MARCELA RODRIGUEZ

 

 (Ciudad de México, 18 de abril de 1951).

 

 -¿La familia te acerca a la música?

 

 -La música estaba latente desde que nací, El ambiente familiar era muy musical pero muy caótico al mismo tiempo; había música, pero no de concierto, era parte del relajamiento. Tuvimos clase de piano; me acuerdo que hacíamos cola, pues somos ocho hermanos. En realidad, los que acabaron tocándolo fueron los hombres porque se lo apropiaban. Yo me quedé con la guitarra porque no me llegaba el turno del piano. Esa es una de mis frustraciones. Luego sí lo estudié, para quitarrne esa espinita.

 

 -¿A que edad empezaste con la guitarra?

 

 -Formalmente a los 18 años y terminé la carrera. Estudié ocho años. Aunque nunca estuve muy de acuerdo con la técnica guitarrística que llevaba en la escuela, fue una disciplina muy importante, porque practicaba de seis a ocho horas diarias. Siempre tuve facilidad para tocarla, pero no me satisfizo el instrumento. Iba encaminada a ser ejecutante y me encantaba tocar música antigua, sobre todo a Bach y obras del Renacimiento, fue lo que más me atrajo, así como Villalobos y Ponce, pero era muy limitado el repertorio guitarrístíco; eso me frustró. Iba a un concierto de guitarra y me aburría; pensaba: "Si a eso me voy a dedicar y me aburre, qué va a pasar conmigo". Tuve una crisis y a los 22 años me fui a París y allá conocí a Leo Brower: fue él quien me introdujo a la composición. Cambié radicalmente. En el 76 llegué a México directamente a estudiar composición. Coqueteaba todavia con la guitarra, durante dos años ofrecí conciertos, y luego la dejé. Aprendí con María Antonieta Lozano y Leo Brower, quien venía cada año a dar cursos de composición. Ella me dio la parte académica y él me llevó al aspecto creativo; arranqué un poco sola y acompañada. La gran escuela fue el teatro, porque mis primeras obras fueron para esa disciplina.

 

 -Con Jesusa y Julio Castillo...

 

 -Empecé con Julio Castillo. Mi primera obra fue para la Compañía Nacional de Teatro, de Bellas Artes. Yo me moría de nervios, pero trabajé muy a gusto; hubo un resultado un poco ingenuo, pero bonito. Ahí empezaron a salir obras de teatro, cosa que me ayudó en el oficio, porque veía mis piezas y hacía autocrítica. Claro que la gente de teatro en ese momento me aplaudía más de lo merecido, porque no conocían mucha música de concierto. Obviamente, no me dejaba llevar por esos elogios pues me daba cuenta de mis limitaciones, pero al mismo tiempo me emocionaba de poder caminar sola. Siempre he sido muy autodidacta; a partir de los consejos de Leo y María Antonieta ya caminé sola.

 

 -¿ Componías para guitarra?

 

 -No, le agarré una aversión espantosa. Mi primera obra fue un atrevimiento, porque la hice para cuarteto de cuerdas, que era lo más difícil; me divertí mucho, pero era un mamarracho. Fue para la obra de Ionesco, Qué formidable burdel, que dirigió Julio Castillo, y Jesusa, mi hermana, hizo la escenografía. Todas esas han sido experiencias muy interesantes para mí, fue un poco ir con los ojos entrecerrados; Por otro lado, he colaborado con casi todos los directores de teatro en México, también por eso me atreví a hacer una ópera.

 

 -Eres de las pocas mujeres en la ópera...

 

 -Sí, también están Hilda Paredes y Alicia Urreta, que dejó una inconclusa. A mí el teatro me lanzó a la ópera. Nunca quise ser actriz, ni directora teatral, mi arma era la música.

 

 -¿Quiénes más han sido tus grandes guías?

 

 -Ha habido varias etapas, y uno va cambiando conforme aprende más. Hace algunos años estaba muy deslumbrada por Ligeti; ahora me sigue gustando, me impresiona porque tiene unas ideas muy claras y geniales. Me atrae mucho su textura, su manera de hacer minimalismo, muy diferente al norteamericano; siento que éste es interesante, pero surge más de la música popular y el de Ligeti es más intelectual y estructural. De Giacinto Scelsi en un tiempo me impresionó su pulcritud; no es de mis pasiones pero me llama la atención su sencillez para hacer las cosas. De los compositores de este siglo uno de los que más me han impactado es Stravinski. Es decir que, después de pasar por todas las vanguardias, lo escucho y digo que sigue siendo genial. Analizo la orquestación de El pájaro de fuego, cómo maneja las cuerdas y los alientos y me convenzo de que fue un innovador. Me gusta más Stravínski que Schoénberg. A mí el serialismo se me hace algo muy árido, hay gente a la que le apasiona, aunque ya no tanto como en la época de las vanguardias. A mí me deja fría. Hace 15 años hice un concierto para guitarra y orquesta; todo era serial, y nunca lo terminé. Tenía un vacío, un frío que no me gustó. Claro que hay obras maravillosas de Schoënberg, de Berg y Webern; bueno, la Suite lírica de Alban Berg es una de las obras más apasionantes de este siglo, pero no me metería al serialismo. Cuando analizo a Stravinski siento que me da frescura. Esto me ocurre desde hace dos años; sigo aprendiendo de él.

 

 -¿Crees que esto mismo les suceda a tus contemporáneos?

 

 -Creo que a todos nos impresionó la vanguardia, allá en las décadas de los setenta y ochenta. Fue importante que existiera para que se rompieran los parámetros. Gracias a esas corrientes ultramodernas ahora vivimos este pluralismo. Hacía falta el rompimiento, pero creo que quedó poco de esa época, hay mucho en cuanto a material, a fantasía; eso es lo que hay que rescatar del vanguardismo. Por ahí viene una renovación que muchos llaman neorromanticismo, pero tampoco lo es; quizás fuera el posmodernismo, tan llevado y traído. Yo creo que ese posmodernismo es trabajar con lo antiguo, trayéndolo a nosotros, porque no podemos evadir nuestra historia.

 

 -¿Cuál es tu disciplina para componer?

 

 -Me levanto, me desayuno y me siento frente al escritorio, todos los días, de 8:30 a 2 de la tarde. Sigo una rutina; siempre estoy trabajando dos obras, si me canso o me tropiezo en una, le sigo con la otra. Siempre pienso en el día del estreno.

 

 -¿De qué te alimentas para componer? ¿Dejas de escribir?

 

 -Fíjate que yo soy muy compulsiva, escribo sin parar. Me digo a veces que estoy saturada, que voy a descansar un año, pero no puedo, es una necesidad. Y sí: estoy muy llena de ideas. Casi no escucho música, lo hago en ocasiones para documentarme, pero me desespera sentarme a oír un disco, me gusta más ir a un concierto. En general me nutro más de la vida, de las pasiones, de las tristezas. Mi material es volátil, tiene que ver con estados de ánimo. últimamente la música popular me está llamando la atención. Por ejemplo, ahora estoy haciendo un cuarteto de cuerdas donde retomo algo del mariachi mexicano, porque siempre me ha llamado la atención la manera en que tocan el violín. La realidad también me influye para componer. No puedo estar alejada de lo que ocurre en México. La gente se muere de hambre, la calle es un circo. Esas vivencias las traduzco a mi lenguaje musical.

 

 -¿A qué composiciones tuyas estás más ligada?

 

 -Mi ópera La Sunamita me dejó muy marcada. También el Concierto para flautas dulces y orquesta. Son obras en las que aprendí mucho. Con la ópera me di cuenta de que lo que conocí en el teatro lo quise aplicar a cada personaje. Cuando escribía la música me sentía más gente de teatro que de música, y pensaba en los actores y cómo los manejaría el director. No siento que sea una obra perfectamente bien hecha, pero creo que logré cosas.

 

 -En ópera, ¿por qué no has repetido la experiencia?

 

 -Tengo muchas ganas de hacer otras óperas de cámara. Esa inquietud la guardo desde hace dos años; estoy recopilando libretos, quiero obras con dos o tres personajes y pocos instrumentos, quizás cuatro o cinco.

 

 -¿Cuál sería el tema?

 

 -El problema es el libreto. Sí tengo varios y los estoy leyendo y releyendo. Pero los escritores metieron más personajes y eso me asusta. Mi idea es hacer ópera de cámara pequeñísima, y creo que en México la necesitamos. He conversado con varios músicos para que hagamos una serie de mini óperas de cámara, porque en el idioma español no tenemos tradición de ópera. Las óperas tradicionales son muy caras, y sólo tienen tres o cuatro presentaciones. Sería interesante experimentar con obras de cámara para descubrir en México nuestro ritmo de lenguaje, con temas nuestros y actuales. Lo extraño es que no hay libretistas; en el país hay temas de sobra, lo que nos falta es la mancuerna músico y escritor.

 

 -¿Ha sido difícil para ti desarrollarte como mujer en la música contemporánea?

 

 -El país en eso es una maravilla. Afortunadamente tenemos mucha suerte las mujeres mexicanas. Más que en otras naciones, en México se tocan muchas obras hechas por mujeres. Mi experiencia en Alemania es que ellas están demasiado organizadas pero en un rincón, no se han querido mezclar. Por fortuna, en México no hacemos cielos de mujeres; empezó Alicia Urreta a promoverlos, en una época en que se necesitaban porque andábamos muy desperdigadas, y ni nos conocíamos. Ella nos reunió. Ahora las orquestas están muy abiertas a recibir obras. No se fijan si la escribió un hombre o una mujer, sino en la calidad de] trabajo. En Europa hay más machismo en este aspecto, una mujer compositora es algo más extraño que en México. Los mexicanos tenemos voz propia, pero la música permite ese pluralismo.

 

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