Perdigón levantó la mano para dar comienzo a la batalla contra Atfal, pero algo le detuvo. A lo lejos, divisó un ejército inmenso que avanzaba para oponer resistencia al de Atfal. Eran los Desbrios, los Acults, los Piones, todos unidos bajo una única bandera, la de la Luz. Amigos y enemigos se habían unido con el único fin de vencer a Atfal, avanzando lentamente hacia el ejercito de seres huecos que iban ganando terreno en su dirección. Llamó a los caballeros que estaban en sus puestos para pedirles consejo. Todos estuvieron de acuerdo en que debían unirse al ejército de la Luz, pero Perdigón no se dejó convencer. Había algo en Atfal, al frente de su inmenso y devastador ejercito de sombras, que le retuvo. Era la mirada hueca, negra, vacía... ¿Habría perdido el alma?. Pero no solo eso. Almedo, ensangrentado y con un profundo corte en su garganta, seguía cabalgando al lado de Atfal. Era imposible que estuviese vivo. Perdigón había sentido su muerte como si la hubiese presenciado. ¿ Qué estaba ocurriendo?. Se encaró a un caballero, y le ordenó que no se moviera, que nadie de su ejército tomase parte en aquella batalla. El campo se ensombreció por completo, y las sombras empezaron a avanzar enfurecidas. El primer choque fue devastador. Los Piones, a la cabeza, cayeron sobre el suelo tiñéndolo de rojo con la sangre que les era arrebatada por los enemigos hasta el último aliento. En un instante, los Acults a caballo, alzaron sus lanzas contra el enemigo, y se abalanzaron sobre las sombras, siguiendo la misma suerte que los Piones. El campo de batalla era un cúmulo de muertos y heridos, estos últimos aullaban por el dolor de sus heridas, siendo rematados uno a uno sin piedad. Perdigón miraba la escena como si aquel horror no fuera con él. Su rostro había mudado el color, las mandíbulas prietas, los ojos absortos en sus propios pensamientos. -. Perdigón, debemos ayudarles o todo el ejército de la luz será destrozado.- Un caballero estaba a su lado implorante. Pero Perdigón no se movió. Los últimos Desbrios caían sobre el campo completamente mutilados. Perdigón lo intuía. A cada asalto de Atfal, a cada muerte del ejército de la luz, el ejército de la oscuridad se hacía más fuerte y sanguinario, como si las vidas de los componentes del ejercito de la luz, les dieran más poder a los de Atfal. -. No es el momento, caballeros. Ahora el enemigo es más fuerte. Debemos esperar.- Los caballeros estaban inflamados por el odio hacia Atfal. -. Hemos de aniquilarle a él y a su ejército hueco.- El que hablaba estaba henchido de ira. -. Cierto, joven Iocs. Pero ahora solo seríamos una presa demasiado fácil para Atfal. Esperaremos. Nuestro momento está próximo.- Perdigón observó al ejército de Atfal acampar y organizarse en el valle que tenía en frente. El rey había atrincherado a los restos de su ejército en la falda de una montaña, y había dispuesto tres líneas defensivas, reforzadas con trampas y estacas. Perdigón sabía que no iban a tardar en atacarle; su ejército era incapaz de causar daños al de Atfal, pero el hecho de que el rey resistía era la única esperanza de su pueblo. En los días precedentes, se le habían unido cientos de voluntarios, en su mayoría campesinos; el pueblo quería combatir. Lo más amargo para Perdigón era saber que no podía ganar. En esto, oyó el rumor de cascos de caballos, y veinte jinetes cruzaron la primera línea. Habían partido veinticinco, y cuando su jefe se arrodilló ante el rey, le dio noticias que eran buenas, aunque muy insuficientes. Su incursión había sido un éxito. Perdigón llevaba una semana enviando a sus caballeros a hostigar a Atfal, y siempre conseguían causarle más bajas de las que sufrían los restos de su caballería; pero no era suficiente. Perdigón no durmió tranquilo aquella noche, no sólo por la inminencia de la batalla, sino porque sentía que alguien le observaba. El ejército de Atfal atacó con las primeras y mortecinas luces del alba. Seres monstruosos y casi invulnerables, de la talla de elefantes, avanzaban en primera línea, tal y como Perdigón había observado que hacían siempre para proteger al resto del ejército. El terror se adueñó de las filas del rey, pero la disciplina se mantuvo. El enemigo avanzó confiado, y de pronto, las trampas empezaron a funcionar. Los seres sin alma cayeron en agujeros para cazar osos y quedaron atrapados, desorganizando completamente las líneas enemigas. Inmediatamente, les cayó una lluvia de flechas y saetas a los soldados que trepaban sobre los monstruos caídos. Aún así, a pesar de las bajas, los soldados de Atfal lograron seguir avanzando. Perdigón no iba a presentar batalla aún y ordenó la retirada hasta la segunda línea. Sus tropas conocían la ubicación de las trampas, pero las fuerzas de Atfal no; de modo que los arqueros del rey sembraron la muerte en las filas enemigas, desorganizadas de nuevo. Pero, obstinadamente, los soldados de Atfal y algunos monstruos pequeños siguieron avanzando. Perdigón se retiró tras la última línea, y esta vez, no podía seguir huyendo. Los arqueros abatieron enemigos mientras tuvieron flechas y oportunidad, pero, finalmente, se llegó al combate cuerpo a cuerpo. La batalla fue espantosa, porque muy poco podían hacer los campesinos contra tropas bien equipadas. Pero los soldados de Atfal luchaban cuesta arriba, no tenían espacio para desplegar todo su ejército, y nunca se habían enfrentado a unos voluntarios tan desesperados. El ejército de Atfal fue rechazado, y salvo un regimiento, retrocedió hasta el valle. El último regimiento organizó sus filas y Perdigón supo que todo había terminado; sus tropas, diezmadas, no podrían soportar otro asalto. Atfal, con ese último ataque, sólo pretendía debilitar un poco a su ejército; ignoraba que ya estaba en las últimas. Y de pronto, supo que una presencia maligna se había materializado a sus espaldas. Los cinco caballeros que aún podían defenderle, entre ellos el impetuoso Iocs, hicieron ademán de interponerse, pero el ente diabólico les clavó los pies en el suelo. Perdigón vio al demonio, que tal era, avanzar hacia él. Y quedó estupefacto cuando éste se arrodillo ante él, le besó una mano, y dijo: - Le felicito, Majestad. El suyo es el primer ejército que puede decir que ha rechazado a Atfal. Perdigón no sabía qué decir, pero el ser no espero a que pensase. - Deje que mis demonios se encarguen de esto, Majestad. Tal petición era retórica. Sin esperar su respuesta, el suelo comenzó a agrietearse, y decenas de seres demoníacos salieron de entre la tierra. Los supervivientes del ejército real se aterraron, y se apelmazaron en posiciones defensivas. Pero el objetivo de las tropas de la oscuridad era el regimiento de Atfal, que, sorprendido, fue aniquilado. Perdigón no comprendía muy bien qué estaba pasando, pero fue consciente de que sus salvadores iban a causarle muchos problemas. Y de todos modos, el ejército de Atfal seguía casi intacto; aquello sólo había sido una escaramuza para ellos. El demonio se puso en pie y dijo. - Me alegra ver que su sentido de la estrategia está mucho más desarrollado que el de las tropas de la luz. Quemar la indefendible Kovar, para impedir que Atfal se aprovisione, y atrincherarse en las montañas han sido jugadas maestras. Desgraciadamente, todo esto no sirve de nada. Perdigón se temía lo peor, y las palabras del demonio confirmaron sus miedos. - En verdad, no esperaba que pudiese resistir ni este primer asalto, pero lo ha hecho, y eso cambia todos mis planes. Mis demonios, si vuestra merced les dirige, podrían reconstruir las defensas y hacer de esta montaña una plaza inexpugnable, incluso para Atfal. Le ofrezco una alianza. El rey no acababa de fiarse del demonio. - ¿No estáis aliado con Atfal? El demonio hizo un gesto de desagrado. - Jamás. Somos enemigos. - Yo soy enemigo tanto de Atfal como de la oscuridad. El demonio sonrió. - Yo tampoco le aprecio demasiado, Majestad, pero tenemos un enemigo común. Unirnos es lo mejor que podemos hacer. - Habéis visto lo que queda de mi ejército, de poco podemos serviros. - ¡Oh! Sí que pueden. Tiene que enseñarme su forma de combatir. Si ha rechazado a Atfal con un ejército de campesinos, ¿qué no hará con una tropa de demonios? A Perdigón algo le intranquilizaba mucho, ¿qué pasaría si Atfal era derrotado? ¿de qué les serviría entonces? - En el infierno habrá mejores generales que yo. - Sí, seguramente. Por desgracia, no hablo por boca de toda la oscuridad. Sólo puedo aportar mi ejército personal, y carezco de generales como vuestra merced. Y por culpa de la injusticia, tan solo gobierno sobre un pequeño país del infierno. Pero si tengo éxito donde la luz ha fracasado, eso podría cambiar, el resto de los reyes del infierno se enfrentarían a Atfal; ganaríamos. Perdigón comenzaba a comprender las intenciones del demonio, y éste ya había captado los recelos de Perdigón. - En fin, supongo que no me ha valido de nada este intento de ser amable... Bueno, se lo explicaré de otra manera. Puede ayudarme, o puede ver como aniquilo a su ejército y le hago prisionero. Podría hacerlo ya, pero lo considero un esfuerzo innecesario; y quizá, si se ve tan solo, le fallaría la inspiración para idear estrategias. ¿Qué otra cosa podía hacer? Aún en el caso imposible de que venciese a miles de demonios que se infiltraban sin pausa entre sus filas, todavía quedaba Atfal. De hecho, Perdigón ya era un prisionero de aquel demonio. Así que, mientras sentía que se le destrozaba el alma, repuso. - Os ayudaré; pero jamás seréis mi aliado. El demonio sonrió, y avanzando unos pasos, miró la ladera sembrada de muertos de ambos bandos. Parecía gozar con aquel espectáculo horrible. De pronto, dijo. - Majestad, mis espías me han informado de que Atfal nutre parte de sus filas gracias a la nigromancia. A mí me importa un bledo eso, pero creo que estará de acuerdo en que es justo que la utilicemos nosotros también. Espero que eso tranquilice sus remordimientos. Perdigón no dejó de notar el sarcasmo de este último comentario. El demonio extrajo una flauta negra de entre sus ropas, y comenzó a tocar una melodía lúgubre. Todos los cadáveres del campo de batalla comenzaron a moverse, y luego se levantaron lentamente. Mientras los siniestros refuerzos se agrupaban en compañías, dirigidos por aquellas notas tétricas, Perdigón recordó una antigua leyenda. Hablaba de un demonio cuya flauta robaba las almas de los muertos y los convertía en demonios; la leyenda de la flauta de Marmenn. Tuvo que reprimir un escalofrío cuando supo de quien era prisionero. A punto de hundirse en la desesperación, sus pensamientos se desviaron hacia los recuerdos de Iroste... Todo estaba perdido. Perdigón cerró los ojos, debilitado y confuso, sin duda, por como se estaba desarrollando la batalla y por los nuevos acontecimientos. Y así con una mueca de preocupación se quedó dormido. Cuando amaneció llovía, aún en sombras, despertó sacudido por el viento y ráfagas de agua; la lluvia golpeaba la tierra precipitándose por las laderas. Fue entonces cuando en el cielo se desgarró una nube y apareció un rayo de sol con la imagen de Iroste, que le decía al rey: - Padre, no temas, voy de camino y aniquilaremos juntos a los demonios, no dejes que hagan pactos ninguno, porque lo único que quieren es robarte a ti también el alma. Perdigón entendió el mensaje y sus ojos arrasados de lágrimas se leía la angustia, a la vez que sentía grandes deseos de desquitarse de los engaños sufridos. - Es gracioso. - le contaba Iroste a la bella Ancara- He tenido un sueño con mi padre donde le advertía de peligros inminentes que le acechan. Ancara sollozaba conmovida, sin pronunciar palabra, pues era ella la que había procurado que el joven principe se le apareciera a Perdigón. - ¿ Qué vamos a hacer, Ancara?. Debemos ponernos en camino. Adalda nos dará alguna solución posible también para acabar con los entuertos y salvar el Reino de Kovar.- Se cambiaron una mirada significativa y salieron de la cabaña cogidos del brazo y contemplaron una vez más las cortadas paredes de la colosal montaña inacabable, por donde atravesarían la zona de las primeras estrellas. Ya el sol se imponía en el campo, cuando Perdigón, vió venir una comitiva con paso tranquilo hacia él. No sabía sí se trataba de los huestes de Atfal, o en su caso de los demonios devoradores de almas. - ¡ Quién quiera que sean serán enemigos...!- susurró... |