Opinión.

(No es un ensayo)

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"A tus carpas, Israel."

( 1 Reyes, 12, 16 y 2 Crónicas, 10, 16)

Ariel N. Santanera

1999

(Catholic Church. Reform of the Church. Cristianism. Chistian faith. Jesus. Holly Spirit. Vatican II. Sins. Women in the Church. Women Priest. Mary Virgen.)

 

 

 

 

Introducción.

Una de las pocas, escasísimas lectoras de un trabajo mío anterior (una novela, "Mi angustia y tu temor, también mañana"), me pidió, me sugirió, que lo transformase en un ensayo. Le respondí, y lo mantengo ahora, que tal ensayo rebasaría mi capacidad. Porque no tengo la formación intelectual, ni los conocimientos necesarios. Y difícilmente encuentre tiempo como para capacitarme y para investigar adecuadamente.

Sí, en cambio, pienso que está a mi alcance exponer mi opinión sobre el tema subyacente en la novela: la Iglesia Católica y la necesidad de su reforma. Y, por favor, no se me considere presuntuoso al afirmar esta necesidad de reforma: me parece que está en la esencia del mensaje de Cristo la invitación a una constante revisión. Y está en la mente de muchos cristianos, quizás la mayoría, la necesidad de que la obra reformista y de apertura que inició Juan XXIII, se continúe y profundice, con entusiasmo y fuerza.

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Nuestra fe.

Nuestra fe. La fe de Jesucristo, hebreo. ¿La fe de un reformador? ¿En qué sentido, reformador?

En el sentido de Juan, cuyo Bautismo Cristo pidió. Una fe materializada en una misión: demoler y allanar, bajar los montes y rellenar las tierras bajas; alisar, en una palabra, el escenario donde se realizará el drama divino-humano. Podemos decirlo así: en poner todas las cosas a la altura del hombre. Hasta Dios se pone a su altura. (Curiosa y simbólicamente, será el hombre, los hombres, quienes "elevarán" a Dios... en la cruz: lo retiran del nivel humano, y lo matan).

Poner todas las cosas a la altura del hombre. Descubriendo, poco a poco, cual es su verdadera altura. O hacer crecer al hombre hasta que alcance esa verdadera altura.

Este esfuerzo de allanamiento lo realiza Jesús fuera de las estructuras. No solo sin estructuras, sino fuera de ellas. A pesar de que algo venera en ellas, en las estructuras: su valor sagrado, como materialización de la Alianza. O como símbolo de la Alianza Quizás más que veneración, sería respeto. Es por la Alianza, por la fidelidad de Dios y de su pueblo a esa Alianza, que cobran sentido el arca, el templo, los sacerdotes, el culto. Visita al templo, porque esa visita reafirma su adhesión a la Alianza, al pacto de Dios con su pueblo. Pero pareciera que lo visita a pesar del templo y de la estructura generada a su alrededor. Hay algo que parece asquearlo en ello. Y cuando se asquea demasiado, vomita a latigazos.

¿Y nosotros? hemos armado una enorme estructura. En lo material, en lo jerárquico, en lo doctrinal, en lo legal. Y lo peor, es que nos entusiasma, que nos movemos en ella con orgullo.

¿Entendemos realmente qué tiene que ver nuestra fe con esa estructura? ¿No hay una desmesura entre lo que trabajamos por la estructura, entre los esfuerzos, tiempo y dinero que les dedicamos, y lo que dedicamos a profundizar nuestra fe, y su expresión en obras?

No niego el valor de las obras puramente de culto, sino su desproporción. Judas protestó cuando se vertió perfume sobre los cabellos de Cristo. Se equivocaba, pero por una cuestión de proporciones. Fue un acto quizás único, motivado por el amor, y al cual el Señor aprovechó para darle un simbolismo anunciante de su muerte.

Nuestra fe puede necesitar elementos físicos que le ayuden a manifestarse, que nos ayuden a vivirla. Pero algo anda mal si nuestra preocupación insiste en trabajar y trabajar para tener edificios, estructuras, organizaciones, códigos, cada vez más grandes, más bellos, más lujosos, más abundantes.

Nuestra fe es verdadera, y es profunda, si podemos vivirla aún en el despojo total.

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La Iglesia de Jesús.

Jesús es el Cristo. Es el Hijo de Dios vivo. Pero no lo dice Él: acepta que lo descubra Pedro, que lo descubra el Bautista. Él prefiere siempre ser reconocido como Jesús: el Hijo del Hombre. Él se allana, como dijimos, a la altura del hombre. Menciona a su Iglesia. Pero es claro que no buscaba una ruptura con Israel, ni con su historia, ni con su cultura. Venía a dar nueva vida, o más vida, a la larga lucha de su pueblo por ser fiel a la Alianza con el Señor. Y de ningún modo se puede sospechar que intentó forjar una estructura paralela. De hecho, recién en el siglo III se reconoce a los seguidores de Cristo como "Cristianos", y como grupo aparte del Judaísmo. Hasta entonces eran considerados (y ellos mismos se consideraban) un grupo más dentro del Judaísmo, como tantos otros grupos o tendencias. Distinguidos por considerar a Jesús como el Mesías, se los reconocía como judeonazarenos. (Ver "Todos somos judíos", de Mario Saban, Ed. Beas).

Presumimos que conocemos a la Providencia, y cómo funciona. Y solemos estar convencidos de que "si la providencia lo permitió", todo lo que sucedió en la Historia es para el bien del Reino. ¿Todos los errores, todos los males, todas las atrocidades que en la Iglesia hemos consumado, han sido necesarios para la construcción del Reino? Afirmar que todo la Historia es lo mejor que podía haber pasado, tiene un dejo de materialismo histórico.

Pero quizás estemos equivocados. Quizás la historia sea como la pesca, una lucha, un tire y afloje entre el pez y el pescador. Un tire y afloje entre Dios y el Hombre. Así está claro en la Historia de Israel. La Biblia, en sus libros históricos, es un diálogo constante entre Dios y el Hombre, durante el cual Dios tiene que corregir (a veces castigar) los errores, las maldades del Hombre. ¿Porqué no ha de ser así la Historia de nuestra Iglesia?. ¿Por qué hemos de aceptar todo lo actuado en bloque ?

Hemos dado demasiado crédito a los teólogos, a las Ciencias Sagradas. Hemos filosofado demasiado, quizás como herencia del vuelco hacia Grecia que provocó Pablo, quizás como consecuencia de su gran habilidad retórica.

Pedro representa mejor que Pablo a la tradición judía. Pedro quizás está más dispuesto, siendo tan impulsivo como fue, a aceptar sus errores, a pedir perdón, a obrar según le inspire Dios, poniéndose en sus manos. Confiadamente.

Jesús realiza su tarea en el desierto en forma desordenada, aparentemente desorganizada. Es una convocatoria, un llamado a unos pocos. Hasta que el grupo es ya una reunión, y merece el nombre de Eclessia, cualquiera que fuese la palabra aramea o hebrea que utilizó. ¿O será que cuando encontró a Pedro descubrió en él algún poder de convocatoria, alguna fortaleza escondida que necesitaba para afianzar esa convocatoria? Pedro era impulsivo. Era simplemente un hombre rudo. Estaba a la altura de los demás hombres de ese pueblo de pescadores.

Dos aspectos consideraré: a) Qué funda realmente Jesús. b) Cómo era la piedra que Él eligió.

¿Qué entendió Pedro sobre su propia misión? Tendremos que estudiar sus primeras actitudes y su primera carta. Tendremos que ver después su actitud al final de su vida, y la actitud de la Iglesia posterior a su muerte. ¿Se aceptaba realmente el Primado? ¿Y con derecho a sucesión?

La figura de Pablo es avasalladora. A mí me entusiasma. Como entusiasma a gran parte de la Iglesia "progresista". Sin duda, la Iglesia se edificó gracias a él, gracias a su acción, a su tarea, a sus cartas, a sus viajes.. Pero me asalta ahora una duda, porque su figura ha opacado la figura de Pedro. ¿Cómo hubiese sido la Iglesia sin Pablo? ¿Cómo hubiese sido la Iglesia con Pedro? Son preguntas presuntuosas, lo sé. Pero a mí me invitan por lo menos a reestudiar la figura de Pedro.

Jesús imaginó a su Iglesia fundada sobre Pedro ¿Cómo la habrá imaginado? ¿Cómo la habrá querido? No me atrevo a imaginarla, porque no tengo la capacidad ni la información suficientes para un análisis de ese tipo, pero puedo arriesgar algo.

Estoy convencido de que Jesús no deseaba una Iglesia tan estructurada como la actual, ni que dejase tanto espacio a los teólogos, a los jerarcas, a los administradores, ... y a la corrupción.

¿Cómo era Pedro? Y, una piedra. Era tosco, por lo menos antes de que Cristo lo puliera. Y, sobre todo, era impulsivo, ya lo dije. Lo que le trajo no pocas dificultades, por ejemplo, morir cabeza abajo. Poco más puedo decir de él. Pero, seguro, no era ni filósofo ni teólogo. Es conmovedora la confesión que hace en el v. 16 de su segunda Carta: En las cartas de San Pablo, hay pasajes difíciles de entender. Los acepta, reconociendo la sabiduría que a Pablo le ha sido otorgada, pero no se detiene demasiado en ellos. Deja la filosofía y la teología para los sabios. Él se dedica a su misión (los dos vs. 1 de las cartas I y II): Es servidor y Apóstol de Jesucristo. Y se dedica a promover entre los seguidores de Cristo una vida santa, vida en el amor. Ser ejemplo entre los paganos, aún de respeto al rey. A vivir bien el matrimonio. A los presbíteros, que no actúen dominando, sino sirviendo. No imitar a los malos. Porque la vida, esta vida, es una vida en "tienda de campaña" (Pedro II, 1, 13).

Si Cristo fundó su Iglesia sobre esta piedra, puede ser una pista sobre cómo deseaba que esta Iglesia fuese. De todos modos, no me atrevo a imaginarla.

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Los frutos de la Iglesia, y los frutos del Espíritu.

Saramago diferencia entre la Iglesia-fe y la Iglesia-poder. En la primera no cree. Reconoce de la segunda la influencia que ha tenido sobre su formación: es ateo y comunista.

Con otras palabras, se define a sí mismo como producto de la Iglesia poder en la historia. Algo así como el caso de nuestra sociedad, que se considera occidental y cristiana.

¿Estos son los frutos de la Iglesia? Son los frutos, tiene razón Saramago, de la Iglesia poder, de la Iglesia estructura, de la Iglesia institucional y organizada. Si nuestra sociedad actual es todo lo que puede lograr la Iglesia, ¡en vano murió Jesús!

Pero no. No solo la sociedad perversa y difícil que nos toca vivir, merece el título de fruto de la Iglesia. Tampoco la religiosísima Edad Media, con sus guerras santas, con sus inquisiciones, con sus perversiones, con su olvido rutinario del hombre y su dignidad. Tampoco la sociedad individualista y reseca de espíritu que se forjó en la América protestante, tan racista y cultivadora de los intereses propios como nuestra América latina de la conquista, convengamos.

A pesar de todas las atrocidades y errores y maldades que la humanidad ha ido salpicando por el mundo y por la historia, el sacrificio de Jesús no fue vano. Su sangre, lo imagino así, fluye como un pequeño reguero que entreteje una red en todo el universo. Una red que debemos descubrir, por ser tan sutil y estar opacada por las imágenes mucho más aparentes del error y el mal.

Una red tejida por la acción del Espíritu, que Él nos anunció y prometió.

¿Cómo distinguir? ¿Cómo discernir, decimos ahora? Es tarea para los santos, que son los que saben entregarse a la acción del Espíritu. Pero los demás, podemos aferrarnos a ellos y participar activamente también, de ese tenue tejido del Reino que se va formando. Aferrarnos, sin méritos, y con miedo, a los bordes de la Santidad, como aquélla mujer que tocó el ruedo del manto .

Teilhard de Chardin ve la historia del mundo, empujada por el Espíritu, precisamente como la lenta formación de una red que lo englobe. La misión de "conquistar" al mundo no será la de aprovechar sus riquezas en nuestro provecho, sino la usarlo como sustento de esa red de amor. Lenta tarea que Teilhard ve como nuestra contribución a la evolución. Y que solo requeriría de nosotros el abandono a la fuerza del Espíritu que se manifiesta en esa evolución. Y dice que quienes tiene mentalidad evolucionista, fatalmente se encontrarán unos a otros y se reconocerán.

Es importante que sepamos ver esas luminarias, esos faros de advertencia que, dentro o fuera de la Iglesia-poder, forman sin duda parte de la Iglesia-espíritu; que son los herederos, o los continuadores, de la obra y la palabra de Jesús: Sócrates, Gandhi, Francisco, Juan el Bueno, Madre Teresa, Luther King. Quizás también tantos que hemos condenado, y que no buscaban otra cosa que aportar una partecita, su partecita, a la obra de Dios: el otro Lutero, Galileo, Giordano Bruno, ...de Melo, el P. Lagrange,.....Boeff.

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Definir la Iglesia.

La Iglesia misma se define mal. O no adecuadamente. O demasiado ligeramente, mal que les pese a los teólogos.

Se dice Iglesia, y hasta allí va bien. Se dice católica, universal, y no está mal, si hace el esfuerzo.

Pero luego sigue: apostólica, y ya me gusta menos. A mí, claro. "Apostólica" se me aparece como una insistencia en recordar que es heredera de los apóstoles. Lo que es lo mismo que insistir en la estructura, legal y física, lograda por los primeros seguidores de Jesús. Ponen la mirada demasiado enfáticamente en los apóstoles, y pareciera que se olvida que, en realidad, es heredera de Jesús, y de Juan el Bautista. Mira con entusiasmo al desarrollo posterior a la muerte de Cristo, y no: esa no es una gloria para nosotros, es una tarea, que cumplimos con defectos y limitaciones. Y que cumpliremos bien, si dejamos de mirarnos a nosotros mismos, incluyendo aquí a los apóstoles, si nos entregamos al Espíritu, y si queremos respaldo histórico, si miramos a Jesús y a la historia judía que lo engendró. No somos del Papa, no somos de Pedro, ni de Pablo, ni de... Somos de Cristo.

Pero la Iglesia institución, la Iglesia-poder, se llama a sí misma apostólica. Y no se llama cristiana.

Y romana. Lo que parece contradecir su "catolicidad".

¿Cómo debiera ser la Iglesia?

Una Iglesia Cristiana. Como la de Cristo. Una Iglesia del desierto. Una Iglesia humanista, es decir, puesta a la altura del hombre.

Una Iglesia de la sobriedad y de la humildad.

Que sea fermento de la sociedad y la transforme en ese mismo sentido.

La Iglesia ha sido la forjadora de nuestra civilización. Pero ¿estamos realmente conformes? Esto da para otra reflexión, concretamente sobre qué haremos con nuestra civilización actual. Consultar a Sábato, por ejemplo, por bibliografía al respecto. No toda obra grande, bella, admirable, del Hombre merece ser conservada. El pueblo judío estaba no solamente orgulloso de su Templo, el de Salomón: amaban ese templo. Era el centro de su vida., y parecía que realmente los unía a Dios el Señor. Sin embargo, vino Babilonia, vino la dispersión, y el Templo fue destruido. Lo reconstruye Esdras, y algunos siglos después fueron los romanos quienes dejaron en pié solo el Muro de los Lamentos. Y no era feo ni malo el templo. Simplemente, era obra humana.

Una Iglesia Petrina. Debemos descubrir en verdad qué significa esto, y qué relación tiene con el Papado como es actualmente. ¿Qué relación tiene con el Vaticano, con el sitio geográfico?. ¿No se trata de una elección geográfica hecha con criterios humanos, por la herencia, por la historia, por la sepultura? ¿Porqué es Roma el centro de una organización que comenzó en verdad en Palestina?

Una Iglesia Católica. Realmente universal, que abarque la creación, que no clasifique geográficamente. Insistimos en que la centralización romana nos trae un problema. ¿Por qué aferrarnos a un lugar? ¿No debiéramos constituir una Iglesia vagabunda, peregrina?

Una Iglesia Santa. Que promueva el Amor, la solidaridad, el ayuno, la oración y el sacrificio.

Quizás aquí debamos incluir un rasgo importante para nuestra Iglesia: que sea igualitaria. Debieran suprimirse totalmente las categorías: por ejemplo, en los cargos eclesiásticos. Por ejemplo, entre diócesis y Arquidiócesis. Por ejemplo, entre parroquias, y aún entre templos (Iglesia, capilla, catedral, santuario) El P. Minuto sostenía que es una aspiración inaplicable.

¿Una Iglesia Una? Sí, debemos luchar por conseguir la unidad con nuestros hermanos separados. Quizás, por la unión, más que por la unidad. Debemos preocuparnos por ser santos, y menos por la organización de la Iglesia. Cristo nos acompañará, y nos levará adelante, a pesar de que, a nuestros ojos, sea exageradamente una o exageradamente diversa.

Interesante este párrafo del P. Néstor Saporiti, imc.:

En las primeras comunidades las estructuras son mínimas y no favorecen, ciertamente, relaciones jurídicas, visiones piramidales, absentismo o individualismo; por el contrario, fomentan vínculos de amor y conocimiento recíproco, sentido de colaboración y valoración de todos.

En ellas:

 

 

En un viejo apunte encuentro algunas notas tomadas durante una charla del P. Minuto, acerca de cómo debiera ser una iglesia reformada y consultiva.

En ese momento, aparentemente en Bs. As., existían cuatro departamentos eclesiales: 1) Fe y Doctrina 2) Consejo Pastoral. 3) Liturgia. Consejo Administrativo.

Estos departamentos debieran consultar a los laicos, y el Consejo Pastoral debiera consultar especialmente a los sacerdotes. Este Consejo pastoral fue definido por P. Minuto como "un monumento al despelote". Todos los departamentos dependen del Consejo Episcopal. Las ideas de los sacerdotes o de los laicos deben ser comunicadas al Departamento correspondiente para que sean elevadas al Obispo.

Apuntes tomados durante una charla del P. Luzzi. "Enseñanza de la Iglesia y Liberación,", el 31 de mayo de 1972, en Santa Cruz.

  • Se puede caracterizar los cambios producidos en la iglesia post-concilio, en los siguiente s aspectos:

    1) Imagen de los cristianos.

    2) Imagen de la Iglesia.

    3) Imagen de Dios.

    1- El cristiano parecía un hombre que huía, que estaba siempre a la defensiva respecto a algo: Eran frases típicas: "Buscad el Reino de Dios". "Salva tu alma".

    La Iglesia se constituía en un "consultorio espiritual", en el cual reemplazábamos la religión por la moral.

    2- Una Iglesia rodeada de espejos (siempre mirándose a sí misma), se escandalizaba sin embargo de que "las masas obreras se hayan perdido para la Iglesia". Se afianza sobre las estructuras vigentes, "para seguir subsistiendo". Y así, se vuelve la aparente aliada de los que detentan el poder.

    3- Un Dios "del pasado": él lo creó todo de una vez por todas, puso en todo un orden, y la sociedad creada por Dios solo debe mantener ese orden.

    Pero el Espíritu sopla y comienza un viraje, que se agudiza en Juan XXIII.

    La Iglesia se ve hoy "desgarrada" en tres sectores: Tradicionalistas o conservadores, desarrollistas y revolucionarios.

    Medellín nos presenta una Iglesia embarcada en la realidad de la Historia, hablando de necesidad de diálogo, de necesidad de desarrollo, de necesidad de paz, y poniendo en evidencia injusticias insostenibles. Dios es un Dios que es y será. La Iglesia es un reino que construiremos nosotros.. Lo que encontremos después de la muerte será esto que construyamos acá. Transfigurado en la eternidad, pero siempre esto.

    La enseñanza no puede quedar reducida a lo oficial, porque el Espíritu Santo sopla en todo el cuerpo de la Iglesia. La Iglesia está (debe estar) insertada en el mundo. Los hombres vamos captando nuevos valores, que luego la Iglesia explícita gracias a que la cultura le facilita esos materiales. Es la indefectibilidad del Pueblo de Dios la que garantiza, por ejemplo, la infalibilidad pontificia.

    La reflexión de los teólogos sobre la vida y el material que surge en la Iglesia, produce una explicitación, que luego es asumida por el Magisterio. Se trata, pues, de tres pasos:

    1- Vida (todos).

    2- Reflexión (teólogos).

    3- Formulación (Magisterio).

    La Iglesia no inventa dogmas, sino que explícita lo que ya se vive.

  • Y un aspecto más: la Iglesia debería regresar, de algún modo, al judaísmo. Porque no es otra cosa más que la culminación del judaísmo. Será un misterio cómo, pero será: el cristianismo y el judaísmo estarán unidos (serán uno) cuando llegue la culminación de los tiempos.

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    Pecados.

    Que quede claro desde el principio: el pecado existe, los pecados personales existen, y Cristo no los acepta. Cristo nos dice que vino a instaurar un Reino donde la ley se cumpla hasta el último punto. Y nos propone un paradigma absoluto: "Sed perfectos como mi Padre es perfecto..."

    Sin embargo, a veces resulta desconcertante su actitud frente al pecado, y sobre todo frente a los pecadores. Si repasamos los Evangelios, notaremos con sorpresa que en realidad Cristo se preocupa poco de los pecados.

    Salvo de algunos. Que no son precisamente los que nos preocupan más a nosotros (digo a la Iglesia).

    Cristo se vuelve loco, por ejemplo, cuando ve a los mercaderes en el templo, "que hacen a la casa del Padre una cueva de ladrones" (Mar. 11, 15). Los echa a latigazos, en la única acción físicamente violenta de Jesús que figura en los Evangelios.

    Y lanza gruesos epítetos frente a la hipocresía de los fariseos y saduceos, quienes aparecen limpios por fuera, o cargan pesos intolerables sobre el pueblo, o intentan tentarlo al mismo Cristo: (Mat. 22,14 - Mat. 23,15, y su paralelo Luc. 11, 37, en una de sus más terribles invectivas, - Mar. 7,5 ) Ya Juan el Bautista había tratado en forma similar a los fariseos (Mat. 3,7).

    Otro tema que parece revolverle el estómago al Señor es el del escándalo: (Mar 9,41 - donde nos habla de tirarnos al mar con una piedra atada al cuello, como en Luc 17,1 - Mat. 18,6).

    Hay otros temas que merecen comentarios fuertes: Es "reo del infierno" quien llame "fatuo" a su hermano.(Mat. 5, 21) ¡Ay de los ricos! Se les hará muy difícil entrar en el Reino (Mat. 19, 23 - Mar. 10,25 - Luc. 6, 23) Crujir de dientes para los que se presentan al Banquete sin ropa adecuada. (Mat. 22) Crujir de dientes para el siervo perezoso, que no hizo rendir sus talentos (Mat. 25, 26 ) Maldición para las ciudades impenitentes, que no reciben la Palabra. (Luc. 10,12)

    Es comparativamente suave, e incidental, su condena a la avaricia.

    ¿Cómo se compara con esta "furia" del Señor, la actitud de la Iglesia "oficial", o "Iglesia Poder"?. Debemos reconocer que, si bien no en la doctrina, en la práctica, es decir en las actitudes, la Iglesia resulta cueva propicia para muchos ladrones, a los que se protege del escándalo. También, resulta fuente de cargas hipócritas sobre los cristianos del llano. Y por último, muchas veces es socia de los ricos y poderosos.

    Pero hay otro pecado que la Iglesia ha tratado con mucho rigor, tradicionalmente, salvo en los casos en que esté mezclado con el poder y el dinero: el adulterio, especialmente el derivado de las "uniones irregulares", y el divorcio.

    Aquí sí, la Iglesia cae con todo sus anatemas.

    Y no voy a decir o a sostener que no se trate de pecados, ni que no deban ser tratados como tales. Simplemente digo que a Cristo no lo escandalizaron como parece escandalizar a nuestra Iglesia Oficial. Y si no, veamos cómo trata Jesús el tema en el Evangelio:

    En primer lugar, pareciera que no habla de él, salvo que los fariseos se lo pregunten (se ve que para ellos también era escandaloso), (Mat. 19,3 ). En Mat. 5, 27 a 32 se refiere al divorcio aparentemente sin que se lo pidan, pero en el texto paralelo de Mar. 9,41 y Mar 10, sí se lo piden. Aparece nuevamente, espontáneamente, en Luc. 16,18.

    En Mat. 19,10 y más claramente en Mar. 10,10 vuelve al tema en privado, con sus discípulos, a su requerimiento.

    Eso sí, es más severo cuando se trata del "adulterio en el corazón" (Mat. 27,32)

    Se diría que no es que Cristo considere al adulterio un pecado menor, pero sí que es un pecado que le preocupa menos. Por lo menos, menos que lo que nos preocupa a nosotros, a la Iglesia, a los apóstoles, y a los fariseos.

    ¿Por qué será? ¿Puedo arriesgar una respuesta?: Por intuición docente. Quizás sabe que en muchos casos las uniones irregulares están emparentadas con el amor, y es más fácil que quienes están en esa situación descubran al amor verdadero, que los hipócritas, que los poderosos, que los ricos.

    Y Cristo ha tenido éxitos resonantes con su método, en ese terreno:

    En Luc. 7, 36 la pecadora llora y le unge. Como amó, la perdona, y la despide en paz.

    En Juan 4, con cariño casi, le recuerda a la samaritana su vida irregular, y la transforma en discípula, o por lo menos en agente de propaganda.

    Y en el famoso Juan 8, frente al caso de la adúltera, termina diciéndole: "Yo tampoco te condeno".

    No soy teólogo. No soy moralista. No soy sabio ni santo. Mi opinión humilde es que el contraste de actitudes entre nuestra Iglesia (nosotros) y Cristo, en este tema, merece una reflexión profunda. No sea que terminemos siendo castos pero hipócritas.

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    Desarmando la Iglesia.

    En la portada de este trabajo, hago una cita de 1 Reyes y 2 Crónicas: "A las carpas, Israel". Históricamente, esta frase indicó un cisma de las tribus del Norte (Israel), frente a las tribus del Sur (Judá). El Rey de Judá (Roboám, hijo de Salomón), desatendiendo los consejos de los ancianos, insiste en poner "mano dura" contra las tribus de Israel. Israel decide entonces "Volver a las carpas", a la vida sencilla y errante, en contraposición con el lujo de la Casa de David, de Jerusalén, del Templo.

    Por supuesto, no estoy proponiendo un cisma. Pero me parece que el simbolismo de esta cita es fuerte, y merece ser meditado en nuestros tiempos y en nuestra situación. (en verdad el "irse a las carpas" de Israel significó, históricamente, abandonar la buena senda, y cayeron en la idolatría; tomo solamente la frase, que es muy buena). El texto completo dice: "Y cuando todo Israel vio que el Rey" (era Roboám) "no los había escuchado, el pueblo respondió: ‘¿Qué parte tenemos nosotros con David? ¡No tenemos herencia común con el hijo de Jesé! ¡A tus carpas, Israel! ¡Ahora, ocúpate de tu casa, David!’.")

    Interesante sería hacer un análisis profundo de la Iglesia hoy, teniendo en cuenta qué pensaba Cristo, y qué entendía Pedro, cuando imaginaba la Iglesia. Un análisis que dejase claro qué elementos tiene de bueno nuestra Iglesia hoy, para armar con ellos la Iglesia de mañana. Y qué elementos son hoy los perniciosos, para eliminarlos.

    Descuarticemos la Iglesia, y veamos qué encontramos en ella. Algunos de estos elementos contienen el hilo conductor de la verdadera Iglesia. Otros están superpuestos, definiendo a la Iglesia Poder, a la Iglesia estructura:

    Tradición. Fundamental, en sentido estricto y literal. Hace ya décadas que hemos reconocido la necesidad de "volver a las fuentes". Estas fuentes están constituidas, en primer lugar, por el judaísmo, cuyo conocimiento debiéramos profundizar, y al que deberíamos reconocer, pero de corazón, como "el hermano mayor" que menciona Juan Pablo II. Profundizar su conocimiento, su estudio, será sin dudas una nueva revelación para nosotros.

    Culto. Es una demostración de confianza y entrega a Dios. De humildad y de reconocimiento. Es ponernos en situación de pobreza, sabiendo que nuestra verdadera riqueza es el Señor. Es el sentido, así lo siento, de la entrega de primicias y del descanso sabático: Porque confío en el Señor, me atrevo a desprenderme de las posesiones que me brindan una aparente seguridad. Incluso, a desprenderme de mi trabajo, de mi esfuerzo, de mi tiempo, pues he aprendido a no depender de mí.

    Sin embargo, hemos teñido al culto de un exagerado cubrir a Dios con nuestros dones,. como si fuésemos capaces de darle algo al creador de todo. Y como si Él estuviese esperando de nosotros algo más que nuestro corazón.

    Sacerdocio. En principio, nos comprende a todos los bautizados, porque somos en la naturaleza los encargados de la "religión", de ofrecer al Señor, con agradecimiento, toda la creación. Pero está además el Sacerdocio sacramentalmente consagrado. Cuya misión profunda no es la de dirigir al pueblo de Dios, sino la de permanecer santos y purificados, para servir de intermediarios en el culto. Claro que además de una función hacia Dios, tienen una función hacia el pueblo, que muchas veces conservamos solo retóricamente en el apelativo del Papa: siervo de los siervos de Dios. Tenemos muchos sacerdotes santos. Pero lamentablemente, debemos hacer algo con todos aquéllos que se sienten en alguna forma "dueños" de la Iglesia. Poco a poco han logrado construir una estructura monstruosa de poder, más que de servicio.

    Liturgia. (Lo malo con la Liturgia es que sea tan bella. Si no lo fuera, nos sería más fácil cambiarla). No hablemos de cambiarla por cambiarla, sino de adecuarla. La Liturgia es "el ropaje" del culto. Por un lado somos nosotros los que la necesitamos, para que podamos participar más plenamente del culto; en cuerpo y alma. Por otro, es un esfuerzo por hacer que nuestro lenguaje sea más seleccionado, más adecuado, más digno del diálogo con Dios. Debemos persistir en la búsqueda de lo más adecuado. Durante siglos el camino fue hacia una selección exquisita, haciéndose la liturgia una especialidad para iniciados, dejando al pueblo como simple espectador de algo grandioso que, lo superaba; peor, que no lo reunía mejor con el Señor. Quizás, reforzaba la figura del Señor Rey de Reyes, majestuoso y temible, pero raramente del Padre. Vaticano II mostró el camino correcto. Pero luego se puso (para mi gusto) demasiado énfasis en lo popular, en la búsqueda del lenguaje más llano, hasta llegar a lo chabacano y al "cocoliche" en muchos casos. Lo popular no está de ningún modo reñido con lo digno. Más sabios que muchos "liturgistas" improvisados es la gente de pueblo, que espontáneamente acude a Misa con sus mejores ropas: "endomingados".

    Arte, en todos sus géneros. (Que tanto se emparienta con la Liturgia). El arte, la búsqueda de lo bello, la búsqueda de nuevos canales de expresión del hombre (que es por naturaleza artista), es un valor, y de ningún modo un valor menor. La vivencia religiosa ha inspirado maravillas artísticas. Hay que conservarlas, hay que difundirlas, hay que promover su continua creación. Pero no es una misión específica de la Iglesia. No está mal que la Iglesia promueva al arte, pero con cierta medida. La larga actividad de la Iglesia como mecenas (interesante pero absurda), ha dado lugar a un acúmulo impresionante y valiosísimo, un tesoro artístico invaluable, del que ahora se ve obligada a ser su curadora. No es patrimonio de la Iglesia, sino de la Humanidad. Difícil la solución de este tema.

    Templos. Los primerísimos cristianos, antes de ser "cristianos", se reunían en las sinagogas. Un poco después, durante las persecuciones, en cualquier parte. ¿Cuándo apareció la idea de construir templos? El culto cristiano en sí, no los necesitaba. Cualquier hogar era digno para la celebración eucarística. Y la oración, podía hacerse santamente, sin mostrarse, en el fondo de la casa. Seguramente al comenzar a ser más grandes las concurrencias, se hizo necesario encontrar lugares más capaces. Y después habrá comenzado la competencia entre templos cada vez más lujosos y complicados, para liturgias cada vez más vistosas y complicadas. Interalimentándose. Y todo entrelazado con el arte. Los enormes templos ya están, son hermosos, no seamos iconoclastas. Pero el futuro debería buscar una mayor sencillez, mucho mayor, para aquella arquitectura que sea realmente necesaria.

    Riquezas. Los bienes de la Iglesia, de cada Iglesia particular, debieran ser debidamente investigados, no solo para inventariarlos, sino también para asegurarse que están debidamente administrados, y que los dividendos aprovechen realmente al que los necesita..

    El P. Minuto comentó alguna vez que pertenecen a la Iglesia arquidiocesana tres manzanas importantes entre Córdoba y Paraguay, a la altura de Callao.

    La explotación seria y racional de los recursos eclesiásticos, de los materiales, digo, dará "Una impresión de solidez a la institución", según comentarios del P. Minuto. Ya existen fondos de compensación entre diócesis. ¿Funcionan bien?

    Teología y Teólogos. No parece el mensaje de Jesús principalmente como un mensaje teológico. Pocas son las enseñanzas de ese tipo en boca de Jesús, aunque fundamentales y que permiten un desarrollo ulterior. Pero no es esa la esencia. Básicamente lo que Cristo viene a traer a los hombres es el recordatorio de que todos somos hermanos, que nuestro Padre nos ama, y que debemos amarnos entre nosotros. Y resume en los dos mandamientos de amor "toda la ley y los profetas". Nos pide compromisos, acción, y sentimientos sinceros.

    No me parece que esté mal la especulación teológica. Siempre que recordemos que se trata de ciencia humana. Y pongamos a la Teología y a los teólogos en su lugar. No son ellos los encargados de administrar el mensaje de Cristo, sino sus apóstoles y especialmente los santos. Pero hemos permitido que la teología sea la columna vertebral de nuestra Iglesia. Insistimos en racionalizar todo, aún lo misterioso, de por sí irracional o irracionalizable, en el sentido de que está fuera del alcance de nuestra lógica actual (temporal y terrena).

    Ante cualquier duda (de comportamiento, por ejemplo), recurrimos al moralista, al teólogo, para que nos explique la ley. Debiéramos acudir más bien al Santo para que nos indicase el camino.

    Actividad filantrópica. (O, en nuestro léxico, la prioridad por los pobres). Las misiones y la promoción del hombre. Se emparienta con Cristo y la multiplicación de los panes).

    Es la piedra de toque de nuestra fe. Por aquello de que en el amor reconocerá el mundo que somos seguidores del Señor. Nunca estaremos satisfechos, no debiéramos estarlo, con lo que en ese aspecto realicemos. Pero hemos de reconocer que la Iglesia se ha destacado siempre, o casi siempre, por su acción en favor de los hermanos más necesitados. Y usando el término hermanos en su sentido más amplio, abarcativo de toda la humanidad. El amor a los hombres debe ser el punto principal, y todo lo demás se le subordinará.

    Difusión de la Palabra, del Mensaje. La acción proselitista del Cristianismo, a veces muy criticada, es sin embargo un mandato expreso del Señor ("id y bautizad..."), es decir que debemos siempre transmitir su mensaje a todos los hermanos, porque es parte de lo que podemos dar ("lo que tengo, te doy"). Es una demostración de amor hacia el prójimo.

    Dar las Buena Noticia a todos. Anunciarla, pero con espíritu de sembrador, que sabe que la germinación depende solo parcialmente de lo que él haga. No debemos preocuparnos por los resultados. Pero en serio, no deberíamos preocuparnos. Deberíamos simplemente compartir la semilla que hemos recibido, y dejarlo todo en manos de Dios. Hay una actitud un tanto ridícula en algunas actividades misioneras que llevan una contabilidad de su tarea, por ejemplo contando la cantidad de comuniones que han logrado distribuir.

    Poder económico y político. Esto es terrible. Aquí es donde la Iglesia, en todas sus "denominaciones" ha fallado más escandalosamente. La tentación de acceder al poder es tremenda, y, lamentablemente, no hemos sabido superarla adecuadamente. Más claramente aún, hemos sucumbido a ella miserablemente. ¿Más adverbios? Podríamos seguir, sin exagerar.

    Debemos tener claro que toda atadura al poder político será eso, una atadura, que no nos deje libertad para predicar el mensaje. La verdad nos hará libres, pero la libertad nos permitirá anunciar la verdad.

    El poder político es una realidad que nos vemos obligados a admitir, y de la cual no tenemos por ahora un camino conveniente para librarnos,. Pero tengamos en cuenta que el poder político es siempre, y será, peligroso. (En I Samuel, Cap. 8, cuando los judíos le piden un Rey, Dios les advierte las dificultades y los males que deberán soportar). La posición de la Iglesia debe ser de aceptar al poder político, acatarlo en todo lo que no vaya contra la ley de Dios, pero nunca debiera caerse en la más mínima mezcla. El poder corrompe. Se está en el buen camino, tratando de deshacer las ligazones que en tantos países se han ido forjando a lo largo de los siglos. Pero todavía la estructura eclesial es muy afín con las tareas de lobby y de la diplomacia.

    Santos. Debiéramos estar en un fuerte estado de oración, pidiendo al Espíritu que suscite grandes santos. Varones y mujeres de Dios que conmuevan al mundo y provoquen la gran conversión de la Iglesia que estamos necesitando.

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    La mujer.

    La proscripción de la mujer en la Iglesia según la pastora Ruth Epting (evangélica reformada, suiza), pareciera ser característica de los últimos dos siglos ¿puede ser así? Habría que estudiar a qué se refiere. (Ver "Vida Nueva", 24 de octubre de 1998, pág. 50). De los primeros tiempos de la Iglesia nos queda la enseñanza, por ejemplo, de lo que se logró con la institución de "las viudas", quienes cumplían una función oficial y muy importante dentro de la vida eclesial.

    ¿Cuál debe ser el lugar de la mujer en la Iglesia? indudablemente, el mismo que el del varón. No resiste análisis alguno otra posición. Así como en el Reino no habrá varón ni mujer, en cuanto a la relación matrimonial, no parece que se pueda encontrar asidero firme para ninguna otra diferenciación.

    Recientemente, el matrimonio Linares tuvo oportunidad de asistir a una misa en Holanda, que estuvo en manos de una mujer, Diaconisa, en todos los aspectos de la dirección y en la predicación. El Sacerdote celebró y tuvo a su cargo la consagración, pero es evidente que allí se están dando pasos muy firmes hacia una nueva y más plena posición de la Mujer en la Iglesia. Falta, entre nosotros, un largo camino para recorrer.

     

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    ¿Y la Virgen?

    El tema de la Virgen es uno de los que más me desconcierta. Tiene que tener un papel preponderante en la vida de la Iglesia. El pueblo cristiano tiene una devoción mariana intensa, casi diría que definitoria del catolicismo. Pero... Hay algo en el culto tal como se practica actualmente, que me inquieta. Hasta donde conocemos históricamente a la Virgen, aparece como una mujer pobre, humilde, reservada. "De bajo perfil", dirían ahora. Y esto se contradice con el exceso de apariciones públicas y la profusa petición de templos con que se nos presenta hoy. Y por otro lado, el lujoso tratamiento que tradicionalmente le damos.

    Hay un interesante oración que se publicó en el número final de 1998 de la Revista Santa Cruz, y que está muy en la línea de lo que pretendo señalar:

    No macular la Inmaculada.

    (José Ignacio González . Faus)

    Perdónanos, María, por tanto como te hemos desfigurado. No fue mala voluntad, sino fruto del cariño. Pero así somos los hombres: que parece que no podemos querer si no es configurando al otro a imagen de nuestro pequeños deseos...

    Así te hicimos Reina a ti, que cantabas al todopoderoso porque derribaba a los poderosos de sus tronos.

    Te atiborramos de alhajas a ti, que nunca llevaste más brillo que el de tu propia limpieza (solo parta bendecir esas joyas ostentosas que nunca deberían llevar nuestras mujeres).

    Te dedicamos congresos y homenajes cuyo único objeto parecería ser que no se hablase de los temas vidriosos, incómodos, difíciles y vivos.

    Te hicimos aparecer a unos y a otros para condenar revoluciones y afanes de progreso, a ti que callabas siempre. Que solo hablaste una vez, para pronunciar las palabras más subversivas de la Historia.

    Compréndelo María: ¿puede un hijo resignarse a saber tan poco de su madre? De ti solo sabemos que callabas, que guardabas en tu corazón lo que no entendías; pero "estabas". Allí, al pié de aquel patíbulo que recapituló todas las cruces de la Historia.

    Nosotros no entendimos tu silencio, no supimos que él es quien te enseñó a decir "hágase", y a alabar al Señor porque mira a los humillados, y es el Dios de los pobres, y despide vacíos a los ricos, a los poderosos y a los fatuos.

    Enséñanos, al menos, a creer en ese Dios, y en ningún otro, ni aunque nos lo prediquen los Ministros de la Iglesia. Y aunque esa fe nos obligue a decir "hágase" muchas veces.

    Y perdónanos, madre, si también te pedimos que con todos los nombres: de Montserrat, de Macarena o del Rocío, de Aránzazu, el Pilar, o Czestochowa, vengas un día devolver todas tus joyas, para que no deformen tu pureza, y sirvan a los pobres de la tierra. Hazlo tú, no tendremos valor para ello, aunque lo pidan los papas o la tradición de nuestra iglesia.

    Y a tantas mujeres, benditas contigo, hermanas en servicio callado, y en el dolor secreto, libéralas por fin, sin alharacas y sin que introyecten modelos masculinos como ideales de persona.

    Y déjame cantar contigo que mi alma glorifica al Señor porque te hizo.

     

    Pienso que la posición del culto mariano dentro de la Iglesia merece un cuidadoso estudio. No está a mi alcance, por supuesto.

    Hay aspectos dogmáticos que habrá que salvar. Pero el culto merece, me parece, una reubicación importante.

    Las características del culto actual no se adecuan, para nada, a las características de humildad, sencillez y vida oculta con que la Virgen aparece en las escrituras. Nazaret y el culto actual mantienen una evidente contradicción.

    Temo dar lugar a escándalo. Pero me parece que en relación con la Virgen se mezclan superstición, ilusión, influencia de la educación recibida, extralimitación dogmática y teológica, psicosis, vuelo artístico, historia, santidad, y genuina inspiración de la madre de Cristo. ¿No es ridículo que los ejércitos de San Martín y de Belgrano adoptasen por Generala a diversas advocaciones de la Virgen? ¿Y los ejércitos españoles?


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    Occidental y Cristiano.

    Correspondería aquí una revisión del mundo actual, con discernimiento acerca de qué es cristiano y qué no, y opinión sobre las actitudes a tomar.

    Hay un interesantísimo libro del Dr. Bouquet ("Comparative Religion", Ed. Pinguin). Lejos estoy de sostener un relativismo religioso absoluto, pero la lectura de este libro me convenció de muchas cosas:

    Es apresurado, o poco sutil, clasificar a las religiones simplemente como "verdadera o falsa", sino que debiéramos tener en cuenta que la aparición de cada una de ellas (formando quizás parte del "plan de Dios") contribuye en alguna medida a que la Verdad se vaya descubriendo, revelando, a través del tiempo y del espacio. Y que nuestras verdades son simples aproximaciones a un fenómeno complejísimo, que difícilmente pueda ser atrapado en definiciones teológicas. (Ya sé, rozo el agnosticismo) Cristo se definió como "la Verdad", pero también como el camino y la vida. ¿Nos atreveremos a sostener que nuestra visión de Cristo es acabada y totalmente acertada?

    El Cristianismo, por supuesto, no es indiferentemente reemplazable por cualquiera otra religión (incluso aparece como destacado por muchísimos factores). Pero probablemente, casi ciertamente, cada movimiento religioso sea en verdad el más conveniente en su espacio y tiempo, y todos contribuyan al advenimiento del Cristo final. (El Islamismo, por ejemplo, fue un paso adelante para la situación religiosa, social, etc., en que vivían las tribus árabes).

    El Cristianismo, nuestro Cristianismo, sin dudas ha de evolucionar en el futuro, en un sentido que desconocemos, pero que nos acercará más a Dios.

    Y, finalmente, las aparentes contradicciones o contraposiciones entre "verdades" sostenidas por unos y otros, quizás resulten al fin de los tiempos unificables en el gran esquema de la "verdad final", si así puede decirse. Algo así como los físicos actuales buscan desesperadamente una teoría de campo unificado, que comprenda a todas las fuerzas y teorías actuales, sin que ninguna resulte falsa, sino verdaderas en su ámbito.

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    ¿Cómo se haría?

    Parecería que, cuando el tiempo esté maduro, cuando nosotros estemos maduros, será necesario que desde lo alto de la Iglesia, desde el papado, se den impulsos, sacudones, de gran reforma . Un nuevo sacudón como el que dio Juan XXIII. Si lo pedimos con fe, el Espíritu lo proveerá.

    Mientras tanto, debiéramos trabajar todos desde adentro de la Iglesia para insistir en estos cambios que muchos deseamos, pero que también, debemos reconocerlo, a muchos hermanos asustan y desagradan.

     

    santaner@cvtci.com.ar