Nunca me han gustado los viajes de regreso. El camino ya se conoce, y perdida la ilusión de la novedad, los días pasan con eterna lentitud. Y además, están las ansias de sentarte en tu hogar en vez de en la silla del caballo. Quizá por eso, en contra de mis costumbres, tras cenar, me quedé en la sala común que ocupaba buena parte de la planta baja de la posada, esperando divertirme con las historias que narrasen los demás viajeros.
... Desgraciadamente, en el sur de Jarguis las altas temperaturas suelen invitar a posponer los viajes al más suave otoño, de modo que el recinto, aunque fresco, estaba casi vacío; sólo cuatro personas sin contarme a mí. Su contemplación sólo me distrajo unos instantes. Dos de ellos eran jarguíes: un par de hombretones morenos y corpulentos, mercenarios que viajaban a Taisiluba para servir a alguno de los señores de la guerra de ese país. No me llamaron mucho la atención sus armas: sables cortos y sendos escudos de madera. De todos modos, nunca me ha atraido el ejército. Por ello me aburrió escuchar sus planes.
... La muchachita pálida y frágil, con la cabeza rapada y vestida con unos hábitos horribles tampoco era nada interesante. Era una novicia de la iglesia de Jarguis y por tanto, su obligación era desoír todos los placeres con que el mundo nos obsequia, aunque tan sólo cobren la forma inofensiva de una conversación relajada. Me hubiese gustado preguntarle, para iniciar la conversación, cómo se decidió a ingresar en la orden, pero sus respuestas habrían sido escuetas y místicas, buscando terminar cuanto antes el diálogo.
... En cambio, mi cuarto compañero sí era más llamativo. Sus ropas y su aspecto le delataban como extranjero. Ningún varón jarguí se dejaría crecer el pelo hasta alcanzar la longitud del de aquel hombre, ni tampoco permitiría que la barba le restase protagonismo al bigote que entre mi pueblo representa la virilidad. Ni se protegería del sol con aquel ridículo turbante que descansaba en el respaldo de su silla. Sus ojos eran negros y profundos, y escuchaba atento las hazañas aún no realizadas por los futuros mercenarios, sin abrir la boca. En fin, pensé, mejor aquel extranjero que el aburrimiento.
... - Usted no es jarguí, ¿cierto?
... Cuando me miró y respondió, comprobé con cierto asombro que hablaba muy bien mi lengua.
... - No. Soy rutrabita.
... Lo cual me resultó obvio por el acento.
... - Sin embargo, habla muy bien jarguí.
... - Tengo muchos parientes en Jarguis, en Sulaa, adonde me dirijo.
... - No es una buena época para viajar. Lo digo por el calor. ¿Asunto de negocios?
... - No, una visita a la familia. De todos modos, en Rutrabia no hace mucho menos calor que aquí - Entonces, le vi sonreir de una forma extraña y prosiguió -. No necesito viajar mucho para ganarme la vida... Colecciono historias y leyendas. Y las escribo o las cuento.
... Le devolví su sonrisa y pensé en que ese era un oficio bastante absurdo. Sin embargo, aquella era una charla para matar el tiempo, no un debate serio. Repuse con una sonrisa pícara:
... - Si me lo permite, voy a añadir una a su colección - Y proseguí al verle asentir -. ¿Ha observado que se ha visto la luna casi todo el día? - Volvió a asentir y continué -. ¿Sabe lo que eso significa? Cuando el sol y la luna comparten el cielo del día, los Kuts despiertan de su letargo, a media noche. Se alzan de entre sus lóbregas estancias en los sótanos abandonados, o de sus lechos de piedra de las cuevas, y recorren los campos y las aldeas, y destruyen las cosechas, matan a los animales e, incluso, raptan y devoran a los niños. La única defensa contra los Kuts es formar un círculo de arena de mar, o de arcilla sacada de un arroyo y bendecirlo con una plegaria.
... El hombre me miró en todo momento mientras recitaba de memoria aquella antiquísima leyenda que mi madre me había contado de niño. Cuando terminé, dijo:
... - Extraña leyenda - Y permaneció un rato en silencio, como recordando algo -. Me ha traido a la memoria otra leyenda, no tan macabra. Si no tiene inconveniente...
... - Por supuesto, cuéntemela.
... - La leyenda explica por qué, a veces, la luna se ve de día.
... Asentí visiblemente, animándole a que comenzase su relato, lo cual no tardó en hacer, tras acomodarse un poco y humedecerse la garganta.
... - Hace muchos siglos, mucho antes de que el hombre apareciese sobre la tierra, el mundo estaba vacío, pero los cielos estaban poblados por miles de seres divinos, gobernados por el Unico, el más poderoso de ellos, un dios entre dioses, a quien ahora llamamos Sol. Los dioses vivían en perfecta armonía en la bóveda celeste, consagrados al arte y las ciencias. Pero el Sol se cansó, un buen día, de contemplar la tierra yerma, de que su perfección y belleza no fuesen admiradas sino por seres que rivalizaban con sus cualidades. De este modo, el Sol alzó una mano...
... Unas risotadas desagradables interrumpieron a mi interlocutor, que me hablaba en voz alta puesto que estábamos un tanto separados y no teníamos nada que ocultar. Era uno de los mercenarios, que dijo burlón:
... - ¡Cállate loco! ¿Es que no tienes ojos? ¿Cuándo le has visto los brazos al sol?
... Y se rió, sin la menor delicadeza, del extranjero. El rutrabita se ofendió visiblemente, pero replicó con tranquilidad:
... - Se trata de una leyenda, pero claro, ¿qué sabe usted? Si no le gusta lo que está oyendo, es libre de marcharse.
... Aquella insolencia me dejó perplejo incluso a mí. El mercenario, furioso, gritó:
... - ¡Ningún extranjero va a echarme de ninguna parte!
... Y luchó con su compañero por levantarse, mientras éste trataba de calmarle diciéndole que no valía la pena. Instintivamente, me aseguré de que el Tlakan, la daga que los varones jarguíes recibimos al abandonar la pubertad, estaba en su sitio; aunque poco podría hacer contra los sables de los mercenarios. El rutrabita miró desafiante al furioso soldado y descubrí que no iba desarmado, sino que cerca de él reposaba un bastón demasiado recio como para no ser empleado como defensa. Sin embargo, acabó por desviar la vista y responder con desprecio:
... - También puedo callarme. No tengo por qué obligarle a que me escuche.
... El mercenario, tras dedicarle algunas palabras poco amables, pareció complacido; pero yo no lo estaba: aquello no era propio de la hospitalidad de que tanto presumimos los jargíes, de modo que me dirigí al extranjero:
... - Siga con su relato, por favor, yo le escucho.
... Pero a mi compatriota no le pareció nada bien mi intervención:
... - ¿Y a usted quién le manda meterse? ¿Va a defender a un extranjero?
... Le miré airado, pero era una fanfarronada; no iba a arriesgarme por defender el derecho a hablar de un rutrabita. Y de repente, una vocecita fina nos sorprendió:
... - Por favor, no se ofenda. Cuénteme la historia.
... Era la novicia. Su tono era enternecedor de suplicante y al ver al extranjero, supe que no se negaría. Sonrió débilmente y repuso:
... - No soy capaz de negarme a lo que una dama me pide de esa manera.
... La respuesta del mercenario fue un gesto despectivo de la mano; y a continuación, se enzarzó con su compañero en un interesante debate acerca de lo que iban a hacer con los enemigos vencidos. Propuso hacerse un collar con los dientes de los caídos cuando la voz del rutrabita, tras haberle preguntado a la novicia dónde se había quedado, volvió a llamar mi atención:
... - Así que el Sol alzó una mano y sobre la tierra aparecieron los mares, los ríos, los bosques y las montañas. Y los pobló con todas las especies de animales que hoy existen, y con los hombres. Pero el mundo estaba oscuro, y el buen Sol extrajo de su esencia un mar de luz que bañó todo el cielo. Y las nubes eran la espuma de las olas. Y los demás dioses se sumergieron en ese mar infinito, regocijándose con el calor y la luz.
... De entre todos los dioses menores destacaba la diosa Luna, no sólo por la belleza de su piel pálida y perfecta, y por su cabello y sus ojos negros, sino por su sabiduría, y también, por su ambición. Ella también deseaba crear seres capaces de admirar su belleza y su perfección, y nacieron las razas que después se llamarían nocturnas: las lechuzas, los lobos grises, los mhaes, y otras tantas. Pero los caracteres de la Luna y el Sol eran muy diferentes, y los seres creados por ambos se hicieron enemigos. Se mataban unos a otros y los hombres, los más indefensos de todos, estuvieron a punto de desaparecer. Entonces, el dios Sol intervino, y furioso con la Luna por haberse entrometido en el mundo por él creado, dotó a los hombres de inteligencia y les concedió los dones de la organización y la herrería; y con la ayuda del Sol, se dispusieron a exterminar a las razas nocturnas.
... La Luna al saberlo, montó en cólera y la armonía del cielo se rompió para siempre, al sostener la Luna y el Sol una discusión terrible. Al fin, la Luna se rodeó de un manto de oscuridad y la acompañaron todos los demás dioses, las estrellas, celosas de la luz del Sol y sabedoras de que la débil luz de la Luna no podría eclipsar su minúsculo brillo. Así nació la noche. Pero la Luna no pudo crear nada semejante al mar de luz del Sol y los dioses de la noche acabaron viviendo en perpetua oscuridad, solitarios, murmurando unos contra otros, angustiados. Y la Luna odió al hombre y le hizo partícipe de su amargura. Por eso es de noche cuando los hombres temen, y cuando se sienten más las personas y cosas perdidas.
... La Luna y el Sol ya no pueden reconciliarse, puesto que ambos son demasiado tozudos como para eso; sin embargo, la Luna añora el mar de luz que es el día, y la espuma que son sus nubes. Así, en ciertos días, la Luna se ciñe un manto que atenúa su brillo, y cuando las estrellas duermen, se sumerge en el mar y nada entre sus olas blancas; y el Sol finge no verla, porque contemplar a la Luna entre la espuma le recuerda la armonía que ya nunca ha de volver. Y así, la Luna vive en la noche negra, anhelando el agua del mar, pero sin poder escaparse de la oscuridad que tanto odia.
... El rutrabita se calló, dando así por concluida su narración; y cuando miré a la novicia, comprobé que se enjugaba con disimulo una lágrima, y un cruce fugaz de nuestras miradas me convenció. La última parte de la historia reflejaba lo que ella misma sentía; el conflicto interno de la Luna era similar al suyo.
... ¡Pobre novicia! No quería ser monja.


Juan Cuquejo Mira (Mackay).


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