CAPÍTULO I



  -.¡Perdigón, por fin!.- Exclamó lleno de alegría Almedo, la mano derecha del soberano.
  -. Os he buscado por el campo de batalla, por el campamento y ya desistía de encontraros. Pero ¿Dónde habéis dejado vuestro caballo?.- Perdigón miró al muchacho que le acompañaba e indicó el norte a su segundo.
  -. Me dirijo al Norte, Almedo. He de acompañar a este joven a casa, y el camino no admite caballos ni acompañantes de ningún tipo.- Almedo miró por vez primera al muchacho que estaba junto a su Rey.
  -. ¡Joven príncipe!.- Exclamó haciendo una reverencia.- No os había reconocido con este ropaje.- Perdigón dio ordenes a sus hombre para que regresaran.
  -. Dentro de siete días estaré de regreso. La tregua durará diez, así lo he acordado con nuestros enemigos. Id pues.-
  Almedo dudó un instante, pero los ojos centelleantes de su Rey le hicieron desistir de acompañarle. Dio la orden de partir, y la escolta que le seguía desanduvo el camino, mientras Perdigón y su hijo se encaminaron hacia el norte.
  ¿ Por qué el joven príncipe Iroste había acudido al encuentro de su padre Perdigón?.


Pálpito



  - Padre- dijo Iroste aún con voz compungida por la emoción- He venido a buscarte, porque te necesitamos en la ciudad; la tarea que te espera es bastante delicada.
  Perdigón se dejó caer casi desvanecido por el cansancio.
  - Dime, ¿quien me necesita en Kovar?.
  Desde la cima de la primera colina divisaron un valle y un extenso robledal, así como un camino polvoriento y observaron como se acercaban una multitud que avanzaban en sus caballos.
  Almedo descabalgó y se tiró a los pies de su Rey.
  - Majestad, el enemigo ha huido, ha roto la tregua. Debes volver. Tu tarea será gobernar el pueblo, que te ha elegido unanimemente como su protector y salvador.
  El sol continuaba su ascenso y el descanso hizo su efecto. Montaron en sendos caballos y emprendieron camino a Kovar, dejando tras de sí el paisaje que les acogió.....
  ¿ Llegarán a la ciudad de Kovar, o en su caso sufrirán alguna sorpresa?.


Lía



  La ruta a Kovar siempre había sido tranquila, pero en tiempos de guerra nunca podía estarse seguro. Sin embargo, el asunto que debía resolver en la ciudad era demasiado urgente y delicado como para permitir que la preparación de una escolta les retrasara. Iroste se lo había contado con lágrimas en los ojos. Ancara, su prometida, había cambiado su caracter dulce por un odio hacia no se sabía qué; y tras una semana en que se mostró insoportable, acabó por encerrarse en su habitación y exigió una audiencia con el Rey lo antes posible. Se negaba a comer hasta que el monarca la recibiese, e Iroste, a pesar del peligro, no pudo soportarlo más y se encaminó al campamento de su padre.
  Al atardecer, ya habían recorrido tres cuartos de la distancia, pero fueron conscientes de que no podrían llegar a la ciudad hasta el día siguiente. No obstante, siguieron cabalgando por entre un bosque de almendros.
  Y fue entonces cuando vieron una figura, envuelta en un manto oscuro, tirada al borde del camino. Iroste, llevado por su caracter impulsivo, se detuvo y corrió hacia el hombre caído, sin hacer caso de las advertencias de su padre. Sin embargo, se trataba de un simple peregrino que, hambriento, se había desvanecido. Perdigón y su hijo se apiadaron del hombre y le dieron algo de comer. El peregrino comió y les agradeció su compasión.
  Y Perdigón captó un brillo extraño en la mirada del peregrino. Y la respuesta del anciano fue una sonrisa que desconcertó al Rey y a su hijo. Cuando habló, su voz parecía haber cambiado, y estaba llena de resolución:
  - Les estaba esperando... a los dos.
  Ninguno de los aludidos tuvo tiempo de replicar, muy ocupados en acercar, insensiblemente, las manos a sus armas.
  - Escuchadme bien, porque sólo os lo propondré una vez -. Y miró directamente a Perdigón -. Majestad, su reino está perdido, y será Ancara la causa de su perdición.
  Iroste no pudo permanecer callado:
  - ¡Es imposible! ¡Vos...
  Pero el hombre prosiguió impasible, con los ojos fijos en el Rey:
  - Vuestro reino está amenazado por enemigos cuyo poder es irresistible, y Ancara es su nexo. Actuarán a través de ella y acabarán con el país -. Siguió tras una pausa -. Vuestra merced recibirá a la muchacha, y ella os hará una proposición que os será imposible aceptar. Entonces comenzará todo.
  El peregrino se había puesto de pie, gesto que imitaron el Rey y su hijo. Y prosiguió:
  - La única solución es matar a Ancara ahora que aún puede hacerse -. Iroste quiso abalanzarse sobre el peregrino, pero su padre lo impidió -, y vuestra merced, señor príncipe, tendrá que quedarse al margen, voluntariamente o por la fuerza -. Finalmente, dijo -. Nosotros tenemos los medios y la gente para acabar con Ancara. Le ofrecemos la posibilidad de salvar vuestro reino; a cambio, deberá cedernos los condados del norte.
  El anciano sonrió con maldad y concluyó:
  - Es vuestra elección: vivir o morir.
  Pero Perdigón no sabía qué hacer. ¿Debería creer las palabras del peregrino, o todo era una forma de aprovecharse de la enfermedad de Ancara?


Mackay



Capítulo II