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Solos en esta piecesita, ella se sintió nerviosa; él le ofreció no lastimarla y le puso la mano sobre aquel lugar que ella escondía, mientras trataba de convencerla. Temerosa, le quitó la mano y él se la volvió a poner, apretando. Ella dirigió sus ojos a la cosa tremenda que él tenía en la otra mano; sus protestas se acentuaron cuando él estuvo cerca, sintiendo su aliento junto a la boca, la colmó de palabras suaves al oído; que era muy práctico, que no tuviera miedo, que no le iba a doler; convencida dejó que él maniobrara, aflojó los músculos y abrió bien para dar cabida a aquello . . .
Su cuerpecito frágil se estremeció; quería luchar, pero la fuerzas la abandonaron; sintió correr algo caliente . . .; ¡sangre! Y gritó: No, por favor . . . ay, ay . . . ¡no! Ay, ¡no me la saque se lo ruego!
Parecía una noche sin fin y sólo habían transcurrido unos minutos; ya iba a concluir. Ella sintió viva emoción, se estremeció una y otra vez; estaba extenuada. Al cabo de un momento él dijo: ¡Acabe! Quedó serena, satisfecha, con los músculos laxos . . .
Al fin el dentista le haba sacado la muela.