese joven! –repuso el latino-. Los justos pagan por los pecadores; casi te aconsejaba que hicieras tu testamento... ¡Vae illis!. ¡Ubi est fumus ibi est ignis! (¡Ay de ellos!. ¡Donde hay humo hay fuego!).19 Y movía la cabeza de un lado a otro, disgustado. - ¡Saturnino, qué te pasa! –grita Capitana Tinchang, llena de terror-; ¡ay, Dios mío!. ¡Se ha muerto!. ¡Un médico!. ¡Tinong, Tinongoy!.20 Acuden las dos hijas y empiezan las tres a lamentarse. - ¡No es más que un desmayo, prima, un desmayo!. ¡Yo más me hubiera alegrado que... que... pero desgraciadamente no es más que un desmayo. Non timeo morten in catre sed super espaldonem Bagumbayanis (No temo la muerte en el catre pero sí en el espaldón de Bagumbayan.) ¡Traed agua!. - ¡No te mueras! –lloraba la mujer-, ¡no te mueras que vendrán a prenderte!. ¡Ay, si te mueres y vienen los soldados!, ¡ay!, ¡ay!. El primo le roció la cara con agua y el infeliz volvió en sí. - ¡Vamos, no llorar!. Inveni remedium, encontré el remedio. Transportémosle a la cama; ¡vamos!, ¡valor!, que aquí estoy con vosotras y toda la sabiduría de los antiguos... Que llamen a un doctor; y ahora mismo, prima, vas al Capitán General y le llevas un regalo, una cadena de oro, un anillo... Dadivae quebrantant peñas;21 dices que es el regalo de Pascua. Cerrad las ventanas, las puertas, y a cualquiera que pregunte por mi primo que se le diga que está gravemente enfermo. Entretanto quemo todas las cartas, papeles y libros para que no puedan encontrar nada, como ha hecho D. Crisóstomo. ¡Scripti testes sunt!. Quid medicamenta non sanant, ferrum sanat; quid ferrum non sanat, ignis sanat (Lo escrito testifica. Lo que no curan los medicamentos lo cura el hierro, lo que no cura el hierro lo cura el fuego). - ¡Sí, toma primo; quémalo todo! –dice Capitana
Tinchang- ¡aquí están las llaves, aquí las cartas
de Capitán Tiago, quémalas!. Que no quede ningún periódico
de Europa, que son muy peligrosos. Aquí están estos The Times
que yo conservaba para envolver jabones y ropas. Aquí están
los libros.
Y empezó a dar órdenes y más órdenes, a revolver estantes, rasgar papeles, libros, cartas, etc. Pronto ardió una hoguera en la cocina; partieron con hacha, viejas escopetas; arrojaron al excusado herrumbrosos revólveres; la criada que quería conservar el cañón de uno para soplador, recibió un réspice. - Conservare etiam speratis, perfida?.23 ¡Al fuego!. Y continuó su auto de fe. Vio un viejo tomo en pergamino y leyó el título: - Revoluciones de los globos celestes por Copérnico, ¡pfui! Ite, maledicti, ine ignem kalanis24 –exclamó arrojándolo a la llama-. ¡Revoluciones y Copérnico!. ¡Crimen sobre crimen!. Si no llego a tiempo... La Libertad en Filipinas. ¡Tatatá!, ¡qué libros!. ¡Al fuego!. Y se quemaron libros inocentes, escritos por autores simples. Ni el mismo Capitán Juan, obrita cándida, consiguió librarse. Primo Primitivo tenía razón: los justos pagan por pecadores. Cuatro o cinco horas más tarde, en una tertulia de pretensiones en Intramuros se comentaba los acontecimientos del día. Eran muchas viejas y solteronas casaderas, mujeres o hijas de empleados, vestidos de bata, abanicándose y bostezando. Entre los hombres que, al igual que las mujeres, delataban en sus facciones su instrucción y origen, había un señor de edad, pequeñito y manco, a quien trataban con mucha consideración y que guardaba con respecto a los demás un desdeñoso silencio. - A la verdad que antes no podía sufrir a los frailes y guardias civiles por lo mal educados que son –decía una señora gruesa-, pero ahora veo su utilidad y servicios, casi me casaría gustosa con cualquiera de ellos. Yo soy patriota. - ¡Lo mismo digo! –añadió una flaca- ¡qué lástima que no tengamos al anterior Gobernador: aquél dejaría el país limpio como una patena!. - ¡Y se acabaría la ralea de filibusterillos!. - ¿No dicen que quedan muchas islas por poblar?. ¿Por qué no deportan allá a tantos indios chiflados?. A ser yo el Capitán General... - Señoras –dice el manco-, el Capitán General sabe su deber; según he oído, está muy irritado, pues había colmado de favores a Ibarra. - ¡Colmado de favores! –repetía la flaca, abanicándose furiosa- ¡miren Uds. lo ingratos que son estos indios!. ¿Se los puede tratar acaso como a personas?. ¡Jesús!. - Y ¿saben Uds. lo que he oído? –preguntaba un militar. - ¡A ver!. ¿Qué es?. ¿Qué dicen?. - Personas fidedignas –dice el militar en medio del mayor silencio- aseguran que todo aquel ruido de levantar una escuela era puro cuento. - ¡Jesús!. ¿Uds. han visto? –exclamaron ellas creyendo ya en el cuento. - La escuela era un pretexto; lo que quería levantar era un fuerte, donde poderse bien defender cuando vayamos a atacarle... - ¡Jesús! ¡qué infamia!. Sólo un indio es capaz de tener tan cobardes pensamientos –exclamaba la gorda-. Si fuera yo el Capitán General, ya verían... ya verían.... - ¡Lo mismo digo! –exclama la flaca dirigiéndose al manco-.
Prendía a todo abogadillo, cleriguillo, comerciante, y sin formación
de causa, ¡desterrados o bajo partida de registro!. ¡El mal
arrancarlo de raíz!.
- ¡Ah ya! –exclamaba impertérrita la gorda- ¡siempre iban a ser los criollos!, ¡ningún indio entiende de revolución!. ¡Cría cuervos... cría cuervos...!.25 - ¿Saben Uds. lo que he oído decir? –pregunta una criolla que así corta la conversación-. La mujer de Capitán Tinong... ¿se acuerdan Uds.?, aquel en cuya casa bailamos y cenamos en la fiesta de Tondo... - ¿Aquél qué tiene dos hijas? Y ¿qué?. - ¡Pues la mujer acaba de regalar esta tarde al Capitán General un anillo de mil pesos de valor!. El manco se vuelve. - ¿De veras?, y ¿por qué? –pregunta con ojos brillantes. - La mujer decía, como regalo de Pascua... - ¡La Pascua no viene dentro de un mes!. - Temerá que le venga el chaparrón encima... –observa la gorda. - Y se pone a cubierto –añade la flaca. - ¡Satisfacción no reclamada, culpa confesada!. - En eso pensaba yo; Ud. ha puesto el dedo en la llaga. - Es menester ver bien eso –observa pensativo el manco-; me temo que allí haya gato encerrado. - ¡Gato encerrado, eso!, eso iba a decir –repite la flaca. - Y yo –dice otra arrebatándole la palabra-, la mujer de Capitán Tinong muy avara... aún no nos ha enviado ningún regalo y eso que hemos estado en su casa. Con que, cuando una agarrada y codiciosa suelta un regalito de mil pesitos... - Pero ¿es cierto eso? – pregunta el manco. - ¡Y tanto!, ¡y tal cierto!, se lo ha dicho a mi prima su novio, el ayudante de S.E. Y estoy por creer que es el mismo anillo que llevaba puesta la mayor el día de la fiesta!. ¡Va siempre llena de brillantes!. - ¡Un escaparate andando!. - ¡Una manera de hacer reclamo como otra cualquiera!. En lugar de comprar un figurín o pagar una tienda. El manco abandonó la tertulia dando un pretexto.
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NOLI
ME TANGERE
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Capítulo
60
MARÍA
CLARA SE CASA
| CAPITÁN TIAGO ESTÁ MUY CONTENTO. En toda esta terrible
temporada nadie se ha ocupado de él: no le han preso, no le han
sometido a incomunicaciones, interrogatorios, máquinas eléctricas,
pediluvios continuos en habitaciones subterráneas, y otras picardías
más, que conocen bien ciertos personajes que se llaman a sí
mismos civilizados. Sus amigos, es decir, los que lo fueron (porque el
hombre ya renegó de sus amigos filipinos, desde el instante en que
fueron sospechosos para el Gobierno), han vuelto también a sus casas
después de algunos días de vacaciones, en los edificios del
Estado. El Capitán General mismo había ordenado que se los
echase de sus posesiones, no juzgándolos bastante dignos para que
pudiesen permanecer en ellos, con gran disgusto del manco, que quería
celebrar las próximas Pascuas en su abundante y rica compañía.
Capitán Tinong volvió a su casa enfermo, pálido,
hinchado –la excursión no le había probado bien- y tan cambiado
que no dice una palabra, ni saluda a la familia, que llora, ríe
habla y se vuelve loca de contento. El pobre hombre ya no sale de la casa
por no correr el peligro de saludar a un filibustero. El mismo primo Primitivo,
con toda la sabiduría de los antiguos, no le podía sacar
de su mutismo.
Historias parecidas a las de Capitán Tinong no las ignoraba Capitán Tiago. El hombre rebosaba en gratitud, sin saber a punto fijo a quién deber tan señalados favores. Tía Isabel atribuía el milagro a la Virgen del Carmen, y cuando menos, cuando menos, es lo menos que ella puede conocer, a Ntra. Sra. De la Correa: según ella el milagro no podía escapar de allí. Capitán Tiago no negaba el milagro, pero añadía: - Lo creo, Isabel, pero no lo habrá hecho la Virgen de Antipolo sola; mis amigos habrán ayudado, mi futuro yerno, el Sr. Linares, que, ya sabes, embroma al mismo Señor Antonio Cánovas,28 aquel cuyo retrato nos trae la Ilustración, aquel que no se digna enseñar a la gente más que media cara. Y el buen hombre no podía reprimir una sonrisa de satisfacción cada vez que oía una importante noticia acerca de los acontecimientos. Y no había para menos. Se cuchicheaba por lo bajo que Ibarra sería ahorcado; que si bien faltaban muchas pruebas para condenarle, últimamente había aparecido una que confirmaba la actuación: que los peritos habían declarado que, en efecto, las obras de la escuela podían pasar por un baluarte, una fortificación, si bien algo defectuosa, como no se podía menos de esperar de los indios ignorantes. Estos rumores le tranquilizaban y le hacían sonreír. De igual manera que Capitán Tiago y su prima divergían
en sus opiniones, los amigos de la familia se dividían también
en dos partidos: uno milagrero y el otro gubernamental, aunque éste
último era insignificante. Los milagreros estaban subdivididos:
el sacristán mayor de Binondo, la vendedora de velas y el jefe de
una cofradía veían la mano de Dios, movida por la Virgen
del Rosario; el chino cerero, su proveedor cuando va a Antipolo, decía
abanicándose y agitando la pierna:
Capitán Tiago tenía en mucha estima al chino, que se hacía pasar por profeta, médico, etc. Examinando la palma de la mano de su difunta esposa, en el sexto mes de embarazo, había pronosticado: - ¡Si esi no hómele y no pactaylo, mujé juete-juete! (Si no es hombre y no se muere, será una buena mujer.) Y María Clara vino al mundo a cumplir la profecía del infiel. Capitán Tiago, pues, hombre prudente y temeroso, no podía decidirse a una de las dos Vírgenes por temor de ofender a la otra, lo cual podría acarrear graves consecuencias. ¡Prudencia!, se decía a sí mismo; no vayamos ahora a echarlo a perder. En estas dudas se hallaba cuando el partido gubernamental llegó: Dª. Victorina, D. Tiburcio y Linares. Dª. Victorina habló por los tres varones y por ella misma,
mencionó las visitas de Linares al Capitán General, e insinuó
repetidas veces la conveniencia de un pariente de categoría.
- ¡A... a... al revés, mujer! –corrigió el doctor. Desde hace días pretende ella andaluzarse con suprimir la d y poner la z por s, y esta idea no había quien se la quitase de la cabeza; primero se dejaba arrancar los rizos postizos. - ¡Zí! –añadía hablando de Ibarra-, eze lo tenía muy merezío; yo ya lo ije cuando lo vi la primera vez; ezte ez un filibuztero. ¿Qué te ijo a ti, primo, el General?. ¿Qué le haz icho, que noticiaz le izte e Ibarra?.31 Y viendo que el primo tardaba en contestar, prosiguió dirigiéndose a Capitán Tiago. - Créame uzté, zi le conenan a muelte, como ez e ezperar, zerá por mi primo.32 - ¡Señora!, ¡señora! –protestó Linares. Pero ella no le dio tiempo. - ¡Ay qué iplomático te haz güerto. Zabemoz que erez el conzejero del General, que no puee vivir zin ti...!. ¡Ay!. ¡Clarita, qué plazer e verte!. 33 María Clara aparecía pálida aún, aunque
ya bastante repuesta de su enfermedad. La larga cabellera iba recogida
por una cinta de seda de un ligero azul. Saludó tímidamente,
sonriendo con tristeza, y se acercó a Dª. Victorina para el
beso de ceremonia.
- Vinimoz a vizitaroz; ¡oz habéiz zalbado graciaz a vueztras relacionez!34 –mirando significativamente a Linares. - ¡Dios ha protegido a mi padre! –contestó en voz baja la joven. - Zí, Clarita, pero el tiempo e loz milagroz ya ha pazao; nozotroz los ezpañolez ezimoz: ezconfía e la Virgen y échate a corré.35 -¡ A... a... al revés!. Capitán Tiago, que hasta entonces no había encontrado tiempo para hablar, se atrevió a preguntar poniendo mucha atención a la respuesta: - ¿De modo que Ud., Dª. Victorina, cree que la Virgen... - Venimoz precizamente a hablar con Ud. e la Virgen –contestó ella misteriosamente señalando a María Clara-; tenemoz que hablar e negocioz.36 La joven comprendió que debía retirarse; buscó un pretexto y se alejó, apoyándose en los muebles. Lo que en esta conferencia se dijo y se habló es tan bajo y tan mezquino que preferimos no referirlo. Baste decir que cuando se despidieron, estaban todos alegres, y que después Capitán Tiago decía a tía Isabel: - ¡Avisa a la fonda que mañana damos una fiesta!. Vete preparando a María que la casamos dentro de poco. Tía Isabel le miró espantada. - ¡Ya lo verás!. Cuando el Sr. Linares sea nuestro yerno, subiremos y bajaremos todos los palacios; ¡nos tendrán envidia, se morirán todos de envidia!. Y así fue como a las ocho de la noche del siguiente día estaba llena otra vez la casa de Capitán Tiago, sólo que ahora sus invitados son únicamente españoles y chinos; el bello sexo está representado por españolas peninsulares y filipinas. Allí están la mayor parte de nuestros conocidos: el P. Sibyla, el P. Salví entre varios franciscanos y dominicos; el viejo teniente de la Guardia Civil, Sr. Guevara, más sombrío que antes; el alférez, que cuenta por milésima vez su batalla, mirando por encima de sus hombros a todos, creyéndose un D. Juan de Austria; ahora es teniente con grado de comandante; De Espadaña, que le mira con respeto y temor y esquiva sus miradas, y Dª. Victorina despechada. Linares no había llegado aún, pues, como personaje importante, debía llegar más tarde que los otros: hay seres tan cándidos que con una hora de atraso en todo se quedan grandes hombres. En el grupo de las mujeres era María Clara el objeto de la murmuración: la joven las había saludado y recibido ceremoniosamente, sin perder su aire de tristeza. - ¡Psh! –decía una joven-, orgullosita. - Bonitilla –contestaba otra-, pero él podía haber escogido otra que tuviese menos cara de tonta. - El oro, chica; el buen mozo se vende. En otra parte se decía: - ¡Casarse cuando el primer novio está para ser ahorcado!. - A eso llamo ser prudente: tener a mano un reemplazo. - Pues, cuando enviude... Estas conversaciones las oía quizás la joven, que estaba sentada en una silla, arreglando una bandeja de flores, porque se le veía la mano temblar, palidecer y morderse varias veces los labios. En el círculo de los hombres, la conversación era en voz alta, y, naturalmente, versaba sobre los últimos acontecimientos. Todos hablaban, hasta D. Tiburcio, menos el P. Sibyla que guardaba su desdeñoso silencio. - ¿He oído decir que deja V.R. el pueblo, P. Salví? –pregunta el nuevo teniente, a quién ha hecho más amable su nueva estrella. - Nada tengo que hacer ya en él; me he de fijar para siempre en Manila... y ¿Ud.?. - Dejo también el pueblo –contestó estirándose-, el gobierno me necesita para que con una columna volante desinfecte las provincias de filibusteros. Fr. Sibyla le mira rápidamente de pies a cabeza y le vuelve las espaldas por completo. - ¿Se sabe ya de cierto qué va a ser del cabecilla, del
filibusterillo? –preguntó un empleado.
- ¡Va desterrado! –dice secamente el viejo teniente. - ¡Desterrado!. ¡Nada más que desterrado!. ¡Pero será un destierro perpetuo! –exclaman varios a la vez. - Si ese joven –prosiguió el teniente Guevara en voz alta y severa- hubiese sido más precavido; si hubiera confiado menos en ciertas personas, con quienes se escribe; si nuestros fiscales no supiesen interpretar demasiado sutilmente lo escrito, ese joven de seguro que habría salido absuelto. Esta declaración del viejo teniente y el tono de su voz produjeron una gran sorpresa en el auditorio, que no supo qué decir. El P.Salví miró a otra parte, quizás para no ver la mirada sombría que le dirigía el anciano. María Clara dejó caer las flores y se quedó inmóvil. El P. Sibyla, que sabía callar, parecía también que era el único que sabía preguntar. - ¿Habla Ud. de cartas, Sr. Guevara?. - Hablo de lo que me dijo el defensor, que ha tomado la causa con celo e interés. Fuera de algunas ambiguas líneas, que este joven escribió a una mujer antes de partir para Europa, líneas en que el fiscal vio el proyecto y una amenaza contra el Gobierno, y que él reconoció como suyas, no se le podía encontrar por dónde acusarle. - Y ¿la declaración del bandido antes de morir?. - El defensor la anuló, pues, según el bandido mismo, ellos jamás se habían comunicado con el joven, sino sólo con un tal Lucas, que era enemigo suyo según se pudo probar, y que se ha suicidado, acaso por los remordimientos. Se probó que los papeles encontrados en poder del cadáver eran falsificados, pues la letra era igual a la que tenía el Sr. Ibarra hace siete años, pero no a la de ahora, lo que hace suponer que el modelo sea esta carta acusadora. Aún más, el defensor decía que si el Sr. Ibarra no hubiera querido reconocer la carta, mucho se habría podido hacer por él; pero a su vista se puso pálido, perdió el ánimo y ratificó cuanto en ella había escrito. - Decía Ud. –preguntó un franciscano- que iba dirigida la carta a una mujer, ¿cómo llegó a manos del fiscal?. El teniente no respondió; miró un momento al P. Salví, y se alejó, retorciendo nerviosamente la afilada punta de su barba gris, mientras los otros hacían comentarios. - ¡Allí se ve la mano de Dios! –decía uno-, hasta
las mujeres le tienen odio.
Entretanto el viejo militar se detuvo en uno de sus paseos y se acercó a María Clara, que escuchaba la conversación, inmóvil en su asiento: a sus pies se veían las flores. - Ud. es una joven muy prudente –le dijo el viejo teniente en voz baja-; ha hecho Ud. bien en entregar la carta... así se aseguran Uds. un tranquilo porvenir. Ella le vio alejarse con ojos atontados, mordiéndose los labios. Afortunadamente pasó la tía Isabel. María Clara tuvo la fuerza suficiente para cogerla del vestido. - ¡Tía! –murmuró. - ¿Qué tienes? –preguntó ésta espantada al ver la cara de la joven. - ¡Conducidme a mi cuarto! –suplicó colgándose del brazo de la anciana para levantarse. - ¿Estás enferma, hija mía?. ¿Parece que has perdido los huesos?, ¿qué tienes?. - Un mareo... la gente de la sala... tanta luz... necesito descansar. Decid a mi padre que dormiré. - ¡Estás fría!, quieres té?. María Clara movió la cabeza negativamente, cerró con llave la puerta de su alcoba y sin fuerzas se dejó caer en el suelo, al pie de una imagen, sollozando. - ¡Madre, madre, madre mía!. Por la ventana y la puerta, que comunicaba con la azotea, entraba la luz de la luna. La música seguía tocando alegres valses; llegaban hasta la alcoba las risas y el run run de las conversaciones; varias veces tocaron a la puerta su padre, tía Isabel, Dª. Victorina y aun Linares, pero María Clara no se movió: un estertor se escapaba de su pecho. Pasaron las horas; las alegrías de la mesa terminaron, se oía bailar, se consumió la bujía y se apagó, pero la joven continuaba aún inmóvil en el suelo, iluminada por los rayos de la luna, al pie de la imagen de la Madre de Jesús. La casa se volvió a quedar poco a poco en silencio, se apagaron las luces, tía Isabel llamó de nuevo a la puerta. - ¡Vamos, se ha dormido! –dijo la tía en voz alta-, como es joven y no tiene ningún cuidado, duerme como un cadáver. Cuando todo estuvo en silencio, ella se levantó lentamente y paseó una mirada alrededor, vio la azotea, los pequeños emparrados, bañados por la melancólica luz de la luna. - ¡Un tranquilo porvenir!. ¡Dormir como un cadáver! –murmuró en voz baja y se dirigió a la azotea. La ciudad dormía; sólo se oía de tiempo en tiempo
el ruido de un coche, pasando el puente de madera sobre el río,
cuyas solitarias aguas reflejaban tranquilas la luz de la luna.
Una barca, cargada de zacate,39 se detenía al pie del embarcadero, que tiene cada casa a orillas del río. Uno de los dos hombres que la tripulaban subió la escalera de piedra, saltó el muro, y segundos después, se oían sus pasos subiendo la escalera de la azotea. María Clara le vio detenerse al descubrirla, pero sólo fue un momento porque el hombre avanzó lentamente y a tres pasos de la joven se detuvo. María Clara retrocedió. - ¡Crisóstomo! –murmuró llena de terror. - ¡Sí soy Crisóstomo! –repuso el joven con voz grave-, un enemigo, un hombre que tenía razones para odiarme, Elías, me ha sacado de la prisión en que me han arrojado mis amigos. A estas palabras siguió un triste silencio; María Clara inclinó la cabeza y dejó caer ambas manos. Ibarra continuó: - ¡Junto al cadáver de mi madre juré hacerte feliz, sea cual fuere mi destino!. Pudiste faltar a tu juramento, ella no era tu madre; pero yo, yo que soy su hijo, tengo su memoria por sagrada, y a través de mil peligros he venido aquí a cumplir con el mío, y la casualidad permite que te hable a ti misma. María, no nos volveremos a ver; eres joven y acaso algún día tu conciencia te acuse... vengo a decirte, antes de partir, que te perdono. Ahora ¡sé feliz y adiós!. Ibarra trató de alejarse, pero la joven le detuvo. - ¡Crisóstomo! –dijo-, Dios te ha enviado para salvarme de la desesperación... ¡óyeme y júzgame! Ibarra quiso deshacerse dulcemente de ella. - No he venido a pedirte cuenta... he venido para darte tranquilidad. - No quiero esa tranquilidad que me regalas; la tranquilidad me la daré yo misma. ¡Tú me desprecias y tu desprecio me hará amarga hasta la muerte! Ibarra vio la desesperación y el dolor de la pobre mujer, y le preguntó que deseaba. - ¡Qué creas que te he amado siempre!. Crisóstomo sonrió con amargura. - ¡Ah!, tú dudas de mí, dudas de la amiga de tu infancia, que jamás te ha ocultado un solo pensamiento! –exclamó con dolor la joven-. ¡Te comprendo!. Cuando sepas mi historia, la triste historia que me develaron durante mi enfermedad, te compadecerás de mí y no tendrás esa sonrisa para mi dolor. ¿Por qué no has dejado que me muriese en manos de mi ignorante médico?. ¡Tú y yo habríamos sido más felices!. María Clara descansó un momento y continuó: - ¡Tú lo has querido, tú has dudado de mí, que mi madre me perdone!. En una de las dolorosas noches de mis padecimientos, un hombre me reveló el nombre de mi verdadero padre, y me prohibió tu amor... ¡a no ser que mi padre mismo te perdonara el agravio que le has inferido!. Ibarra retrocedió y miró espantado a la joven. - Si –continuó ella-, el hombre me dijo que no podía permitir nuestra unión, pues su conciencia se lo prohibiría, y se vería obligado a publicarlo, a riesgo de causar un grande escándalo, porque mi padre es... Y murmuró al oído del joven un nombre en voz tan baja que sólo él lo oyó. - ¿Qué iba yo a hacer?. ¿Debía yo sacrificar a mi amor la memoria de mi madre, el honor de mi padre falso y el buen nombre del verdadero?. ¿Podía hacerlo sin que tú mismo me despreciaras?. - Pero pruebas, ¿tuviste pruebas?. ¡Tú necesitas pruebas! –exclamó Crisóstomo convulsivo. La joven sacó de su seno dos papeles. - ¡Dos cartas de mi madre, dos cartas escritas en medio de sus remordimientos, cuando me llevaba en sus entrañas!. Toma, léelas y verás cómo ella me maldice y desea mi muerte... ¡mi muerte que en vano procuró mi padre con medicinas!. Estas cartas las ha olvidado él en la casa donde vivió, el hombre las encontró y conservó, y sólo me han sido entregadas a cambio de tu carta... para asegurarse, según decía, de que no me iba a casar contigo. Sin el consentimiento de mi padre. Desde que las llevo sobre mí, en lugar de tu carta, siento el frío sobre el corazón. Te sacrifiqué, sacrifiqué mi amor... ¿qué no hace una por una madre muerta y dos padres vivos?. ¿Sospechaba yo el uso que iban a hacer de tu carta?. Ibarra estaba aterrado. María Clara prosiguió: - ¿Qué me quedaba ya?, ¿podía decirte por ventura quién era mi padre, podía decirte que le pidieras perdón, a él que tanto ha hecho sufrir al tuyo?, ¿podía decirle a mi padre acaso que te perdonara, podía decirle que yo era su hija, a él que tanto ha deseado mi muerte?. ¡Sólo me restaba sufrir, guardar conmigo el secreto, y morir sufriendo...!. Ahora, amigo mío, ahora que sabes la triste historia de tu pobre María, ¿tendrás aún para ella esa desdeñosa sonrisa?. - ¡María, tú eres una santa!. - Soy feliz puesto que tú me crees... - Sin embargo –añadió el joven cambiando de tono-, he oído que te casas... - ¡Sí! –sollozó la joven-, mi padre me exige este sacrificio... él me ha amado y alimentado y no era su deber, yo le pago esta deuda de gratitud asegurándole la paz por medio de este nuevo parentesco, pero... - ¿Pero?. - No olvidaré los juramentos de fidelidad que te hice. - ¿Qué meditas hacer? –preguntó Ibarra tratando de leer en sus ojos. - ¡El porvenir es oscuro y el Destino está entre sombras!, no sé lo que he de hacer; pero sabe que yo amo una sola vez, y sin amor jamás seré de nadie. Y de ti ¿qué va a ser de ti?. - No soy más que un fugitivo... huyo. Dentro de poco se descubrirá mi fuga, María... María Clara cogió la cabeza del joven entre sus manos, le besó repetidas veces en los labios, le abrazó, y después, alejándose bruscamente de sí: - ¡Huye, huye! –le dijo- ¡huye, adiós!. Ibarra la miró con ojos brillantes, pero, a una señal suya, el joven se alejó ebrio, vacilante... Saltó otra vez el muro y entró en la barca. María Clara, apoyada sobre el antepecho, le miraba alejarse. Elías se descubrió y la saludó profundamente. |