- Voy a luchar contra los traidores de mi reino. Creo que debo hacerlo por ella, por Ancara.- había dejado escapar en voz alta Iroste, mientras se cubría la cara con las manos tras un gesto de desesperación y ansiedad. Y dejó tras de sí, su ciudad, atardecía y Kovar presentaba un aspecto animado a pesar de las nubes que ensombrecían el cielo. A la dorada luz del sol tenue, las casas pardas tomaban reflejos amarillentos. Por el centro, la población se apretaba en numerosas callejas mal empedradas y angostas y de empinada cuesta. Solamente la plaza real de Kovar, donde se alzaba el palacio con su mirador de anchos ventanales, era grande y completamente llana. Iroste miró una vez más y le dio ganas de volver, pero comprendió que no podía correr ese riesgo, que tendría que sumar fuerzas y entonces volvería. Se detuvo en la colina a descansar y exhausto se durmió, al despertar casi desvelado aún del sueño, vio ante él a una horrorosa vieja, vestida de negro, envuelta en una capa del mismo tono. Su fealdad superaba cualquier frase explicativa. Tenía la cara en triángulo equílatero, la boca consumida, que parecía que se masticaba ella misma al hablar, el color de su tez era cetrino, sus pelos ralos y amarillentos, y lo más notable de todo este espantoso conjunto eran sus ojos astutos. Iroste sobrecogido encontró el valor suficiente para preguntarle quien era y que hacía en aquella colina desierta. Con voz afable pero muy cascada le contestó y le hizo entrar en su cabaña, en la que apenas había un camastro, una mesa coja y una alacena con botes de unguentos. - Me llamo Adalda y soy la que te voy a ayudar para recuperar tu Reino y salvar asi a tu padre Perdigón de una muerte segura. Pero para ello tendrás que seguir el camino de la estrella Sig, y salvar cuantos obstáculos se te pongan en la ruta asignada. Escucha Príncipe, sí obtienes los resultados esperados y vences todo, entonces vuelve a mi cabaña que te daré el unguento que hará posible que Ancara renazca. Iroste subió al caballo que le proporcionó la vieja y se perdió por entre el horizonte en su cabalgadura, llegándole el crepusculo, luego la noche y la aparición del firmamento y de la luna. ¿ Cón qué primer obstaculo se encontrará Iroste ?. Esa noche, era la quinta que Iroste había salido del hogar. Se encontraba entristecido y desalentado, sin embargo, debía seguir el camino y vencer a sus oponentes, incluso a su padre Perdigón que había permitido que su amada Ancara muriese a manos de Almedo. Todos pagarían por su traición. Detuvo su caballo y se apeó en un recodo del bosque, apartándose del sendero. Estaba convencido que Almedo le seguiría hasta el fin del mundo, si eso era preciso, y Iroste aún no estaba preparado para enfrentarse a su amigo. Dio de comer al animal y se tumbó en el suelo con ánimos de dormir. El cielo estaba repleto de nubes que le habían seguido desde su marcha, y no le permitían ver las estrellas. Se durmió. -. Iroste, amor mío, debes ir a las Cúspides Nevadas y hablar con Uarck, el viejo del bien y del mal. Él tiene la clave para que reconquistes el reino de tu padre y lo arranques de las manos perversas de Atfal..- Ancara estaba preciosa envuelta en la luz. Su rostro antes triste, ahora era el reflejo de la paz en su pureza. Iroste alargó su mano para acariciar sus negros cabellos, pero la figura se alejó un poco. -. Iroste, te esperan terribles peligros en el camino a las Cúspides nevadas, pero tu inteligencia y tu fe, lograrán que tú, el Hijo de la Luz triunfes sobre la oscuridad. Y ahora, mi bien amado amor, a quién no se me permitió amar mientras vivía, te doy un regalo en prueba de toda mi pasión por ti.- Diciendo esto, la imagen de Ancara depositó junto al joven que dormía, un escudo negro como la mismísima noche. -. Todo aquel que se refleje en este oscuro escudo, será un enviado de la oscuridad que pretende acabar contigo. No dudes en darle muerte.- Iroste seguía alargando su mano cuando Ancara se volatilizó de su sueño. Se despertó y miró en la dirección que la joven había depositado el escudo. Se sobresaltó al comprobar que efectivamente allí estaba. Era redondo y negro, tan negro como una noche sin luna. Iroste se miró en él, pero solo la oscuridad fue el único reflejo. Amanecía cuando decidió subirse nuevamente a su caballo y emprender el camino. Le quedaban varias lunas para llegar a las Cúspides Nevadas, pero sabía que antes tenía que hacer algo, algo que una vieja en el bosque le había encargado. ¿Decía Ancara la verdad?. El día, como todos desde la muerte de Ancara, tenía un tono mortecino. La luz, al no tener que competir con la oscuridad, había perdido buena parte de su fuerza. Sin embargo, Iroste se sentía un poco más feliz, ya que había vuelto a ver a Ancara, aunque fuese en sueños. Su felicidad aumentó a lo largo de la mañana, y por ello, no hizo caso de una vocecilla de advertencia que provenía de sus subconsciente. Por la tarde, se echó a dormir, cosa a lo que se había acostumbrado, ya que para seguir a la estrella Sig debía aprovechar la madrugada. Solía acostarse nuevamente unas tres horas antes del amanecer; en ese momento había soñado con Ancara, y lo esperaba con impaciencia. Ya era de noche cuando el príncipe se puso en marcha de nuevo. Iroste lo comprobaba, pero no quería créerselo. La luz de la luna y de las estrellas, salvo una, era menos brillante que como siempre; y el negro del cielo no era el negro profundo bajo el cual había recorrido las murallas de la mano de Ancara tantísimas veces. La oscuridad había sido derrotada, y la luz sufría, padecía el mismo dolor que Iroste. El príncipe alzó la vista y cambió de camino para poder avanzar hacia donde indicaba la estrella Sig, que era la única cuya luz no era mortecina. De pronto, algo le salió al paso, algo que sólo vio como una sombra esquiva que cruzó ante su rostro rozándole. Hizo detenerse al caballo y desmontó, espada en mano, tratando de ver su reflejo en el escudo negro que su amada le había entregado. Pero no pudo, y la sombra amarga seguía rondándole. De pronto, Iroste sintió que aquel era un enemigo temible, y en su desesperación corrió a atacarla en el último lugar en que la vio, pero su espada no hendió sino el aire. La persiguió presa de la desesperación, atacándola con reveses y tajos inútiles. Se detuvo con el corazón desbocado, y vio a la sombra ante él. Y supo que contra ella no podía luchar con la espada. Se le encogió el corazón, como si un hierro al rojo se lo hubiese atravesado. Algo a punto de hacerlo se rompió dentro de él; en su mente sólo había una imagen: la de Ancara al ser degollada y al desplomarse. Con un hilo de voz, pronunció su nombre; y cayó de rodillas, presa de la pena. Porque era la tristeza su primer y más difícil obstáculo. La espada se le cayó de las manos, y quedó ante él, inofensiva. Pensó en su padre, en Almedo, que creyendo hacer lo correcto habían sellado su perdición. Y sobre todo, pensó en Ancara; recordó sus palabras repletas de resentimiento hacia la alegría y la luz... hacia su amor. ¿Qué sentido tenía seguir luchando? ¿Para qué salvar su reino? Ancara renacería para afrontar una nueva vida de desdichas, para padecer por la llegada del alba, para crecer con un corazón vacío, helado, muerto; para odiar todos sus besos. ¿Para qué? Iroste se había hundido en un pozo de desesperación, y ya no podía más. Sus manos cayeron sobre el suelo. Era tan fácil, tan dulcemente fácil. Se trataba, tan sólo, de tumbarse allí mismo y dejarse morir. ¡Ah!, una muerte dulce, anhelada; algo que le quitase su dolor... Iroste se tumbó. Por unos instantes se hizo insensible a su tormento, y sólo albergó alivio por saber que todo se acababa. Y de pronto le invadió el miedo. Recordó a su padre alabando su caracter indómito, su tenacidad y su valor. Iroste jamás se rendía, jamás dejaba de luchar. Pero sumergido en un dolor insoportable fue cuando se dio cuenta de que no se trataba de una muestra de su valor, sino de la manifestación de su cobardía. Porque más valiente que quien perece cargando contra un enemigo invencible, es quien reconoce que no puede ganar, y se rinde. ¡Pero es tan duro rendirse! Iroste tenía miedo; había vivido con miedo toda su vida... miedo al olvido; miedo a que la marea del destino le arrastrase. Se había pasado la vida luchando contra las olas, como un náufrago desesperado. ¿Para qué seguir? Y la respuesta se la dieron los recuerdos de Ancara. Se acordó de aquella muchacha de quien se enamoró, aquella chica fría y distante que había rechazado a todos los que la amaban. Él sabía que Ancara jamás sentiría nada por él, que regalarle aquella rosa era algo inútil. Pero lo hizo; porque supo que, de esa manera, ella jamás olvidaría aquel regalo; porque él recordaría toda su vida que fue capaz de luchar por ella... Luchar para no ser olvidado, mostrar su rebeldía a los dictados del destino; morir de pie antes que vivir de rodillas. Así era Iroste, y ni siquiera el mar embravecido podría cambiar eso. Asió la espada y atravesó la sombra que le acechaba, la cual se deshizo con un sonido metálico, como el mal sueño que, en realidad era. Frente a él estaba el escudo negro, partido por la mitad. No fue Ancara quien le visitó en sueños; pero el dolor por su pérdida le había hecho creer aquella farsa. E Iroste quedó solo en la penumbra. Y los rayos de un amanecer mortecino bañaron su frente. Y supo que había vencido a la noche. Pero, ¿por cuanto tiempo? |