Duendes de la Narración
"En un Mundo de Cuerdos" (ICPR-1984)
Desde que camina de mi mano
el camino se hace menos pesado.
Complementa su voz a mi silencio
y veo al fin la luz, a través de sus
ojos. Su sonrisa hace reposar a la
tormenta que vive en mi sentimiento.

Se funde su cuerpo con el viento, con
el sol, con la lluvia, y al llegar junto a
mi cuerpo, casi siempre al anochecer,
se funde entonces con mis pensamientos
para lograr juntos abandonar el mundo
real y perdernos por varias horas en el
mundo de los sueños.

A veces, lo confieso, me gusta verla de
lejos. Es en esas ocasiones cuando crece
la confianza que me produce su ausencia.
Esa confianza de saber que, como yo,
espera el momento en el cual nuevamente
estemos juntos.

Desde que caminamos de la mano ha
cambiado el paisaje a la orilla del camino,
y las noches son menos oscuras y más
pobladas de estrellas.

Creo que simplemente...nos amamos.
Sabré si tú me quieres
si cuando me haya ido
te acuerdas de las horas
más dulces que vivimos.

Si olvidas que hubo noches
de nubes y tormenta,
que hubo días de llanto
y horas de tristeza.

Sabré si tu me quieres
cuando no esté presente
y hables de nuestras cosas
sonriendo dulcemente.

Cuando mires al cielo
y pidas que bendiga
nuestras horas sublimes
con una nueva espiga.

Sabré si tú me quieres
cuando sueñes conmigo,
cuando te sientas sola
y sea tu único amigo.

Por eso es que la duda
me causa estos pesares...
Yo no lo sabré nunca...
eres tú quién lo sabe.
Te miré y tú no me mirabas
más bien tu mirada
estaba lejos, en el infinito,
perdida en la nada.

Busqué tu mirar
y no me viste...
te quise besar
y ya no estabas...

Todo en el mundo existe
mientras pueda alcanzarlo una mirada.
Me gusta escuchar los atardeceres. Tienen un sonido
anaranjado y lloran la muerte de los días mientras esperan
con fe la llegada de las noches.

La hora en que las tardes se encuentran con las noches
es la hora en que se pierde de vista el horizonte, pero es
también la hora que marca la llegada de las estrellas; y yo
soy un perseguidor de estrellas.

Por eso me gusta escuchar el sin igual sonido de los
atardeceres; da paso a mi hora favorita.
Me duele haberte conocido.
De repente he sabido que yo estaba
más solo de lo que yo creía.
Necesitaba saber que me faltaba
tu dulce compañía.

Me duele que hayas vuelto;
dos seres que se buscan
doblan su soledad
cuando de pronto se miran y se encuentran;
y ahora disfruto tristemente
la doble soledad de tu presencia.
Tengo un amigo cuya misión principal en el mundo es
la de evaluar canciones. Las escucha, las estudia y luego
lleno de compasión, comprensión y un profundo respeto
por los poetas y cantores rinde su juicio en cuanto a la
música y el contenido literario de éstas.

Conocí a Paco una tarde en que llevaba a mis espaldas
un saco lleno de sueños, que hasta entonces habían sido
míos. Conversamos largamente y poco a poco se fueron
encontrando nuestras mentes en la cúspide de cualquier
horizonte.

Entendió durante nuestro encuentro que yo, al igual
que él, soy uno quien persigue las estrellas sin importarme
realmente cuántos me llamen loco.

Se hicieron compañía por largas horas nuestras
respectivas soledades y casi al anochecer salimos a pasear
por el firmamento para compartir jardines de estrellas.

Ese día, encontré un semejante.
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