La Muerte Negra

 

Sentado en un porche cara al puerto, Arreste, el escribano, se levantó de emoción al ver a lo lejos, en el amanecer, los brillantes estandartes de la República de San Jorge en lo alto de las galeras de guerra. A su alrededor, soldados y comerciantes saltaban de alegría al comprobar que la entrada de la flota iba a ser un hecho. Por fin era contestado el desesperado grito de socorro de Kaffa, la última y más septentrional de las factorías genovesas en Asia Menor. La respuesta se había hecho esperar pero había conseguido concentrar galeras de prácticamente todas las posesiones genovesas en el Mar Negro y el Egeo. Laiazzo, Focea, Quios, Lesbos, Tana y Amastris lanzaban sus hijos a la mar en ayuda de la fortaleza asediada. La figura del escribano, sonriente bajo su incipiente calvicie y prominente barriga destacaba entre el movimiento que poco a poco se aceleraba en el puerto ante la llegada de víveres y tropas. Con lentitud las relucientes galeras republicanas entraban una a una en puerto seguro, escoltadas por sus marinos y remeros entre vítores, gritos y trompetas. La guardia entonaba una alegre cantinela en honor a Simone Boccanegra, Dux y protector de todas sus posesiones, se hallasen en Italia o en el fin del mundo.

Horas más tarde, Arreste se presentaba ante Zaccaría Gattiluso como cada mañana.
- Que tal querido amigo, creo ver en tu rostro una profunda satisfacción- Zaccaría miró con una sonrisa al escribano.
- Sin duda,- contestó- la situación empezaba a preocuparme ligeramente, quizás la llegada de estos tres mil compatriotas calme mis nervios y me permita dormir por las noches sin necesidad de una botella de buen vino florentino.
- ¡Ahh, Arreste querido compañero!, ¿acaso creéis que está pequeña ayuda desanimara a nuestros impacientes y belicosos enemigos?
Al terminar de pronunciar estas palabras condujo al escribano hasta lo alto de una de las almenas de la muralla.
- ¿Fijaos, cuanto llevan delante de mis murallas? ¿Tres meses, cuatro?- Zaccaría pronunciaba al mismo tiempo que gesticulaba intentando abarcar con los brazos la totalidad del inmenso campamento tártaro.
- Tres meses señor, pero sin duda parece una eternidad. De todas formas tengo el presentimiento de que algo extraño precipitará los acontecimientos.
- ¿Algo extraño? ¿Que puede tener de extraña esta situación? Somos la factoría más rica de todo el Mar Negro, tenemos cargamentos enteros de seda del más lejano Oriente y una posición estratégica envidiable. Estos bastardos mongoles no son tontos y van a intentar tomar la factoría a toda costa, es su puerta a Occidente. No hay nada extraño en lo que están haciendo- respondió el podestá.
- El asedio no es extraño, el ambiente es extraño-susurró Arreste- el aire cada día es más denso, algo pesa en el viento, lo noto en mis huesos. Quizá los tártaros no vienen solos, creo que algo funesto los acompaña.
Arreste había terminado la frase mirando fijamente a su amigo y señor. Zaccaría se quedó extrañado, sin duda no era la primera vez que el escribano prodigaba una de sus conocidas profecías, pero nunca le había visto tan seguro de algo.

Pasaron los días y la factoría volvió a recibir una lluvia de pedruscos, cortesía de las catapultas tártaras, que trabajaban sin descanso intentando abrir una brecha en las murallas. Del campamento surgía un latido terrible y constante. Arreste no había tenido más remedio que acostumbrarse al sonido del gigantesco tambor mongol, sonando siempre que lanzaban un ataque. Bum, bum, bum, y de vez en cuando un zumbido quebraba el ritmo para acabar con un bum más contundente al estallar una roca contra la fortaleza. Los tártaros lanzaron un asalto que fue rápidamente rechazado con cuantiosas pérdidas para los atacantes. El tambor dejó de sonar y las piedras dejaron de caer.

Dos días después Zaccaría y Arreste paseaban de nuevo por las murallas. Del campamento tártaro surgían infinidad de columnas de humo que se alzaban hasta juntarse formando una inmensa nube negra.
- Parece que al Khan se le están muriendo los hombres a cientos, están enfermos. Llevan horas quemando cadáveres.-dijo Zaccaría con una amplia sonrisa.
- Eso parece. -respondió Arreste.
- No pareces muy contento pese a que esto puede significar el fin del asedio y nuestra victoria sobre esta horda de bárbaros.
- Sin duda parece una buena noticia.
- ¿Entonces?
Pero Arreste no contestó, siguió con la mirada fija en las columnas de humo y se marchó taciturno a casa.

En la factoría se respiraba optimismo, la noticia había corrido de boca en boca y ya todos los soldados y comerciantes sabían que los tártaros se estaban muriendo a miles. Ya no había bombardeos ni asaltos.
Arreste paseaba por uno de los comercios de la factoría, observó como un grupo de soldados hacia escandalosas burlas desde lo alto de la muralla y se acercó. Los soldados se burlaban de los tártaros cuyo campamento se estaba desintegrando por momentos. Cada vez había menos tiendas de campaña y lo que hace unos días era un formidable rectángulo de varios kilómetros cuadrados se había convertido en un cuadrado deforme rodeado de cientos de hogueras. Quizás no quedaba ni una décima parte del contingente tártaro. Las burlas continuaban cuando el zumbido de una catapulta puso a todo el mundo sobre aviso. Al grito de ¡rocas! todos se echaron al suelo, pero el estruendo, el estallido de la roca no se escuchó. En su lugar Arreste oyó el sonido de algo hueco al chocar contra el suelo. Hubo un gran silencio hasta que la muchedumbre empezó a rodear lo que los tártaros habían lanzado dentro de la fortaleza. Un murmullo de repugnancia se elevo entre soldados y comerciantes hasta que uno de los que minutos antes se burlaban empezó a reír y gritar:

- ¡Ja, ja, ja, ja, con esto nos bombardean ahora!¡Es la única forma que tienen de entrar!- y la multitud rió junto al soldado.
Pero Arreste no rió, pues era difícil reír si se entendía lo que acababa de ocurrir. Pero no lo entendían, ¡pandilla de estúpidos analfabetos! -susurró- ¡pensad malditos pensad! Pero las risas continuaban de forma frenética. Arreste se separó rápidamente ¡He de avisar a Zacarias!- se dijo- y avivó el paso alejándose del circulo de curiosos cuyo centro ocupaba el cadáver sanguinolento del tártaro.

Llego al despacho de Zaccaría.
- Ha ocurrido algo terrible.-la seriedad impenetrable de Arreste conmociono rápidamente a Zaccaría.
- Habla amigo- dijo el podestá.
- Los tártaros empiezan a lanzarnos cadáveres de sus enfermos. Lo que ha fulminado a todo su ejército acaba de entrar en nuestra factoría. Mi opinión es que hay que evacuar en cuestión de horas, todo el que haya estado cerca de los cadáveres debe ser puesto en cuarentena desde ya.
El silencio duro varios segundos, durante los cuales Zaccaría intento analizar la información que acababa de recibir.
- ¿Evacuar?,-dijo en un susurro-¿evacuar mi factoría?, ¡es una locura, llevamos meses defendiéndola, no podemos abandonar ni la plaza ni lo que contiene a esa banda de salvajes! ¿Que evidencias tenemos de esta infección de la que me hablas? Han lanzado un cadáver, ¿y que?, es evidente que quieren que cunda el pánico y es justo lo que no debe ocurrir.
- Tú mismo has visto lo que ha ocurrido en el campamento tártaro, Zaccaría, sabes que sólo una peste puede generar tal destrucción.
Arreste percibió una lámina de sudor en la palidez de su amigo. Sabía que su responsabilidad era enorme y la decisión compleja.
- Zaccaría, - y lo miró fijamente- hay que poner en cuarentena a todos los que han estado en contacto.

Justo en este momento un oficial pidió permiso para entrar.
- Señor- dijo el oficial- los tártaros están lanzando cuerpos de sus propios hombres por toda la fortaleza. De momento los están amontonando en las caballerizas. ¿Cuales son sus ordenes?
Tras soportar la tensa mirada de Arreste, Zaccaría respondió.
- Ordene que todos los que hayan estado en contacto directo con los cuerpos se presenten en el patio oeste. Allí serán informados de lo que deben hacer.
- Sí señor.
Se estaba retirando ya el oficial cuando Zaccaría le detuvo.
- Desde este mismo momento nadie volverá a acercarse a las caballerizas ¿entiende?, nadie se aproximará bajo pena de muerte.


Cristian Rubio Villaró

Nov. 2003

Continuará...

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