CAPÍTULO II



  Iroste contuvo su ira hacia aquel viajero imprevisto y se encaró con su padre.
  -. Este hombre miente, y lo sabes.- Los ojos del peregrino centellearon llenos de inteligencia.
  -. El rey sabe que no puedo mentir, joven Iroste.- aparto la capucha que le cubría la cara.- Soy Atfal, "El portador de la verdad". Créeme, cuanto digo se realizará en un futuro inmediato.
  El rostro del Rey mudó de color al reconocerle.
  -. Vámonos de aquí, hijo, corramos a casa.- Perdigón sentía que el corazón le palpitaba con mayor intensidad a cada paso que daba, cambiando su andar regio por una aventurada carrera sorteando cuantos objetos impedían su camino.
  Iroste le seguía de cerca con la angustia agitando su pecho.
  -. Padre.- gritó al fin.- ¿ por que temes a ese anciano? ¿ Quién es?.- Perdigón se detuvo exhausto.

  -. Atfal... Le creía muerto desde hace muchos años, así me lo aseguraron quienes prometieron darle muerte.- Iroste escuchaba atentamente.
  -. Hace muchos años, cuando yo era joven como tu, Atfal maldijo a mi padre y a toda su descendencia, y vaticinó que sería destronado por una mujer que me embrujaría por su belleza y dulzura. Pero que tras ese embrujo, las fuerzas del mal hundirían mi reinado y mi país.- Iroste sintió que la agitación aumentaba.
  -. ¿ Es Ancara la mujer de la profecía?.-


Pálpito



  Apenas amanecía cuando las luces de Kovar se veían relampaguear en el horizonte.. ya se divisaba a través de la cima, sus casas pardas perfectamente alineadas. Iroste bajó del caballo y aproximándose a su padre le dijo :
  - Debo pedirte clemencia para Ancara, sin duda ha sido presa de algún conjuro, guiado de los unguentos de Atfal.
  Ancara era alta, espigada, bronceada por el sol, valiente, sana y muy hermosa, pensaba Iroste, es imposible que esté llena de malos presagios.
  Las suaves palabras del príncipe habían terminado por convencer a Perdigón. Y el Rey comprendió la utilidad de regresar a palacio aquella misma noche. Tenía que desenmascarar el entuerto. El campo estaba tranquilo y no se escuchaba otro ruido que el canto de algún grillo cuando llegaron a Kovar, allí les esperaba huestes de mercenarios y servidores, entre ellos la mano derecha del Monarca, Almedo.
  - Mi Rey, la hora ha llegado. He conducido a Ancara a la torre.
  Iroste suspiró hondamente y por unos momentos quedó silencioso, como sí le costase trabajo hablar. Al fin dijo con voz alterada : - ¡ Nooooo !!. Os juro padre, que daré con los traidores....
  . Mientras los ojos de Almedo lanzaban una mortífera mirada al principe.
  ¿ Estará el fiel servidor del rey, Almedo compinchado en todo este asunto?


Lía



  Iroste se calló ante la mirada glacial de Almedo, y no tardó en comprender que entre aquellos compañeros que Atfal había insinuado tener se hallaba el mismísimo Almedo, el mejor consejero y amigo de Perdigón. Y de Iroste. El príncipe tuvo que reprimirse para no echarse a temblar de ira, y pregunto, angustiado, con voz trémula.
  - ¿Por qué, Almedo, por qué?
  Almedo se hallaba en tensión, dispuesto, al parecer a cualquier cosa.
  - Por fidelidad, mi señor. Es Ancara o mi Rey... Sólo ellos tienen poder para detener lo que se nos avecina. No tuve más remedio que pactar -. Y dirigiéndose al Monarca, prosiguió -. Todo lo he hecho para protegerle, Majestad - y se arrodilló -, si considera que le he traicionado, disponga de mi vida; pero sólo después de que hayamos acabado con Ancara.
  A pesar de hallarse ocupado por tantos hombres, en el recinto reinaba un silencio completo. Perdigón miraba fijamente a su sirviente arrodillado, sin atreverse a hacer lo propio con su hijo. La decisión a tomar era muy dura, pero sabía que Atfal no estaba mintiendo. Y él conocía muchos detalles de la profecía que su hijo ignoraba. Al fin, se acercó a Iroste y tras tomar aire, le puso una mano en el hombro y le dijo:
  - Aún eres muy joven, y eres una persona apasionada. Sufrirás mucho al principio, pero llegarás a encontrar a otra mujer. Y de Ancara te quedará el más bello de los recuerdos.
  Iroste no pudo responder al principio, atolondrado por lo que estaba oyendo. Su voz reflejó una angustia infinita.
  - Padre... ¿cómo...? No podéis estar de acuerdo... no podéis...
  Pero la mirada de Perdigón era bastante clara. El príncipe, sorpresivamente, arrancó a correr hacia la torre, y nadie tuvo ni el coraje ni la fuerza necesarias para detenerle. Ni siquiera los guardianes que custodiaban a Ancara.
  Cuando Iroste entró en la celda, Ancara miraba por la ventana, y su corazón dio un brinco. Estaba más hermosa que nunca, con su cabello negro cubriéndole los hombros, y el brillo de sus ojos al mirar a su prometido cautivó, una vez más, a Iroste. Pero el gesto de Ancara era extraño, levemente triste. Con un suspiro, dijo:
  - Así que al fin has venido.
  Iroste avanzó para abrazarla, pero algo sólo le dejó dar dos pasos. Lleno de angustia, le dijo.
  - Amor mío... Todos se han vuelto locos, dicen de ti cosas horribles.
  El brillo de sus ojos negros se hizo aún más melancólico.
  - Pero son ciertas.


  Aquello desarmó a Iroste, que no pudo pronunciar palabra. La voz de Ancara, tan suave como siempre, le sonó extraña, irreal.
  - Yo represento todo lo que es malo e indigno, y voy a ser la perdición de este reino. Las profecías son ciertas. Soy el nexo de la oscuridad en este mundo.
  Se aproximó hasta quedar a dos metros del príncipe y continuó:
  - Odio la luz, la felicidad, la risa... Mi corazón está vacío, y sufre cuando la gente es feliz, cuando el sol ilumina las praderas, cuando el arcoiris me regala sus colores... Del mismo modo que a ti te hiere la crueldad, a mí me hace daño el afecto, porque el mal y yo somos uno.
  A Iroste le quedaba muy poco para echarse a llorar de desesperación.
  - Ancara... tú también... di que me mientes...
  La muchacha le miró seria. Y de pronto, de su cuerpo comenzó a brotar la oscuridad, y se extendió poco a poco, como una mancha enorme, hasta cubrir por completo la estancia. Mientras, Ancara hablaba:
  - Soy el nexo de la oscuridad, del mismo modo que tú eres el nexo de la luz.
  Toda la habitación estaba sumida en las tinieblas, pero Ancara seguía siendo visible. E Iroste comprobó que él también era visible; aparte de a Ancara, sólo podía verse a sí mismo. Y notó que su piel y su ropa destellaban.
  - ¿Lo ves, mi príncipe? No puedo apagar tu luz... Ni tampoco puedo ahogar la llama de tu amor por mí.
  Algo dormido despertó dentro del príncipe, y lentamente, su cuerpo dimanó luz, e hizo retroceder a las tinieblas, hasta repartirse la habitación, porque ambos nexos eran igual de fuertes. Iroste tenía el corazón deshecho.
  - ¿Por qué, Ancara? ¿Por qué lo odias todo?
  - Es mi destino. Mi único anhelo es contemplar el sufrimiento... el dolor. Nadie puede cambiar eso.
  - Lucharé contra el destino. Cambiaré eso.
  - No podrás... ¡Ay, mi príncipe! ¿Por que me amas a mí, que tengo el corazón helado y no puedo sentir lo mismo por ti?
  Iroste cayó de rodillas en la parte iluminada de la estancia. Y olvidó completamente su orgullo de príncipe.
  - Ancara, te lo suplico, no sigas con esto, no destruyas mi reino... no me obligues a luchar contra ti... - Las lágrimas le corrieron por las mejillas -. Sufriré para hacerte feliz... pero no sigas.
  - No, Iroste, has oído las profecías pero las interpretas tan mal como todos. Yo no quiero destruir tu reino; si voy a ser su perdición será a causa de mi fracaso. El poder que amenaza tu reino es mucho peor que la oscuridad -. Ancara se le acercó, y le hizo levantarse -. Atfal me ha vencido, ha convencido a tu padre de que yo soy el enemigo. Y es mentira. La oscuridad lleva años luchando contra ellos, porque sus planes son horribles incluso para nosotros. Quieren robarle a los hombres su humanidad, convertirlos en máquinas que sólo persigan lo material. La oscuridad y la luz perecerán, y todo será uniforme -. Hizo una pausa, mientras rodeaba las manos del príncipe con las suyas -. Mi misión era advertir a tu padre del peligro y ofrecerle una alianza con los demonios de la oscuridad; pero no va a escucharme... Me matarán, y tu padre caerá bajo su poder. Y ni siquiera tú, el nexo de la luz, podrá impedirlo.
  De pronto, las mejillas de Ancara se brillaron por las lágrimas, y abrazó muy fuerte a su prometido.
  - Mi príncipe, mi querido príncipe, ¡lo que daría por poder pasar más años contigo!
  E Iroste, con el corazón roto, supo que era sincera, porque desde el principio de los tiempos, la oscuridad nunca ha podido existir sin la luz.
  - No luches, no te enfrentes al destino, porque es inútil. Limítate a llevarte tu luz lejos, donde nadie pueda destruirla. Y búscame, por que a mí no pueden matarme del todo. Volveré a nacer, pero pasarán muchos años antes de que tenga la edad suficiente para que la oscuridad se manifieste en mí... Y no me olvides nunca.
  Ancara se soltó e instantes después irrumpieron en la habitación varios hombres armados. Iroste cegó con su luz a uno de ellos, pero otro le derribó de un puñetazo, y caído en el suelo, contempló como Almedo, su buen amigo, le aplicaba la punta de la espada a la garganta. Entre dos agarraron a Ancara, que no hizo el menor intento por resistirse. Perdigón entró en la habitación y Ancara hizo lo que debía hacer.
  - Majestad, exijo una audiencia. He de haceros una propuesta que...
  Pero no pudo terminar la frase, porque un hombre la degolló. Ancara pereció sin una queja; se limitó a desplomarse ante el horror de Iroste. Al príncipe todo le resultó insoportable: la muerte de su prometida, la espantosa sensación de ver a su padre cometer un error decisivo, de saberlo todo perdido... En esto, vio entrar al peregrino que se hacía llamar Atfal, detenerse junto a su padre y decirle:
  - Su elección ha sido la correcta, Majestad -. De pronto, miró a Iroste -. Desgraciadamente, su hijo deberá ser purificado, ya que ignoramos qué puede haberle hecho Ancara. Entretanto, lo más prudente es retenerle, por si acaso.
  Iroste comprendió las intenciones de Atfal y en una maniobra desesperada, apartó la espada de Almedo con las manos desnudas. Sólo se cortó las manos, aunque fue únicamente la amistad de Almedo lo que le salvó la vida. Y acorralado, se tiró por la ventana, para dejarse caer sobre un árbol próximo, a pesar de los gritos de su padre. El príncipe llegó al suelo magullado y molido, pero con las fuerzas suficientes para huir a la carrera...
  ¿Adónde iba a ir ahora?


Mackay



Capítulo III