Perdigón cruzó los últimos metros que le separaban de la montaña a pie, al lado de su caballo Agreste. Sabía que su caballo presentía la batalla, al igual que sus hombres, pero la decisión de Perdigón no incluía un enfrentamiento abierto en medio del campo. Su intención era muy distinta. Distribuyó a varios grupos por el bosque, ordenándoles que cavaran trampas para osos en el suelo, y que añadieran estacas mirando el cielo en las trampas. A otro grupo les hizo ascender por la montaña. Quería vigías que le avisaran de la llegada de Atfal, no le cogería por sorpresa. Las mujeres, que también habían armado a sus hijos mayores de seis años, empezaron a cortar troncos y a recoger piedras de distintos tamaños, para almacenarlos en lo alto de una pequeña cumbre por la que el mermado ejército de Atfal debía pasar inevitablemente. Perdigón aspiró hondo, y de su corazón surgió una plegaria. Cuando terminó de rezar, se acercó a los caballeros que le esperaban junto al río. -. Preparémonos para vencer o morir.- Iroste cruzó el umbral de la puerta que había elegido, y la luz más cegadora le quemó los ojos. Los cerró y recordó las palabras de Uriom. Debía correr sin detenerse, sin mirar la luz, y emprendió una carrera rumbo a lo desconocido. Sentía el calor en su piel como una caricia, mientras sus pies se deslizaban veloces sobre un suelo impreciso. De repente notó como si una selva espesa le fuera cerrando el paso. Con las manos y brazos, apartaba lo que creía eran hojas de esa jungla de la que le hablara Uriom. El aire empezaba a viciarse y le costaba respirar, pero Iroste siguió adelante, nada le detendría. Debía llegar al "Ojo de Luz". Las hojas se enredaban en sus manos y pies. Cayó, pero volvió a levantarse sin abrir los ojos. En otra caída, notó el sabor dulzón de su propia sangre resbalándole por la nariz, pero siguió avanzando. ¡Corre Iroste, corre!, oía la voz de Ancara animándole a seguir. ¡Corre hijo, corre!, su padre también estaba allí dándole ánimos para que alcanzara su objetivo. ¡ Corre príncipe, corre!. Los ojos se le llenaron de lágrimas al reconocer la voz de Almedo. Su sueño había sido una premonición, y de algún modo estaba convencido de que su amigo había muerto esa noche. La imagen de Almedo dando muerte a su prometida, le golpeó el cerebro nuevamente, y por un instante estuvo a punto de desenvainar la espada y atravesar el corazón de Almedo en aquella visión que volvía a serle real y dolorosa. ¡ No pienses, corre!, Ancara seguía viva. ¡ No mires atrás! .Gritaba Perdigón. ¡Sálvame!, Almedo estaba de rodillas postrado ante él con el rostro cubierto de sangre. Pero Iroste borró nuevamente aquella imagen, y cayó nuevamente al suelo tropezando con una rama que se había interpuesto en su camino. ...Durante unos instantes Iroste permaneció en el suelo y poco a poco fue abriendo los ojos y sólo escudriñó tinieblas, sin ver nada. Pensó que se habría equivocado de puerta y con ello había quedado sumido en la más profunda de las oscuridades. Sus pies notaron que ahora el suelo era de ladrillo y sus manos no alcanzaban ningún ramaje. ¿ Dónde estaría ahora ?. ¿ Qué sorpresas tendría que asumir y vencer más?. Y ahora negado de luz, no podría dar un paso, pensó el joven, sintiendose morir. Y miró al cielo y pudo ver como en él se dibujaba y filtraba una luz. Iroste exhaló un suspiro e intento sonreir, aunque todavía le duraba la tensión nerviosa de los momentos pasados. Pero lo había logrado y además veía y su sonrisa contagió a los labios de quien allí enfrente estaba. Era un cuerpo de mujer lo que apareció ante su vista, de una mujer joven y hermosa que le tendió la mano y lo condujo hacia su cabaña. Y de repente el príncipe se encontró con que ella se precipitaba en sus brazos. Las lágrimas de la joven le mojaron el rostro mientras sentía los sollozos que desgarraban aquél pecho de mujer. Así estuvieron abrazados largo rato unidos por la emoción incontenible, dulce y hermosa del reencuentro. Sí, porque la que gemía era Ancara y la que con voz suave le dijo: - Yo quise morir para salvarte, sufriste mucho por mí, pero ya estoy aquí y debemos empezar una nueva existencia tranquila. Hoy es un día alegre para nosotros, Iroste...y entre los dos venceremos al malvado Atfal.- Y en su gesto había tal dulzura que el príncipe quedó maravillado, a la débil luz aparecía Ancara transfigurada e Iroste pudo observar que existía en ella una mágica luminosidad... Iroste feliz y contento de estar al lado de su amada, quiso en una pasión irrefrenable hacerle el amor, pero ella le negó con un gesto de desaprobación : - Amado mío, Principe Iroste, te amo, pero debes saber que no podremos consumar nuestro amor, ya que aunque tus ojos pueden verme y tus manos tocarme, hay partes de mi cuerpo que aún son insensibles. Debemos ir a ver a la vieja Adalda para que te de el unguento prometido y así hacer efectivo toda la sensibilidad de mi cuerpo. Mientras tanto en el campo de batalla seguía Perdigón. Ya se había arrojado la noche y nubes oscuras se extendían acercándose por el horizonte. El Rey paseaba impaciente al acecho del enemigo. Todos sus hombres esperaban agazapados la orden de ataque, pero la colina aparecía desierta. Resultaba extraña aquella calma, parecía que el ejército de Aftal, al que aguardaban, se hubiera esfumado. No obstante podía tratarse de una estratagema y más les convenía vigilar con precaución. Así pensó Perdigón, vacilando en arrojarse a un temerario ataque. La noche estaba muy oscura y sólo escudriñando con paciencia podía observarse el campo en el que el adversario no estaba presente. Podía hallarse en la sombra para sorprenderles con una añagaza.... Ancara ya se había soltado, y se enjugaba las lágrimas. Todo parecía perfecto otra vez cuando una sombra cubrió el rostro del príncipe. La mujer le miró a los ojos y ni siquiera su belleza pudo detener la angustia que le invadía. Mortalmente seria, Ancara le dijo: - Sí... Sé fuerte, mi príncipe. Iroste luchó con todas sus fuerzas, pero aquello era inevitable. Como un mal sueño, apareció ante él la imagen del ejército de la luz, organizándose frente a las filas, densas y bruñidas, de las tropas de Atfal. El ejército de Atfal lo formaban hombres forrados de acero y carcasas de metal vacías, monstruosas, implacables, movidas por se ignora qué oscura ciencia. La luz, que era tan impulsiva como Iroste, cargó de inmediato, atacando con todo de lo que disponía. Al principio, las filas de Atfal titubearon; crujió el metal al ser horadado por espadas flamígeras, por rayos como los de las tormentas; pero los espíritus de la luz, a pesar de su coraje, poco podían hacer contra los monstruos sin alma que se les oponían. La luz palideció, se difuminó entre las filas de Atfal, que aún seguían en pie, y al fin, desapareció, como las chispas de una hoguera que alguien ahoga. La luz había sucumbido. En su trance, a Iroste le fallaron las piernas, pero los brazos de una mujer impidieron que se cayese. Iroste volvió a la realidad. Ancara, incapaz de sostenerle, tuvo que dejar que se postrase de rodillas, consternado. Cuando miró a Ancara, sus ojos estaban anegados de desesperación. - La luz... Todo está perdido... ¿Qué vamos a hacer ahora? Ancara se arrodilló ante él, para ponerse a su altura, y le cogió las manos. - No es verdad. Aún hay esperanzas. Mientras tú quieras seguir luchando, aún quedarán esperanzas. Iroste se perdió unos instantes en los ojos de Ancara, tan negros como todo lo que ella representaba. Y sin embargo, fue en ellos donde encontró la razón para seguir adelante. Repentinamente, una voz llena de resonancias extrañas rompió aquel momento. - Eso es muy bonito, Ancara, aunque no es propio de ti. Iroste vio a un ser de aspecto humano, pero demasiado corpulento, con una ropa oscura demasiado extraña, al que se le adivinaba un poder demasiado grande. Ancara, sorprendida, murmuró el nombre de Marmenn; y a continuación, sus ojos se llenaron de odio. Iroste se levantó y desenvainó, mientras Ancara se ponía en pie y quedaba tras él. Marmenn examinó el lugar y prosiguió, provocando ecos imposibles. - Ansiaba entrar en este santuario, pero hasta que la luz no sucumbiese, no podía hacerlo -. Fijó la vista en un matorral que relucía como el oro -. Habría muerto si hubiese entrado un momento antes; pero ahora... Con un gesto de su voluntad, Marmenn cubrió de sombras el arbusto. Acto seguido, cerró los ojos, toda la luz que reinaba en aquél santuario se hizo mortecina, a excepción de la zona que ocupaban Ancara e Iroste, que destellaba fragilmente, como la llama de una vela. El demonio desenvainó una hoja enorme y dijo: - Pobre Iroste; tanto luchar, tanto sufrir para nada, para ver como esta espada le quita la vida. Iroste, con el corazón desbocado, sintió que la rabia le invadía. Dio dos pasos al frente y gritó: - ¡No he llegado hasta aquí para morir! ¡Te venceré, como hice la otra vez! Quiso avanzar más pero Ancara le detuvo. - No vayas, Iroste, te matará. Yo... Pero Iroste era demasiado impulsivo como para escucharla. - Tengo que hacerlo. He de luchar contra él; no puedo rendirme ahora. Escapa, y si venzo, vuelve a buscarme. Ancara gritó su nombre varias veces, pero él no hizo caso; su atención se fijaba en el terrible rival al que se enfrentaba. Sabía que no podía ganar, pero llevaba toda su vida librando batallas perdidas. Siempre fue un chiquillo fragil, que necesitaba el doble de entrenamiento que los demás para aprender cualquier estocada; sin embargo, nunca se había rendido, siempre había salido adelante. Pensó en que quizá era ésta la elección que había vaticinado Uarck: luchar o huir. Y de pronto, sintió una sombra a su lado. Con un grito, Ancara abatió un pedrusco que levantaba con ambas manos sobre su cabeza. Iroste cayó al suelo, aturdido, y sólo acertó a tocarse la cabeza y ver que estaba sangrando. Cuando vio a su querida Ancara tomar la espada que él había dejado caer y llamarle idiota, supo que le habían engañado de nuevo. Aún quiso intentar ponerse en pie, incluso, desenvainó la daga que Niarca le había regalado, la cual destellaba como la plata; pero no podía. Ancara, sosteniendo la espada con suma impericia se encaró con Marmenn. El demonio habló primero. - Me alegra ver que todos estos años en la superficie no te han cambiado. La voz de Ancara, por primera vez en su vida, destrozó el corazón de Iroste. - Ya sabes que mi corazón siempre ha pertenecido a la oscuridad. - Ardo en deseos de hacerlo, querido nexo, pero tu intervención ha sido tan acertada que te lo mereces. ¿Quieres matarle tú, o lo hago yo? Ancara negó con la cabeza. - No voy a matarle, al menos hasta que no sepa cuales son tus planes. Iroste seguía aturdido por el golpe, pero tenía la daga de Niarca bien agarrada. El corazón le dolió al pensarlo, pero si Ancara se le acercaba... En esto, Marmenn prosiguió: - Es nuestra oportunidad, Ancara. Con Iroste muerto, la luz habrá desaparecido para siempre. Sin embargo, la oscuridad aún no se ha enfrentado a Atfal; nuestro ejército sigue intacto. Si le atacamos por sorpresa, en vez de hacer la estupidez que le ha costado la vida a la luz, podríamos vencer... El mundo sería nuestro para siempre -. Marmenn se acercó un poco -. Si tienes algún tipo de remordimientos, me encargaré yo. Ancara pareció pensárselo unos instantes, tras los cuales, repuso. - Estás tan loco como Atfal. ¿No lo entiendes? Odiamos a la luz, pero la necesitamos. Sin la luz, la oscuridad deja de tener sentido. No dejaré que toques a Iroste, porque es la única razón que tengo para vivir... porque le quiero. Iroste estaba tan confuso que ya no sabía qué pensar, ni que hacer. Marmenn pareció vacilar, pero cuando habló su voz sonó decidida. - ¿Y cómo me lo vas a impedir, Ancara? Tú eres sólo nuestro nexo; mi poder es infinitamente superior al tuyo. - Tendrás que matarme a mí también, y ya sé que tienes poder suficiente, pero no quieres hacer eso; porque entonces, serás el único representante de la oscuridad sobre la tierra. Y entonces, este lugar te elegirá como el nuevo nexo de la oscuridad -. Hizo una pausa, mientras la confianza de Marmenn se debilitaba -. ¿De verdad que eso es lo que quieres? ¿Quieres pasar toda tu vida en la tierra, soportar todos los amaneceres, vivir rodeado de risas y felicidad y no poder quejarte ni esconderte? Te aseguro que no es agradable. Marmenn se acercó, conciliador. - Vamos, Ancara, estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo. La respuesta de la muchacha fue apoyarse la punta de la espada en el torso y replicar: - Si intentas capturarme, me mataré yo misma. No tengo poder para resistir tus hechizos, pero sí para darme cuenta de que lo vas a intentar. Marmenn, se detuvo, tratando de ocultar su ira. Su voz sonó suplicante. - Sé razonable, Ancara; no tendremos otra oportunidad. Ancara no se movió, y Marmenn no aguantó más que unos instantes. Furioso, invocó su poder y se esfumó como una pesadilla. Iroste se había recobrado lo suficiente como para sentarse, y vio a su prometida avanzar hacia él. Ancara soltó la espada y desahogó la tensión que había tenido que soportar. - ¡Eres un idiota! ¿Es que no viste que estaba buscando precisamente eso, que luchases contra él, que quedase yo al margen? Si no te derribo, te habría matado de un revés... ¡Idiota! Iroste, aun confuso por el golpe y por todo lo que había visto, trató torpemente de calmar a Ancara, pero esta, se fue ofendida hacia la cabaña. Poco tiempo después, regresó y se arrodilló junto a Iroste, que aún seguía sentado. Sin decir nada comenzó a vendarle; aunque el príncipe sabía que ya no estaba tan enfadada. - Eres demasiado impulsivo. Soy el nexo de la oscuridad; ningún demonio tiene valor como para hacerme daño. Ningún demonio te hará daño si yo no le dejo. Iroste se dejó vendar dócilmente, y Ancara prosiguió: - Aprende de tu padre. En estos momentos comanda un ejército de campesinos y niños. No puede ganar, pero va a hacerlo mucho mejor que las tropas de la luz... porque sabe pensar. Iroste se sentía tan ridículo como un niño descubierto en medio de una travesura. El príncipe pensó que quizá Ancara estuviese leyéndole los pensamientos, porque sonrió y le besó; y aquel beso le reconfortó como ninguno lo hacía desde que empezó todo aquello. Cuando se repuso del todo, se levantó, y tras breves preparativos, partieron hacia la cabaña de Adalda. |