Ostracismo

Por: Matias Gayesky:

La última vez que vi el cielo las estrellas me guiñaron un ojo y me cantaron. Me cantaron de un mundo feliz. Donde nadie me perseguiría con luces ardientes. Donde podría elegir hasta a que hora dormir. Donde los días no me dolerían y mi maldición ya no sería una cruz. La última vez que vi el cielo ya había dejado de ser conde, ya había dejado de llorar soledad, pero seguía muerto.

Ahora miro el techo de mi cueva y no veo luces y, como todos los días, busco un par de lombrices a modo de magro desayuno. Me acerco al arroyuelo subterráneo y huelo las aguas límpidas. Lleno el hueco de mis manos con el liquido insípido, lo llevo a mi boca y, conteniendo una arcada, lo tomo. Sé que no moriré de sed, pero la deshidratación tiene otros efectos que no quisiera soportar una eternidad. Ayer encontré un oso. Se había metido en mi cueva para hibernar. No pude contener el ansia y lo ataqué. Me sacié con su sangre y un golpe de nostalgia casi me hace perder la cabeza. Como un loco corrí hacia la entrada de la cueva. Llegué hasta la última sombra y el reflejo del sol me disuadió. Sin embargo alcancé a ver mis manos. La piel resquebrajada por la falta de liquido, las uñas deshechas de escarbar, el pulso arruinado. Por un momento agradecí que no hubiera espejos en mi madriguera. Después recordé quien soy.

Hoy estuve intentando calcular hace cuanto estoy acá abajo. Fue un esfuerzo inútil. La noción de día se pierde cuando no existe la luz. Uno se da cuenta, de a poco, que ya no sabe lo que es la mañana. Atardecer y amanecer, eventualmente se convierten nada más que en palabras. Después los días se transforman en recuerdos y las horas en trivialidades. El tiempo termina transformándose en un concepto tan absurdo. Tarde o temprano se pierde completamente el horario. Se cena cuando hay algo que comer, se desayuna después de despertarse, se duerme cuando uno ya no puede mantenerse en pie. Recuerdo cuando estaba en la superficie, recuerdo los días felices, cuando la oscuridad me reverenciaba y la luna conocía mi nombre. Eran tiempos mejores. En esa época el atardecer era el comienzo de la vida y el amanecer su fin. La cacería era la sal. El hambre, castigo de los débiles. Qué rápido aceptábamos que éramos amos y señores de la noche, qué rápido nos convencíamos de nuestra inmortalidad. Olvidamos que, al final, estabamos solos. Entonces vinieron las antorchas y los fuegos y las estacas. Cuando los hombres conocieron nuestros nombres. Cuando las voces dejaron de gritar un terror anónimo. Tarde nos dimos cuenta de la fuerza de cien brazos, del poder de cien miradas, del horror de cien gritos. Tarde nos dimos cuenta de que solo podíamos escapar. Las sombras ya no eran protección y nuestro destino era este exilio de piedra. Este exilio de piedra, y la soledad.

La mayor parte de mi tiempo la paso buscando algo que comer. La caverna es grande y rica. En su interior habitan muchos insectos y víboras. Tengo también un pequeño arroyito con el que me proveo de agua. No es demasiado, pero es lo que tengo. Paz y tranquilidad. Cuando tengo la oportunidad, me recuerdo a mi mismo como se escribe. Escribo sobre el piso de arena con una piedra. Escribo las cosas que sé del mundo. Lo que recuerdo de afuera. Escribo poemas de mi encierro y poemas de mi huida. Escribo mi miedo a la luz. Escribo mi miedo a la gente. Escribo mi música, la que perdí. Escribo mi voz, la que quedó arriba. Escribo mi arte, mi vida, mi historia. Normalmente, al rato, todo se borra y, cuando vuelvo a tener tiempo, vuelvo a empezar.

Ayer me pareció escuchar una voz. Fue solo un momento, pero creí oírla. Era una voz humana. No supe distinguir si de hombre o de mujer. Quise correr hasta el fondo de la caverna. Por el camino tropecé y caí al suelo. Cuando intenté levantarme sentí mi pierna rota. Me acurruqué en el piso. Me enredé conmigo mismo. No podía correr. No podía escaparme y las voces venían a buscarme. Habían descubierto donde me escondía, querían mi corazón, mi sangre. Y yo no podía correr. Mi caverna, mi escondite, era ahora mi cárcel. La oscuridad que siempre me había protegido ahora solo me impedía verlos llegar. Llegar con sus antorchas y sus estacas, sus picos y sus hachas, su condena. Me arrastré hasta la pared de la caverna y junto a ella intenté esconderme. Sentía la piedra bajo mis manos y alrededor mío el silencio. Mi silencio. Mi aliado. No sé bien cuanto después me animé a moverme. Mi pierna ya estaba curada.

Me doy cuenta que estoy obsesionado con esa voz. Sé que tiene que haber sido mi imaginación, pero no puedo evitar pensar en ella. Decidí que lo mejor iba a ser protegerme. Pasé horas y horas estudiando la cueva, pensando en cómo preparar trampas, alarmas, defensas. Finalmente me pareció que la mejor opción era cavar una salida alternativa. Debía tener una escapatoria, no podía arriesgarme a quedar entre la espada y la pared. Busque un lugar cercano al fondo de la caverna y comencé a cavar. Solo tengo mis manos como herramientas, así que va muy lento, pero cada vez que estoy por desistir, pienso en la voz.

Apenas me faltan unos metros para terminar el túnel, pero no puedo. No sé si es de día. ¿Qué pasa si tiro la última pared abajo y me encuentro con el sol?

Tengo miedo de acercarme a la entrada de la caverna. Sé que tengo que hacerlo. Es la única manera de saber si es de día, pero me aterra solo pensar que alguien podría verme. Me aterra la sola idea de que un ser humano descubra que estoy acá. Si me ven, van a venir a buscarme. Van a matarme. Escuche la historia de algunos a los que no les clavaron estacas. Simplemente los tomaron de los brazos y las piernas y tiraron hasta que el cuerpo se partió en pedazos. Eso es lo que hacen los humanos. Casi puedo ver a la multitud entrando en mi cueva, cazándome como a un conejo. Descuartizándome, quemándome, perforando mi pecho. Puedo sentirlos caminar sobre mis huesos. Me tiemblan las manos. Estoy metido todavía en mi salida alternativa y no sé qué hacer. Yo era el terror de esos hombres y ahora me tiemblan las manos.

Era de noche. Me acerqué a la puerta de la cueva y era de noche. Vi un pedacito de cielo desde adentro. Vi una estrella. Era de noche. Quise darme vuelta y volver a mi lugar, pero sentí una brisa tan fresca viniendo desde el exterior. Escuché el canto de las estrellas, llamándome. La estrella que titilaba, lo hacía solo para mí. Salí, de la cueva, fascinado. La noche me recibió como a un viejo amigo. Me envolvió en su abrazo, me dio vida de sus pulmones. La brisa murmuraba en mi oído dulces palabras de reencuentro. El pasto bajo mis pies me acariciaba. Entonces escuché una voz. Una voz humana. Me sentí desfallecer. Supe que era mi fin. Caí al piso temblando. Quise correr, tenía que correr, pero mis piernas se negaban a reaccionar. Me hice un ovillo y esperé con desesperación, el golpe, la estaca, la nada. La mujer, dueña de la voz, se me acercó y me acarició la cabeza. Traía un pequeño tubo en su mano del que salía una luz. Yo no entendía sus palabras, pero no había agresividad en su voz. Me ayudó a incorporarme. Me llevó hasta una especie de tienda y me recostó sobre unas frazadas. Me dio un poco de agua y me ofreció algo para comer. A medida que el miedo fue cediendo pude escuchar otros sonidos. Escuché su corazón latir. Escuché un búho que gritaba. Escuché la sed. La mujer intentaba convencerme de comer algo, pero su cuerpo palpitaba tan cerca, tan a mano. Pronto la sed era todo lo que podía escuchar. Mi mano tomo su cuello y ella gritó, pero yo solo podía escuchar el latido de su corazón. Bebí de ella, bebí hasta vaciarla, bebí hasta saciarme y, al final, me di cuenta, de que el corazón que escuchaba era el mío.

No sabía quién era yo. La mujer esa no sabía qué era yo. Pensó que era un vagabundo. Creyó que no era peligroso. No supo reconocerme. Tal vez me hayan olvidado. ¿He pasado tanto tiempo aquí? ¿Pueden los humanos olvidarse de sus pesadillas? ¿Pueden olvidar su terror? Recuerdo sus gritos de furia, pero no había odio en esa mujer. ¿Tan corta es su memoria? ¿Cuánto hace que estoy aquí? Tal vez hayan olvidado que existo. Tal vez pueda ser libre. Tal vez pueda ocultarme otra vez en las sombras, en su ignorancia, en el anonimato. ¿Hace cuánto tiempo estoy aquí?

Me esfuerzo en no pensar. Busco mi desayuno. Tomo del manantial. Busco algo para comer. Busco donde dormir. Paz y tranquilidad. Busco mi desayuno.

Tengo que saber, tengo que salir.

 

 

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