No entiendo las iras del compositor Hans Zimmer cuando se hace mención a la Zimmer Factory. El hecho de que un puñado de músicos surgidos del rock y del pop de finales de los ochenta se haya unido, formando una especie de orden medieval, no debería provocar resentimientos ni enojos; al fin y al cabo, ¿qué hay de malo en ello?. Entiendo que cada miembro de esta especie de secta privada desee ser respetado como un compositor de recursos propios y de ideas genuinas, pero, ¿por qué entonces parecen empeñados en crear una música resuelta con los mismos recursos técnicos y artísticos que los de su compañero?. Hay gente que dice ser capaz de distinguir entre Nick Glennie-Smith y Trevor Rabin, o Gavin Greenaway y Mark Mancina; a mí me resulta, como mínimo, díficil. El estilo que media entre ellos es idéntico, y si bien cada uno desarrolla sus propias melodías e ideas, siempre estarán éstas fundamentadas en un códico estético fundacional, me atrevería a decir, asociadas a ese popular sonido electrosinfónico, a los mismos intérpretes y al mismo equipo material y humano.
Aunque no estoy de acuerdo, por lo general, con la filosofía musical de esta gente, hay ciertas obras que despiertan mi interés y, lo que es más, mi simpatía. Endurance es una feliz muestra de esta expresión corporativista, realizada en este caso por el temible John Powell, que ya hizo sus pinitos con la blasfema Face/Off (Cara a Cara, 1997). Powell ofrece aquí un exultante tapiz de colores y sabores etíopes, siempre abusando de unos elementos que hicieron única la partitura de The Lion King (El Rey León, 1994) de Zimmer, y a pesar de que en general la música está bien construida y en buena medida responde al tono emotivo del filme, en el que se narra la vida del campeón etíope Haile Gebreselassie, pesan como una losa esos detalles que dilapidan la evidente inspiración del autor y que vinculan ineludiblemente esta obra con la tradición de la Zimmer Factory. El caso más notorio es el desarrollo de la pieza más larga del disco, The Great Race, que evoca no sólo a The Lion King, sino a decenas de partituras ajenas al tema africano, todas ellas circunscritas, por supuesto, a los cánones de la escuela zimmeriana. Pero a pesar de ello el disco se disfruta y se regusta, gracias a momentos casi brillantes como Chasing The Bull, digna de un maestro por su elaboración rítmica, melódica e instrumental (con un impagable dueto entre la trompeta y el krar, un instrumento de cuerda etíope). En la excelente grabación, que aúna cantos y temas tradicionales, han colaborado múltiples cantantes, compositores e intérpretes etíopes, y miembros (cincuenta y nueve) de la Orquesta Sinfónica de Londres. D.R.C.


/ RCA VICTOR 09026 63482 2 / 51'
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