Me envolvía cierta fascinación al escucharle contar lo que le pasaba en la calle:
-Los tombos me agarraron al salir del Hueco, por acompañarlo a César que estaba recontra borracho. Se suponía que yo sólo lo iba acompañar hasta la avenida Cuba. Pero ahí al huevón se le ocurre hacerle la bronca a una mancha que estaba sentada chupando en la esquina. Los huevones estos eran bien faites y nos corretearon dos cuadras con botellas y piedras. César quería regresar donde ellos, cuando escucho que alguien nos pide documentos. ¡La cagada! Recién me di cuenta que estábamos en la esquina de canal 4 y que había una tanqueta militar. Le digo al tombo que disculpe el escándalo que mi pata está borracho porque su hembra lo ha dejado, pero el huevón llama a otro, a uno que no tiene uniforme pero sí un intercomunicador. Nos dice que nos acerquemos más. César no se daba por enterado de lo que pasaba. Me puse nervioso cuando vino un cachaquito cargando un fusil más grande que él mismo y nos encañonó poniéndonos contra la pared. Me acordé que no tenía documentos y también de mis antecedentes, porque estos huevones ahora paran con computadoras portátiles y ahí buscan tu nombre. Yo ya estaba contra la pared, con las piernas abiertas, gritándole al César que era un conchasumare, que por su culpa me iban a cagar. A César lo jodieron porque sus documentos estaban viejos, mal cuidados. ¿Tú sabías que César nació en Estados Unidos? Yo me enteré esa noche, porque los tombos cuando vieron sus documentos, lo empezaron a joder diciéndole que diga algo en inglés, pero como el huevón nunca vivió allá, no sabe ni mierda.
“Los tombos ya nos habían bolsiqueado y golpeado en la espalda con la culata del fusil. Nos decían que éramos terrucos que querían poner una bomba como la que hubo en canal 2. Nos tuvieron una hora boca abajo, besando el suelo. Llamaron a sus superiores y nos metieron más palo que la gramputa. A César le devolvieron sus documentos y a mí me pidieron los míos. Les dije que los había dejado en el tono, en mi casaca. El cachaco me dijo: "Tú te quedas. Nos vas a decir de donde has sacado esas botas y esa camisa". Me quedé huevón. Me vine a dar cuenta de que eran prendas militares; la camisa me la había regalado Kino y las tabas las había comprado en la Cachina. El César se puso belicoso otra vez y lo botaron al piso de un culatazo, luego lo llenaron de patadas. Lo hicieron pararse y el huevón parecía de trapo; se tambaleaba, se resbalaba, pedía que lo ayudaran. Lo pusieron en la pista y le dijeron que se largara. Yo le grité: "César, tú eres el último que me ha visto, acuérdate". Eso molestó al cachaco. Me metió una patada y me hizo avanzar hacia un cuartelillo de madera que tenían improvisado en medio de la calle bloqueada. Yo caminaba sudando frío, temblaba y tragaba saliva. El cachaco estaba asado y yo pensaba que de esa no pasaba …”
La noche en que el Chusko contó esa historia fue luego de una reunión en la que se trataba de conseguir cámaras de video para filmar un documental acerca de los grupos y sus propuestas en torno al ámbito artístico limeño. Un video en el que se incluyese a pintores, músicos, poetas, narradores, grupos de danza y teatro, todos con una visión distinta a la oficial, sin ataduras institucionales de por medio y una actitud crítica y renovadora de la sociedad. La discusión se vino abajo cuando alguien dijo que no podíamos aceptar a cualquier grupo oportunista que quisiera dar imagen de radical a costa nuestra, mucho menos a pitucos que luego estarían rajando de nosotros una vez terminado el trabajo. Decían que el video no debía incluirlos. Ellos tenían plata y podían hacer su propio video. Lo que estos radicales argumentaban era cierto. Los pitucos solían acercarse, ver con cierta desconfianza el trabajo, actuar a la defensiva y terminar diciendo que con nosotros no se podía trabajar y que éramos unos resentidos sociales. Pero los pitucos también tenían razón al sentirse agredidos de una manera que ellos consideraban gratuita. Ambas partes tenían razón y esa era la causa de una tragedia que nunca terminaría.
Yo me sorprendí al ver que uno de los que defendía a los pitucos, poniéndose en una postura práctica, era el Chusko. ¿Cómo aquel desposeido marginal podía argumentar algo, tan coherentemente, a favor de los que tenían todo?
-Se trata de que demostremos que esas barreras no existen para nosotros –decía-. Una persona que se dice libre de las convenciones del sistema, puede ser consciente de ellas, debe serlo. Pero debe vivir como si eso no le afectasen. El que sueña con un mundo libre debe dejar que ese mundo se refleje en sus acciones. Debemos demostrar que somos capaces de hacernos respetar, y para hacerlo debemos respetarlos.
Para algunos eso era muy difícil de aceptar. Para otros era vulgar complacencia. Pero el Chusko no podía obligar a nadie, era sólo uno más de nosotros. Eso sí, tenía una autoridad dada por su antigüedad en la Movida Subte: había estado entre los primeros que se reunían en 1984 en las gradas de la Villareal y estuvo en los primeros conciertos de Leuzemia, Narcosis y Guerrilla Urbana. Esa era una de las razones por las cuales me deslumbraba y lo consideraba como un espíritu salido de aquellos afiches de conciertos que yo encontraba en los muros del Centro de Lima cuando era niño. Esos afiches encerraban una manera de pensar y sentir distintas a las que primaban en mi generación, una sensibilidad más profunda y real, más vivencial. El Chusko era la encarnación de esa magia.
Escucharlo hablar sensatamente sobre un tema tan difícil como las clases sociales y después escucharlo contar su propia vivencia marginal me hacía sentir que yo desencajaba en su ambiente.
-Cuando eso te sucede dejas atrás todo lo que habías pensado de ti hasta ese momento. Tener un cañón en la espalda te hace vivir el instante, con tus temores y tu coraje. Sólo tienes que tener fe en ti.
Esa fue su respuesta cuando le dije que yo no hubiera sabido qué hacer en una situación como la que él había atravesado.
Pero la noche de aquel conversatorio, en aquel invierno de ansiedad, a la luz de un foco de 50 watts que alumbraba débilmente los afiches y banderolas con lemas y gráficos alusivos a la Mancha, también fue difícil dejar atrás ideas encasilladas, aunque se tenía una idea más clara y un deseo de no caer en viejas contradicciones.
-Lo que ustedes quieren es hacer de la Mancha una vaina política -decía Kilowatt-. Nosotros nunca tuvimos la intención de ser intelectualitos cojudos que viven según lo que dice un libro, y sobre todo un libro extranjero. Esto surgió para que existiese una escena de artistas que no copiasen nada de otros países. Eso de decirse anarquista es una cojudez.
-Pero es imposible que no tengas en cuenta lo que nuestro arte implica -decía alguien-. Si en nuestras canciones, poemas, o lo que sea, hablamos sobre un mundo que no nos agrada, bueno, hablemos también de cómo nos gustaría que fuese, y luego tratemos de hacerlo realidad.
-Si, porque si sólo nos quejamos y no proponemos nada, estaríamos cayendo en la misma mediocridad de la gente que cuestionamos.
-Lo que pasa -decía otro- es que ustedes se creen superiores y con derecho a decir qué debe hacer un Subte para ser más original o radical. Es como que quisieran escribir un manual, todo lo ven libros y discursos políticos, joden a la gente que sólo busca divertirse y hacer algo divertido para los demás
-No, no se trata de eso -decía otro, un miembro del colectivo del Narizón, los radicales- se trata de sacar a la Mancha del estado de letargo en que se encuentra desde hace un tiempo. Todo eso es porque nos hemos desligado de la esencia del movimiento: las masas populares. Nuestras temáticas deben estar acordes al contexto contemporáneo, la coyuntura política…
-No metas chamullo, huevón -decía otro-. No la quieras pegar de sabio con nosotros. Ese rollo es el que ha hecho que mucha gente se vaya de la Mancha decepcionada…
-No -otra voz-, hay gente que se ha quitado porque se cansó de que sus ideas no se escuchasen, de ver a la gente emborracharse y drogarse en los conciertos cuando decían que protestaban contra la decadencia de la sociedad. Fue esa hipocresía de los vándalos la que ha hecho que se nos considere casi como una pandilla…
-Hipócritas son ustedes -se escuchaba-, que paran hablando del pueblo, de las calles y no conocen los barrios que nosotros conocemos, viven metidos en sus libros de mierda. Hablan de revolución pero todos son unos mantenidos de mierda. Nos joden de drogadictos, pero, ¿acaso ustedes no fuman igual que nosotros?
-Pero no somos viciosos, no andamos cagando conciertos, no armamos broncas cojudas…
-¿Y ustedes por qué prometen revolución?
-No la prometemos, la proponemos… Ustedes, ¿qué mierda ofrecen?
-Háblame bonito, conchatumare…
Luego todos empezaban a mentarse la madre, a decir que jamás llegaríamos a nada, a echarse la culpa… yo no había dicho palabra alguna y ese festival de rostros enfurecidos, que sólo se calmó cuando alguien gritó que era mejor continuar la semana siguiente, empezó a ensombrecerme. Debí suponer que así serían las cosas.
Pasé muchos días ansioso, aguardando la fecha de la próxima reunión, la cual no se llevó a cabo sino dos semanas después. En esa reunión sí sucedió algo especial.
Alguien me había dicho, durante un concierto en Las Rejas -aquel barcito de Quilca donde Piero Bustos, de Del Pueblo, organizaba los conciertos de la asociación El Sapo- con los grupos Carreño, Azules Moros y PTK, que la reunión empezaría a las ocho. Cuando llegué la reunión ya había empezado. Los escuché hablar serenamente y poco a poco me di cuenta que discutían un proyecto fijo.
Hablaba Chovi, uno de los que renegaba de la intelectualización de la Mancha, acusado también de vandalismo por la gente "vanguardista" del Narizón. Sentado junto a Kilowatt, Sandra y la Mancha de Barrios Altos, decía que era talvez lo único que podían sacar todos en conjunto. Daba la palabra al Chato Víctor, que decía que allá afuera existía un enemigo común, para intelectuales y no intelectuales, y que lo peor que se podía hacer era quedarse quieto o callado por culpa de rencillas internas, con eso sólo ganaría el enemigo. Hubo un leve silencio, sucedido por un carraspeo que resultó ser del Chusko. Él tomó la palabra para decir que era posible siempre encontrar puntos en común entre la gente, ya que por algo nos identificábamos con el movimiento.
-Creo que todos saben que lo fundamental, lo único que nos atrae hasta aquí, es el deseo de expresarnos, seamos intelectuales o anti-intelectuales. Cada uno sabe qué fue lo que lo trajo hasta este lugar, pero eso forma parte de la historia de cada uno. Ahora debemos entendernos…
Luego habló de la Revista Amauta, que era un compendio no sólo de intelectos, sino también de actitudes; no sólo de ideas, también de formas.
Le pregunté a Poggi, baterista de Incendiaria, sentado esa noche junto a mí, de qué habían hablado.
-Nos hemos puesto de acuerdo para sacar un pasquín, con una buena presentación y que se distribuya en la mayor cantidad de medios posible.
-¿Es un fanzine más? -pregunté.
-No. Será el vocero del Colectivo. Lo financiaremos con tonos y auspicios de los bares del Centro. Lo haremos llegar a otras organizaciones autónomas de provincias. Hay contactos en Arequipa, Trujillo, Ica y Cajamarca. El Chusko se encargará de la producción y el auspicio, el Chovi de la distribución, yo me ocuparé de la diagramación. Hay gente que va a escribir reseñas, tomar fotos, hacer entrevistas, escribir artículos; sólo faltan dos o tres secciones del pasquín.
-Bueno-dijo el Chusko interrumpiendo en voz alta los murmullos-, creo que esta vez hemos llegado a algo. Como se dan cuenta es algo muy sencillo, pero encierra lo esencial. La próxima semana se llevará a cabo un concierto y con los fondos se comprará papel; también iremos preparando la diagramación y los puntos de venta. Los responsables de las secciones, hagan llegar sus artículos y fotos a la carreta en La Colmena. Los que no tengan ninguna sección pero quieran participar, pueden acercarse también. La próxima semana veremos el asunto de los murales y la red de conciertos en los Conos. Vayan buscando locales…
Entonces, luego de que la gente saliese al pasillo y a la calle, de que se organizaran comisiones para comprar trago y de que la atmósfera fuera recuperando su matiz frívolo y banal, lleno de conversaciones casuales y pueriles, yo permanecí inquieto, preguntándome qué era lo que le faltaba a esa noche. Fui de los últimos en salir, casi me quedé a solas con las banderolas, los afiches, las bancas y los muros pintarrajeados.
Entonces, las cosas hablaron. Dijeron que lo que faltaba era que yo diera el paso que me llevaría a ser uno con ellos, que me haría trascender. Gritaron que todo este tiempo lejos de mi casa y mi barrio, en medio de un colegio ajeno que me intimidaba, yo había estado esperando la oportunidad de sacar a la luz ese nuevo yo que tenía entonces.
Di alcance a los otros, busqué al Chusko. Lo reconocí hablando con Poggi, junto a la reja que daba a la calle. Con voz tímida pero firme, dije:
-¿Hay algo en lo que puedo ayudar?
Poggi y el Chusko me miraron y se miraron sorprendidos, tratando de disimular su asombro. Creí, por un momento, que se burlarían de lo que decía.
-Puedes ayudar comprando el trago para el tono o volanteando…-dijo Poggi.
-Eso lo haré de todos modos -dije-. Me refiero al pasquín.
El Chusko se mostró interesado pero confundido; luego, sutilmente, se mostró perspicaz, aunque yo pensé que era algo compasivo. Ninguno de ellos sabía cómo tratar a un mocoso, menos a uno como yo.
-¿En que crees que nos puedes ayudar? -dijo.
-No sé, tú dime.
Revisó unos papeles y dijo que ya habían encargados para todas las secciones, menos para los comics y algo de literatura, un cuento talvez.
-¿Sabes dibujar? -preguntó. Contesté que no y, al ver su gesto de decepción, sólo atiné a responder:
-Pero puedo escribir. En mi colegio escribo artículos para el periódico mural…
-Pero aquí no puedes escribir sobre esos temas -dijo Poggi-. Tiene que ser algo sobre la Mancha.
-No necesariamente sobre la Mancha -dijo el Chusko-. Puede ser algo que te pase a ti, a alguien que conoces, algo que ves en la vida diaria. Un cuento acerca de la realidad de todos los días, algo que impacte y haga pensar. ¿Crees que podrás hacerlo?
Un cuento sobre la realidad. Ese clamor de los objetos susurraba aún en mi mente, traspasando el tedio absurdo de los días que me encerraban, como una vorágine en la que yo sólo era una hoja al viento, arrastrado por una corriente incomprensible de sucesos. Aquella fue la primera vez que me sentí, tímidamente, dueño de mis decisiones y mi destino. Esa voz que se había instalado en mí para siempre, a través de los acontecimientos y mi propia conducta, se transformaba firmemente en ese yo que se reconocía como una persona distinta. "Hablar de la realidad", pensé, "como en las canciones".
-Claro. Sí lo haré…-dije.

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