hubo un tiempo - los estilos - ayer y hoy. ¿ es lo mismo?
relacion con el cliente
- el mundo
desarrollado
desvalorización de lo auténtico - emular si imitar no
"la Arquitectura debe
servir, agradar y perdurar" Vitruvio
Prueba cabal de que no estamos
atentos al presente es que hace quince o veinte años, los profesionales mas
experimentados se preocupaban por meterles en la cabeza a los estudiantes que no
caigan en las estructuraciones de los estilos, evitando proyectar edificios
fuera de contexto y desatendiendo a los preconceptos de sus clientes, los cuales
en absoluto son responsables por la desinformación nacida por modismos de las
revistas especializadas, que irónicamente son editadas por otros colegas.
Los "estilos" son
producto de las necesidades y posibilidades de un tiempo y de una sociedad específica,
de un determinado clima, de las materias primas disponibles en la región, de
condiciones sociales y políticas, como también de religiones.
Los egipcios hacían sus techos de
paja y sus muros de piedra, por que su sistema de creencias daba igual
importancia a la vida y a la muerte, los castillos medievales tenían murallas
de defensa. Estas obras del pasado nos cuentan como era la vida, la cultura, la
política y la sociedad de aquellos pueblos.
El estilo es entonces un producto
específico.
¿Cómo es posible, por ejemplo,
concebir en nuestros días una residencia "estilo colonial Brasileño"
(hace 20 años era moda) si las necesidades de aquellos usuarios son totalmente
diferentes a las de hoy? Es claro que actualmente no hay morada urbana que
necesite acomodar herramientas o víveres, mucho menos albergar ¡caballos o
esclavos!. Aspectos obvios para aquella edificación, respondiendo no solamente
a cuestiones programáticas como estas, sino también debido a tecnologías
disponibles en aquella época.
Los vanos necesarios para recibir
una puerta o ventana, dependían de arcos o tirantes, pues no disponían de
vigas de acero u hormigón armado. Los techos se curvaban con el tiempo por el
peso de las tejas, las que digamos de paso eran "cosas de esclavos".
Ni que hablar de los terrenos
donde la obra sería implantada, había una regla: eran escogidas grandes áreas
planas y altas, no se inició así solo por cuestiones de seguridad, resultando
edificaciones territoriales, sin espaldas al terreno, propicias para las
ventilaciones cruzadas. Proyectar así hoy en día es como optar viajar en carro
de bueyes en lugar de automóvil o avión.
Noten que el ejemplo de
"estilo" utilizado, no tiene ninguna relación con nuestra realidad,
imagine si discutiéramos sobre el normando, o suizo, o colonial americano, sin
hablar de los clásicos, híbridos, como el grecorromano, elementos que hoy
aparecen formando parte de ornamentos en las residencias.
Pero si hacemos un repaso desde
los orígenes sobre los procesos que fue siguiendo la humanidad para construir,
cada paso dado respondió a una necesidad y la solución dependía del grado de
evolución intelectual alcanzado. No solo por la falta de abrigo, seguridad o el
espíritu gregario, por que en lo más profundo de su obra radica su dignidad.
Las calidades era el orgullo del
ser humano y hoy por hoy el orgullo es un defecto.
Es obvio que está obligado el
arquitecto a dar información correcta al cliente, el cual no tiene ninguna
responsabilidad sobre las cualidades y caprichos de las publicaciones de los
kioscos.
Toda esta conversación no es solo
para describir los recelos de un arquitecto consciente hace veinte años atrás.
Era posible preocuparse por estas cosas, por que otras estaban sobreentendidas:
el profesional actuante poseía un conocimiento mínimo de historia y de arte,
que le importaba el rumbo de su profesión, que sabía proyectar ¡que buscaba
una coherencia, al hacerlo! Eran esas las preocupaciones de aquel momento, pero
evidentemente se impusieron los clientes.
La perspectiva de nuestras
vivencias hoy en la profesión es diferente. El arquitecto dejó de pensar la
arquitectura, abandonó el espíritu combativo, renunció a su condición de
planificador siguiendo el camino más fácil ofrecido por el status quo, que
aquel estado comenzaba a imponer el más importante valor de la globalización:
la aceptación.
Para exportar sus productos los países
de gran poder económico imponen también sus preferencias de consumo,
consecuentes con su modo de vida y cultura. Nos bombardean con información por
todos los medios y destinan enormes presupuestos a investigar y valorizar sus
productos culturales incluyendo obras de arquitectura, las que en número y
calidad responden a sus posibilidades.
Esta producción tiene una
influencia proporcional sobre la opinión pública, no solo al lego, también el
profesional arquitecto, en detrimento de valorizaciones de lo propio y auténtico,
cayendo en imitaciones que no resisten el menor análisis.
DESVALORIZACIÓN DE LO AUTÉNTICO
En general son los extranjeros los
que consideran y valoran su cultura, pues los pueblos al estar inmersos en ellas
no las perciben. Solo siente el peso del bulto aquel que lo carga.
La educación y cultura autóctona
no son apreciadas, valorizamos mas la cultura importada que a lo nativo. Cada
arquitecto tiene obligación de dar valor a lo auténtico de su tierra, pero si
lo hace es rechazado por su propia sociedad. Esa relación es potenciada por la
práctica de asumir sin cuestionar los valores ajenos.
Sin hacer una revisión conceptual
y consiente, el ingreso de nuevas tendencias y la velocidad de transferencia de
la información resulta incontrolable y perjudicial, son recursos desperdiciados
que se transforman en obstáculos para el desarrollo genuino.
Tener una visión muy limitada de
la sociedad hoy día es para los arquitectos el síntoma más común y grave,
por que le impide descubrir sus patologías, la morbosidad del comportamiento
social, su alienación. El arquitecto mal puede entonces revisar, entender y
proponer criterios de mejora por que es arrastrado por la corriente de una visión
masificada.
Las innovaciones son esenciales en
la proposición del objeto arquitectónico y hay disponibles medios para
sugerirlas, sin embargo es la copia el camino elegido, tanto por el lego como el
profesional. Es ese un pecado de irresponsabilidad que cometemos. Basta con
observar la creatividad presente en los habitáculos que surgen espontáneamente,
como por ejemplo son las villas miserias para darnos cuenta de la cualidad
humana natural para crear espacios con ingenio y contenido.
Pero vemos las condiciones de
insalubridad y el hacinamiento como lo único existente en ese medio,
desvalorizando todo por su sola condición de indigentes.
Si reprodujéramos esos laberintos
con materiales apropiados y les aportáramos condiciones sanas de habitabilidad,
no tenemos dudas que el producto final sería óptimo por su condición
particular, pues lo genuino ya lo posee. Una villa miseria no es un producto
natural, es originada por una necesidad a consecuencia de una marginación
social. Es una obra humana, es un producto esencialmente primario y no fue
copiado de ninguna revista extranjera.
No es necesario por lo tanto
romperse el cráneo intentando producir objetos únicos para considerarlos. Las
cualidades arquitectónicas no residen exclusivamente en lo nuevo ellas residen
principalmente en conceptos y partidos adoptados naturalmente. Creer en los
valores humanos implicados es además una cuestión de elección por un mejor
destino social.
Los cambios tecnológicos, económicos
y sociales producidos en el mundo en este siglo que ya fenece, tuvieron
influencia en la producción de los objetos arquitectónicos, pero la
arquitectura no tubo influencia para que estos cambios se produjeran, aunque sea
el edificio el más noble y elevado producto de la mente humana. Mientras el
hombre se mantenga fiel a su realidad, su arquitectura será creadora.