CORAZONES DE PIEDRA Se han callado las risas, los sones, las charlas. Se han parado los días, las horas, los años. Se han quedado vacías escuelas y casas, vacíos los parques, vacías las manos. ¡Qué amarillas las hojas secas del olvido, y qué triste el sonido seco de las armas! ¡Qué terrible el fantasma del campo de batalla! Muchos se van y no vuelven y en recuerdo, a quienes esperan, queda un rostro, la sombra de un rostro, perdido y profundo en un pozo sin fondo; Y las lágrimas secas de quien ya no tiene más para llorar. ¿Qué hará falta para deteneros? ¿Qué esperáis que la sangre satisfaga? ¿Qué podéis sacar de un niño muerto, o de un niño vivo que no tiene nada, ni padre, ni madre, ni sueños, ni alma? ¡Qué difícil es ser padre y asesino! ¡Qué cruel ser hijo y ser testigo de la guerra donde no se lucha, donde la metralla se llama destino! Sé que es hablar por hablar si nadie escucha y hacer versos para nada. Es la herida que, sangrando, nadie cura, una música que suena y no se canta. Cuando abra las alas la paloma blanca volará asustada sobre las ciudades, buscando su nido y no encontrando nada, temblando de miedo porque todo arde. Y los que vivamos lejos de ese mundo sólo miraremos, sin decir palabras, el triste horizonte y los pueblos desnudos, las desnudas calles y las tristes casas. Hace falta una mano grande y que no tiemble para que separe las armas de los hombres, que haga saber al criminal lo que se siente cuando la vida se oscurece y se hace noche. No bastan las palabras por bellas que sean, porque la belleza se extingue con el fuego. Lo que no se extingue es esta tormenta que arrastra las piedras y llena de miedo. No sirve la pena si no tiene fondo, así es mejor reír sin pensar en nada y poco puede verse cerrando los ojos: será un mundo oscuro de falsa esperanza. Las aguas de un río discurren y pasan y los hombres bogan contra la corriente, hasta que algún día el tiempo les cansa y van río abajo y el mar les detiene. No hay mar en las guerras, y andan los soldados siempre en las riberas, sin tocar el agua que todo se lleva, dejando de lado la corriente eterna. Corazones de estatua. Corazones de piedra. ¡Apagad los fuegos, encended la Tierra, liberad a los niños de este gran dolor! Y el hombre que pueda que pare la guerra, que encienda los sueños e inflame el amor. Elizabeth |