HILDA PAREDES
(Tehuacán, Puebla,
1957)
-Estudiaste de niña
con César Tort y participaste en la grabación de un disco. ¿Fue
determinante para ti?
-Sí, fue mi primer
contacto con la música. Tenía diez años de edad y permanecí cerca de dos en el
taller. Ahí se sembró en mí el aspecto lúdico del quehacer artístico; me
divertía mucho.
-¿Hay alguna
influencia familiar que encauce tu vocación?
-Mi hermano menor es
rockero, toca la batería en la Maldita Vecindad, pero son diferentes las áreas
en que nos movemos. Mi mamá tuvo inclinaciones artísticas en relación con las
artes plásticas y mi padre escuchaba música clásica.
-¿En qué momento
defines que quieres dedicarte a la música?
-¡Uy! muy chica,
cuando estudiaba en la secundaria. También hice danza durante un largo rato.
Luego me metí a teatro; no sabía bien a bien qué quería, como todos los
adolescentes. Me inscribí en la escuela de música y ahí me di cuenta que eso me
gustaba e iba a requerir mucho de mi tiempo. Entré a la Nacional (ENM), estuve
un par de años, luego ingresé al Conservatorio y más tarde me fui a Inglaterra,
siendo muy joven y sin contar con una beca, porque no tenía estudios terminados.
Allá fue muy duro, pero muy emocionante también; con el tiempo, las cosas
cambiaron y obtuve beca del gobierno británico.
-¿Por qué te fuiste?
-Tenía muchos deseos
de conocer el mundo, de contar con una buena preparación musical. Me quedé en
Londres porque no llevaba mucho dinero y no sabía que todo fuera tan caro; ya
no me pude mover de ahí y empecé a conocer gente padrisima, músicos muy buenos
que me ayudaron en mis estudios de flauta.
-Tú aprendiste
flauta y piano...
-Sí, el piano
desafortunadamente no llegué a dominarlo como me hubiera gustado, un poco por
razones circunstanciales, por no tener un lugar fijo dónde vivir: cargar con un
piano no es fácil, creo que por eso elegí la flauta. Cuando conseguí el apoyo
del gobierno británico empecé a dejar la flauta, pues ya tenía mucha ilusión
por la composición. Me gradué como compositora en Guildhall School of Music, y
ahí mismo terininé mi posgrado en 1987. Aunque seguía tocando, cada vez mis
estudios eran más demandantes y me interesaba concentrarme en escribir mis
obras; ya tenía algunas y quería que se tocaran. En esa escuela existía muy
buena disposición hacia los compositores y excelentes intérpretes. Contábamos
con un laboratorio donde podíamos escuchar las piezas y además se nos prestaba
la orquesta; había un gran estudio de grabación y todo lo que hacíamos lo
escuchábamos, además de una biblioteca donde había muchas partituras,
grabaciones, libros. Para mí era fantástico.
-¿Has pensado por
qué decidiste saltar a compositora?
-Ya no podía ser
flautista. Me gustaba mucho tocar y extraño el contacto con el público; para mí
es la parte sensual de la música, pero el repertorio flautístico no me
entusiasmaba demasiado. Me gustaba lo que era la música barroca y en un momento
dado me incliné por estudiar flauta traversa con el repertorio contemporáneo,
pero no hay las grandes obras maestras que existen para las cuerdas y el piano,
por ejemplo; sentía un hueco en mí. Además, como creadora soy más fiel a mí
misma y lo hago mejor. Dejé la flauta hace diez años, cuando empecé a escribir
obras para orquesta; es muy intenso componer, la energía se gasta, y para ser
buen ejecutante es necesaria esa energía.
-¿Tardas mucho en
componer una obra?
-Desde que regresé a
Londres tardo más que antes. Creo que el cambio me ha afectado de manera
positiva; sí puedo escribir rápido, pero ahora voy lento porque estoy depurando
y encontrando cosas para mi propio lenguaje. También influye que en este
momento no doy clases y no llevo la carga de trabajo que tuve durante mi
estancia en México, hasta hace un año.
-¿Estás dedicada
sólo a la composición?
-En este momento,
sí. Bueno, sostengo algunos asuntos de trabajo en México porque no quiero irme
como me fui antes. Tengo un compromiso con la UNAM para dar cursos. Esta
institución me otorgó una beca para componer un determinado número de obras. La
que terminé en diciembre se estrenó en Estados Unidos y se tocará en Europa en
septiembre. Ahora escribo una pieza para orquesta, por encargo de la OFUNAM y
se escuchará en noviembre, en México. Hay algunos proyectos con una orquesta en
Londres. Tengo un encargo para clavecín; este año y el que sigue están
cubiertos.
-¿Por qué dijiste
que no te quieres ir como antes?
-Porque me fui y no
mantuve ninguna relación con México; regresé después de once años y me sentí
extranjera en mi propia tierra, y no se siente bonito. No me quiero desvincular
del país, que tiene sus problemas, que conocemos, pero también posee muchas
cosas muy hermosas; además, mi familia está aquí.
-De tus estudios en
el extranjero, ¿destacarías como fundamentales los que hiciste con Donatoni?
-Sí; mi experiencia
con Donatoni fue importante en el sentido contrario al que uno pudiera pensar:
en la medida en que no me funcionó, me sirvió para definir que mi camino era
otro. Alguien muy importante para mí, entre el 82 y el 84, fue Peter Maxwell
Davies: un ser impresionante, de gran lucidez; recuerdo que después de la
primera clase que nos dio, yo no pude dormir. Luego seguí otros cursos, uno de
música para cine, con Richard Rodney Bennett, muy completo y emocionante.
Respecto a Donatoni, no comulgué con sus ideas; yo ya había desarrollado cierto
lenguaje propio y, aunque era muy interesante su manera de trabajar, exigía que
uno lo hiciera igual que él. Yo no podía, puesto que estaba encontrando mi
propia expresión.
-¿Qué maestros están
más presentes en tu obra?
-Muchos. Yo espero
que sus influencias estén asimiladas en mi propio lenguaje: músicos como
Debussy, Stravinski, Webern, Ligeti, Lutoslawski, han sido importantes para
forjar mi propio lenguaje; al estudiarlos he aprendido a resolver ciertas
cosas.
-¿Cuántas obras has
escrito hasta ahora?
-No sé. No las he
contado, tendría que revisar mi catálogo. Los compositores olvidamos el número
de obras porque estamos pensando en la siguiente, en las que faltan por hacer.
Hay años que he escrito tres y otros que he hecho diez en quince días. El año pasado
me dediqué a mi requiem del todo; en 1991 me concentré únicamente en mi ópera
La séptima semilla, que me tomó diez meses. Todo depende del tamaño de la obra.
-Revisando tus
distintas etapas, ¿qué obras te gustan más?
-¡Híjole! Le tengo
un afecto especial a la obra El prestidigitador (1988), para tres clarinetes y
dos percusionistas. La hice para una coreografía; fue el primer encargo que
recibí. Tengo afecto especial por una obra anterior que tampoco se ha tocado en
México; por razones personales estoy muy unida a ella: fue la primera obra
grande que escribí y significó mi ruptura con la flauta, Es para orquesta de
cámara, coro femenino y mezzosoprano y está basada en un poema de Séferis, que
se llama Fuegos de San Juan, y así titulé la obra. No se ha oído en ninguna
parte, salvo en 1984, en la escuela, y desde entonces la tengo un poco
desatendida. Desde luego me emociona mi ópera de cámara (La séptima semilla),
que se va a grabar este año en Europa, y de la que ya hay disco en los Estados
Unidos. Lo más reciente es la obra que terminé en diciembre, un homenaje a la
pintora Remedios Varo, para ensamble de cámara; se estrenó en enero, la revisé
ya, y se volverá a tocar en Europa, en septiembre. Antes hice el requiem pagano
titulado En el nombre del padre, en donde integro una parte del poema Algo
sobre la muerte del Mayor Sabines, de Jaime Sabines. Es una obra en cinco
partes, para octeto vocal, cuatro percusiones y piano, con la idea de que
Tambuco la estrene este año.
-La poesía tiene
mucha presencia en tu obra, ¿ verdad?
-Sí, es fundamental,
un respiro que me aleja un poco de la música y me devuelve a ella porque es
música con significados.
-¿Cuando quieres
descansar de la música lees poesía?
-Sí. Tengo más
libros de poesía que de novela.
-Cuáles serían tus
retos actuales respecto a la composición?
-Cada obra lo es. Y
si no existe el reto, no es interesante. En este momento, la preocupación es la
obra que estoy escribiendo y hallar elementos que me sorprendan. Cuando termino
una pieza aprendo y guardo cosas que puedo volver a utilizar. Busco lo que no
he hecho todavía y a veces me sorprende cómo van surgiendo nuevas sonoridades,
nuevos manejos de la orquesta, de la estructura musical. En esto último me
ocupo bastante y he ido diseñando varias maneras de armar la arquitectura de
mis obras.
-Como mujer, ¿te ha
sido difícil el camino de la música contemporánea?
-No en este momento.
Siempre hay comentarios y tonterías de gente que no vale la pena tomar en
cuenta. Estamos viviendo otros tiempos, las dificultades como fémina no tienen
que ver con la música; el problema de la mujer en la sociedad tiene que ver con
un todo: salud, condiciones idóneas y apoyo sustancial para una vida cotidiana
como ser humano; lo vernos en nuestro país. Pero en este momento hay muchas
mujeres compositoras, y eso es algo que hay que aplaudir.
-¿Piensas quedarte
en Londres definitivamente? ¿Qué país te sienta mejor, México o Inglaterra?
-Europa en un
sentido de profesionalismo y eficiencia. México en calidad humana. Ya hice a un
lado la preocupación por decidir dónde establecerme, así me tocó, ni modo; si
se me abren las puertas allá, no puedo cerrarlas. Me formé en Inglaterra, pero
por otro lado siento una responsabilidad con México.
-Entonces ¿vivirás
viajando continuamente?
-Creo que me voy a comprar un avión... mejor no: no me vaya a pasar lo que a Eduardo Mata.
Principal Cinco Compositoras Artículos Biografías Multimedia Bibliografía