LA NACION LINE | 09.08.99 | General

Crónicas del país: en Jujuy
Un pueblo que no usa billetes
Por Martín Rodríguez Yebra
Enviado especial


El trueque, en marcha. La camioneta con granos está lista para partir a otras comunidades

Foto: Fernando Font

TESORERO, Jujuy.- Dejando atrás el camino pedregoso que conduce hasta este valle se llega a la tierra donde el dinero deja de existir. Es territorio indígena; aquí no hay energía eléctrica ni agua potable. Mucho menos, teléfono.

Y el comercio resiste la milenaria fórmula del trueque, que es la forma en que se realiza el intercambio económico aquí, sin monedas ni billetes, en un sitio que, paradójicamente, se llama Tesorero.

Hay 80 kilómetros desde la capital provincial hasta este paraje donde se asienta una comunidad de aborígenes descendientes de los ocloyas, tribu aguerrida que llegó desde Perú antes de la conquista. Dispersas entre los montes, unas 200 personas viven en casas de material.

"Es un orgullo continuar la tradición y poder mantener la comunidad unida", comenta Timoteo Peló, el cacique de los ocloyas de Tesorero, mientras baja de una camioneta blanca a pocos metros de la laguna que da nombre a este paraje.

El cacique es el único que sabe manejar ese vehículo, un tesoro que permitió recuperar la vieja tradición del trueque y evitar el éxodo a las ciudades de muchos jóvenes aborígenes.

Con la camioneta, Peló recorre la puna y los valles del sur jujeño para cambiar el maíz que aquí se cultiva por sal para el ganado, carne de llama, frazadas de vicuña y otros cultivos que producen las demás comunidades aborígenes de la misma región.

"Nosotros siempre vivimos del intercambio, nunca nos preocupamos por el dinero -cuenta Peló-. Pero hace unos diez años nos prohibieron ir con los burros por las rutas y empezamos a perder contacto con nuestros hermanos de otras zonas. Estaba en peligro nuestra cultura."

Por una idea de Mabel, la hija del cacique, los ocloyas consiguieron la camioneta.

Presentó un proyecto, que por medio de una organización no gubernamental porteña, llegó a ser auspiciado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Nuevamente vino el trueque: les entregaron el vehículo a cambio del compromiso de recuperar la tradición.

Sólo una cosa cambió, además del ahorro de tiempo. Ahora, son estos aborígenes los que se mueven.

Resulta que éste es un valle fértil donde el maíz es una bendición que da de comer y de tomar (la chicha es sagrada).

Durante siglos bajaban aborígenes desde las tierras altas y castigadas del norte y el oeste para buscar las bolsas de choclos a cambio de tres cargas de sal o la piel de llama. Andaban en mula o a veces a pie. Tardaban meses en llegar. Algunos no sobrevivían al esfuerzo.

A la ruta

Cuenta la leyenda que la Laguna de Tesorero esconde en su profundidad las riquezas de los antiguos ocloyas, que prefirieron hundirlas antes de que cayeran en manos de los conquistadores.

Una pequeña loma separa la laguna del centro comunitario, en rigor una casa con tres ambientes, la escuela, una capilla y cinco ranchos. Allí, se carga la camioneta para salir a comerciar.

Es fin de semana, hace frío y gran parte de la original comunidad está reunida.

Diego Benencia y otros dos jóvenes ayudan al cacique a llenar la caja del vehículo con bolsas de maíz. El destino: dos comunidades, El Toro y El Moreno.

A los primeros les cambiarán el grano por lana y cueros. Una frazada, por cinco medidas de maíz criollo.

"Todavía medimos la mercadería como nuestros antepasados, en cargas de burro", explica Peló.

Luego conseguirán panes de sal para alimentar a los bueyes, vital para mantener en buen estado a los animales y evitar que se deshidraten. También tienen sus medidas de cambio: una carga de granos vale tres de sal.

Hay que recorrer caminos de tierra apenas transitables, en subida.

Todo un acontecimiento

El arribo de la camioneta es un acontecimiento en las comunidades vecinas.

Llega la comida que muchas veces falta cuando se sale de los valles y se entra en esa zona donde sólo crecen cactos y arbustos que es la puna. Allí donde se registran los valores de desnutrición más altos e inquietantes del país.

Los caciques de las dos comunidades miran la mercadería, firman un contrato, que sólo tiene valor moral, se dan la mano. Y trato hecho.

Después, es hora de comer y brindar antes de seguir viaje hacia otros destinos.

"Si vendemos en la ciudad lo que cultivamos, no ganamos nada. De esta manera, podemos autoabastecernos y darles trabajo a todos, porque producimos mucho más", comenta Benencia, entusiasmado ante su propio argumento.

Aquí todo se reparte. Siempre fue así. Los lugareños viven de lo que da el maíz.

Los pocos aborígenes que trabajan en la ciudad consiguen ropa y otros alimentos.

También ellos pagan las cuentas del combustible para la camioneta, cuando fallan las donaciones que reciben de distintos sitios.

Desde hace unos meses, en el centro comunitario pusieron un televisor, pero pocos se interesan por verlo. Funciona por energía solar y sólo capta un canal, el 7 de Jujuy. En realidad, sienten que no lo precisan.

El gas nunca llegó, pese a que el invierno es crudo. No falta la nieve y las bajas temperaturas llegan a calar los huesos.

Los ocloyas ya no no son violentos. Esa rasgo quedó para el pasado, como se mentaba en las épocas de la conquista o antes, cuando tenían que defender el maíz de los indios del Chaco, que saqueaban de tanto en tanto la región.

Ahora conviven en armonía. Los niños van a la escuela, las mujeres tejen sacos y mantas y los hombres trabajan la tierra, de la que obtienen su sustento.

El cacique Peló vuelve a subirse a la camioneta y dice: "Pensar que gracias a la globalización podemos mantener la tradición de nuestros ancestros".

Esboza una sonrisa. Como sus antepasados, conoce bien las ironías del destino.

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