EL LÁPIZ MÁGICO


Érase una vez, hace mucho tiempo, en un país muy lejano, un bosque donde vivían los protagonistas de esta curiosa historia que os relato a continuación.
Aquella mañana el sacapuntas se había levantado algo quisquilloso y no paraba de dar vueltas por el camino que conducía a la explanada del bosque, donde dormían algunos de sus compañeros. Haciendo ruido sin cesar y rompiendo alguna que otra rama consiguió despertar a una familia de chinchetas multicolor que dormitaban plácidamente sujetas entre las hojas de un almendro. -- ¡Basta ya! - le susurró papá chincheta, - ¡que me vas a despertar a toda la prole!-. En ese preciso instante, todo un nutrido grupo de "tachuelillas" se descolgó del árbol, no sin gran alboroto. El sacapuntas prosiguió su camino refunfuñando sin cesar mientras mamá chincheta intentaba poner orden en semejante algarabía. Tropezó nuestro amigo con una escuadra y un cartabón que ya desayunaban con sus "reglillas". - ¡Buenos días! - exclamó papá cartabón al verle, pero el sacapuntas no contestó. Apretó el paso y fue dejando atrás a un sinfín de compañeros…
Mientras tanto, poco a poco, el bosque iba despertando… las acuarelas hacían la colada junto al río - ¡Niños!, no salpiquéis, que os borraréis el color, ¡jesús, estos chiquillos! - …un grupo de tiralíneas trazaba los planes para ocupar la jornada… al fondo, sobre mullida y fresquita hierba, un conjunto de libretas anilladas se preparaban para ser decoradas por algún pincel o alguna brocha vanidosa que ya había aparecido por allí acicalando su melena… compás, papel de calco, de celofán, charol… una familia de semicírculos al completo, pegamento, clips, cinta adhesiva y cómo no, en el claro del bosque (adonde se encaminaba cada vez más enfurecido el sacapuntas) sobre una piedra, un borrador y junto a él, a la sombra de una madreselva, el LÁPIZ MÁGICO.
- ¡Quiero presentar una queja ante el "alto mando"! - gritó enfurecido el sacapuntas.
El lápiz se levantó y escuchó con paciencia el relato del sacapuntas:
- Ayer por la tarde una cera amarilla no me dejó sacarle filo, cuando ya tenía gastada toda la punta y tuve que irme a afilar una punta de compás que se había partido mientras daba vueltas y más vueltas con una bailarina del otro lado del río. Si sigo así pronto estropearé mi cuchilla y no podré trabajar más en este bosque. -
El lápiz pidió calma al enojado sacapuntas que ya apuntaba desafiante con su filo a un extremo de tan singular jefe. Y digo singular porque nuestro lápiz no era un lápiz normal, no. Era MÁGICO. Tenía la facultad de cambiar de color a su gusto, podía ser verde, violeta, anaranjado… todos los colores estaban encerrados en él y era capaz, con sólo desearlo, de colorear cualquier hoja de papel y convertirla así, en el más bonito dibujo jamás pintado. Así mismo, podía afilarse una y otra vez sin perder nunca su altura original. Su más fiel amigo era el borrador, porque no os penséis que el lápiz nunca se equivocaba; él era capaz no sólo de reconocer sus errores sino de enmendarlos, que es lo más difícil. Así pues, cuando hacía alguna mezcla de color incorrecta el borrador se apresuraba a ayudarle a reparar el error.
Por esto y por los diferentes puntos de vista que le ofrecían cada uno de sus colores, se había convertido en el jefe de tan singular bosque.
Pues bien, el lápiz mágico pidió calma al sacapuntas y prometió convocar una asamblea urgente para tratar tan complicado asunto. Al día siguiente, así lo hizo saber en un "post-it" que se iba pegando de árbol en árbol, se rogaba la asistencia de todos los habitantes del bosque a una reunión extraordinaria para intentar resolver el grave problema del sacapuntas.
Pero lo que nuestros amigos no sabían era que la jornada venidera les iba a deparar el mayor desastre que jamás se había presentado en toda la historia del bosque…
Bajo un cielo gris plomizo todos empezaron a despertar, el aire estaba enrarecido y poco a poco la incredulidad se fue dibujando en los semblantes. Nadie daba crédito a lo que se veía a su alrededor… …todo era gris, los troncos de los árboles, las hojas, las piedras, el camino, las flores e incluso el río que ayer mismo era de aguas transparentes se había tornado gris, opaco, oscuro.
El bosque había perdido sus colores, parecía no tener vida.
Apresuradamente todos y cada uno de los habitantes se fue congregando en el claro del bosque y aunque sabían que aún era temprano para celebrar la asamblea, nadie faltó a la cita. Unos y otros se cruzaban miradas recelosas: ¿quién podía haber sido el artífice de semejante maldad? Y lo que empezó en susurros terminó siendo un clamor indescriptible. Unos acusaban a las acuarelas siempre juguetonas y distraídas, siempre acercándose en exceso al río. Otros a los pinceles, demasiado presumidos y presuntuosos, ¿habrían sido capaces, desde su orgullo, de gastar todos los colores del bosque? Otros, los más atrevidos, acusaban sin pudor al sacapuntas, celoso de todos los lapiceros. Pero de pronto, enmedio de la confusión se alzó potente la voz del lápiz mágico: - ¡Silencio! -…de nada nos sirve discutir ahora; después de este suceso debemos unir nuestros esfuerzos para devolverle al bosque su color y con él, su vida. Os cruzáis acusaciones sin pudor alguno y entre tanto vocerío no habéis reparado en lo más importante, ¡¡mirad el río!! - exclamó furioso -.
Y entonces fue cuando repararon en el reflejo multicolor que, no sin dificultad, se apreciaba en su superficie. Alzaron la vista al cielo y allí estaba: un arco irisado cruzaba bajo los nubarrones el inmenso cielo gris… y entonces fue cuando repararon en la ausencia del bote de tinta china negra. Ya no había ninguna duda, él era el culpable.
Qué hacer, se preguntaban confusos cuando con gran estupor general se oyó, ronca, la voz insolente del bote de tinta desde lo más alto de una montaña. - ¡¡Sí!! - gritó; yo os robé el color, durante la noche esparcí vuestros colorines ridículos en el cielo, en lo más alto, donde no podáis recuperarlos. No sabéis lo que significa vivir sin color, mirando siempre en negro, tampoco sabéis lo que es pasar desapercibido sin que ningún pincel se fije en ti, permaneciendo siempre en la sombra.
-Te equivocas tinta -, le desafió el lápiz mágico - aunque no lo creas, no podemos estar sin ti. Te necesitamos para trazar planes, redactar notas oficiales, escribir carteles, eres imprescindible para los tiralíneas; sin ti, ellos tampoco tendrían sentido, pero debes entender que todos y cada uno de nosotros tenemos una función en este bosque, y si no, fíjate en las grapadoras, que sólo tienen sentido los días de fuerte viento evitando que familias enteras de papeles queden esturreadas por todo el camino. Ellas aceptan su función, como todos y cada uno de nosotros, incluso tú, tienes que aceptar la tuya, con orgullo y valentía; porque todos en nuestro sitio somos necesarios e importantes.
Mientras tanto, el bote de tinta china negra se disponía a destaparse con la oscura intención de derramar todo su contenido sobre el bosque. Fue el aguerrido sacapuntas quien comenzó a subir apresuradamente la montaña, dispuesto a todo. El lápiz mágico le seguía de cerca. En la cima se entabló una dura batalla entre ellos, y cuando todo parecía perdido, el sacapuntas, olvidando sus diferencias, se sujetó fuertemente a un extremo del lápiz y ambos asestaron un duro golpe al tapón del bote, que quedó encajado firmemente; y la tinta china, avergonzada, se dejó deslizar suavemente por la ladera.
Fue entonces cuando el lápiz comenzó a pinchar con su afilada punta todas las nubes que tenía a su alcance. Una fina lluvia comenzó a caer arrastrando a su paso los colores del arco irisado. Infinidad de gotitas coloreadas se precipitaban sobre el bosque. -¡Todos a trabajar! - exclamó el lápiz mientras descendía velozmente, -¡hay que poner cada color en su sitio! -.
La tarea no fue fácil. Un ejército de pinceles se puso al frente de la operación, coloreando cada rincón sin descanso mientras que los demás iban recogiendo colores y más colores vertiginosamente.
Las acuarelas el verde de las hojas, los tiralíneas el azul de las buganvillas, las ceras el ocre de la tierra, las chinchetas el rojo de las amapolas, el pegamento el amarillo de las margaritas. Y así, comandados por el lápiz mágico, que era un gran entendido en colores, consiguieron devolverle al bosque todo su esplendor.
Al atardecer, exhaustos, con la alegría contenida dibujada en sus caras, se fueron dejando caer por la explanada para descansar.
Sólo el bote de tinta china negra había permanecido en silencio, semioculto tras un recodo del río. Consciente de su malvada actuación. Tenía que hacer algo. Cómo podría reparar el daño. Cómo pedir perdón. Pero de pronto lo vio todo claro, recogió cuantas gotas de lluvia pudo y volvió a lo mas alto de la montaña y desde allí, con la luz del atardecer, y con todas sus fuerzas, lanzó al aire una multitud de gotas de color. Un arco se dibujó en el cielo.
Todos los habitantes del bosque levantaron la vista, maravillados por la explosión de color mas bonita que nunca habían contemplado….
Desde entonces, cuando una fina lluvia baña el bosque y los rayos de sol iluminan el horizonte, un arco cruza el cielo, majestuoso: "EL ARCO IRIS".

Fin.

Malena.



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