NOTAS SOBRE "ABRIERON LAS VENTANAS"
(ver primeras páginas de "ABRIERON LAS VENTANAS")
EL PROBLEMA DEL RELATO
Hoy la literatura no puede tratar el relato sino como problema. Si en el siglo XIX la narración conoció un gran desarrollo hasta alcanzar sus más altas cotas en los grandes novelistas del realismo, el siglo XX se inicia con una serie de nuevas inquietudes que cuestionan la validez del relato. Joyce, Kafka, Musil, Proust, son puntos cardinales en esa renovación de la literatura que agota y rompe los límites de esa forma de perfección que había sido la novela. Hoy el relato se mueve entre intentos ingenuos de recuperación; obras que no hacen sino utilizar los mecanismos de seducción que aún nos quedan de la novela; y lugares donde el relato retorna como fragmento, como fantasma, como cadáver.
El proyecto presentado parte de este último planteamiento, buscando una nueva forma de expresar el problema del relato y de la forma en la novela.
¿Puede existir una novela sin relato? ¿No deja de ser éste un fantasma del que no podemos desembarazarnos? La necesidad de buscar un referente al que se pueda agarrar el lector, de desarrollar el trabajo narrativo sobre un patrón de sucesión de acciones que podamos reconocer como posibles es una de las esclavitudes más nefastas de la novela. Hay todo un campo por explorar, al que la reconstrucción de un espacio de realidad no nos debe impedir llegar.
Stendhal habla de la novela como un espejo recorriendo una calle. Ya es hora de dejar de pensar en la calle para centrarnos en el espejo en sí. Un espejo deforma, confunde, transforma. Un espejo es movido por alguien para que refleje lo que a éste le conviene, y a veces, el azar hace que se mueva solo, contrariando la voluntad del que lo manipula. Podemos viajar a nivel de superficie del espejo, hundirnos en sus pequeñas imperfecciones, en aquellas zonas donde el azogue no refleja y se rompe en el agujero de la materia. Un espejo puede ser peligroso y acabar deslumbrándonos. Un espejo es cristal, y puede acabar rompiéndose en pequeños espejos, cada uno de los cuales conservaría una fragmento deformado del reflejo. Un espejo puede cortarnos y hacernos sangrar.
ESTRUCTURA
Esta novela se concebiría como explosión de la línea narrativa principal y aparición de nuevas líneas de desarrollo con las que se entrecruza sin buscar relaciones de causa-efecto o de contigüidad entre ellas.
En la historia principal, que utilizaría la tercera persona, sin apartarse nunca del punto de vista del protagonista, un convicto por asesinato huye del furgón que le conducía a cumplir condena. Acorralado, se refugia en una gran casa que cree abandonada. El hombre se ve catapultado a un ambiente que podría ser el de una época pasada. Dos muchachas son sus únicos habitantes, y sus modales, sus vestidos, sus vidas, más bien corresponderían a dos mujeres del siglo XIX. Con ellas establece una relación que parece preceder a su aparición en la casa. El hombre, sin que se explique cómo, encuentra recuerdos en su memoria que le ligan a las mujeres, mientras prefiere olvidar todas las circunstancias que le han llevado hasta la Casa. El tiempo parece detenerse mientras él se interna en su interior, explorándola e intentando desvelar sus secretos. Convirtiéndose en amante de una de las mujeres, los lazos entre los tres personajes son cada vez más turbios, hasta que éste enrarecimiento llega a convertirse en pesadilla.
Paralelamente, se desarrollan en flash-back, a nivel de imagen latente, como algo que emerge, en aquellos momentos donde la impostura de la ficción que se establece entre el hombre y las dos mujeres se adelgaza e incluso desaparece, los sucesos que han rodeado el momento en que el hombre cometió el crimen que desencadenó su peripecia. Narrados con un lenguaje directo, escueto, hiperrealista. Culminando con la irrupción de la imagen que subyace en toda la historia y que la cerrará: sus manos ensangrentadas.
Y una tercera línea lo constituye un relato en primera persona que comparte con el del fugado el espacio, la Casa, así como una relación entre su protagonista, dueño de la Casa, con dos mujeres. Se sitúa de hecho en un tiempo que es al que se habría visto trasladado éste. Esta narración puede coincidir puntual y ocasionalmente con el primero, y pese a contar con elementos comunes diferirá en mucho de los sucesos que transcurren en éste. No es una explicación de las relaciones del fugado con las mujeres, aunque su historia, jugando a una confusión deliberada, podría entenderse así. De hecho, el contrapunto que se establece entre las dos narraciones y entre los dos puntos de vista constituirá la espina dorsal que estructure la obra. Contrapunto que se alimentará tanto con el conflicto que se establezca entre los dos puntos de vista de cada personaje, como con el contraste entre el diferente estado de sus relaciones con las dos mujeres. Con la contraposición de dos conciencias, dos formas de entender el mundo, que se ven condenadas a coexistir. Y esa coexistencia sólo se dará en un lugar: en la mente del lector, como efecto de montaje entre las dos "historias".
Ese desajuste textual, esa duplicidad, ponen en evidencia la insuficiencia del relato y plantearán en éste la irrupción de lo siniestro en su sentido más latente: lo familiar que retorna. Se invocará no como efecto, sino como agujero negro al que la narración es incapaz de acceder, en un momento en que el relato pierde su eficacia, no puede siquiera organizar por sí solo el material que trata.
EL ESCENARIO COMO PERSONAJE
La Casa cobra una gran importancia. Es el lugar común entre las dos historias, el teatro en que se pone en escena la ficcionalidad, en una, y la narración, en la otra. La Casa llegara a ser un personaje más. Todos se definen por su relación con ella. En la historia principal hay un personaje "ajeno" a la Casa y otros dos, las mujeres, que residen en ella, de las cuales una está completamente volcada hacia la Casa, apenas más visible que las sombras e incógnitas que la llenan. Lo que hay dentro de la Casa, lo que la Casa esconde, es aquella experiencia del Pasado que el protagonista ha vivido y que se niega a aceptar, que le horroriza e inconscientemente rechaza. Esos son los cimientos de la Casa, aquello a partir de lo cual crece, prolongándose en sus moradores y las situaciones que van encerrando al protagonista.
La Casa guarda una ambivalencia. Por una parte, concede satisfacciones al deseo del protagonista. Le aloja, guardándolo de aquellos que le perseguían, y le sumerge en un ambiente favorable. Pero él nunca deja de sentir su amenaza latente. Y esa amenaza se expresa incluso como enfrentamiento. La Casa se vuelve algo orgánico, animal. Se transmuta y transforma, aumentando de tamaño, replegándose, disponiéndose para el ataque. Explorando su interior, el protagonista percibirá su latido, el ritmo interior que le da vida.
En la historia paralela, la Casa se convierte en legado familiar funesto. El protagonista la relaciona con la figura autoritaria de su abuelo, cuya influencia sobre él se prolonga desde la muerte. Huyendo siempre del alcance de su mano, ahora la Casa se encarga de perpetuar su preponderancia sobre él. La presencia de las mujeres, huéspedes de la Casa por voluntad testamentaria del abuelo, acaba sintiéndola como determinación. Esto es lo que acaba enrareciendo su relación con ellas, y llegando a un punto de enajenación similar al del protagonista de la primera historia. En esta segunda línea narrativa acompañan a los tres personajes citados los que forman el personal de servicio de la Casa, y que acaban funcionando como extensión de ésta.
ESTILO Y PUNTO DE VISTA
De alguna manera, la historia rescataría y uniría elementos de la novela decimonónica con aquellos propios de la novela gótica. La Casa es un escenario renovado cuyo origen está en los castillos siniestros y mansiones oscuras característicos de este género, y que luego retomarían Jane Austen, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Henry James, Jean Ray, las hermans Brontë, entre otros. En ese ambiente se debatirá un personaje contemporáneo, un hombre escindido entre su deseo y su pasado, perseguido y huído del tiempo. Un convicto que llega a un espacio de no-realidad, al ámbito más oscuro de su propia mente: su ceguera obstinada por no aceptar una culpa de cuya determinación no puede escapar. En esa inconsciencia en la que las acciones no tienen ninguna relevancia, su huella es absolutamente diáfana, se verá atrapado en la madeja de unas relaciones que, en negativo, le devolverán los errores en que incurrió magnificados hasta el horror.
El terror (que no estará garantizado como efecto del texto, sino como una reflexión, como etapa en la búsqueda que supone la escritura) nacerá del abismo en que se debate el protagonista: una realidad que es tan opresiva para él como para refugiarse en el delirio. El tiempo, entonces, se desarticula. Se desmorrona toda su estructura y en su putrefacción llega a ser un ruido caótico en que todo es posible y el protagonista pierde su lugar.
Pero, ¿hasta qué punto es posible huír de la condición propia sin que ésta se vuelva contra nosotros mismos, de forma inexorable? ¿Acaso podemos pretender ser otra cosa que lo que somos si realmente no nos esforzamos por cambiar lo que guardamos dentro de nosotros?
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El estilo a emplear buscará el contraste entre la desnudez, un lenguaje árido, con una retórica casi decimonónica, que remite al tiempo construído por el delirio. Entre lo escueto y lo hiperlírico.
La estructura se basará no sólo en esta regresión temporal del protagonista, sino en intercalar situaciones, recuerdos e imágenes, que disparen al protagonista hacia su pasado, así como en el contraste que se establezca con la historia paralela planteada. A través de ellos se irá explorando el interior del personaje, su mutismo, todo lo que encierra tras la máscara y el engaño, e iremos comprendiendo el significado de sus acciones y sus silencios, rodeando siempre eso oscuro que encierra su yo.
Dentro de lo que sería el tiempo de progresión de la novela la inclusión de nuevas líneas narrativas y la alteración del desarrollo lineal de la exposición, así como la reiteración de sucesos ya narrados, reflejarán la idea de ese tiempo que ya no nos sirve para organizar nuestra experiencia.
El punto de vista seguirá el del protagonista. A través de su mirada, sus acciones, sus recuerdos, viviremos su experiencia hasta el momento en que la circularidad del tiempo se cierre y se reintegre al presente. El momento en que se denuncie la ilusión como tal, y huye del sueño en que ha buscado su refugio.