Historias para destapar el excusado

 






 

Desde que te vi mi corazón dejó de moverse

Roberto Remes

Flaca y blanca, niña y tonta, huraña y petulante, inspiró mi primer salto hacia el anonimato, en medio de una incipiente adolescencia, pura y antitética de lo ecuánime, en busca de lo inexplorado, de lo desconocido, de ese beso que nunca llegaría, esa mano que nunca sudaría, o acaso lo haría sosteniendo un sobre y no la mano de aquella que había sido invocada, cual musa de los artistas pueriles que buscan amar por amar, y no amar por el ser amado, sino para explorar, descubrir, y quizá más tarde destruir, el primer punto de referencia de una relación de pareja nunca vivida en carne propia, y por lo tanto capaz de confundir las más leves alegorías con las peores cursilerías, las más eróticas palabras con la expresión pornográfica de lo que difícilmente puede imaginarse, y versos perfectos empalmados de uno y otro autor, más alguna expresión que fungiera como nexo, para dar al traste con esa, mi primer carta de amor. Por eso fue que anoté en un papel rosa, un poco arrugado, que por cierto obtuve de la envoltura de un perfume que alguien había comprado en casa, Desde que te vi mi corazón dejó de moverse, y luego transcribí dos versos que a mí me parecieron adecuados para la situación, pero no me animé a copiar una poesía completa por miedo a que la reconociera, sin considerar jamás que si yo no sabía de poesía, ella menos, y que cuando uno mezcla dos poemas, lo mínimo que tiene que contemplar es la métrica, aunque era desde luego recomendable que al iniciar una pieza con un fragmento de un autor del siglo veinte, lo menos que podría haber hecho era evitar retroceder dos siglos en el siguiente fragmento y utilizar las mismas conjugaciones del español, en vez de poner primero Eres y después Sois.

De cualquier manera, mi carta anónima estaba destinada al fracaso porque me dirigí hacia la casa de la susodicha antes de que el camión escolar me recogiera en la esquina de mi casa, que era la opuesta a la suya, así que corrí con prisa, dejando la mochila en la puerta de mi hogar previo a que alguien la robara, para mientras tanto depositar la misiva en el buzón del palacio de mi doncella anhelada, en el momento en que helada se quedó mi cara cuando la puerta automática reaccionó, dejando mi mano atrapada, entre el buzón y el muro que aprisionó mi cuerpo y mi orgullo. Los papás de ella, la niña que me inspiraba, notaron que algo sucedía porque la puerta no abrió como de costumbre y su automóvil no estaba en condiciones de salir, ni lo estaría, mientras la puerta automática no emprendiera el movimiento de regreso y la mamá de mi amiga deseada no me ayudara a retirar la mano derecha de la ranura y la carta ensangrentada de la tensión que había entre mi pulgar y los otros cuatro dedos. La señora no tuvo que preguntarme qué andaba yo haciendo allí, merodeando por su buzón, porque todavía podía leerse la parte frontal del sobre, Para Gloria, De Su más fiel amante.

Con el paso de los años fui viviendo experiencias equivalentes, aunque también fui evitando el uso de las cartas anónimas conforme descubría que siempre resulta obvio el remitente, sea por el modus operandi o porque las circunstancias obligaban a eliminar a los sospechosos hasta que sólo quedara yo. A menudo llegué a sustituir los mensajes sin firma por flores sin tarjeta de presentación, pero poco a poco me fui delatando porque todos los arreglos que yo compraba, aceptara o no que yo los había enviado, provenían de la misma negociación, Florería Lupita Elegancia y Distinsión, según rezaba la tarjeta cuyo número tenía yo bien memorizado, y cuyo logotipo la habría hecho confundible con cualquier otra florería, de no ser por la costumbre de poner un sobre naranja en el lugar que correspondía a la tarjeta, independientemente de si el envío era anónimo o no.

Poco a poco fui comprendiendo que mis cartas secretas y mis flores sin remitente sólo reflejaban un hecho contundente, que nunca creí realizar, que yo fuera quien recibiera una carta anónima de la que yo no buscaría adivinar el expedidor, ni rastrear el camino que habrían seguido esas letras y ese gran terreno en el que habría sido sembrada esa tinta semilla de mi esperanza, de la esperanza de alguien más, la esperanza ignota que se esconde tras la firma de Tu admirador, o en este caso Tu admiradora. Sólo me bastaría con leer la misiva una y otra vez, olerla, mirarla al derecho, de lado, al revés, a contraluz, palparla con los ojos abiertos y cerrados, parado y sentado.

La imaginación produce placer y durante años me alimenté de ese onírico goce, la misma escena, el mismo lugar, la alfombra con un sobre dirigido a mí, sin remitente, frío y a la vez cálido, empapado de anhelos, el anhelo por la firma de Tu admiradora, el anhelo de imaginar a otra persona que soñara conmigo, que me deseara, que se tocara buscando mi rostro en su mente, así que yo sólo me limitaba a abrir la puerta de la casa, mirar hacia el suelo y observar los cobros de la luz, el teléfono, las tarjetas de crédito, la televisión por cable, pero nada de deseos ocultos detrás de la palabra Anónimo, porque esas cartas nada más las escribimos quienes las ansiamos, como si el ansia fuera una farsa que nos motiva a vivir todos los días del ansia de cada día y del sueño de que al siguiente habrá una carta allí mismo, donde hoy sólo hay polvo, pelusas y ansias. Pero a veces los sueños se cumplen aunque quienes los sueñan llegan a pensar que cada vez que giran la cabeza hacia el suelo es un esfuerzo inútil por encontrar lo que nunca estará, se convencen de que, en efecto, nunca estará, pero siguen soñando que no será así, que un día habrá un sobre blanco, y entonces, con escepticismo y deseo puede uno mirar su sueño realizado, como yo, cuando me agaché a recoger la misiva anónima que me ha conducido hasta aquí, oculto por una amenaza de quien quiere callar mi boca, mi alma, Cállate o te mueres, decía la cartita que había yo esperado por años, pero yo ya había hablado de más, el teléfono sonó varias veces durante la madrugada, lo oí entre sueños, una vez contesté y sólo me dijeron Tienes doce horas para largarte, y yo sabía que hablaban en serio.

Desde luego que nunca esperé que mis ansias por recibir una carta anónima se cumplieran porque yo revelara una información confidencial, ni mucho menos creí que esa misiva fuera una amenaza, Cállate o te mueres, sigo leyendo hoy, aquí, con el cuaderno abierto, una vela encendida, la hoja retadora a un lado, y la soledad de este sótano en el que espero la llegada, en cualquier momento, de los matones que me harán pagar por lo que tal vez nunca debí haber dicho, publicado, leído, oído, guardado, o quizá por lo que nunca debí haber soñado, la rúbrica anónima de una mujer acechando a quien alguna vez escribiera Desde que te vi mi corazón dejó de moverse.

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