Perdigón descansaba abatido sentado en su trono. Desde la muerte de Ancara, los acontecimientos se habían desbordado en el reino. Atfal había tomado las riendas junto a un ejército que seguía preguntándose que estaba ocurriendo, sin comprender porque su Rey se había sumido en la tristeza absoluta impidiéndola esta, gobernar con su habitual justicia. Almedo, como General indiscutido, obedecía ciegamente a Atfal, hechizado tal vez por el magnetismo que este desprendía a su alrededor. Había abandonado la búsqueda de Iroste dándolo por perdido en su locura, y de regreso al reino de Perdigón, se había hecho cargo del ejército preparándolo para la más cruenta de las batallas. Aquella mañana gris, partirían hacia el Norte rumbo a su destino, para acallar a quienes se alzaban contra Atfal. Cuando Almedo entró en la cámara real, miró a su Rey y un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Se le acercó decidido y postró su rodilla sobre el frío mármol. -. ¡Dadme vuestra bendición!.- Rogó a aquel hombre que antaño había admirado. Ahora sentía una infinita pena por él. La grandeza de su frente se había convertido en arrugas en toda ella, y los pómulos regios y poderosos, ya no le intimidaban. Perdigón le miró despacio, como si no le reconociera. Se levantó del trono y se encaminó hacia la ventana. -. Hace un día demasiado gris para morir en el campo de batalla, Almedo. Se que no regresarás de allí con vida.- Almedo se levantó impresionado por las palabras de su rey pero no dijo nada. -. Esta noche he tenido un sueño, viejo amigo. Las sombras se cernían densas sobre mi ejército y los hombres morían al contacto con ellas. El enemigo es invisible, Almedo, huye de la oscuridad.- Las palabras de Perdigón hicieron mella en él. Almedo había tenido el mismo sueño esa noche. -. ¿ No capitanearás tu ejército, Perdigón?.- El Rey negó con la cabeza. -. Yo ya no tengo ni ejército, ni reino que defender, Almedo. Atfal me ha arrebatado cuanto amaba, mi reino, mi hijo... No, no lucharé por él... al menos, no ahora ni aquí.- Almedo se acercó a su rey con la mirada ensombrecida. -. Sabes que te soy fiel, Perdigón, dame una orden y el ejército es tuyo.- El rey negó despacio con la cabeza. -.No es el momento, Almedo. Lucha por lo que crees que es justo. Yo haré lo mismo.- Almedo no dijo nada más, y volvió a hincar su rodilla en el suelo.- Dame la bendición, mi rey.- Perdigón se giró y le miró por primera vez a los ojos. -. Se bravo, Almedo, y cuando la muerte te arranque la vida, lo sabré.- Diciendo esto, el Rey salió de la sala dejando a Almedo entristecido por las palabras de Perdigón. El ejército partió y Perdigón preparó su equipaje. Agreste, su caballo más preciado, estaba preparado en las caballerizas. Subió en él, y en plena noche, un jinete salió del reino en dirección a las Cúspides nevadas, guiado por la estrella Sing.- Perdigón montado en Agreste, miró al horizonte, y en su ligero galopar pensó y se preguntó qué para qué emprender un viaje a lo desconocido, su misión era la de estar en su Reino y presuroso dió media vuelta y regresó a palacio, bajo del caballo, e hizo cerrar las puertas de la ciudad de Kovar. Se aisló en su aposento real apareciendo preocupado y lloroso en un rincón y cómo envuelto de ira y locura sólo se le escuchaba decir: - Mi hijo volverá, lo conseguirá y salvara el reino. Mientras en la Montaña del Silencio permanecía el joven Príncipe procurando descansar en un camastro de hojarasca. Iroste observó en aquél momento como una oscilación leve de la fogata que encendiera arrojaba un resplandor rojizo y adivinó la presencia de alguien tras su camastro. El príncipe se incorporó deprisa: - ¿ Quien eres ?. - ¿ Yo, quién soy yo ?. ¡ ¡¡Cómo os atrevéis a preguntarlo !!. Soy quien guarda la Montaña.. aquí no hay vida humana, y os aconsejo que abandonéis el lugar, antes de que se enfurezcan. Iroste como sí nada le perturbara ya le preguntó con voz ronca: - ¿ Quienes van a enfurecerse ?. Y no dijo nada más, porque de pronto un chorro de agua violenta, sofocante, le arrastró sobre el suelo, y lo depositó maltrecho en una hondonada. Un nuevo y terrible cataclismo le había hecho su víctima. Pero no cesó aquí todo, de repente se encontró en un lago extenso, sin orillas ni fondo. Tenía que nadar, pero estaba herido y sin fuezas, pateaba inutilmente. Aquél era su último instante, pensó. Hubiera muerto sin remedio al no ser por ese extraño objeto que se le acercaba, cabalgando en las ondas del agua aun no aquietadas. Y aquél raro navío que se sostenía a flote, lo recogió empapado, dolorido, casi ciego. El joven se encaramó a la nave y se tendió en ella, mientras el terrible oleaje se calmaba, la tempestad se alejaba y tornaba la paz, conduciéndole fuera de aquella Montaña del Silencio. Iroste se incorporó maltrecho. El hombro le dolía insistentemente y tenía la sensación de habérselo dislocado en la caída. Aspiró aire y grito lleno de dolor. A su espalda alguien le observaba. La nave que le había recogido estaba hecha con roca pura, y por algún milagro que se le escapaba, flotaba. Se giró despacio y se enfrentó con la presencia que adivinaba por los pelos erizados de su nuca. Era una figura de mármol blanco que había adquirido vida y capitaneaba el barco de piedra. La figura se le acercó, le cogió el hombro y en un gesto seco, lo volvió a colocar en su lugar. Iroste cayó al suelo y se retorció por el dolor, pero la figura de mármol le ayudó nuevamente, y le levantó sentándolo sobre un banco de roca maciza. -. Iroste, hijo de la luz.- La voz retumbó en aquel lago de aguas caldeas.- Yo soy Uriom, el hado de la montaña, y he oído tus desgracias y me han conmovido. Por ello navegarás conmigo hasta encontrar la orilla que marca la estrella Sing. Nada temas de mí y escucha.- Iroste sintió que el dolor iba remitiendo y observó a aquella figura marmórea como un prodigio imposible de explicarse. -. Cuando llegues a tu destino, hallaras tres puertas. La primera te conducirá al abismo del fuego. Debes evitarla o en ella encontrarás la muerte. La segunda te llevará al mismo centro del mar, y morirás ahogado inexorablemente. La tercera conduce al Templo de la luz, ese es tu destino. Si logras escoger la puerta adecuada, te internarás por una selva que intentará por todos los medios dejarte ciego. Cierra los ojos, Iroste, y corre a través sin temor a perderte. Cuando la luz amaine, entonces y solo entonces podrás abrir los ojos y mirar directamente el "Ojo de Luz". Hazle la pregunta adecuada, sólo una, y él te enseñará que debes hacer. Escúchale con atención y encontrarás el modo de liberar el reino de Perdigón de la oscuridad.- Perdigón lo supo en ese instante. Almedo había muerto víctima de la oscuridad y lloró. Atfal volvería, no tenía duda alguna de ello, pero él, el gran guerrero Perdigón, le estaría esperando. No quería ver su país reducido a la oscuridad absoluta, no permitiría que la profecía se cumpliese, y que Atfal desarrollara sus planes en su territorio. Antes le daría muerte. El rey grito una orden a su guardia personal, y todos acudieron con prontitud. - Cerrad puertas y ventanas, Y preparad una pira que al prenderse, queme todo cuanto aquí existe. - Perdigón se ajustó la espada y aferró su escudo.- Traedme a Agreste y decidle a mi pueblo que todo hombre y mujer que quiera sobrevivir debe luchar por su vida a mi lado.- Diciendo esto salió de la sala del trono ante la incrédula mirada de sus hombres. La brisa mecía los cabellos de Iroste. Era de noche, y sólo se oía el rumor del agua al chocar contra el casco pétreo del navío. La figura de Uriom, silenciosa e impotnente a sus espaldas, se recortaba en la penumbra. El príncipe miraba a la estrella Sig. Pero, a pesar del entorno apacible, Iroste se sentía inquieto, y no deseaba dormir. No obstante, ya bien entrada la madrugada, se quedó dormido. Y, en la mente dormida de Iroste comenzaron a perfilarse imágenes. Contempló el ejército de su padre, en todo su esplendor, ocupando la parte alta de un valle. Pero no era Perdigón, sino Almedo quien lo comandaba. Almedo miró hacia el valle, e Iroste vio a través de sus ojos. El ejército enemigo, una formación enorme de figuras resplandecientes, avanzaba con decisión. La oscuridad, dijo Almedo; la luz, repuso la mente dormida de Iroste. El príncipe se daba perfecta cuenta de lo que iba a suceder, pero no podía sino observar: era su amarga obligación. Almedo era un buen general, sin embargo, en aquella ocasión se las veía con un rival que excedía sus posibilidades. El que había sido su buen amigo, apenas pudo emitir órdenes. El ejército de la luz, sin previo aviso, cargó contra el de Perdigón. Los tercios de infantería de su padre mostraron su coraje, el que les había convertido en unos de los mejores del mundo, siendo aniquilados sin romper la formación. La caballería real tuvo algún éxito en el ala izquierda, pero terminaría por ser barrida. Almedo estaba en el centro del frente, y luchaba con desesperación. Y la idea de que algo no cuadraba, de que sus enemigos no parecían demonios, llegó a pesarle como una losa. Un certero sablazo le derribó del caballo, y quedó en el suelo, moribundo. Y un ramalazo de sabiduría postrero le hizo ver la verdad. Lucha por lo que crees justo, le había dicho su bien amado rey; y comprendió que su fe había sido errónea. La táctica de Atfal era enfrentar a sus enemigos entre sí. Su ciega obediencia a Atfal había obligado a la luz, su aliado potencial, a acabar con él; porque no era el mal, sino el bien, lo que había intentado combatir. Porque el mal lo encarnaba Atfal, y Perdigón, y, sobre todo, Iroste, siempre habían tenido razón. La amargura llenó los últimos latidos de su corazón. Iroste no podía más, quería despertar, dejar de ver aquellas imágenes de pesadilla... Pero era incapaz, y creyó que iba a volverse loco. Y de pronto, la oscuridad invadió su mente, con lentitud, de una forma que le era familiar... Y su corazón se llenó de gozo. Vio el barco desde fuera, y vio su propio cuerpo. Una sombra estaba junto a él, y le acariciaba los cabellos con dulzura. Ignoraba si se trataba de un sueño o de la realidad, pero Iroste supo que se trataba de Ancara. Dentro de su sueño quedó dormido otra vez; y nuevas imágenes le vinieron a la mente; una playa, un cuerpo que era llevado en brazos... Cuando Iroste despertó, estaba sobre un suelo enlosado. Frente a él había tres puertas iguales. Recordó las palabras de Uriom... Pero todas las puertas eran iguales. ¿Cómo iba a elegir la correcta? El viento murmuraba en su lengua, esa que ya nadie recuerda, mientras Iroste, de pie, miraba con atención las tres puertas idénticas. Luego las palpó, y halló que una de ellas estaba muy fría; y dedujo que ésa le llevaría al océano. Parecía demasiado fácil, pero es que nadie que no supiese qué había tras esas puertas podría haber descartado aquella. Las otras dos estaban igual de tibias, de manera que seguía teniendo problemas. ¿Cómo discernir el fuego de la luz? Ambos dan calor, ambos dan esperanza. Entonces recordó a su primer amor, una muchacha que, como supo un tiempo después, ya estaba prometida. Recordó su pena, y también sus dudas. Pero, sobre todo, recordó su decisión: olvidarla. Ella ya era feliz con su prometido, y lo último que él deseaba era hacerla desgraciada. En vez del fuego egoísta de la pasión, que devora a quien le alimenta, eligió la generosidad de la luz que crea el amor cuando es sincero. Iroste siempre había preferido la luz al fuego; él sabía qué puerta tomar, sólo necesitaba oír a su corazón... Sin titubeos, cerró los ojos y abrió la puerta de la derecha. Perdigón ya se lo temía, pero el desámino estuvo a punto de vencerle cuando vio regresar al castillo a los restos de sus tropas. Apenas cien caballeros maltrechos, muchos de ellos heridos. La infantería exterminada. Pero pronto se repuso. Añadió a su exigua milicia ciudadana a los caballeros en condiciones de luchar, y dio la orden más amarga de su vida. Todos los que no podían combatir abandonaban Kovar en tropel. Instantes después, la hermosa Kovar ardía por los cuatro costados. Atfal jamás dominaría su reino, jamás. Perdigón era un soldado, y el deber de un soldado es luchar hasta el fin. Con un gesto hizo avanzar a su pequeño ejército hacia las montañas, donde ejercerían su última resistencia. Lo único que Perdigón le pedía al cielo era que le permitiese ver por última vez a Iroste; pero no creía que se lo fueran a conceder. |