Duendes de la Narración
"En un Mundo de Cuerdos" (ICPR-1984)
Al acostarnos en el lecho lo hacemos
mirando al cielo. Disfrutamos de un
momento de descanso mientras
se organizan los pensamientos y luego
hablamos uno con el otro casi susurrando.
Nos enteramos así de como transcurrió
para cada uno el día que ha terminado y
me entero de esa forma de las últimas
travesuras de nuestros hijos. Lentamente
transcurre el tiempo y en un momento
dado, puede más el cansancio que el mutuo
deseo de continuar los relatos. Al desearnos
buenas noches con un beso, invariablemente
renovamos nuestras promesas con un "te quiero"
y miramos al futuro con un "hasta mañana".

Entonces, como ocurre en los milagros, se cierran
nuestros ojos a la vida y comenzamos a correr por
loscaminos de la mente hacia sueños maravillosos,
tristes, inexplicables, sublimes. Es como morir
para luego resucitar al otro día.

La noche es una gran amiga; descansan nuestros
cuerpos, se pierden nuestras mentes en el mundo de
los sueños.
¿Porqué no termina el día sin un atardecer? ¿Porqué no
comienza un día sin la noche anterior?

Los días, los atardeceres y las noches son recordatorios
enviados por el Supremo Ser de lo que es la vida misma.

Nacemos como nace cada mañana y crecemos, como
crece el sol del mediodía. A la hora siguiente de nuestras
vidas, comienza a decaer nuestra fortaleza como cae la
tarde hasta hacerse vieja, sin embargo llena de los mas
bellos colores de la creación.

Luego nos invade la oscuridad de la muerte, como las
noches.

Sin embargo, tras cada noche, nace una nueva mañana,
como una promesa de vida.
Los sentimientos son como el milagro de la vida: se
nutren, crecen y mueren tal como nosotros los seres
humanos.

Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de que los
sentimientos no son entidades independientes. Estos
dependen del esfuerzo que pongamos en ellos para amar.
Son como una semilla, la cual para convertirse en árbol
necesita cuidados, nutrientes y amor.

Los sentimientos deben ser cuidados diariamente,
como las flores, para que continúen creciendo fuertes.
Sólo aquellos que adquieren su fortaleza de este cuidado,
prevalecen. Los demás estan sentenciados por nuestra
humanidad a desaparecer.
Hoy vi a un hombre correr. No huía de nadie ya que
nadie le perseguía. Quizas huía de sí mismo; los
hombres somos nuestros mayores perseguidores.

A menudo me encuentro huyendo de mis propias
realidades y me pierdo en el camino de los sueños. Pero
otras veces, al correr, no huyo; me apresura la alegría de
avanzar rápidamente hacia la meta deseada. Al alcanzar
esa meta pienso que el correr hacia ella es importante.

Las metas que nos proponemos alcanzar justifican
nuestra prisa en el camino.

Hoy vi a un hombre correr, y como mi mayor aspira-
cion es alcanzar la verdad, le dí paso y seguí luego sus
pasos por cualquier camino.
Joaquín se murió de sueños.
Cincuenta y tantos años, aprendiz de caballero
para llegar a qué; a ser llamado Sancho
quien fue más Quijote que el primero.

Se murió por que las realidades
destruyen al que vive de sus sueños
y desafortunadamente
él, que soñó sesenta años más otros
se destruyó a sí mismo sin remedio.

Joaquín se murió de sueños,
y yo he sentido el sueño de morirme,
de morirme primero.
Sin embargo
antes de terminar esta jornada
quiero dejar soñando a mis cuatro hijos...
para que mueran de eso.
Persigo las estrellas. Es la única meta realista de mi
existencia. Están muy lejos pero las puedo ver; la noche
es oscura e inmensa pero su brillo palpita a través de la
oscuridad.

El día que decida caminar hacia ellas sé que me
llamarán loco. Sin darse cuenta que, sencillamente soy
un perseguidor de estrellas.
Al mirar los pequeños zapatitos
que dejaste olvidados en tu cuarto
pienso en las sutiles tormentas de tu mente
y en las tiernas caricias de tus manos.

Sueño con que regreses si te has ido
para estrechar tu cuerpecito entre mis brazos
y besar tus mejillas endulzadas
con inocencia de amor apasionado.

Estaba tan triste de momento
al no escuchar los trinos de tu canto
al ritmo de tus pasos tan pequeños
los cuales se me acercan
a veces sonriendo...
a veces sollozando...

Sin embargo, qué mucho bien me ha hecho
llevar mi soledad hasta tu cuarto
y pensarte;
al ver los pequeños zapatitos
que dejaste olvidados.
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