Se antoja razonable pensar que tal vez Christopher Young haya contraído cierto síndrome degenerativo relacionado con la creatividad, al analizar su última partitura para el film de Jon Amiel Entrapment (1999). Esta conclusión resulta más que evidente en cuanto apreciamos la irregularidad cualitativa que ha caracterizado los últimos años de su carrera: excepto Tales From The Hood (1995) y Head Above The Water (Solamente se vive una vez, 1996), sus partituras más exponenciales y excepcionales, el resto de su obra está afectada por una constante recurrencia de soluciones compositivas e instrumentales que, aunque ingeniosas y adecuadas en un principio, han degenerado a causa de su uso sistemático en caricatura y plagio. Es posible que este síndrome pernicioso sea confundido con lo que se ha dado en llamar "estilo propio"; por otro lado, reconozco que con los años, Young ha conseguido afilar su técnica y orquestación hasta el punto en que nuevos compositores le han tomado como modelo y fuente de inspiración para sus propios trabajos, y no cabe duda de que ese uso abusivo al que me refiero ha conformado en parte la forma de componer del autor de Hellraiser (1987).
La concepción y desarrollo de la partitura de Entrapment parte de los mismos presupuestos en los que Young se basó para realizar las bandas sonoras de Hard Rain (1998) y Murder at 1600 (Asesinato en la Casa Blanca, 1997), que no comprenden sino la práctica de una música esencialmente sinfónica ejecutada y ordenada en función de una selección de ritmos creados en sintetizadores. Esta música, de tendencias atonales difusas y definida por el uso de motivos cíclicos y de esos ritmos variables cobra (al menos en su estructura) en Entrapment toda su intensidad: los ritmos electrónicos, sin embargo, pasan a ocupar un primer plano, mientras que los motivos cíclicos se desvanecen casi por completo (a excepción de que hallamos en Blackmail). Esta alteración no es arbitraria: el efecto que Young persigue reformando la estructura de su música, potenciando el elemento sintético por encima del acústico es dotar a la partitura de una modernidad necesaria, en clara alusión al siglo XXI y a la avanzada tecnología que presentan los desafíos mecánicos que ponen en jaque a Mac (Sean Connnery) y a Gin (Catherine Zeta-Jones). Esto, por otro lado, actúa en contra de la propia música, volviéndola excesivamente fría y prácticamente desprovista de cualquier colorido; tan sólo los escenarios exóticos consiguen que Young rompa brevemente ese clima aséptico y mecánico que domina la obra (The Dancing Jars, Kuala Lumpur), aún sin lograr eclipsar la sensación de que nos hallamos ante una obra recauchutada y volátil, ante un trabajo, en definitiva, poco interesante, intrascendente y parco en ideas. D.R.C.
ENTRAPMENT

/ RESTLESS 01877-73518-2 / 55'
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