CAPÍTULO VIII



  Iroste avanzaba con precaución, Ancara le seguía de cerca evitando los claros del bosque. Lo que la vieja Adalda había vaticinado y la forma de resolver la desesperada situación de Perdigón, sumieron a Iroste en un hondo pesar. ¿Cómo podría enfrentarse a Marmmen, el demonio?. ¿Cómo vencerle?. Adalda no conocía los detalles al respecto, pero sus palabras habían sido sencillas.
  -. O le vences o todo lo que conocemos pertenecerá al demonio.- Los hombros de Iroste se habían encogido por el peso de aquellas palabras.
  -. Usa el escudo, Iroste, y no olvides el cuchillo de fino cristal que te dio el Hada del río.- Eso había sido todo, Adalda no le había dicho nada más y se sentía desvalido.
  Estaban cerca de Kosvar, e Iroste le hizo una señal a Ancara de que se detuviera. Alguien se acercaba. Contó siete jinetes y varios campesinos que les seguían de cerca. Se escondieron tras un matorral justo cuando los jinetes se detuvieron a su lado.

  -. Hemos de buscar la estrella Sing, Imol, es decisivo encontrar a Iroste y pedirle ayuda en nombre de su padre.- Iroste reconoció al que hablaba, un viejo caballero perteneciente al más alto rango de Kosvar.
  -. Salud, viejo Octorm.- Iroste salió de sus escondite obligando a Ancara a ocultarse. El caballero al reconocerle, se le llenaron los ojos de lágrimas y saltando de su caballo hincó su rodilla en el suelo en señal de respeto.
  -.¡Joven príncipe, es un milagro! .- Exclamó Octorm secándose los ojos. Iroste le ayudó a levantarse.- Estamos perdidos, Marmmen nos tiene a su merced.- El príncipe recordó su sueño y comprendió de inmediato cuanto ocurría.
  -. Mi padre... ¿Está vivo?.- Octorm le explicó cuanto había acaecido en su ausencia. Iroste le escuchó atentamente hasta que el caballero de Kosvar calló.
  -. Llévame junto a mi padre, Octorm. - Le hizo una señal a Ancara para que saliese de su escondite. Los presentes se quedaron atónitos al reconocer a la mujer. Octorm hizo ademán de llevarse la mano al cinto, pero Iroste le detuvo.
  -. No tengo tiempo ahora de relatarte cuanto me ha sucedido a mí. Pero la vida se la debo a esta mujer y creo que vosotros también le debéis el beneficio de la duda. Me la arrebataron una vez sin un juicio previo, y ahora, no permitiré que nadie la dañe.- El viejo caballero inclinó la cabeza ante Iroste y le ofreció su caballo a Ancara. La joven subió a él y espoleó el caballo. El grupo se puso en marcha rumbo a Kosvar.


  Perdigón había unido sus fuerzas a las almas en pena de Marmmen, y el resultado era óptimo. Atfal seguía retirándose aterrado por el ejército de muertos sin alma que le perseguían. Sus máquinas habían dejado de luchar, incluso Almedo se había derrumbado de su caballo, sin vida, sin alma, y ya no hacía frente a la oscuridad. Perdigón seguía el combate impresionado. Los cuerpos mutilados habían recobrado vida y sus agónicos gritos le hacían estremecer de los pies a la cabeza.
  Marmmen abría la marcha riendo a carcajadas estridentes y aullando una victoria que se avecinaba irremediablemente. Perdigón intuía un peligro mayor. El después de la batalla era decisivo para todos los supervivientes de aquella masacre. ¿Cuál sería el precio que exigiría Marmmen para liberarles del horror de las tinieblas?.
  A su espalda, perdigón percibió el ruido de caballos. Alguien se acercaba. Sus ojos se iluminaron como centellas al reconocer al jinete que encabezaba la marcha. Corrió a su encuentro con una nueva esperanza.
  -. Iroste, hijo mío.- Gritó al abrazar a su hijo.- Perdóname, perdona todo el mal que te he causado con mi ceguera. Pero...- Al mirar al grupo reconoció el rostro de Ancara. Retrocedió lleno de temor.
  -. Tú... tú eres un demonio de Marmmen.- Iroste se interpuso entre la joven y su padre calmándolo.
  -.Mi historia es larga, Padre mío, y ahora no es el momento de relatártela. Confía en mi, Ancara está con nosotros.- Perdigón no lograba comprender como aquella mujer estaba viva, él mismo la había enterrado en Kosvar. Iba a decir algo, cuando las trompas les avisaron de la victoria.
  -. Atfal ha muerto.- gritaban los súbditos de Perdigón en un único grito de victoria.
  -. Corramos, padre, hemos de derrotar ahora a Marmmen. Es mi hora.- Diciendo esto, Perdigón se encaminó hacia su enemigo, el señor de las tinieblas.


Pálpito



  Iroste, que se había adelantado a su padre, sus caballeros y Ancara, se detuvo cuando vio venir a Marmenn. El demonio, al reparar en el príncipe, dejó de reír, pero siguió sonriendo mientras le miraba con odio. Ordenó a los demonios que le acompañaban que se detuviesen, y se aproximó en solitario al príncipe. Detrás de Marmenn, sus tropas terminaban de exterminar a las fuerzas de Atfal. Iroste notó que alguien se le acercaba por detrás, y supo que se trataba de Ancara, que se detuvo a escasa distancia de su espalda.
  Marmenn se mostraba exultante. Se detuvo, sujetó la funda de su espada y dirigiéndose a Perdigón, le dijo:
  - Atfal ha muerto, Majestad. Ha sido una gran victoria.
  Perdigón repuso con el silencio; tampoco Iroste, Ancara o caballero alguno pronunció palabra. El príncipe se mantuvo inmóvil, mirando fijamente a Marmenn. Su sola presencia allí lanzaba un desafío mudo al demonio. Éste centró su atención fugazmente en Ancara, y luego, mucho más tiempo en Iroste.
  - Ancara, Iroste. No esperaba veros tan pronto. Supongo, Alteza, que no habréis venido a felicitarme por mi victoria.
  Iroste repuso con todo el aplomo que fue capaz de reunir, el cual consideró escaso. Tuvo la sensación de que la voz le tembló levemente:
  - He venido a exigirle que deje libre a mi padre, el rey Perdigón, y que salga de nuestro reino.
  El sarcasmo de Marmenn fue máximo.
  - ¡Oh! Venzo a Atfal, salvo al reino y mi recompensa es el exilio. ¡Qué ingratitud! - Hizo una pausa teatral -. Sólo hay un problema: me gusta este sitio, y no voy a marcharme.
  El príncipe tuvo que reprimir un suspiro. Aquel era su destino. Cuando respondió, se sintió como si pronunciara la parte del diálogo que, en una obra escrita desde el principio de los tiempos, le correspondía.
  - Si no accede de buen grado, serán las armas las que le harán obedecer.
  Marmenn cerró la mano sobre la vaina de su arma y sonrió confiado. Lo sabía tan bien como el príncipe; ningún ser humano era rival para un demonio. En esto, Ancara se agarró al brazo de Iroste y, en voz baja, incapaz de reprimir su angustia, le dijo:
  - ¿Por qué haces esto? Sabes que no puedes con él.
  Iroste la miró con una pena infinita.
  - He de hacerlo, y sabes tan bien como yo por qué.
  - Déjame hablar con él, te lo ruego.
  El príncipe asintió tristemente. Marmenn se hallaba ebrio de orgullo; todo sería inútil, pero Ancara tenía derecho a intentarlo. Su prometida se acercó al demonio un paso más de lo que lo estaba Iroste. Su voz sonó mucho más firme que la del príncipe.
  - Has hecho un trabajo magnífico, has derrotado al mayor enemigo que la oscuridad ha tenido nunca. No lo estropees con esta estupidez.
  Pero Marmenn no quería hacer caso de las palabras de Ancara.
  - ¡Ancara! Te has vuelto muy amable. La última vez no fuiste nada considerada conmigo; ¿por qué este cambio? - Se calló teatralmente - ¿No será porque ya no puedes hacer otra cosa que suplicarme?
  Ni el más leve gesto traicionó a Ancara; hizo caso omiso de la provocación y continuó.
  - Mi alma pertenece a la oscuridad tanto como la tuya; pero he pasado muchos años en la superficie. He padecido con la luz, con el amor, con la alegría... pero he llegado a entenderlo. La luz y la oscuridad están entrelazadas tan profundamente que no pueden separarse. Incluso en las noches más oscuras, el negro del cielo se ve salpicado de estrellas, y en los días en que el sol más abrasa, los árboles dan sombra y las cuevas siguen sumidas en la negrura... Atfal pretendía destruir todo eso. No persigas lo mismo; aprovéchate de tu victoria, pero respeta el orden de las cosas.
  Marmenn, que también estaba ligado al destino, representó el papel que le correspondía en esta obra inevitable.
  - Te olvidas de las tormentas, Ancara. En las noches de tormenta, las nubes cubren el cielo y la negrura es completa; y el mundo sigue ahí. Querida Ancara, estás muy equivocada; la luz puede ser hermosa, pero podemos vivir sin ella; yo lo he hecho toda mi vida. Creo que estás deslumbrada, o que te han engañado, porque no entiendo qué ves en ese humano insignificante. No te creía tan estúpida.
  Iroste se admiró de la firmeza que mostró su prometida al contestar
  - Estoy dispuesta a morir por él.
  - Pues hazlo. Con Atfal muerto, ya no me importa ser el nexo de la oscuridad, porque la luz será destruida. Nadie va a impedirme que acabe con Iroste, y menos tú, que ya no tienes manera de hacerlo -. Y concluyó, repentinamente conciliador -. Apártate Ancara, en esto debes quedar al margen.
  La muchacha bajó la cabeza.
  - Marmenn, por favor, no lo hagas...
  A Iroste le partía el corazón ver cómo la humillaba el demonio, y la detuvo posándole la mano en el hombro. Ancara, al sentirlo, bajó la vista hasta mirarse los pies.
  - Tiene razón. Soy yo quien tiene que luchar - Y tras una pausa, djio -. Te quiero.
  Al fin, Ancara alzó la mirada. Le brillaban los ojos.
  - ¿Por qué tiene que acabar así? No es justo.
  El príncipe no supo qué contestar. Dio dos pasos y desenvainó la espada, gesto que imitó el demonio. Iroste blandió su arma a dos manos mientras su mente se dedicaba casi por entero a buscar una salida a aquella situación.



  Y de pronto, oyó la voz furiosa de Ancara.
  - ¡Estoy harta! ¡Harta de todos! - Y adelantándose a Iroste, le gritó a Marmenn - ¡Si no atiendes a razones te expulsaré de este mundo!
  El demonio la miró, borrada la sonrisa de su rostro.
  - No tienes poder para hacer eso... No tendrás valor.
  Cuando el príncipe la tocó para convencerla, tuvo que retirar la mano; había comenzado a invocar el poder de la oscuridad. Iroste retrocedió atemorizado, y por el rabillo del ojo comprobó la expresión atónita de Marmenn, que fue pasando del asombro al temor a medida que Ancara avanzaba en la preparación del hechizo. Convocó sus poderes y preparó una defensa, pero se le notaba en la expresión que la consideraba insuficiente.
  Y cuando Iroste vio que el dolor invadió el rostro de Ancara, tuvo la confirmación de que aquello era inútil. Su prometida era testaruda, y se negó a reconocer que no tenía habilidad para terminar lo que estaba haciendo; pero al fin, interrumpió el sortilegio y se tambaleó. Iroste la cogió antes de que se cayera y la dejó suavemente en el suelo. Lloraba por pura desesperación, sin embargo, salvo, quizá, en su orgullo, no estaba herida. Mientras Iroste se levantaba, aún le suplicó varias veces, lo que llenó de tristeza el corazón del príncipe. Detrás de él, la voz de Marmenn sonó alegre.
  - Sabía que no iba a poder. Está loca.
  Iroste odió aún más al demonio, y avanzó decidido, pero fue éste quien cargó primero. Al tercer choque de espadas, el príncipe ya estaba en el suelo. Ni el mejor de los espadachines era rival para Marmenn, ¿cómo iba, entonces, un luchador mediocre a resistir? La respuesta se la daban las profecías. El destino de Iroste era perecer allí, a manos de su rival. Pero su muerte no sería en vano, la tierra reaccionaría y el equilibrio entre la luz y la oscuridad sería restablecido. Quizá transcurrieran años, pero sucedería. Sin embargo, Marmenn reinaría todos esos años. Aquella parte de la obra que representaban parecía fruto de un escritor despiadado.
  Iroste se levantó y retrocedió en actitud defensiva. Entonces, el demonio le dijo alegremente.
  - ¿Por qué no te dejas matar? Será más cómodo para los dos.
  Como respuesta, embrazó el escudo negro y se preparó para otro asalto. El demonio destrozó el escudo, lo que salvó la vida del príncipe, le derribó de nuevo, e Iroste escapó a la muerte de milagro. Mientras se mantuviera a la defensiva podría aguantar algún tiempo. Marmenn sonrió.
  - Después de ti irá Ancara. Te prometo que sufrirá mucho.
  Iroste cayó en trampa y se le echó encima. Marmenn le esquivó con facilidad y le asestó una cuchillada tremenda. Le alcanzó en un brazo, y por muy poco no acabó con él. El demonio le golpeó sin piedad mientras estaba en el suelo, pero escabullirse era lo que mejor se le daba al príncipe. Volvió a distanciarse de Marmenn, que no parecía tener mucha prisa en terminar el combate; se estaba exhibiendo frente a sus futuros súbditos. Le dolía mucho el brazo, y lo tenía lleno de sangre; pero lo que más le afectaba era reconocer lo estúpido que había sido.
  Iroste retrocedía un paso por cada uno que avanzaba su oponente, y no dejaba de buscar una salida. Recordó todo lo que le había sucedido hasta entonces, las profecías, las ayudas que había recibido, todas y cada una de las palabras de Ancara, de Marmenn, de Niarca. La daga de Niarca le pesaba en el cinto. Recordó las palabras de Uarck, le dijo que su destino no estaba escrito... ¿se había equivocado al enfrentarse a Marmenn? ¿Tenía él alguna forma de expulsarle de la superficie? La daga de Niarca dejó entrever su hoja, como un súbito relámpago.
  E Iroste recordó la conversación entre Ancara y Marmenn, y comprendió. Si la luz y la oscuridad estaban tan entrelazadas, el poder de ambas tenía la misma fuente. Y recordó las palabras de Niarca una vez más. Y supo lo que tenía que hacer. Se detuvo y se irguió, mostrando por última vez su orgullo de príncipe. Clavó la daga en la tierra de un certero lanzamiento, y por primera vez, la voz de aquel muchacho demasiado impulsivo y mediocre sonó con la misma firmeza que la de Perdigón.
  - En las peores tormentas, cuando todo el cielo se ha cubierto de negro, de repente, un rayo desgarra las nubes -. Y extendiendo una mano, concluyó -. Y, de una forma u otra los rayos terminan en la tierra.
  De la daga de Niarca partió un relámpago continuo, que fue a morir en la palma de Iroste. Niarca había sido la más sabia de todos sus consejeros. El verdadero enemigo de Iroste, desde un principio, había sido la indiferencia. Nadie le había hecho caso, porque era un ser mediocre e insignificante, ni Almedo, ni Perdigón, ni siquiera la luz. Y hubiera muerto frente a Marmenn por la indiferencia del mundo. Sólo su muerte habría hecho reaccionar a la tierra... O bien, la daga de Niarca. Marmenn le miró consternado, y por primera vez, Iroste no le tuvo miedo, porque ahora poseía toda la fuerza de la luz renacida. El demonio, dominado por la frustración, cargó y le atacó desesperadamente, pero Iroste ni se movió, envuelto en un manto de relámpagos.



  Y llegó el momento de su elección. Aunque, en el fondo, por mucho que le doliera, ya lo había decidido. En el tiempo que pasó con Ancara mientras regresaban junto a su padre, había podido comprobar cómo su prometida se resignaba a recibir sus besos y su afecto. Ella y la oscuridad eran una, y si iba a sufrir por culpa de su amor, no valía la pena seguir. Había dos maneras de librarse de Marmenn: expulsar a todos los demonios, y dejar a Ancara igual que siempre, o llenar todos los corazones vacíos de aquel valle, lo cual ningún demonio soportaría. La opción era muy clara para el príncipe.
  No necesitó más que un acto de voluntad, y por un instante, la luz lo cegó todo. Cuando el brillo se desvaneció, Iroste creyó haber despertado de un mal sueño. El sol relucía como antes de que sucediese todo aquello, los muertos vivientes habían vuelto a la tierra, y no había un solo demonio. Se oyeron gritos de júbilo por todas partes, pero Iroste estaba triste.
  Se volvió y buscó a Ancara con la mirada. Estaba al lado de Perdigón, que la había apartado del campo de batalla cuando perdió el sentido. Los pocos sobrevivientes le aclamaban, pero él apenas les oía. Su corazón albergaba una esperanza absurda, que mataron del todo los ojos de Ancara. Ya no quedaba amor en su mirada; sólo incertidumbre y una pizca de temor. El mayor sentimiento de un corazón vacío es insignificante al compararse con los anhelos normales de una mujer corriente. El amor de Ancara se había vuelto tan poco importante en su corazón que, en la práctica, ya no existía. Aún y así, Iroste fue capaz de sonreír.
  - ¿Cómo te encuentras?
  Ancara le miraba con una expresión extraña, y Perdigón no tardó en darse cuenta de que sucedía algo.
  - Confusa.
  Había bajado la cabeza, pero volvió a mirarle de forma rara. Iroste sabía que buscaba en él algún atractivo, algo que explicase lo que, en el pasado, había sentido por él. Y no lo encontraba. Habló indecisa.
  - Recuerdo que me prometí a vos. Recuerdo haberos amado; pero...
  Pero ahora no comprendía que había visto en él. Sólo el resplandor de la luz, que ya se había apagado, consumido al librar al mundo de Marmenn. Ancara tenía miedo, temía que Iroste le obligase a cumplir el compromiso; pero el príncipe era incapaz de hacer eso; la quería. La respuesta de Iroste dejó estupefacto a Perdigón.
  - Os comprendo. Todos hemos pasado muy malos momentos. Necesitamos descansar. Haré que os escolten hacia Nandir. La parte sur del reino no ha sufrido apenas; allí podréis olvidar todo esto.
  Por primera vez, Perdigón comprendió lo que estaba haciendo su hijo, y lo respetó. Aquella era una forma elegante de disolver su compromiso. Ancara respondió con una levísima reverencia, sin sonreír, porque era muy capaz de leer en los ojos del príncipe. Pero Iroste sí lo hizo. Y, como siempre, se negó a plegarse sin más a su destino. A su derecha había una amapola, roja, delicada y diminuta. La cortó y se la dio a Ancara, y le dijo.
  - Como recuerdo de lo que una vez sentimos el uno por el otro.
  Ancara le miró a los ojos por última vez, y a Iroste ya le dolía. Con aplomo, se despidió.
  - Hasta siempre.
  La que había sido su prometida, se inclinó levemente, lanzó una mirada fugaz a Perdigón, que no se dio por aludido, y se marchó, sin mirar atrás ni una sola vez.


Mackay



  Y así, mientras Ancara se marchaba en silencio y sin volver la mirada atrás, la noche comenzaba a clarear para dejar paso al alba de un nuevo día en la ciudad blanca de Kovar.

  Los partidarios de Aftal y Marmenn fueron castigados sin crueldad y los mercenarios de su ejercito encarcelados o desterrados. La tiranía se había acabado para siempre.

  Las fiestas por la victoria de Iroste y Perdigón duraron varios días y en honor a ellos se celebraron concursos, iluminaciones, fuegos, danzas y bailes. Todos acogieron al Rey con júbilo y esperanza.
  Y el sol se abrió paso entre los rayos mortecinos que doraron la ciudad de la luz.


Lía



  Terminadas las fiestas de la victoria, Iroste decidió que era el momento de cumplir la promesa que le hizo a Niarca, el hada del río, y con un pequeño séquito, se encamino a su encuentro. Cerca del lugar donde la había visto por vez primera, alzó un campamento, dejando a la guardia allí, y andubo hasta la orilla a la espera de que el hada se le apareciera. Se reclinó junto al sauce que le dio sombra la primera vez, y esperó.
  Bien entrada la noche, una luz iluminó por completo el río, y de su mismo centro, el remolino de agua que emergía de su interior se fue transformando en una bella figura de mujer. Niarca le observaba silenciosa. Iroste se levantó y apoyando una rodilla en el suelo, bajó la cabeza en señal de respeto.
  -. Sin tu ayuda no hubiese logrado vencer a Marmmen, y ahora seríamos súbditos de la oscuridad.- Niarca se sonrió complacida.
  -. Has cumplido tu promesa de regresar tras tu victoria. Dame la daga que te regalé para tal fin.- Iroste desenvainó de su cinto la fina hoja de cristal que el hada le había dado y la puso en las manos de agua de Niarca.
  -. Iroste, hijo de la luz, las profecías se han cumplido y por mil años reinará en tu pueblo la paz y la oscuridad será desterrada por ese tiempo. Ahora debes hacer algo por mi.- El joven príncipe se incorporó atento a la petición del hada.
  -. Quiero que en la entrada de Kosvar, hagas edificar una fuente, la más bella que puedas imaginar, y que cada primavera, deposites en el lecho del río una corona de las más suntuosas y bellas flores que la naturaleza haya creado jamás. Lo harás desde ahora hasta tu muerte, y tus hijos, y los hijos de tus hijos, mantendrán la promesa que ahora tu me haces.- Iroste Asintió sin interrumpirla.
  -. Si así lo haces, Kosvar se convertirá en una próspero reinado para ti y tus descendientes.- Iroste juró ante Niarca que cumpliría su deseo.
  -. Otra cosa más, hijo de la luz. Has mostrado tu valentía al enfrentarte a la oscuridad, y por ello quiero recompensarte con esta semilla.- Niarca depositó en las manos del joven una hermosa semilla de agua.- Plántala en tu jardín durante la próxima luna, y serás bendecido con tu mayor deseo.- Sin mediar más palabra, el hada desapareció entre sus aguas.
  Iroste volvió al castillo y le narró a Perdigón su encuentro con Niarca. Durante la primera luna llena, plantó en su jardín la semilla que el hada le había regalado, y de ella brotó una hermosa mujer de piel blanca y suave que amó a Iroste hasta su muerte.
  Perdigón mandó construir la fuente más bella que el cerebro humano pueda imaginar, y la emplazó en la entrada misma de Kosvar para deleite propio y de sus habitantes, convirtiendo el reino en uno de los más prósperos durante mil años. De nuevo, transcurrido ese tiempo, la profecía de Niarca se cumpliría... Pero eso es otra historia.



FIN



Pálpito



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