Carta de un amigo.

En un principio, si no me juega una broma mi anciana memoria, yo tenía dos amigos con los que jugaba en un patio inmenso. Más que patio, era jardín. Uno era un poco regordete, y el otro flaco y alto. Los tres éramos apenas unos niños. No más de 200 o 250 años. Ah... cierto, ustedes son humanos, y esto les debe parecer una barbaridad. Pero si se fijan en la edad que tengo ahora, verán que era sólo un niño. Ahora cuento con una edad aproximada a... más o menos hmmm... 15.000.000.001 años. Sí, esa es mi edad actual. Pero que estoy haciendo, ya me fui del tema.

Bien, como les decía, yo tenía dos amigos. Ambos eran muy buenos conmigo, siempre muy bondadosos, amables, simpáticos, y creo... eran hermanos. El muchacho regordete siempre hablaba de una idea que solía tener en su cabeza. Crear un mundo, con unos pequeños animalejos dentro de él, que se llamasen humanos. Y alrededor de este pequeño planeta haría millones de estrellas, astros, soles, y hasta otros planetas con otras especies. Tales como un pequeños seres llamados Kartrons, los Chrukhen, y otros nombres para los cuales ustedes, los humanos, no tienen letras para reproducirlos.

Pero, para la pena de este niño, su hermano siempre le llevaba la contra con esta idea. Le decía que esta raza de la que él hablaba, los hombres (o humanos), jamás podría vivir en paz entre ellos. Recuerdo que para hacerle ver su idea a su hermano, relataba extensas batallas entre los unos y los otros, y estas batallas tenían nombres extrañísimos para mi. Estaba una batalla que según él, sería llamada La batalla de los cien años, otra que se llamaría la Guerra del Golfo, una más... cómo decirlo, estúpida, sería llamada la Gran Guerra, y no termina ahí, también vendría una "segunda parte" de esta, y claro, se llamaría La segunda Guerra Mundial, modificando el nombre de la primera a La primera Guerra Mundial.

Pero relataba más cosas además de estas, cosas aun más estúpidas, cosas aun más sin sentido. Nos hablaba de que se querrían gobernar unos a otros. Nos decía que por ser unos de distinto color o tamaño que los otros, dirían que estos no eran de su misma especie, y los tratarían sin el más mínimo respeto.

Relató sobre un hombre. ¡Pobre hombre aquel!. SU nombre eran de una simplicidad y extrañeza absolutas: Adolfo Hitler. Este hombrecillo, con un sentimiento de inferioridad tremenda, decidió que todos los que no fueran de su "religión" , en su caso era la religión nazi, debían morir. Y se empeñó con un pequeño y bastante débil pueblo. El judío. Todo lo que hizo fue lo siguiente:

· Hizo creer a su gente que era lo que debían hacer, porque estos otros (los judíos) eran inferiores.

· Luego privó a la gente judía de todo ser querido, y lo metió a trabajar como animal en una fábrica. Claro, que esta fábrica era de cualquier cosa, no importaba de que.

· Luego cuando no le eran más útiles, los metían en una cámara de gas, cuando estaba de buen humor. Cuando no, les quitaba la piel y los metían en agua hirviendo (que estúpido, ¿no?), o si no, los volvían jabón.

Y un sin fin de cosas estúpidas y sin sentido. Claro, que el resto del mundo tomó un poco de cordura, y decidió derrocarlo de su poder. Según el nos dijo, terminaría dándose un tiro en la cabeza.

Mi amigo regordete, siempre lo rechazaba diciéndole que sus ideas eran estúpidas ¿Por qué habrían de matarse entre ellos?¿Para qué?¿No es acaso que nosotros tres jugábamos en paz sin molestarnos mutuamente?

Recuerdo un día que jugábamos con barro, mi amigo tomó un poco de barro, y jugando sin sentido con él comenzó a hablar. Nos explicó que estaba por darnos una muestra de la forma que estos humanos tendrían. Hizo varios bosquejos hasta nos mostró su obra final. Sobre la palma de su mano había una pequeña esfera, a la cual a continuación llenó de energía con uno de sus dedos. Mágicamente esta comenzó a levitar sobre su mano. Brillaba tanto. ¡Eran tan, tan bella!... su hermano se llenó de ira y aplastó esta esfera de energía como si fuese un mosquito. "¡NO!" Grito con voz estridente, nunca lo había visto así. Estaba simplemente fuera de sí. "¡Si vas a hacerlo hazlo bien!" Tomó un poco de barro e hizo una pequeña forma con sus manos. Nos mostró su humano terminado. Era grotesco. Una cosa asquerosa en todo sentido. Con un dedo lo llenó de energía. El pequeño mounstrito se bajó de su mano, tomó una piedra y comenzó a atacarme, me lanzó una tras otra piedra. Me cansé y con mi pié lo traté de aplastar pero la pícara creación se escapó. Se metió entre unas piedras y no lo volví a ver, bueno, al menos por un tiempo.

"¡Mira lo que hiciste, hermano!" Dijo el niño regordete. Se paró enojado y decidido a marcharse dio media vuelta. "¡Espera! ¡Lo siento, me dejé llevar por los celos! En serio.. Lo siento, hermano, ¡sabes que te quiero! ¡Vuelve aquí!".

Finalmente terminaron amigos otra vez. Y todo lo sucedido quedó atrás. Mi amigo regordete creó su conjunto de planetas a los cuales denominó Universo. Creó a los humanos, esferas de energía, que vivían, aparentemente en paz y armonía total. Todo marchaba bien, habían, en poco tiempo, aprendido a coexistir sin tener que pasar sobre el otro.

Bien, con el Universo creado, y todo funcionando como un reloj Suizo, mi amigo se echó a dormir. Durmió unos 2 años .Despertó por un grito de victoria. Corrió hasta su mundo, donde vivían sus humanos, y se quedó sin palabras... Mil flechas atravesaron su corazón y la primera tormenta que calló sobre la tierra de este mundo se abatió sobre todo. El ser que su hermano había creado, ahora reproducido a miles, había arrasado sobre todo en este planeta: mil bosques quemados, mil humanos apagados, mil ríos cortados, mil lagos contaminados, mil flechas... sobre su corazón... Había llegado de improviso, llenos de odio en el corazón, exterminaron a los humanos. Lo que antes había sido un paraíso pacífico, ahora no era más que un escenario de dolor. Una muestra de lo terrible que puede llegar a ser el estar fuera de control.

Y en el corazón del niño regordete, ahora atravesado por mil flechas, sólo quedaba una cosa... ¿por qué?. Estos seres, creados por su hermano, una vez que terminaron con todo humano se dividieron en grupos. Mi amigo, lleno de ira, levantó su mano para fulminarlos con mil rayos, pero... se detuvo. No pudo hacerlo. Ellos no tenían la culpa de todo esto, habían sido creados para eso, que más podrían hacer. En vez de exterminar la pequeña plaga, se sentó en una piedra y comenzó a llorar. Lloró y lloró durante 40 días.

Cuando paró de hacerlo, se dio cuenta de que todo el planeta estaba inundado, y que sin querer, había ahogados a todos estos seres repugnantes. Ahora la culpa lo atormentó. Pero, en el horizonte, una mancha se arrastraba perezosa como un gusano. En un pestañeo ya estuvo allí. Y en forma de luz atravesó una de las ventanas de lo que ahora era un barco. 5 de estas criaturas estaban dentro, y con ellos llevaban 2 seres de cada especie que él mismo había hecho cuando creó este mundo. Una sonrisa se plantó de raíz en su rostro. Quizá, estos seres no eran tan malos.

A estos 5 seres, los repartió por todo el mundo. Pasaron a llamarse humanos. Y los dividió en dos: Hombres, y mujeres. Decidió que mientras estos vivieran en la tierra tendrían cuerpo humano, cuando su vida acabaran, pasarían a nuestro jardín a jugar con nosotros 3. Primero decidió darles una vida parecida a la nuestra, les dio 5000 años de existencia, pero los extrañaba mucho, y sólo les dio 100 míseros años de vida. Con nueva fe sobre estos pequeños seres, decidió dormir.

Y una vez más la catástrofe llegó sobre todo. Un hombre llamada Alejandro Magno, decidió destruir todo lo que al hombre unía con su creador. La sabiduría. O como ustedes lo conocen: Los libros. ¡Oh, los libros! Una de las máximas creaciones del hombre. Ni siquiera a mi amigo mismo se le hubiesen ocurrido. Pero otra vez, ya me fui del tema. Volvamos a mi historia. ¡Que idiota aquel que quemó tanto oro!¡Que impertinente aquel que se hizo llamar el más fuerte, cuando en realidad era el más débil!. Y ahí le susurré una frase al oído a uno de los humanos que por esa época vagaban por ahí: "Los débiles heredarán la tierra... porque es ahí donde serán enterrados".

Pobre, pobre amigo el mío. Tuvo que atarlo de manos y piernas para que no hiciera nada contra estos seres. Este hombre, Alejandro Magno, fundo sobre las ruinas de esta ciudad, Alejandría. Una bella ciudad, pero no reemplazaba la eterna belleza de la eterna sabiduría, la cual ahora volaba en cenizas por todo el mar, los prados y junto a las nubes, intercambiando un susurro de vez en cuando.

Fatigado, mi amigo, decidió pedirme un favor. Me dijo, suavemente, si podría... si deseaba, cuidar a sus pequeños humanos. Yo acepté. Y él, para que los hombres y mujeres de su pequeño planeta no me reconociesen, me transformó en Sol, y desde donde me colocó, yo podría advertirle de las cosas que irían pasando. Pero... había un problema. Yo sólo podía ver la mitad del mundo, la otra mitad quedaba a los ojos de la bella, bella Luna.

Oh, primorosa, brillante, graciosa, atractiva Luna . Envidio los ojos de aquellas personas que la pueden ver. En cambio yo, sólo tengo un recuerdo de su candorosa figura. Pero debo volver a mi historia, sólo me permitiré un suspiro más... y de vuelta a mi carta.

Pasé muchos años viendo como giraba la tierra, como daba vueltas y más vueltas a mi alrededor. Pero era gracioso. Alejandro Magno, a pesar de que hizo pedazos los pensamientos de los hombres, no recibió ningún castigo, sino, en cambio, le hicieron alabanzas y glorificaciones. Y aun más gracioso. Este pequeño hombre, pertenecía a una especie de patria, llamada Roma. ¡Oh, LA GRAN ROMA!. Y era súbdito de un hombre. Cesar... salve Cesar. Y esta patria, este imperio, creía, que por tener muchas fuerzas militares, podía gobernar sobre los demás. Y así fue, y la fe de los hombres estaba por los suelos. Le conté todo lo que había visto pasar a mi amigo. Quien ya tenía a otro amigo, al cual le decía Espíritu algo, y además, un hijo. Un hijo con un nombre poderoso. Era un nombre que debería hacer temblar paredes con el simple hecho de ser nombrado... Jesucristo.

Después de largas meditaciones, decidió mandar a su hijo a la tierra. Creyó que tal vez, su hijo haría que estos seres insignificantes cambiaran de parecer, y de una buena vez se decidieran a vivir en paz y armonía. Aunque la verdad, yo no sé porque se esmeró tanto en rectificar el error, el horror de su hermano. Yo, simplemente, ya los hubiese destruido.Pero bueno, como dicen ustedes en estos días, Él sabe porque hace lo que hace.

"Y de tal palo, tal astilla". Su hijo, un erudito en temáticas como la paz y la sabiduría, no necesitó estudiar ningún libro para ser el más brillante de todos los seres que esta tierra vivían. Llegó, y desde pequeño, fue más sabio que el mismo Cesar. ¡Ja! Como reí cuando los hombres, después de oírle decir quien era, venían a tratar de aprovecharse de él. La escena que más me hizo reír fue cuando vinieron unos hombres de una tierra que ya existe a plantearle lo siguiente: "Dinos, Jesús. Si la tierra es de Dios: ¿Por qué hay que pagarle tributos al Cesar?", Y este gran ser pidió una moneda de oro, y preguntó: "¿De quién es el rostro impreso en esta moneda?", con aire de obvies respondieron que era el rostro de Cesar... y aquí viene lo bueno: "Denle al Cesar, lo que es del Cesar, y a mi Padre, lo que es de mi Padre." Lamentablemente, toda esta sabiduría era incomprensible para los hombres. Y como hacen con todo lo que no entienden, lo mataron...

A mi amigo, le devolvieron su hijo, clavado en una cruz. Y, como tanta necedad me pone como un toro, prefiero no seguir hablando del tema, ¡y punto!".". Bueno... para que este cuento no les aburra les cuento como termina lo del hijo de mi amigo. Después de haberlo humillado, golpeado, escupido, apedreado, flagelado, machacado, ridiculizado, crucificado y hasta asesinado, los hombres se dieron cuenta de que este "hombre malo", no era tan "malo", y mucho menos "hombre".

Comenzaron a alabarlo, todo lo que sobre él existía, era santo, ¡hasta la tierra que pisaba!. Y como hace el hombre con todo lo que hace, en nombre de Jesucristo Salvador, pasaron 500 años en la oscuridad del miedo y la ignorancia.

Se designaron hombres; llamados curas, obispos, papas, etc.; para que esparcieran la palabra de Jesucristo salvador. A la casa de Dios la nombraron Iglesia, y en su nombre robaron. Vendían la entrada a nuestro jardín, pero claro, aquellos quienes compraban, jamás entraban. Conquistaron a miles de pueblos, que según ellos, eran incivilizados... sin embargo yo me pregunto: ¿Qué es más incivilizado que cargar una espada en vez de una Biblia?

Bien, en algún lugar retomaron el rumbo. Los avances tecnológicos se hicieron cada vez más comunes entre la gente. Curas para diversas enfermedades, divertidos aparatos capaces de hacer reír hasta al más triste de los niños. Y una vez más, hicieron lo que no debieron. Un hombre, un poco loco, logró descubrir la forma de sacar muchísima energía de un pequeño trozo de un mineral extraño. Luego, otros hombres, robaron su idea, y la pusieron en una poderosa arma: La Bomba Nuclear.
Orgullosos de su juguete, lo quisieron probar contra un pequeño pueblo en un lejano país. ¿Pero saben qué es lo irónico de esto? Que esta especie es la única que termina una guerra con más violencia. ¿Y saben que otra cosa es graciosa? En la pequeña ciudad donde tiraron la bomba... estaba naciendo, otra vez, el hijo de Dios...

 

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