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Yo quiero que tú sepas, que mis economías
en el mercado negro las tuve que invertir;
que están mis noches negras, tan negras y sombrías
que siempre estoy comiendo puras tortillas frías
que apenas se remojan con la saliva vil.
De noche yo utilizo mis chanclas como almohada
deseando que mi estómago se abstenga de gruñir,
mas veo sin tractolina la estufa ya apagada,
la olla sin frijoles, la luz desconectada,
y mis tristes calzoncillos que tengo que parchar.
A veces pienso en irme corriendo a la cantina
y en dulces changuirongos mis penas consolar,
mas es en vano todo, si nadie me convida,
qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida?
qué quieres tú que yo haga, si no me quieren fiar?
Figúrate que suave sería comer completo
poder entrar al cine un día de popular,
llevando en el bolsillo mucho dinero suelto
y nunca, nunca, nunca volver a trabajar.
Tener en nuestra casa magnífica despensa,
de la que gozaríamos tan solo tú y yo,
tener en algún banco una nutrida cuenta
y completando el cuadro de nuestra dicha inmensa,
tu madre en el panteón.
Hubiera sido chicho vivir bajo aquel techo
sin que el casero gacho nos fuera a molestar;
entrarle al caldo michi, comer hasta el empacho,
y ya como a las ocho largarnos en un coche
los dos a vacilar.
Esa era mi esperanza, mi tierno amor,
mi puchunguiana, mas a esos fulgores se oponen
con cinismo los precios en vigor.
Adiós por la vez última, amor de mis amores,
adiós mis zancas chuecas, adiós mi peor es nada,
adiós hija de la . . . CAPIROTADA
ADIOS, ADIOS, ADIOS