| Inicio | Lista de visitantes | Curriculum Vitae | Fotografías | Jalisco | Para reflexionar |
| Cultura General | Humor | Diccionario Popular Mexicano | Dichos | Enigmas | Hilvanes poéticos Mexicanos (Albures) | Piropos | Reflexiones y pensamientos |
| Introducción | Cartas que si llegaron | Confetti | Lira jocunda | Prosa casi en serio | Sacrilegios |
Lo siguiente es lo que aconteci&oacure; en la maana del tercer aniversario de bodas de un matrimonio sin hijos.
SEÑORA. S&iacure;, pero recuerda que no hemos tenido hijos.
MARIDO. Ah sí . . . recuerdo . . . que hoy pueden enviar al HOMBRE del gobierno y que tenemos que aceptar el fatídico decreto.
SEÑORA. No me dices nada . . . querido.
MARIDO. Sí . . . que me voy . . . y que llegó el momento de prueba.
LA SEÑORA. Te vas . . . ya . . .
EL MARIDO. Si querida . . . ya me voy a la oficina, me temo que el hombre del gobierno se presente de un momento a otro (Deja caer tristemente la cabeza y se retira, mientras la SEÑORA se va al tocador a tratar de ponerse la más bonita posible) SUENA EL TIMBRE.
LA SEÑORA. (Sale a abrir la puerta, creyendo que es el hombre del gobierno, pero se trata de un fotógrafo especializado en retratos de niños quien se ha equivocado de casa y que va con el fin de tomar unas fotos de niño).
EL HOMBRE. Buenos días, SEÑORA. Perdone: creo que usted sabe ya . . .
LA MUJER. Si, sí, ya sé, pero sintese usted . . .
EL HOMBRE. Supongo que su marido estará conforme . . .
LA SEÑORA. Pues . . . sí; los dos creemos que bajo las presiones circunstanciales . . . pues el lo mejor.
EL HOMBRE. Pues en ese caso, no desearía Ud . . . que empecemos.
LA SEÑORA. Me siento muy apenada, no sé como vamos a empezar.
EL HOMBRE. Déjelo de mi cuenta, digna SEÑORA; me permito proponerle unas dos veces en el sofá, dos veces en una silla, dos veces en la tina y quizás dos veces en el suelo.
LA SEÑORA. La tina . . . el suelo . . . ay Dios mío.
EL HOMBRE. No se preocupe SEÑORA, ni el mejor de nosotros puede garantizar que una o dos veces dan buenos resultados, pero con pruebas continuas estoy seguro que quedar satisfecha.
LA SEÑORA. Me va a perdonar, pero todo lo que me dice es tan a la ligera . . . que francamente . . .
EL HOMBRE. Precisamente SEÑORA, en lo sencillo est el encanto. Permítame que le muestre una fotografía de mis trabajos.
LA SEÑORA. Ah, sí . . . pero ¿no cree Ud. Que para tantas pruebas, deberamos apurarnos?
EL HOMBRE. Desde luego que no. Un hombre de mi profesión no podr´ lograr nada bueno si lo hace aprisa. (abre el álbum y se lo muestra a la SEÑORA). Ve Ud., este nio ¿No es precioso? Me tardé intencionalmente tres horas en hacerlo.
SEÑORA. (Traga saliva) Sí . . . es muy bonito; pero ¿no cree usted que es demasiado tres horas?
EL HOMBRE. Ahora ver este otro. Créame o no, este lo puede hacer en el techo de un autobús. Pero lo que me costó trabajo fueron estos cuates, ¿verdad que también son bonitos? Los hice también en el parque un día de verano que estaba nevando.
LA SEÑORA. ¡QUÉ BARBARIDAD! Dios mío y a la intemperie con tanto frío?
EL HOMBRE. Si, mi estimada SEÑORA, desde las cinco de la tarde y nunca había tenido tantas dificultades por causa de la mucha gente que empezó a aglomerarse para tratar de no perderse de ningún detalle . . . ¡era una multitud!
LA SEÑORA. ¿Una multitud?
EL HOMBRE. Sí SEÑORA por todos lados había gente, casi una hora de trabajo en estas circunstancias; es muy agotador. La policéa tuvo que ayudarme, pues cada vez se aglomeraba más la gente y se dificultaba más mi trabajo. Yo hubiera querido hacer uno o dos más . . . pero en ese momento una traviesa ardilla comenzó a roerme el aparato.
LA SEÑORA. ¿Una ardilla? . . . ¿pero es posible?
EL HOMBRE. As&eacite; fue SEÑORA. Pero si gusta ya podemos empezar. Voy a sacar el aparto.
LA SEÑORA. ¡Espere un momento! ¿su aparto no es muy grande? EL HOMBRE. No SEÑORA, ¡qué va! ¡es sólo regular! Ud. Comprenda que dado mi oficio no podría visitar tantos hogares con un aparato muy grande.
LA MUJER. Tiene Ud. Razón, Pero . . . ¿no me había dicho que una ardilla le estrope el aparto?
EL HOMBRE. Pues sí, algo lo dañó, pero con un pedazo de curita, quedó listo. ¡Le tengo tanto cariño! . . . Comprender Usted . . . Aparte de que me proporciona grandes satisfacciones, me da de comer;: siempre la traigo muy bien tapada y muy aseada, listo siempre para cualquier servicio que pueda ofrecerse, aunque mi especialidad son los niños.
LA MUJER. Sí . . . sí . . . ya comprendo, pero discúlpeme, estoy algo nerviosa. ¿No podra Ud volver mañana que estuviera mi esposo aquí?
EL HOMBRE. Ud. Quisiera que también su marido . . .
LA MUJER. Oh . . . no . . . no . . . que horror, eso nunca . . .
EL HOMBRE. Entonces no comprendo, SEÑORA.
LA SEÑORA. No comprendera; estoy horrorizada, no entiendo como un hombre como usted que parece decente, atemorice tanto a una pobre mujer como yo.
EL HOMBRE. Pero estimada SEÑORA, ¿yo que he hecho para atemorizarla?
LA MUJER. ¿Todava me pregunta? Ya no sólo se insinúa conmigo, sino que ahora quiere que también ¿mi marido?
EL HOMBRE. SEÑORA, yo no espero de usted y de su marido sino cooperación para sacarle al niño una foto con mi aparato.
LA MUJER. Al niño . . . ¿Cuál niño . . .?
EL HOMBRE. Al suyo y al de su esposo . . . me imagino . . . .
LA MUJER. Pero luego íno es usted el hombre del gobierno?
EL HOMBRE. No SEÑORA, yo soy un fotógrafo de niños; pero como veo que existe una equivocación muy grande, le pido permiso para retirarme.
LA MUJER. Espere un momento, por favor . . . Ud. Me ha sido simpático después de todo y comprenderá que yo no me he arreglado en vano; por lo tanto si Ud, gusta sacar el aparato . . . ya estoy dispuesta en la silla, en la tina o donde usted quiera.