CAPÍTULO IV



  La jornada terminaba cuando Iroste llegó al río. Oscurecía nuevamente y no había encontrado a nadie que se interpusiera en su camino guiado por la dirección de la estrella Sig, aquella que nunca duerme y que la luz el sol es incapaz de ocultar. Solo las nubes le preocupaban. Eso hacía que su viaje fuera más lento. Galopaba mirando el cielo y en los pocos claros que se abrían, veía la estrella indicada lo justo para seguir y no desviarse.
  Los senderos habían dejado de existir en aquella parte del camino. A lo lejos, podía divisar "la montaña del silencio", abrupta y sin vegetación alguna. En invierno la nieve cubría sus faldas, pero ahora, en ese extraño verano, la desnudez de las rocas le daban una imagen lúgubre. Dejó libre a su caballo para que pastara a su antojo, y se acomodó junto al río. Cogió el escudo y volvió a mirarse en él.
  -. Iroste, vuelve a mi, te necesito.- Su padre le hablaba desde la negrura de aquel escudo maldito.
  Lo lanzó al agua y al instante se sumergió como si fuese puro plomo negro. No quería regresar, bajo ninguna circunstancia volvería, al menos, no antes de averiguar que le deparaba tal regreso. El escudo se movió y ascendió de las entrañas del río. Una mano lo asía con fuerza.
  Iroste se sobresaltó al oír una extraña y tronante voz.
  -. ¿ Por qué quieres condenarme a la oscuridad?.- El joven se alzó temeroso y se acercó al cauce.
  -. ¿ Quién lo pregunta?.- El río empezó a crear un remolino y sus aguas se alzaron formando una figura de mujer con ese elemento.
  -. Yo, Niarca, la hada de las aguas.- Iroste retrocedió asustado. Había oído hablar de aquel ser implacable.
  -. ¿ De donde has sacado este escudo?.- Preguntó el hada. Sus ojos eran pura luz, y su figura perfecta y armoniosa.
  -. Ancara me lo dio como prueba de su amor.- Niarca se acercó a la orilla y depositó el escudo junto al joven.
  -.¿ Tu eres Iroste, el hijo de la luz?.- El joven asintió.
  -. He oído tu triste historia, joven Iroste y te ayudaré a cambio de tu palabra de que cuando termines tu aventura regresarás aquí y me devolverás lo que ahora te entregaré.- Iroste doblegó su espalda e hincó su rodilla derecha en el suelo haciendo un solemne juramento de que regresaría.
  Niarca aspiró con suavidad y con sus manos moldeó con agua una daga de increíble belleza. La empuñadura era un diamante puro, y su hoja afilada y cortante centelleaba a la luz de sus ojos. La depositó junto a un Iroste maravillado ante tal prodigio.
  -. Este es mi regalo, Iroste. Con ella podrás eliminar a cuantas sombras y enemigos de la oscuridad encuentres a tu paso, liberándoles a todo ellos de su hechizo. Pero atiende bien. Sólo hay un enemigo al que esta daga no le causará mal alguno. Cuando lo encuentres, clávala en el escudo y así le darás muerte... Pero si fracasas, el escudo te devorará a ti.- Iroste sintió que el corazón se le encogía y miró el escudo con aprensión. -. Descansa ahora, Joven Iroste, mañana te esperan grandes presagios.- Y diciendo esto, Niarca, el hada del agua desapareció en el río.

  ¿Qué presagios le esperaban a Iroste en la "Montaña del Silencio"?.


Pálpito



  El joven príncipe había superado ya su primer obstáculo, vencer a su propio miedo. Ya se acercaba a la Montaña del Silencio aquella donde Niarca le enviaba. Aún azorado por todo lo ocurrido, se echó sobre una gran piedra a descansar. Aquella noche en la penumbra donde se hallaba y con la mirada fija y extática en el cielo, sintió como se le aproximaba una sombra que le tapaba el hueco de luz de las estrellas. De un salto se levantó y pudo ver una muchacha alta y muy delgada, quizá inclinada hacia adelante, como cargada del peso de alguna desgracia. Miraba a Iroste fijamente, sumida en tristes pensamientos. La hermosa cortina de sus cabellos resbalaba por su espalda hasta casi la cintura. Llevaba un sencillo vestido verde, remendado en algunos lugares, indicando su extrema pobreza.
  - Me callaré para oir tus preguntas que supongo serán : ¿ Quién soy ?. ¿ Por qué estoy aquí?. Y otras cosas parecidas.
  Los ojos del príncipe se animaron y reaccionaron, no obstante algo incrédulo a toda vivencia nocturna,le hizo pensar que quizá fuera otro sueño más o un vano espejismo. Pero no le preguntó nada, sólo tuvo el impulso de besarla y trás un primer instante de supenso del beso, se examinaron los dos jóvenes.
  El cuerpo de la muchacha era hermosísimo y ahora se le mostraba completo, Iroste pensó que era la mujer más bella jamás conocida, superando a la misma Ancara, por eso se atrevió a seguir besándola y a echar sus brazos por encima de sus hombros; así les llegó el alba luminosa que puso los colores en su sitio y a la luz se miraron de nuevo y volvieron a gustarse y a besarse enternecidos. Damara que ese era el nombre la joven, se le insinuaba cada vez más e Iroste notó una irrefrenable atracción que se traducía en sangre hirviente, cosquilleo sensual en todas sus venas. Y así se lanzó hacia su cuerpo y encontró una piel suave y el deseo se convirtió en caricias llenas de placer.
  De pronto Iroste la apartó bruscamente hacía un lado, la sonrisa de Ancara había aparecido en su recuerdo, iluminándole la mente. Cogió una mitad del escudo negro que estaba a sus pies y se lo puso enfrente de la bella cara de Damara, el cual sólo reflejó oscuridad. Ella quedó tendida y enmudecida y sus ojos brillaron de miedo. Entendió lo que sucedería, por eso antes de que el príncipe clavara la daga que le regalara la hada de las aguas en su corazón, ella misma de un mordisco se cortó la lengua por la mitad, para no ser interrogada.
  Iroste pensó que había vencido otro obstáculo : El entretenimiento del placer carnal había sido superado y montó en su caballo desolado y triste hacia el camino de La Montaña del Silencio que le llevaría a las Cúspides Nevadas, al encuentro del siguiente impedimento, esperando ser guíado por las estrellas.


Lía



  El camino discurría entre las Cúspides Nevadas, por un desfiladero solitario que sólo habitaba una brisa tan helada como el ánimo de Iroste. Ya se había adentrado en la Montaña del Silencio, la cual ascendía sin prisa, inmerso en el desánimo que no quería abandonarle. El atardecer mortecino se esforzaba en teñir el cielo de un naranja demasiado tenue cuando, en lo alto de un risco, divisó una figura sentada, y sintió que se trataba de Uarck. Desmontó y dejó a su caballo en la planicie que se hallaba bajo la roca y se encaminó hacia ésta, con paso triste.
  En efecto, en la roca estaba sentado un anciano que vestía una túnica oscura, y que le saludó como si le estuviera esperando. No podía ser otro que Uarck. Iroste respondió al saludo y dejó transcurrir unos instantes de silencio antes de que la quietud de aquella montaña empequeñeciese el tono de su voz.
  - Soy el príncipe Iroste. Me ha enviado Ancara...
  Uarck le hizo sentarse, y cuando lo hubo hecho, repuso.
  - Lo sé. Pero no fue Ancara quien le hizo venir. La trampa se la tendió Marmenn... Ancara le ama, al menos, todo lo que le permite su alma vacía.
  - ¿Marmenn?
  - Sí. Un demonio de la oscuridad.
  El silencio cayó nuevamente sobre ambos. Iroste ignoraba de quién había de partir la iniciativa; así que no habló. Al cabo de un rato, Uarck comenzó con sus presagios.
  - Se avecinan tiempos difíciles, aún peores que los que vivimos ahora. La luz ya ha empezado a luchar con todas sus fuerzas; pero todo será inútil. La oscuridad fue demasiado orgullosa como para pedir auxilio a la luz, y quiso vencer a Atfal en solitario. Ahora que ha sido derrotada, la luz no tardará en sucumbir también, porque ni la luz ni la oscuridad, por si solas, tienen poder para derrotar a Atfal -. Hizo una pausa, y su voz cambió ligeramente -. La luz reunirá todas sus fuerzas y arrasará al ejército de Perdigón. Pero será una victoria inútil. Cuando la luz trate de conquistar los condados del Norte, será aniquilada... Y todo estará perdido.
Uarck cambió de postura y dejó transcurrir unos instantes de un silencio magnificado por la propia montaña. Iroste miró hacia abajo y vio a su caballo con la cabeza entre la hierba. A continuación, fijó su atención en Uarck.
  - Pero yo... ¿qué papel tengo en todo esto?
  - El más amargo: el de espectador consciente. Su misión, que es muy importante, ya le ha sido indicada por Adalda, y no podrá hacer nada por impedir el curso de los acontecimientos en su reino. Nadie puede detener la tormenta que se avecina.
  Iroste reaccionó con una rabia doliente.
  - ¡Para que sirve mi misión si no va a impedir nada!
  Uarck le miró con tristeza.
  - Lo que va a suceder cuando la luz sea destruida es que el mundo perderá su razón para seguir adelante. Atfal habrá borrado todos los restos de humanidad del planeta, y todos los seres se convertirán en máquinas, sin alegría, sin ilusiones, sin sueños... Todo funcionará bien al principio: la gente trabajará más que nunca, porque no tendrán que perder tiempo mostrando afecto, riendo o yendo a fiestas. Pero eso sólo será al principio... Vivir sin emociones es cómodo pero imposible; el mundo, un día, dejara de andar, se echará al suelo esperando el fin ansiado de una vida vacía -. Cambió de postura con un suspiro -. Esto es algo que Atfal, a pesar de toda su inteligencia, se niega a entender. En el fondo, su intención es buena, pero errónea.
  Uarck movió un poco las piernas y contestó finalmente al impulsivo Iroste:
  - Lo único bueno que tienen las zozobras del alma es que acaban por curarse, y lo hacen sin dejar secuelas. Aunque se piense que no hay nada por lo que vivir, que para el dolor insoportable no hay más solución que la muerte, en lo más recóndito del alma siempre subsiste un recuerdo, un motivo, que tras meses de horror sale a la luz de repente y abre una ventana en la negrura, a través de la cual comienza a verse la luz de las estrellas -. Uarck clavó los ojos en Iroste -. Vuestra merced y su misión son esa última esperanza. Afrontará peligros enormes, a veces sentirá ganas de desfallecer, pero está escrito que llegará hasta el final... A partir de ahí, sólo sé que tendrá que hacer una elección muy difícil; pero nada más, porque su destino no está escrito.
Iroste no sabía qué responder, pero Uarck le eliminó el problema.
  - Y ahora, si vuestra merced fuese tan amable...
Maquinalmente, el príncipe se alejó, demasiado consternado para despedirse.
  Arriba, en el cielo, la estrella Sig seguía brillando...
  ¿Cuál sería el siguiente obstáculo?


Mackay



Capítulo V