Hace siglos y siglos, cuando ni siquiera la vida poblaba la Tierra, la Luna y el Sol se enamoraron. Tan grande fue su amor que quisieron fundirse en un beso interminable. Así enlazados, el Sol y la Luna emitían una luz muy intensa, mil veces más fuerte que la que hoy nos proporcionan los rayos solares. De esa manera, en los planetas nunca había noche, sino un día eterno, fruto de un amor inagotable. Y entonces nuestra Tierra sintió celos de la hermosa Luna, y quiso que el Sol también la amara. Trató de conquistarlo, engalanándose con los colores más bellos del universo: entonces nació el azul de sus mares, de sus ríos y lagos, el verde de sus campos, el rojo de sus volcanes, el blanco de sus nieves, el color de sus flores, sus arcoiris..., pero de nada sirvió, el Sol ni siquiera se detuvo a contemplarla. Aquel rechazo la hizo enfurecer y su amor se convirtió en odio, así que un día invocó a la furia del viento para que soplara con más y más fuerza, y arrastrase nubes, tempestades, rayos, tormentas. Las turbulencias fueron tan grandes que subieron al Espacio y todo se confundió entre nubes negras, cargadas de lluvia, de truenos, de viento..., de ira. El Sol y la Luna, que nada sospechaban, se vieron sorprendidos por la tempestad. Lucharon unidos contra huracanes y diluvios, pero cuando ya estaban muy cansados, un tornado arrancó a la Luna de los labios del Sol y se la llevó muy lejos, donde nunca más pudiera encontrarla. Se buscaron sin descanso, hora tras hora, día tras día, mas fue inútil. Ella cayó en el desconsuelo y sus lágrimas no podían detenerse de ningún modo. Cada gota que salió de sus ojos de plata se convirtió en estrella, y su pena se transformó en negrura, en espesa noche que crecía y crecía a su alrededor. El Sol no lloró jamás, porque nunca perdió la esperanza de encontrarla. Él supo de aquella oscuridad impenetrable que la rodeaba, y comprendió que la luz del día no podía entrar de ningún modo en la sombra de la noche, y que la Luna no volvería a salir de su prisión. Sin embargo, el Sol aún mantiene la esperanza de que un día volverán a estar juntos. Es la Luna dibujada en el cielo azul y limpísimo de algunas mañanas lo que alimenta ese deseo, esa fe que le hace seguir brillando, porque él la ve; ve a su amada algunas veces, aunque nunca se queda el tiempo suficiente como para alcanzarla. Y el Sol aún no sabe que las mariposas blancas que vuelan entre las flores de la Tierra, conmovidas por el dolor del Astro Rey, suben a veces al cielo todas juntas y llegan tan alto como pueden para agruparse en círculo y formar la silueta de una luna. Allí se quedan todo el día, luchando contra el calor y el viento. Luego, cuando el Sol se oculta tras el horizonte, caen exhaustas, marchitas... Muertas. Y si os fijáis bien algunas noches, veréis mariposas blancas subiendo a la Luna, y si habéis llegado hasta el final de esta historia conmigo entenderéis que son las mismas que murieron y que ahora se despiertan por el milagro de un rayo de luna agradecido.


ELIZABETH.


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